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Lucio Anneo Séneca

Cuestiones Naturales

Libro Sexto

 

Libros de la obra: Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV - Libro V - Libro VI - Libro VII - Notas

 

Libro sexto

I. Pompeya, célebre ciudad de la Campania, rodeada de un lado por las playas de Sorrento y Stabia, y de otro por la de Herculano, entre las que el mar se abrió ameno golfo, quedó sepultada, como sabemos, por un terremoto que devastó todas las comarcas inmediatas, y esto, óptimo Lucilio, en invierno, estación exenta de estos peligros, según decían nuestros mayores. Este terremoto ocurrió el día de las nonas de febrero, siendo cónsules Régulo y Virginio. La Campania, que nunca había estado segura de estas catástrofes, aunque no había pagado al azote otro tributo que el del miedo, quedó ahora terriblemente asolada. Además de Pompeya, Herculano fue destruido en parte, y lo que queda de él no está muy seguro. La colonia de Nueria, más respetada, tiene también de qué quejarse. En Nápoles muchos edificios particulares, aunque ninguno público, quedaron destruidos, alcanzándole, si bien ligeramente, el espantoso desastre. De las quintas que cubren la montaña, algunas se estremecieron, sin experimentar otro daño. Dícese que pereció un rebaño de seiscientas ovejas, que se rompieron estatuas, y que después del terremoto se vieron vagar hombres locos y furiosos. El estudio de este fenómeno y de sus causas entra en el plan de mi obra, y encuentro para ello la oportunidad de un caso contemporáneo. Procuremos, pues, tranquilizar los ánimos asustados y disipar inmenso terror. Porque ¿dónde podrá creerse seguro nadie, si el mundo mismo se conmueve y sus partes más sólidas se derrumban? ¿cuando la única base inquebrantable y fija que sostiene todo lo demás, fluctúa, perdiendo el suelo su cualidad natural, la estabilidad? ¿Cuándo podrán cesar nuestros temores? ¿Dónde encontraremos refugio? ¿Adónde huiremos, en nuestro terror, si el peligro brota debajo de nosotros, y los abismos interiores de la tierra nos lo envían? Al primer crujido que anuncia que una casa va a derrumbarse, alármanse todos sus moradores, precipítanse al exterior y abandonan sus penates para confiarse a la vía pública. Pero ¿qué asilo se ofrecerá a nuestra vista, qué recurso, si es el mundo el que amenaza ruina, si lo que nos protege y sostiene, este suelo sobre que descansan las ciudades, si el centro y fundamento del universo, como han dicho algunos, vacila y se entreabre? ¿Qué encontrarás, no digo que te ponga en seguro, sino que te consuele, cuando el miedo no tiene donde huir? ¿Qué parapeto bastante fuerte para tu defensa y la suya? Al enemigo lo rechazo con la muralla, y fortalezas altas y escarpadas detendrán, con la dificultad del asalto, ejércitos numerosos. Contra la tempestad tenemos el abrigo del puerto; si las nubes se licuan sobre nosotros y arrojan sin cesar torrentes de lluvia, nuestro techo nos preservará; el incendio no persigue a los que huyen, y cuando el cielo ruge y amenaza, nos ponen a cubierto los subterráneos y profundas cavernas. El fuego del cielo no atraviesa la tierra, repeliéndole el obstáculo más pequeño del suelo. En tiempo de peste, puede cambiarse de lugar, y no hay calamidad que no pueda evitarse. Nunca ha destruido el rayo pueblos enteros; el aire pestilente despuebla una ciudad, pero no la hace desaparecer. El azote de que hablo se extiende mucho más; es inevitable, invisible, y hace innumerables víctimas. No devora algunas casas solamente, o algunas familias o una ciudad, sino que destruye una raza entera, o una comarca completa, convirtiéndola en ruinas o sepultándola en abismos sin fondo, sin dejar rastros que revelen que lo que no existe existió al menos alguna vez, y sobre las ciudades más famosas se extiende nuevo suelo, sin vestigio alguno de lo que fueron. Muchas gentes temen más que otro alguno este género de muerte que sepulta al hombre con su casa y le borra, vivo aún, del número de los vivientes, como si todo género de destrucción no llevase al mismo fin. En esto se muestra especialmente la justicia de la naturaleza, que cuando se llega al supremo término, todos somos iguales. Poco importa, pues, que sea una piedra la que me hiera o que una montaña entera me aplaste; que una casa se derrumbe sobre mí, o que perezca bajo sus últimos restos ahogado por el polvo, o que el mundo entero caiga sobre mi cabeza; que exhale el último suspiro al aire libre y a la luz del sol, o en la inmensa sima del suelo entreabierto; que caiga solo en sus abismos, o caiga en compañía de considerable número de pueblos. Poco importa morir con grande estrépito; siempre es morir. Así, pues, armémonos de paciencia contra una catástrofe que no puede evitarse ni preverse. No prestemos oídos a esos emigrados de la Campania, que después del desastre emigraron de ella, afirmando que nunca volverán. ¿Quién les asegurará que este o el otro suelo descansa sobre fundamentos más sólidos? Todos están sometidos a iguales probabilidades, y si los hay que todavía no se han movido, no por eso son absolutamente inmóviles. Tal vez ese que huellas con tanta seguridad, se hundirá esta noche o quizá antes de terminar el día. ¿Cómo sabes si no serán más favorables las condiciones de un terreno en el que el hado agotó ya sus fuerzas y espera el porvenir, fuerte ya con sus ruinas? Porque sería grande error creer una región cualquiera exenta y a cubierto de este peligro. Todas están sujetas a la misma ley. La naturaleza no ha criado nada inmutable. Tal suelo se hundirá hoy, tal otro mañana. Y así como entre los edificios de una gran ciudad se apuntala en tanto éste, en tanto aquél, así sucesivamente cada porción de la tierra se inclina para derrumbarse. Tiro fue tristemente célebre por sus hundimientos. El Asia perdió a la vez doce ciudades. Este misterioso azote que recorre el universo, cayó el año último sobre la Acaya y la Macedonia, como ahora sobre la Campania. La destrucción va dando vuelta, y lo que olvida durante algún tiempo, sabe encontrarlo después. Aquí son raros sus ataques, allá son frecuentes; pero nada deja inmune y sin daño. No solamente los hombres, que nacemos débiles y caducos, sino que también las ciudades le obedecen, las comarcas, las orillas de los mares y los mares mismos. ¡Y nos prometemos de la fortuna bienes duraderos! ¡Y la felicidad, que es de todas las cosas humanas la que desaparece más pronto, la deseamos inmóvil y estable! Nos lisonjeamos de que al fin será permanente para nosotros, sin considerar que ni siquiera es sólido el suelo que pisamos. Porque el de la Campania, el de Tiro, el de Acaya, no es solamente el que carece de cohesión, pudiendo desunirlo muchas causas: todo es igual; el conjunto subsiste, las partes se derrumban.

II. ¿Qué hago? Había prometido tranquilizar, y señalo por todas partes motivos de temor. Niego que exista quietud eterna, y aseguro que todo puede perecer y dar la muerte. Pues bien, en esto mismo encuentro motivo de tranquilidad, y motivo muy poderoso; porque en último caso, cuando un mal es inevitable, temerle es locura. La razón cura los terrores del prudente; los demás deben a la desesperación su mayor seguridad. Considera que se ha dicho para el género humano lo que se dijo a aquellos que, cogidos de pronto entre el incendio y el enemigo, quedaron estupefactos:

Una salus victis, nullam sperare salutem(34).

Si quieres no temer nada, piensa que todo debes temerlo: mira en derredor, y verás qué poco se necesita para destruirnos. Ni la comida, ni la bebida, ni la vigilia, ni el sueño, son saludables, sino en determinada medida. Comprendes que nuestros cuerpos son endebles y frágiles, pudiendo destruirlos ligero esfuerzo. Para que haya peligro de muerte, ¿se necesitará nada menos que terremotos, hundimientos del suelo y repentina formación de abismos? En mucho se estima el que teme más que a otra cosa el rayo, los terremotos y agrietamientos del suelo. ¿No será mejor que el que se convenza de lo poco que somos, tema más la pituita? ¿Tan felizmente hemos nacido, nos han dado miembros tan robustos y estatura tan elevada, que no podamos perecer si el mundo no tiembla, si el cielo no lanza el rayo, si la tierra no se abre debajo de nuestros pies? Un mal en la uña, y no digo en la uña entera, la más pequeña escoriación, basta para destruirnos; ¿y temeré yo los temblores de tierra cuando una flema puede ahogarme? ¿Temeré que el mar salga de su lecho; que el flujo, más impetuoso que de ordinario, traiga mayor cantidad de agua a la orilla, cuando se han visto hombres ahogados por una bebida que ha penetrado mal en las fauces? ¡Cuán neciamente temes al mar, si sabes que una gota de agua puede ahogarte! El mayor consuelo de la muerte consiste en la necesidad misma de morir, y nada nos robustece tanto contra los peligros que nos amenazan por fuera como la idea de los numerosísimos que se albergan en nuestro propio seno. ¿Qué mayor demencia que desfallecer al fragor del trueno, y arrastrarse bajo tierra por temor al rayo? ¿Qué hay más necio que temer la conmoción y caída repentina de las montañas, las irrupciones del mar empujado fuera de sus límites, cuando la muerte está presente en todas partes y por todas ellas amenaza, no habiendo nada tan exiguo que no baste para la destrucción del género humano? Lejos de consternarnos por estos trastornos, lejos de creerlas más terribles que la muerte ordinaria, todo lo contrario, puesto que es necesario salir de la vida y exhalar alguna vez el espíritu, afanémonos por perecer en una gran catástrofe. Necesario es morir en tal o cual paraje, más pronto o más tarde. Aunque esta tierra permanezca firme, aunque nada pierda de sus límites, aunque ningún cataclismo la trastorne, no dejará de estar sobre mí algún día. ¿Qué importa, pues, que la arrojen o que ella se arroje por sí misma? que rasgados por no se qué fuerza poderosa, se abran sus costados y me precipiten en inmensos abismos, ¿qué importa? ¿Es más suave la muerte en la superficie? ¿Puedo quejarme si la naturaleza no quiere que descanse en paraje ignorado, si me sepulta en una parte suya? Egregiamente dice nuestro Virgilio en aquel verso:

Si cadedendum est, mihi, coelo cecidisse velim(35).

Nosotros podemos decir lo mismo. Si es necesario caer, caigamos cuando el orbe se quebranta; no porque deban ,desearse los desastres públicos, sino porque es motivo grande para resignarse a la muerte, ver que la naturaleza misma es mortal.

III. También conviene convencerse de que nada de esto hacen los dioses; que no es su enojo el que conmueve el cielo y la tierra. Estos fenómenos tienen sus causas propias, y sus estragos no dependen de ningún mandato, sino que, como en el cuerpo humano, son efecto de algunos vicios desorganizadores, y cuando parece que hace sufrir, la materia es la que sufre. Pero todo es terrible para nosotros que ignoramos la verdad, y lo raro del suceso aumenta nuestro terror. Los accidentes habituales asustan menos; lo extraordinario es lo que aterra. ¿Y por qué son extraordinarios algunos fenómenos para nosotros? porque contemplamos la naturaleza con los ojos y no con la razón; porque pensamos, no en lo que puede hacer esta naturaleza, sino en lo que ha hecho. Sirve, pues, de castigo a nuestra falta de reflexión el miedo que nos causa lo que nos parece extraordinario, cuando no es extraordinario, sino desacostumbrado. ¿Cómo? ¿No es cierto que se apodera de los ánimos religioso temor, y especialmente de la multitud, cuando el sol y hasta la luna, cuyos eclipses son más frecuentes, se nos ocultan en todo o en parte? Más aún sucede esto cuando cruzan llamas oblicuamente el cielo; cuando se ve arder una parte del aire, o astros cabelludos, o muchos soles a la vez, o estrellas en pleno día, o fuegos repentinos que vuelan en el espacio dejando largo rastro luminoso. No se contemplan estas cosas sin temor, y procediendo el temor de la ignorancia, ¿no convendría instruirse para no temer? ¿Cuánto mejor sería investigar las causas y dirigir a esto toda la atención del ánimo? Nada puede encontrarse a que pueda el espíritu, no dirá prestarse, sino entregarse más dignamente.

IV. Investiguemos ahora qué causa agita la tierra desde su parte más recóndita, y sacude esta mole tan pesada; qué fuerza es esta más poderosa que la tierra, que hace caer tan inmensos sostenes; por qué unas veces tiembla, otras se hunde, y en tanto se agrietea y divide; por qué los intervalos que separan sus ruinas son unas veces largos y otras bruscos y estrechos; por qué hace desaparecer ríos famosos por su anchura, o hace brotar otros de su seno; por qué da paso a nuevos manantiales de agua caliente, o enfría los antiguos; por qué brota fuego de las montañas y pedazos de roca, saliendo por aberturas antes ignoradas, mientras que se extinguen volcanes conocidos y célebres desde la antigüedad. Mil prodigios acompañan a los terremotos: cambian el aspecto de los lugares, trasladan las montañas, levantan las llanuras, ciegan los valles y hacen surgir del fondo del mar nuevas islas. Dignas son ciertamente de investigación las causas de tales fenómenos. -Dirás tú: ¿qué obtendremos de ello?-El premio mayor de todos, el conocimiento de la naturaleza. Estas investigaciones, tan útiles por otra parte, tienen para el hombre el interés de lo maravilloso, trayéndole, no tanto el provecho como la admiración. Investiguemos, pues, por qué suceden estas cosas, cuyo estudio tan dulce es para mí, que a pesar de haber publicado en mi juventud un libro sobre los terremotos, he querido tratar del asunto otra vez y experimentar si la edad me ha hecho ganar en ciencia, o al menos en penetración.

V. Creen algunos que la causa que agita la tierra es el agua; según otros, es el fuego; algunos dicen que es la tierra misma, y otros que es el aire; hay quien admite el concurso de muchas causas de estas, y hay también quien las admite todas. Hase dicho, en fin, que una causa de estas producía el fenómeno, pero se ignora cuál de ellas. Examinémoslas separadamente. Diré ante todo que las opiniones de los antiguos son inexactas y rudas. Vagaban aún en derredor de la verdad. Todo era nuevo para ellos, que andaban a tientas; después se limaron sus ideas, y si nosotros hemos hecho algunos descubrimientos, la gloria, sin embargo, pertenece a aquellos. Necesitáronse espíritus muy elevados para disipar las tinieblas que envolvían la naturaleza, y sin pararse en lo que muestra a nuestros ojos, penetrar en ella y descender a los secretos de los dioses. Mucho ayudó a los descubrimientos la creencia de que eran posibles. Debe, pues, oírse a los antiguos con indulgencia, porque nada es completo en su principio. Y esto no es verdadero solamente en la cuestión que nos ocupa, tan importante y tan oscura, que, hasta después de muchos trabajos, todas las edades tendrán algo que investigar; pero en todo asunto los principios están lejos de la perfección.

VI. Que la causa sea el agua, lo han dicho muchos Y con muchos argumentos. Thales Milesio cree que la tierra descansa en una masa de agua, en la que flota; puede llamársela Océano o mar grande, o elemento hasta ahora de naturaleza simple, elemento húmedo. Esta agua, dice, sostiene la tierra, nave inmensa que pesa sobre el líquido que comprime. Inútil es exponer las razones que le hacen, creer que la parte más pesada del universo pueda sostenerse en una sustancia tan tenue y fugaz como el aire, porque no tratamos ahora del asiento de la tierra, sino de sus sacudidas. Da este filósofo como prueba de su opinión que casi todos los grandes estremecimientos hacen brotar nuevos manantiales, como sucede con las naves, que cuando se inclinan mucho sobre un costado, las invade el agua, y si está demasiado cargada, la cubre el agua, o al menos se eleva por ambos lados más que de ordinario. No se necesitan grandes razonamientos para demostrar que esta opinión es falsa. Si la tierra estuviese sostenida por el agua, algunas veces se estremecería en toda su masa y siempre se encontraría en movimiento, no extrañando su agitación, sino su reposo. Estremeceríase toda entera y no una parte sola, porque nunca se estremece solamente la mitad de una nave. Ahora bien, vemos que los terremotos no son universales, sino parciales: y ¿cómo sería posible que un cuerpo sostenido por el agua no fuese agitado en toda su masa cuando se agitase el elemento que le sostiene? Pero ¿por qué brotan aguas? En primer lugar, muchas veces tiembla la tierra sin que broten nuevos manantiales. Además, si esta fuese la causa que los produjera, no aparecerían más que en los costados de la tierra, como vemos que acontece en los ríos y en el mar: la elevación del agua a medida que la nave se hunde, se nota especialmente en los costados. Y en último caso, la erupción de que se habla no sería tan pequeña y como hilo de agua que penetra por ligera hendidura, sino que sería inundación inmensa, proporcionada al infinito piélago que sostiene todas las cosas.

VII. Otros, atribuyendo al agua los terremotos, no los explican de la misma manera. Surcan la tierra en todas direcciones, dicen, aguas de diferentes géneros. Tales son, entre otras, ríos inmensos, constantemente navegables hasta sin el auxilio de las lluvias. Aquí el Nilo que arrastra en estío inmenso caudal; allá entre el mundo romano y sus enemigos el Danubio y el Rhin; el uno que detiene las incursiones de los Sármatas y separa Europa de Asia; el otro que contiene a los Germanos tan ávidos de guerra. Añade ahora inmensos lagos, aguas estancadas rodeadas de pueblos que no se conocen, pantanos inaccesibles a las naves y que no pueden atravesar ni siquiera los que habitan en sus orillas. Y además tantas fuentes, tantos manantiales ocultos de los que salen ríos como de improviso. En fin, todos esos torrentes impetuosos, formados, en un momento, y cuyo desarrollo es tanto más rápido, cuanto menos dura. Todas estas aguas se encuentran debajo de tierra con igual naturaleza y carácter. Allí también corren rápidamente algunas y caen formando cataratas; otras, más tranquilas, se extienden por lechos menos profundos, siguiendo pendiente suave y apacible. ¿Quién puede negar que es indispensable existen vastos depósitos que los alimenten y que hay estanques en muchos puntos? No es necesario probar que hay muchas aguas allí donde están todas. La tierra no podría dar origen a tantos ríos, si no contase con los inagotables depósitos de donde salen. Siendo así, necesario es que a veces se desborde algún río de éstos, rebase sus orillas y choque por modo violento contra el obstáculo que encuentre. Entonces se verificará conmoción en la parte de la tierra donde haya chocado el río y que no dejará de combatir hasta que vuelva a su cauce. Posible es también que alguna corriente interior socave una región, llevándose los fundamentos, cuya caída haga temblar las capas superiores. En fin, es ser esclavo de los ojos y no llevar el pensamiento más allá de lo visible, no admitir que existe en las profundidades de la tierra un mar inmenso. Ni tampoco veo qué obstáculo puede impedir que estas cavidades tengan también sus riberas, sus canales secretos, desembocando en un mar tan dilatado como los nuestros, y tal vez más espacioso, puesto que la superficie del suelo tiene que repartirse entre las aguas y multitud de seres vivientes, mientras que el interior, desprovisto de habitantes, deja mayor espacio a las olas. ¿Y por qué no han de tener sus fluctuaciones, por qué no han de agitarse los vientos que engendra todo vacío subterráneo y toda especie de aire? Posible es, pues, que una tempestad más fuerte que las demás levante violentamente una porción del suelo. Porque entre nosotros sucede que parajes bastante lejanos del mar, se ven asaltados de pronto por las olas, y quintas que las contemplaban a lo lejos, quedan inundadas por aguas cuyo, rumor apenas oían. De la misma manera puede hacer incursiones el mar interior, y éstas no pueden verificarse sin que se conmueva lo que hay encima.

VIII. No creo que dudes por mucho tiempo en admitir ríos subterráneos y un mar interior. ¿De dónde saldrían estas aguas que suben hasta nosotros, si la tierra no encerrase los manantiales? Cuando ves el Tigris, interrumpido en la mitad de su carrera, secarse y desaparecer, no de pronto sino poco a poco, sin aparentar pérdidas, disminuyendo insensiblemente hasta secarse, ¿a dónde crees que va sino a las profundidades de la tierra, cuando de pronto le ves surgir tan caudaloso como antes? ¿No ves también el Alfeo, tan celebrado por los poetas, desaparecer en Acaya, y después de atravesar el mar brotar en Sicilia formando la amena fuente de Arethusa? ¿Ignoras que entre las opiniones que explican los desbordamientos del Nilo hay una que lo hace proceder de la tierra misma y atribuye la crecida del río, no a las aguas del cielo, sino a las interiores? He oído decir a dos centuriones que Nerón César, apasionado por todas las cosas bellas y especialmente por la verdad, mandó a buscar las fuentes del Nilo; que habiendo recorrido largo camino, favorecidos por el Rey de la Etiopía y recomendados a los reyes inmediatos, quisieron penetrar más y llegaron a inmensos pantanos. Los habitantes, añadían, ignoran cuál sea el término, y necesario es desesperar de saberlo: tan mezcladas están las hierbas con el agua, y tan poco vadeables son aquellas lagunas e impracticables para las naves. Una barquilla con un hombre solo es todo lo que puede soportar una charca fangosa y llena de hierbas. Ahí, me dijeron, vimos dos peñascos, de los que caía un río inmenso. Que éste sea el nacimiento o un afluente del Nilo, que brote en aquel punto o no haga otra cosa que reaparecer después de una carrera subterránea, ¿no crees que este agua no viene de alguno de esos grandes lagos de que he hablado? Necesario es que la tierra encierre en muchos parajes aguas desparramadas, que reúne en un recipiente común, para que puedan brotar corrientes tan impetuosas.

IX. Algunos creen que es el fuego la causa de los terremotos, pero no todos lo explican de la misma manera. Anaxágoras, en primer lugar, sostiene que la causa de los huracanes es también la de los terremotos; es decir, que un viento encerrado bajo tierra consigue romper el aire espeso y condensado en nubes, con tanta violencia como quedan rotas las del cielo; y que de este choque de nubes, de estas corrientes de aire, brota repentinamente fuego. Este fuego corre buscando salida, separa todos los obstáculos, hasta que encerrado en angosto paso, encuentra camino para escapar al exterior, o se lo abre por medio de la violencia y la destrucción. Otros, considerando también al fuego como causa, dan otra explicación, diciendo que el fuego, repartido en muchos parajes, consume todo lo inmediato, y que si las partes consumidas caen, su caída arrastra todo lo que sostenían, no encontrando apoyo alguno que impida el derrumbamiento. Ábrense entonces inmensos abismos, en los que, después de larga vacilación, se consolida el suelo sobre los puntos que quedan firmes. Esto sucede en nuestras ciudades cuando el incendio destruye algunos edificios; una vez quemadas las vigas, o carbonizado lo que sostenía los techos, la parte superior se derrumba después de vacilar, no cesando la oscilación hasta que descansa en suelo firme,

X. Anaximenes dice que la tierra misma es causa de sus temblores, sin recibir ningún impulso exterior; sino que en su interior caen aquellas partes suyas que disuelve el agua, corroídas por el fuego, o arrancadas por recios vientos, y a defecto de estas causas, no faltan otras inferiores de destrucción y estrago. Todo, en efecto, se destruye con el tiempo, y nada está libre de la vejez, que mina hasta lo más sólido y robusto. De la misma manera que en los edificios antiguos hay partes que caen hasta sin choque, cuando es mayor el peso que el apoyo, así sucede también en este cuerpo de la tierra, en el que la vejez destruye algunas partes, conmoviéndose por la caída lo que está encima de ellas; primero al desprenderse, porque no se desprende de otra ninguna masa considerable sin imprimirla movimiento; y después, cuando se precipita rebotando en el suelo a manera de pelota, rechazada cada vez que cae, y cobrando nuevo impulso. Si estos restos caen en agua estancada, su caída debe conmover todos los parajes inmediatos, por la sacudida que imprime a las aguas un peso enorme que cae en ellas desde elevada altura.

XI. Otros atribuyen también al fuego los terremotos, pero de diferente manera. Este fuego, que hierve en muchos puntos, exhala necesariamente raudales de vapores que no tienen salida y dilatan fuertemente el aire: si obran con mucha energía, derriban los obstáculos; cuando no son tan vehementes, sólo pueden conmover el suelo. Vemos que el agua hierve sobre el fuego. Lo que el hogar hace en está pequeña cantidad de líquido, hemos de creer qua hace el inmenso y ardiente hornillo subterráneo con las grandes masas de agua. Entonces el vapor de estas aguas que hierven agita con violencia todo lo que toca.

XII. Numerosos y célebres autores admiten el aire como motor. Arquelao, muy versado en la antigüedad, se expresa de esta manera: «Los vientos penetran en las concavidades de la tierra; allí, cuando el espacio está lleno, y el aire todo lo condensado que puede estar, el que llega después agita y comprime al anterior, y con sus redoblados golpes, primero lo comprime y después lo dispersa. El aire que busca espacio, separa todos los obstáculos y se esfuerza en romper sus barreras. Por esta razón se conmueve la tierra a causa de la lucha del aire que pugna por escapar. A los terremotos precede tranquilidad y calma en el aire, porque la fuerza que de ordinario desencadena los vientos está reconcentrada en las cavidades subterráneas». En efecto, cuando ocurrió el terremoto de Campania, aunque fue en invierno, el aire estuvo tranquilo algunos días antes. - ¡Cómo! ¿No ha temblado nunca la tierra mientras soplaba viento? -Al menos es cosa rara que dos vientos soplen a la vez. Sin embargo, es posible y ha sucedido: si admitimos y consta que dos vientos, obrando simultáneamente, pueden producir el fenómeno, ¿por qué no había de agitar uno el aire superior y otro el inferior?

XIII. Puedes contar entre los que siguen esta opinión a Aristóteles y a su discípulo Theofrasto, cuyo estilo, sin ser divino como parecía a los Griegos, tiene sin embargo dulzura y elegancia que no revelan trabajo. Expondré lo que piensa cada uno de ellos. De la tierra brota siempre cierta evaporación, seca unas veces, y otras mezclada de humedad. Saliendo de lo más profundo, y elevándose hasta donde puede, cuando ya no le es posible subir más, retrocede y reconcentra sobre sí misma; y como la lucha de dos corrientes de aire opuestas rechaza violentamente los obstáculos, ora se encuentren encerrados los vientos, ora hagan esfuerzos para escapar por paso angosto, ocasiona los terremotos y estruendos que los acompañan. Stratón pertenece a la misma escuela, habiendo cultivado muy especialmente esta rama de la filosofía que tiene por objeto la naturaleza. He aquí su opinión: «El frío y el calor son contrarios siempre y no pueden existir juntos; el frío pasa al punto que el calor abandona; y recíprocamente el calor acude en cuanto se expele el frío». Esto es indudable, y la oposición de uno y otro queda demostrada por lo siguiente. En invierno, cuando domina el frío en la tierra, los pozos, las cavernas, todos los parajes subterráneos están calientes, porque el calor se refugia en ellos, cediendo al frío el imperio de lo exterior; cuando este calor ha penetrado en la tierra tanto como puede, se hace más activo cuanto más reconcentrado se encuentra; si sobreviene otro, uniéndose necesariamente al primero, lo comprime y obliga a ceder el puesto. En cambio lo mismo acontece cuando penetra en las cavernas frío más intenso. Todo el calor que contienen, cediendo al frío, pasa a parajes estrechos y escapa impetuosamente; porque estas dos naturalezas opuestas no pueden aliarse ni permanecer en el mismo sitio. Puesto en fuga, pues, y buscando salida, el calor derriba y rompe lo que le rodea; de aquí que, antes de las conmociones de la tierra, se oigan los mugidos de estas corrientes de aire desencadenadas en las profundidades; y no podría oírse, como dice nuestro Virgilio,

Sub pedibus mugire solum, et juga celsa moveri(36),

si esto no fuese obra de los vientos. Además, estas luchas tienen alternativas, no siendo siempre el calor el que se reconcentra y estalla. El frío retrocede a su vez y se retira para presentarse en seguida con más fuerza; y según estas alternativas, que cada vez hacen escapar los vientos, agítase la tierra.

XIV. Los hay que creen que el aire solamente produce estas conmociones, pero de manera muy distinta de la que dice Aristóteles. Escucha lo que éstos dicen: Nuestro cuerpo está regado por la sangre y por el aire que discurre por sus canales especiales. Algunos conductos de éstos son más estrechos que los otros, y el aire no hace más que circular en ellos; pero tenemos recipientes mayores en los que se aglomera y desde ellos se extiende a las demás partes. De la misma manera, este cuerpo inmenso de la tierra está penetrado por las aguas que le sirven de sangre, y por los vientos que alguien no les ha llamado menos que su alma. El agua y el viento, en tanto corren juntos, en tanto se paran a la vez. Ahora bien, en el cuerpo humano mientras dura la salud, el movimiento de las venas se verifica regularmente y sin perturbación; pero a la menor alteración, el movimiento del pulso, los suspiros y difícil respiración anuncian el sufrimiento y el cansancio: así también la tierra, en su estado natural, permanece inmóvil. Sobreviene algún desorden, y entonces, como cuerpo enfermo, se agita; el viento que circulaba suavemente, empujado con mayor fuerza, sacude las venas por donde corre, pero no como dicen los que antes mencioné y creen que la tierra es un animal viviente; porque entonces se estremecería en toda su extensión, puesto que en nosotros no agita la fiebre una parte más que otra, sino que las invade todas con igual violencia. Ves, pues, que debe penetrar en la tierra algún soplo del aire exterior, y que, mientras encuentra paso circula sin estrépito; pero si choca con un obstáculo, si le detiene alguna barrera, sobrecargado por el aire que lo empuja por la espalda, huye con esfuerzo por cualquier abertura, y con tanta mayor rapidez cuanto más comprimido se encuentra. Esto no puede verificarse sin lucha, ni puede haber lucha sin conmoción. Pero si el aire no encuentra siquiera abertura por donde escapar, reconcéntrase enfurecido, se agita en todos sentidos y derriba y rasga. Poderoso, no obstante su ligereza, penetra en los parajes más obstruídos, y separa y divide todos los cuerpos en que se introduce. Entonces tiembla la tierra, porque o se abre para darle paso, o después de cederlo espacio, faltándole cimiento, se derrumba en la caverna misma de que lo hizo salir.

XV. Otros opinan de esta manera. La tierra está llena de aberturas, no solamente aquellas que se le hicieron al principio como respiraderos, sino otras muchas que el acaso ha practicado. El agua ha arrastrado la tierra que cubría muchos puntos; los torrentes han corroído otros, y más lejos los intensos calores han fundido el suelo. Por estos intervalos penetra el viento; la mar subterránea le encierra e impulsa más lejos; si las olas no le permiten retroceder, no pudiendo entonces escapar ni subir, forma torbellino. Y como no puede caminar en línea recta, que es su dirección natural, empuja la bóveda y azota en todos sentidos la tierra que lo comprime.

XVI. Daré cuenta también de una opinión que sostienen muchos autores y que tal vez dividirá los ánimos. Evidente es que la tierra no carece de aire. No hablo de aquel que la hace consistente, que reúne sus partes y que se encuentra hasta en las piedras y los cuerpos muertos; sino de un aire vital, vegetativo, que todo lo alimenta en su superficie. A no ser así, ¿cómo había de dar vida a tantos arbustos, a tantos granos que sin el aire no podrían existir? ¿Cómo podría atender a la conservación de tantas raíces, que penetran de mil maneras en ella, unas casi en su superficie, otras a grandes profundidades, si no tuviese en sí oleadas de ese aire generador del que nacen tantos seres variados que lo respiran y le deben su alimentación y desarrollo? Pero estos argumentos son todavía muy ligeros. Todo ese cielo que encierra el éter sutil, parte la más elevada del mundo; todas esas estrellas, cuyo número es incalculable; todo ese conjunto celestial, y, omitiendo los demás astros, ese sol que realiza su carrera tan cerca de nosotros y que sobrepuja más de una vez a nuestro mundo en magnitud, todos obtienen su alimento de la tierra, y se reparten los vapores que exhala, único pasto que les nutre: porque no se alimentan de otra cosa. Pero la tierra no podría bastar a cuerpos tan numerosos, tan grandes y mucho mayores que ella, si no estuviese llena de aire vivificante que noche y día escapa por todos sus puntos. Imposible es que no le quede mucho, no obstante la inmensa pérdida que experimenta, y es necesario que el que sale de ella se reproduzca incesantemente. Porque no podría bastar perpetuamente al sostenimiento de todos esos cuerpos celestes, sin la trasmutación continua y recíproca de todos los elementos. Indispensable es, por consiguiente, que este aire abunde en la tierra, que esté llena de él y tenga depósitos de donde tomarlo. No puede dudarse que la tierra contiene en sus intersticios numerosos espíritus, y que el aire que se introduce en ella ocupa inmensas y oscuras cavidades. Siendo esto así, necesariamente ha de moverse con frecuencia aquello que está lleno de lo más movible. Porque, lo que nadie pondrá en duda, ¿qué hay más inquieto que el aire, más versátil y amigo de la agitación?

XVII. Síguese de esto que obra según la naturaleza, y que dispuesto siempre a moverse, algunas veces mueve lo que está cerca. ¿Cuándo lo hace? Cuando se le detiene en su carrera; porque mientras no se le detiene, sigue tranquilamente; pero si se le rechaza o retiene, se ensoberbece y rompe sus barreras, no de otra manera que aquel

.....Pontem indignatus Araxes(37).

Mientras que tranquilamente lleva sus aguas cuando nada obstruye su cauce. Pero si la mano del hombre o el acaso ha arrojado a su paso peñascos que lo estrechan, retrasa su curso para lanzarse con más violencia, y cuanto mayores son los obstáculos que se le oponen, más fuerza desplega para destruirlos. En efecto, todas aquellas aguas que llegan por detrás y que se aglomeran sobre sí mismas, ceden al fin a su propio peso, convirtiéndose en masa destructora que se precipita arrastrando lo que se le oponía.. Lo mismo acontece con el aire, que cuanto más impetuoso y sutil es, corre con mayor rapidez y separa violentamente los obstáculos: de aquí el estremecimiento de aquella parte bajo la cual se verifica la lucha. Demuestra la verdad de esto el hecho de que con frecuencia, después de un terremoto, aparecen grietas por las que sale viento durante muchos días, como refiere la tradición relativamente al terremoto de Calcis. Asclepiodoto, discípulo de Posidonio, habla de esto en sus cuestiones naturales. Encontrarás en otros autores que, habiéndose abierto la tierra en algún paraje, escapó durante mucho tiempo una corriente de aire que sin duda se había abierto aquella salida.

XVIII. La causa principal de los terremotos es, pues, el aire, que por naturaleza es rápido y móvil. En tanto que no recibe ningún impulso y permanece en espacio libre, allí descansa inofensivo sin agitar lo que le rodea. Si le agita una causa extraña, si le repele y comprime, no hace otra cosa aún que ceder y vagar. Pero si le cierra toda salida y por todos lados se le presentan obstáculos, entonces

.....magno cum murmure montis
Circum claustra fremit...(38),

que por largo tiempo conmueve y hace al fin estallar, siendo tanto más terrible, cuanto mayor fue la resistencia y más tenaz la lucha. En fin, cuando por largo tiempo ha recorrido los parajes donde está encerrado y de los que no ha podido escapar, retrocede hasta el punto mismo en que está el principal obstáculo, penetra por las hendiduras ocultas que las sacudidas han abierto en el suelo, o se lanza al exterior por nueva abertura. Así es que nada puede contener esta fuerza; no hay paraje que pueda encerrar el viento: rompe todas las barreras, arrastra los pesos, deslízase por estrechas grietas, que sabe ensanchar; es una naturaleza indomable, un poder al que la resistencia enoja y que recobra siempre su derecho. El viento es una cosa invencible, y nada hay que

Luctantes ventos, tempestatesque sonoras
Imperio premat; ac vinclis et carcere frænet(39).

Sin duda el poeta entiende por prisión ese paraje subterráneo que los oculta y encierra. Pero no echa de ver que lo encerrado no es viento todavía, y que lo que es viento no puede quedar encerrado. El aire cautivo está quieto y tranquilo; el viento está siempre en fuga. Ocurre aquí otro argumento que prueba que los terremotos proceden del aire, y es que nuestro mismo cuerpo no tiembla si algún desorden no agita el aire interior condensado por el temor, o languidecido por la edad, o entumecido en las venas, o helado por el frío, o alterada su carrera por la proximidad de la fiebre. Mientras circula sin accidente, mientras sigue su marcha ordinaria, el cuerpo no tiembla; pero si una causa cualquiera perturba sus funciones, entonces no basta a sostener lo que sostenía con su vigor, y cediendo, destruye el equilibrio que mantenía en su estado normal.

XIX. Necesario es que escuchemos lo que Metrodoro de Chío pronuncia como sentencia, porque no me permito callar ni siquiera aquellas opiniones que rechazo, siendo mucho más prudente exponerlas todas, y mucho mejor rechazar lo que no se aprueba que pasarlo en silencio. ¿Y qué dice? Que así como la voz del que canta encerrado en un tonel recorre la totalidad y hace vibrar y resonar las paredes, y aunque ligeramente impulsada, no deja de conmover con cierto estremecimiento el recipiente en que está encerrado, así las espaciosas cavernas que se abren debajo del suelo contienen aire que, herido por el aire superior, las conmueve de la misma manera que el tonel de que acabo de hablar, cuyo hueco hae resonar la voz.

XX. Vengamos ahora a los que admiten a la vez todas las causas mencionadas o la mayor parte de ellas. Demócrito admite muchas. Dice que los terremotos se deben algunas veces al aire, otras al agua y en ocasiones a los dos, y de esta manera lo explica. Existen en la tierra cavidades a las que acuden grandes cantidades de aguas, de las cuales unas son más ligeras y tenues que otras. Rechazadas por la caída de algún cuerpo pesado, chocan con la tierra y la agitan, porque esta fluctuación de las aguas no puede tener lugar sin el movimiento del cuerpo con que chocan. Lo que poco ha decíamos del aire, debe decirse ahora del agua acumulada en un sitio demasiado estrecho para contenerla; pesa sobre algún lado, y se abre camino tanto por su peso como por su violencia: largo tiempo encerrada, no puede salir sino por suave pendiente, ni caer sin cierta fuerza y conmoción de aquello sobre que cae. Pero si cuando comienza a escapar la detiene un obstáculo obligándola a replegarse sobre sí misma, choca con la tierra que encuentra y la sacude en los puntos menos firmes. Algunas veces también la tierra se deprime más o menos profundamente, bien porque la penetre el agua, o porque sus mismos fundamentos queden minados, y entonces se hace sentir presión más fuerte en el lado en que carga el peso de las aguas. Otras veces las empuja el viento, que desencadenado con violencia conmueve aquella parte de la tierra, contra la que lanza las olas amontonadas. Frecuentemente, penetrando en los canales interiores del globo, al buscar salida agita todo lo inmediato: porque la tierra es penetrable a los vientos, espíritus demasiado sutiles para ser rechazados, y demasiado poderosos para que resista a su fuerte y rápida acción. Epicuro admite la posibilidad de todas estas causas y propone además otras muchas: censura a los que adoptan una sola, en vista de que es temerario dar como cierto lo que solamente es conjetura. El agua, dice, puede conmover la tierra empapándola y corroyendo ciertas partes que quedan demasiado débiles para servir de cimiento como antes. Puede producir el terremoto la acción del aire interior, agitado por la introducción del exterior. Tal vez el derrumbamiento de alguna masa, rechazando el aire, produce la conmoción. Quizá en algunos puntos sostienen la tierra columnas y pilares que, corroídos y vacilantes, hacen temblar la masa que sostienen. Tal vez viento abrasador, convertido en llamas y semejante al rayo, derriba al pasar todo cuanto le resiste. Tal vez lagunas y aguas dormidas, levantadas por el viento, conmueven la tierra con su choque, o por la agitación del aire que este movimiento aumenta y lleva de abajo arriba. Pero ninguna causa de estas le parece más eficaz que el viento.

XXI. También nosotros creemos que el aire sólo puede producir tales esfuerzos; porque nada hay en la naturaleza que sea más poderoso, nada más enérgico, y sin aire ni aquello que es más activo tiene fuerza. Él anima el fuego; sin él las aguas quedan inertes, no debiendo su ímpetu sino al impulso de este soplo, que puede disipar grandes espacios de tierra, alzar nuevas montañas y crear en medio de los mares islas que jamás se habían visto. Thera, Theresia, y esa isla de nuestro tiempo que hemos visto aparecer en el mar Egeo, ¿quién puede dudar las haya sacado a luz el viento? Según Posidonio, hay dos especies de terremotos, y cada cual tiene su nombre especial. El uno es la sacudida que agita la tierra por ondulaciones; el otro es el movimiento que la inclina lateralmente como una nave. Por mi parte creo que existe otro también, que nuestros padres designaron exactamente con el nombre de temblor, y que se diferencia de los dos anteriores; porque cuando ocurre no hay sacudida ni inclinación, sino vibración. Este terremoto es el menos peligroso, como también la sacudida lo es menos que la inclinación; porque si inmediatamente no sobreviniese un movimiento opuesto, que pusiera derechas las partes inclinadas, seguiríase por necesidad general ruina. Estos tres movimientos son diferentes, porque son diferentes también sus causas.

XXII. Hablemos primeramente del movimiento de sacudida. Cuando una larga fila de carros muy cargados se mueve, y sus ruedas caen pesadamente en los baches del camino, sientes la sacudida que experimenta el suelo. Asclepiodoto refiere que la caída de un peñasco enorme desprendido de la ladera de un monte, derribó por el estremecimiento los edificios cercanos. Lo mismo puede acontecer debajo de tierra: que un peñasco desprendido caiga ruidosamente y con todo su peso en la cavidad que tiene debajo, con la fuerza proporcional a su masa y elevación, y la bóveda entera del valle subterráneo se estremecerá. Es verosímil que produzca la caída de estos peñascos, primeramente su peso, y además los ríos que corren debajo, y cuya acción continua corroe la trabazón de las rocas, arrastrando diariamente algo de ellas, al rozar, por decirlo así, el cutis que las rodea. Esta acción continua y perpetuo rozamiento socavan la roca, que al fin no puede sostener su carga. Entonces se derrumban peñascos enormemente pesados, entonces se precipita la roca, y rebotando en su caída, conmueve todo lo que hiere.

.....sonitu venit, et ruere omnia visa repente(40),

como dice nuestro Virgilio. Esta debe ser la causa del movimiento de sacudida. Pasemos al segundo.

XXIII. La tierra tiene naturaleza esponjosa y está llena de huecos, por los cuales circula el aire, y cuando ha entrado más del que puede salir, este aire encerrado la agita. Muchos admiten esta causa, como antes dije, y tendrá fuerza si el testimonio de muchos forma autoridad para ti. Esta es también la opinión de Calisthenes, varón nada despreciable, porque tuvo elevado espíritu y no quiso soportar los furores de su rey. Su muerte será para Alejandro crimen eterno, que ni otras virtudes, ni guerras constantemente afortunadas, borrarán jamás. Siempre que se diga: Mató muchos millares de Persas; se contestará: Y también a Calisthenes. Siempre que se diga: Mató a Darío, al rey más grande; se responderá: Y también a Calisthenes. Siempre que se diga: Todo lo venció hasta las orillas del Océano; invadiolo también con las primeras flotas que surcaron sus ondas; extendió su imperio por el lado de la Tracia hasta los límites del Oriente; se contestará: Pero mató a Calisthenes. Aunque hubiese sobrepujado su fama la de los generales y reyes más célebres de la antigüedad, todo fue menor que el crimen de haber dado muerte a Calisthenes. Calisthenes, en el libro en que describe la sumersión de Helicis y Buris, aquella catástrofe que lanzó estas ciudades al mar o el mar a estas ciudades, dice lo que anteriormente hemos expuesto. El aire penetra en la tierra por aberturas ocultas, y debajo del mar lo mismo que en las demás partes; cuando después se obstruyen los conductos por donde ha penetrado, y por el lado opuesto le impide salir la resistencia del agua, gira a un lado y a otro, y en sus luchas consigo mismo, conmueve la tierra. Por esta razón están más sujetos a conmociones los parajes vecinos al mar, y por ello se atribuyó a Neptuno el poder de agitar las olas. Los que conocen los primeros elementos de la literatura griega, saben que a este dios le llaman allí .

XXIV. Admito también que el aire sea la causa de este azote; pero discutiré acerca su manera de introducirse en la tierra, si es por agujeros pequeños e invisibles o por conductos más grandes y patentes; si viene del fondo o de la superficie. Esto último no es creíble. La piel en nosotros impide el paso al aire; no penetra más que por el órgano que lo aspira, y no puede estacionar sino en las partes que presentan cavidad. No es entre los nervios y los músculos sino en las vísceras y en ancho depósito interior donde se aloja. Puede suponerse que lo mismo acontece en la tierra porque el movimiento no arranca de la superficie o de una capa próxima a la superficie, sino de lo más recóndito; como lo demuestra el hecho de que los mares más profundos experimentan agitación, sin duda por el estremecimiento de su lecho. Es, pues, verosímil que la tierra se mueve desde sus entrañas, en cuyas inmensas cavidades penetra el aire. Pero se dirá: así como el frío nos hace estremecer y temblar, el aire exterior puede producir igual efecto en la tierra. Esto no es posible; necesitaríase que la tierra fuese sensible al frío para que pudiese, como nosotros, temblar bajo la influencia del aire exterior. Concedo que la tierra experimente algo análogo a lo que experimenta el hombre, pero por diferente causa. La fuerza que la agita debe estar colocada muy profundamente; y el argumento más robusto que puede aducirse es que, en las violentas conmociones que abren el suelo y a las que siguen inmensos derrumbamientos, ciudades enteras desaparecen en el abismo que las devora. Refiere Tucídides que en la época de la guerra del Peloponeso la isla Atalanta fue destruida totalmente o al menos en considerable parte. Si hemos de creer a Posidonio, igual suerte tuvo Sidón. Y no necesitamos autoridades, porque sabemos, por nuestros propios recuerdos, que conmociones interiores del globo y vastas aberturas han separado parajes vecinos y destruido campos. Diré mi opinión acerca de la manera de producirse estas catástrofes.

XXV. Cuando el aire penetra y llena una vasta cavidad de la tierra, comienza a agitarse y a buscar salida, hiriendo repetidas veces las paredes que le encierran y sobre las que a veces tienen su asiento ciudades. Las sacudidas suelen a veces ser tales que se derrumban los edificios; otras veces, más violentas aún, hacen caer las mismas paredes que sostienen la inmensa bóveda y sepultan ciudades enteras en profundos abismos. La tradición, si quieres creerla, dice que en otro tiempo eran uno mismo el Ossa y el Olimpo, pero que un terremoto los separó, y de una montaña inmensa formó dos; que entonces se vio brotar el Peneo, que dejó secos los pantanos que hacían insalubre el aire de la Tesalia, y arrastró las aguas que se estancaban por falta de salida. El origen del Ladón, que corre entre Elis y Megalópolis, data de un terremoto. ¿Qué pruebo con esto? Que cavernas inmensas -¿cómo llamar de otro modo a estos huecos subterráneos?- son receptáculos de aire. No siendo así, las sacudidas se extenderían a espacios mucho mayores, conmoviéndose muchas comarcas al mismo tiempo. Pero no se deja sentir más que en espacios pequeños, que nunca exceden de doscientas millas. El terremoto de que el mundo entero acaba de hablar, no ha pasado de la Campania. ¿Diré que cuando Calcis temblaba estaba inmóvil Tebas? ¿que cuando Ægium se derrumbaba, su vecina Patras lo supo de oídas? La inmensa sacudida que destruyó las ciudades Helicis y Buris, se detuvo más acá de Ægium. Es, por consiguiente, indudable que el movimiento no se propaga más allá de la extensión del hueco subterráneo.

XXVI. Podría apoyar esta afirmación con la autoridad de insignes varones, que nos dicen jamás han ocurrido terremotos en Egipto. Dan como razón de este hecho, que todo el país está formado de barro. En efecto, si hemos de creer a Homero, Pharos estaba separado del continente por un espacio tan grande como el que puede recorrer una nave navegando un día entero con viento en popa; ahora forma parte del continente. Las revueltas aguas del Nilo, cargadas de espeso barro que incesantemente depositan sobre el suelo antiguo han levantado el Egipto con sus anuales inundaciones. Este suelo craso y cenagoso no deja ninguna abertura; y haciéndose compacto a medida que se seca el barro, ha tomado la consistencia que da la aglomeración, sin que pudiera quedar ningún hueco, puesto que a la parte seca se agregaban continuamente partículas líquidas y blandas. Sin embargo, se mueven el Egipto y Delos, aunque Virgilio le manda

Immotamque coli dedit, et comtemnere ventos(41).

Los filósofos también, gentes crédulas, dijeron que no se movían, según la afirmación de Píndaro. Tucídides pretende que siempre inmóvil hasta entonces, tembló hacia el tiempo de la guerra del Peloponeso. Calisthenes habla de otra sacudida en época diferente. Entre los muchos prodigios, dice, que anunciaron la destrucción de Helicis y Buris, el más notable fue una inmensa columna de fuego, y la sacudida que experimentó Delos. En su opinión, esta isla es tan estable porque, además de las olas que la sostienen, tiene por apoyo peñascos cóncavos y piedras porosas que dejan escapar el aire que penetra en ellas. Añade que por la misma razón el suelo de las islas es más firme y las ciudades están más seguras cuanto más cercanas se encuentran al mar. Afirmación falsa, como demuestran Herculano y Pompeya. Añade que todas las costas están sujetas a terremotos: testigo Paphos, más de una vez derruida, y la famosa Nicópolis, para la que eran azote familiar. Chipre, rodeada por mar profundo, no está libre de ellos, ni más ni menos que Tyro, aunque bañada por las olas. -Estas son casi todas las causas a que se atribuyen los terremotos.

XXVII. En cuanto al de la Campania, se refieren algunas particularidades que deben mencionarse. Hase dicho que en el territorio de Pompeya pereció un rebaño de seiscientas ovejas. No es posible que creas que aquellas ovejas murieron de miedo. Hemos dicho que ordinariamente sigue una especie de peste a los grandes terremotos, lo cual no debe admirar, porque muchas cosas mortíferas encierra el interior del globo. Además, el aire mismo que se corrompe allí, sea por la acción de la tierra, sea por su propio estancamiento en aquellas tinieblas perpetuas que le hielan, es funesto a los seres que lo respiran; o viciado por la nociva acción del fuego interior, cuando sale de parajes donde ha estado tanto tiempo, mancha y altera el nuestro, que se encuentra puro y trasparente, y el que entonces se respira produce enfermedades desconocidas. ¿Qué extraño es, además, que el interior de la tierra encierre aguas estancadas y pestilentes, cuando ningún movimiento las agita ni aire libre las combate jamás? Condensadas por la pesada y continua niebla que las cubre, nada contienen que no sea pestífero y nocivo para nuestros cuer pos. El aire mismo que se encuentra mezclado con ellas y que permanece en estos pantanos, no escapa sin difundir a lo lejos su ponzoña y matar a los que beben de estas aguas. Los rebaños, naturalmente sujetos a epidemias, son atacados tanto más pronto cuanto más ávidos son; viven mucho, más que nosotros a la intemperie, y hacen frecuente uso del agua, más nociva entonces que el aire mismo. Las ovejas, cuya naturaleza es más delicada y que tienen la cabeza más cerca del suelo, debieron ser atacadas al instante, porque respiraban las emanaciones casi en su foco. También hubiesen sido fatales a los hombres de haber brotado con mayor abundancia; pero las grandes masas de aire puro debieron neutralizarlas, antes de que se elevasen al alcance de nuestra respiración.

XXVIII. La tierra contiene muchos principios mortíferos, como lo demuestra la abundancia de venenos que, sin que se les siembre, nacen espontáneamente, conteniendo el suelo tanto los gérmenes buenos como los malos. ¿Y en muchos puntos de Italia no brota por algunas grietas un vapor pestilencial que ni los hombres ni los animales pueden respirar impunemente? Hasta las aves que cruzan por estas emanaciones, antes de que aire puro haya disminuido su influencia, caen en medio de su vuelo; su cuerpo toma color lívido, y se les hincha el cuello como si hubiesen sido estranguladas. Mientras este vapor retenido en la tierra no escapa mas que por angostas hendiduras, su acción se limita a los que inclinan la cabeza sobre ellas o se acercan demasiado. Pero cuando durante siglos, encerrado en espantosas tinieblas, se ha viciado más y más, redoblando su ponzoña con el tiempo, su estancamiento lo hace más nocivo. Si entonces encuentra salida, si escapa de su helada y eterna prisión, de esa noche infernal, infesta el aire de nuestras regiones, porque lo puro cede ante lo corrompido. En este caso el aire saludable se hace nocivo también; de aquí esa continuidad de muertes repentinas, esas enfermedades tan monstruosas en su género como extraordinarias en sus causas. El azote es más o menos largo según la intensidad del veneno, y la peste no desaparece hasta que sus pesados elementos se diseminan a lo lejos barridos por los vientos.

XXIX. En cuanto a los que, privados de razón y como atacados de vértigo, vagaron por los campos, les produjo este efecto el miedo que basta para enloquecer, cuando todavía tiene límites y nace solamente del interés personal; pero cuando el terror es general, en medio de ciudades que se derrumban, de pueblos aplastados, de convulsiones del suelo, ¿puede extrañar que perturbe los ánimos sin asilo entre el dolor y el espanto? No es fácil en las grandes catástrofes conservar la serenidad. En estos casos las mentes débiles llegan a tal grado de terror, que las extravía. Nadie se aterra sin perder algo de la inteligencia: el miedo grave es una especie de delirio; pero unos lo dominan pronto, en tanto que otros, más profundamente afectados, pierden la razón. Por esta causa durante las batallas vagan muchos como insensatos, y en ninguna parte se encuentran más vaticinadores que en los parajes donde el terror se mezcla a la religión para impresionar los espíritus. No me asombra que se parta una estatua, cuando montañas, como ya he dicho, se separan, cuando el suelo se hiende hasta los abismos. Ves regiones enteras arrancadas de sus asientos y el mar dividir montes que antes estaban unidos; ves separarse ciudades y hasta reinos, cuando una parte de la tierra se agita espontáneamente, o impetuoso viento ha impulsado al mar hacia un punto; efectos de un poder tan fuerte como el de la naturaleza entera. Aunque este poder solamente obre sobre una parte del globo, obra, sin embargo, con toda la fuerza del gran conjunto. Así arrancó el mar las Españas del continente africano; así la inundación celebrada por grandes poetas separó la Sicilia de la Italia. Pero las fuerzas que parten del interior de la tierra tienen algo más irresistible, siendo más impetuosas cuanto más luchan para su acción. Pero bastante hemos dicho de los inmensos efectos y maravillosos espectáculos que ofrecen los terremotos.

XXX. ¿Por qué, pues, se ha de asombrar nadie de ver estallar una estatua cuyo bronce no es macizo, sino hueco y delgado, y en la que tal vez se encerró el aire para buscar después salida? ¿Quién ignora que, por los terremotos, algunos edificios se han hendido diagonalmente y después han quedado unidos, y frecuentemente otros, inseguros sobre sus cimientos o construidos negligentemente y sin consistencia, se han afirmado? Y si caen muros, si casas enteras se agrietean, si se ven derrumbarse las paredes más sólidas de las torres y vacilar los cimientos de vastos edificios, ¿será caso digno de mucha atención que una estatua se divida en dos partes iguales desde la cabeza a los pies? Mas ¿por qué ha durado el temblor muchos días? La Campania ha experimentado sacudidas, menos fuertes sin duda que al principio, pero desastrosas, porque edificios quebrantados ya no necesitaban para caer sacudida violenta, bastando pequeño movimiento. Es que no había salido todo el aire y continuaba agitándose, aunque la mayor parte había escapado ya.

XXXI. Entre los argumentos que prueban que el aire produce los terremotos, puedes desde luego colocar éste: Después de una sacudida violenta que ha maltratado ciudades y comarcas enteras, la siguiente no puede ser tan fuerte; a la primera siguen otras más ligeras, porque la corriente de aire ya se ha abierto paso. Lo que de él queda, no puede tener tanta fuerza ni necesita luchar, puesto que el camino está abierto y solamente tiene que seguir el que franqueó la primera explosión. Creo digno de recordar aquí lo que refiere un varón muy docto y muy grave que se encontraba en el baño cuando el terremoto de Campania. Asegura haber visto los ladrillos del pavimento separarse y reunirse; en el momento de la separación se mostraba el agua en los intersticios, y se retiraba hirviendo cuando se reunían. Al mismo oí decir que había visto experimentar mayores sacudidas, y más frecuentes los cuerpos blandos, pero más suaves que los naturalmente duros.

XXXII. He aquí, óptimo Lucilio, cuanto puede decirse respecto a las causas de los terremotos. Hablemos ahora de los medios de rechazar el terror que inspiran, porque importa mucho más al hombre crecer en valor que en ciencia. Pero no se encuentra el uno sin la otra, porque la fuerza no llega al alma sino por la ciencia, por la contemplación de la naturaleza. ¿Quién no se sentirá tranquilizado y robustecido por este mismo desastre contra todos los demás peligros? ¿Por qué he de temer el hombre, a la fiera, a la flecha o a la lanza? peligros mucho mayores me esperan. El rayo, la tierra misma, todos los elementos de la naturaleza nos amenazan. Provoquemos a la muerte con valeroso ánimo, ora venga contra nosotros con imponente aparato, ora nos traiga el fin cotidiano y vulgar; poco importa que avance amenazadora y con grande cortejo: lo que nos pide no es nada; y esta nada puede quitárnosla la vejez, un dolor de oído, un poco de humor viciado, un manjar repugnante al estómago, una rozadura en un pie. Poca cosa es la vida del hombre, pero es mucho saber despreciarla. El que desprecia la vida verá sin temor los mares enfurecidos cuando los combatan todos los vientos, cuando un flujo extraordinario, producido por alguna perturbación del mundo, hiciese de toda la tierra un océano. Verá tranquilo el horrible espectáculo de un cielo lanzando rayos, y cuya bóveda cuarteada destruyese bajo sus fuegos toda la raza humana. Tranquilo verá hendirse el suelo, rota la trabazón de la tierra. Y aunque se descubriese ante sus ojos el imperio mismo de los infiernos, en el borde del abismo permanecerá tranquilo y erguido; tal vez, puesto que al fin ha de caer, se precipitará. ¿Qué me importa la grandeza de aquello que me mata? La muerte misma no es grande. Si pues queremos vivir dichosos y no estar sujetos ni al temor de los dioses, ni al de los hombres, ni al de las cosas, y mirar con desprecio las vanas promesas de la fortuna, así como sus risibles amenazas; si queremos pasar días tranquilos y disputar su felicidad a los mismos dioses, mantengamos siempre nuestra alma dispuesta a partir. Si se nos arman asechanzas, si enfermedades, si espadas enemigas, si el fragor de un barrio entero que se derrumba, si la ruina de la tierra o un diluvio de fuego abrasan ciudades y campos en igual destrucción, si algún azote de estos piden nuestra vida, que la tome. ¿Qué otra cosa debo hacer que exhortar a mi alma al marchar, despedirla con buenos deseos: ve con valor, ve con felicidad, no vaciles en pagar tu deuda? Sobre el hecho no hay duda; existe solamente en cuanto al momento. Haces lo que habrás de hacer tarde o temprano. Nada de súplicas, nada de temor; no retrocedas como si salieses al encuentro de una desgracia. La naturaleza, de quien eres hija, te llama a patria mejor y más segura. Allí no hay suelo que tiemble; no hay vientos que hagan resonar las nubes con ruidosas luchas; no hay incendios que devoren ciudades y regiones enteras; no hay naufragios que sepulten una flota completa; no hay ejércitos que, siguiendo contrarias enseñas, millares de hombres se encarnicen con furia igual en su mutua destrucción; no hay pestes que amontonen sobre una hoguera común pueblos mezclados espirantes. La muerte es poca cosa, ¿qué tememos? Si es un mal grande, preferible es que nos hiera una vez a que se cierna constantemente sobre nuestra cabeza. ¿Temeré perecer, cuando la tierra misma perece antes que yo; cuando lo que hace temblar tantas cosas, tiembla también y no causa daño sino con daño propio? El mar sepultó completamente a Helicis y Baris, ¿temeré yo por este miserable cuerpo? Las naves pasan sobre dos ciudades, dos ciudades que conocemos, cuyo recuerdo ha conservado y nos ha trasmitido la hisloria. ¡Cuántas otras estarán sumergidas en otros puntos! ¡Cuántos pueblos sobre los que se han cerrado la tierra o el mar! ¿Y no querré yo tener fin, cuando sé que he de tenerlo, qué digo, cuando sé que todo ha de tenerlo? ¿Temeré al último suspiro? Fortalécete cuanto puedas, oh Lucilio, contra el miedo a la muerte, temor que nos empequeñece, que para conservar la vida la perturba y agita; temor que nos exagera los peligros de los terremotos y del rayo. Con firmeza arrostrarás todos esos peligros, si consideras que es nula la diferencia entre la vida más corta y la más larga. Solamente perdemos algunas horas. Admitamos que sean días, que sean meses, que sean años; solamente perdemos lo que era indispensable perder. ¿Qué importa, yo pregunto, que llegue o no a este tiempo? El tiempo huye, y a pesar de toda nuestra avidez por retenerle, escapa. No me pertenece el porvenir ni el pasado. Estoy suspendido en un punto móvil del tiempo fugitivo; y mucho es ya estarlo un poco. ¡Cuán ingeniosa es la respuesta de Loeyo al que le decía: «Tengo sesenta años»! -¿Hablas de sesenta años que ya no tienes? le contestó el sabio. -No comprendemos que la vida es fugaz, que el tiempo no es nuestro; no lo comprendemos cuando solamente contamos los años perdidos ya. Grabemos en el ánimo y no cesemos de repetir esta advertencia: Es necesario morir. ¿Cuándo? Poco importa. La muerte es la ley de la naturaleza, el tributo y el deber de los mortales, el remedio, en fin, de todos los males. Todo el que la teme, la deseará algún día. Abandónalo todo, oh Lucilio, y procura solamente no temer el nombre de la muerte: háztela familiar a fuerza de pensar en ella, de manera que, si fuese necesario, puedas salir a su encuentro.

 

 

 

 


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