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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO III
LIBRO TRIGÉSIMO QUINTO

 

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

LIBRO TRIGÉSIMO QUINTO

 

CAPÍTULO PRIMERO
La guerra del fuego.

Dióse el nombre de guerra de fuego a la que sostuvieron los romanos contra los celtíberos. La forma en que se condujo esta guerra y la continua serie de combates, son verdaderamente dignos de admiración. Las guerras germánicas y asiáticas acaban habitualmente con una sola batalla, rara vez con dos, y casi todas ellas se deciden al primer choque y por el ataque de todas las tropas. En la guerra a que nos referimos ocurrió de muy distinto modo. Regularmente, la noche ponía término al combate, pues los dos bandos resistían con valor, y por fatigados que estuvieran negábanse a dar descanso a sus fuerzas físicas. Como pesarosos de que la noche interrumpiera la lucha, al amanecer empezaban de nuevo a combatir. Apenas lograron los fríos del invierno poner fin a esta guerra y a los combates parciales.

 

CAPÍTULO II
Los belos y los tithos, aliados del pueblo romano, despachan embajadores

a Roma.- Los aravacos, sus enemigos, envían asimismo otra.- Guerra contra estos últimos.- Valor de Escipión Emiliano. Efectuada la tregua con Marco Claudio, despacharon los celtíberos embajadores a Roma y permanecieron tranquilos esperando la contestación. Aprovechó Marcelo este intervalo para marchar contra los lusitanos, tomando por asalto a Nergobrix, su capital, y pasando el invierno en Córdoba. Los representantes de los belos y de los tithos, como amigos del pueblo romano, fueron recibidos en Roma; mas a los aravacos, de quienes estaban descontentos, se les ordenó que esperasen en sus tiendas al lado opuesto del Tíber hasta que se examinara su asunto. Cuando llegó el momento de que el Senado celebrase audiencias, el cónsul los condujo ante él separadamente. Los belos y tithos, aunque bárbaros, explicaron con gran sensatez los diferentes bandos de su región, y demostraron que si no se castigaba cual merecían serlo a los que habían tomado las armas contra los romanos, tan pronto como el ejército consular saliera del país, atacarían a los amigos de Roma, tratándoles como a traidores a su patria; que si su primera falta quedaba impune, la renovarían; y si conseguían resistir al poder de Roma, no les sería difícil arrastrar toda España a su partido. Manifestado esto, solicitaron la permanencia de un ejército en España; que se enviara cada año un cónsul que protegiera a los aliados y les vengara de los insultos de los aravacos, y que antes de retirar las legiones se tomara de la sublevación de éstos venganza capaz de inspirar temor a los que desearan seguir su ejemplo.
Retiráronse los helos y los tithos y penetraron los aravacos, en quienes se advertía, a pesar de la afectada modestia de sus frases, que no se consideraban vencidos, y que sus pensamientos no respondían a sus palabras. Atribuyeron sus derrotas a la inconstancia de la fortuna; dijeron que las victorias de los romanos sobre ellos fueron largo tiempo disputadas, y hasta osaron insinuar que tuvieron ventaja en los combates con los romanos; y que si se les imponía algún castigo se someterían de buen grado, porque expiando así su falta se les restauraría bajo el pie de la antigua confederación ordenada por Tiberio Graco en España. Despedidos los aravacos, oyó el Senado a los comisionados de Marcelo, y advirtiendo en su informe que se inclinaban a acabar la guerra y que el mismo cónsul era más favorable a los enemigos que a los aliados, contestó a los embajadores de unos y otros que Marcelo les daría a conocer en España las intenciones del Senado. Persuadido éste de que el consejo de los belos y tithos era ventajoso a la República, de que debía ser reprimido el orgullo de los aravacos y de que Marcelo no se atrevía por timidez a proseguir la guerra, ordenó secretamente a los comisarios enviados a España seguir a todo trance las operaciones contra los aravacos y de una forma digna del nombre romano. Tomada esta resolución, porque no inspiraba gran confianza el valor de Marcelo, pensóse en seguida dar otro jefe al ejército de España, que debía ser uno de los dos cónsules, Aulo Postumio Albino o L. Licinio Lúculo, que entraron entonces en ejercicio. Comenzaron sin pérdida de tiempo grandes preparativos para resolver los asuntos de España, creyendo que, subyugados los enemigos, todos los pueblos de este continente se someterían a la ley de la República dominante; y si, por el contrario, se empleaban las contemplaciones, todos se contagiarían del orgullo de los aravacos.
A pesar del celo y actividad del Senado, en esta ocasión, al tratar del reclutamiento de tropas, tuvo gran sorpresa. Súpose en Roma por Quinto Fulvio y los soldados que a sus órdenes sirvieron en España el año anterior, que casi constantemente se vieron obligados a estar con las armas en la mano, siendo innumerables los combates, infinidad los romanos muertos y que los celtíberos eran invencibles, temblando Marcelo de que se le ordenara continuar la guerra. Tales noticias produjeron en la juventud consternación tan grande, que los más ancianos declaraban no haber visto jamás en Roma cosa semejante. En fin, la aversión por el viaje a España creció hasta el punto de que, mientras en otras ocasiones se encontraban más tribunos de los necesarios, ninguno pidió entonces este cargo. Los antiguos jefes designados por los cónsules para marchar con el general se negaron a seguirle, y lo más deplorable fue que la juventud romana, a pesar de citada, no quiso hacerse inscribir; y para evitar el alistamiento valióse de pretextos que ni el honor permite examinar ni la vergüenza explicar. La multitud de los culpados hacía imposible el castigo.
Inquietos esperaban el Senado y los cónsules dónde iría a parar la imprudencia de aquella juventud, porque así se calificaba entonces su despego a la guerra, cuando Publio Cornelio Escipión, joven aún, que había aconsejado la guerra, aprovechó el conflicto en que el Senado se hallaba para unir a su reputación de prudente y probo la de esforzado y animoso que le faltaba. Púsose en pie y manifestó que iría de buen grado a prestar sus servicios en España como tribuno o general; que se le había invitado a ir a Macedonia para asunto de menos riesgo (porque efectivamente los macedonios le solicitaron nominalmente para reprimir algunos desórdenes en aquel reino) mas que no podía abandonar la República en tan premiosas circunstancias, que obligaban a ir a España a cuantos tuvieran amor a la gloria. Sorprendió este discurso, admirando que, mientras tantos otros no osaban presentarse, un joven patricio ofreciera generosamente sus servicios. Acudieron a abrazarle, y al día siguiente redoblaron los aplausos, porque los que tuvieron miedo de alistarse, temerosos de que el valor de Escipión comparado con su cobardía les deshonrara, apresuráronse a solicitar los cargos militares y a inscribirse en los alistamientos. Vaciló al principio Escipión acerca de si convenía atacar inmediatamente a los bárbaros.

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El caballo de Escipión recibió una herida muy grave, pero no cayó, y tuvo Escipión tiempo para saltar a tierra.

 

CAPÍTULO III

Frase de Catón a propósito de los aqueos. Debatíase mucho en el Senado el asunto de los desterrados de Acaia, deseando unos que se les devolviera a su patria, y oponiéndose otros. Catón, a quien Escipión a ruegos de Polibio había recomendado este asunto, se puso en pie y dijo: «Parece que nada tenemos que hacer al vernos disputar todo un día para saber si algunos griegos decrépitos serán enterrados por nuestros sepultureros o por los de su patria.» El Senado decretó que se les pusiera en libertad. Pocos días después solicitó Polibio permiso para presentarse al Senado y pedir que se devolvieran a los desterrados las dignidades que gozaban en Acaia antes del destierro; mas quiso previamente sondear a Catón para averiguar lo que de esto pensaba. «Paréceme, Polibio, le respondió Catón riendo, que habiendo escapado como Ulises del antro de Cíclope, deseas volver a entrar por el sombrero y cinturón que has olvidado.»

 

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