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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO III
LIBRO TRIGÉSIMO CUARTO

 

 

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

LIBRO TRIGÉSIMO CUARTO

 

CAPÍTULO PRIMERO
Descripciones complementarias a la Historia. Ciertos escritores, como Eforo de Cimea, han comprendido en la historia general de los pueblos la descripción de sus respectivos países.

 

CAPÍTULO II
Alabanzas a Eforo.- Propósitos.

Tras alabar mucho a Eforo y manifestar que Eudoxio cuenta muy bien la historia griega, pero que Eforo da a conocer mejor las fundaciones de las ciudades, las familias, las transmigraciones, agrega: «Yo expondré el estado actual de las cosas en cuanto a determinación de lugares y distancias, porque esto es lo que más propiamente corresponde a la geografía».

 

CAPÍTULO III
Las columnas de Hércules.

Tal vez pregunten algunos por qué no he hablado con más detalles del estrecho de las columnas de Hércules, del mar exterior, de su naturaleza, de las islas Británicas, de la formación del estaño, de las minas de oro y plata que existen en Iberia, cosas de que otros autores han dicho tanto y a veces tan contradictorio. Las pasé en silencio, no por juzgarlas indignas de la historia, sino por no interrumpir la narración con cada cual de estos particulares asuntos, distrayendo la atención de los que estiman informes de esta clase. No quise mencionar de paso y en distintos lugares estas cosas, sino explicar en tiempo y lugar por mí elegido cuanto se sabe de cierto acerca de ellas.

 

CAPÍTULO IV
Realismo de Homero.

Jamás fue artificio de Homero lo maravilloso sin verosimilitud. Sabía muy bien que conviene, para ser creído, mezclar la invención con un poco de verdad. Esta observación la hace Polibio al tratar de los viajes de Ulises.

 

CAPÍTULO V
Descripción de viajes.- Fidelidad histórica de Polibio.

Polibio interpreta muy bien lo que a estos viajes concierne. «Eolo enseñaba a los navegantes la manera de maniobrar en el paso del estrecho, donde las costas son tortuosas y el flujo y reflujo hace la navegación difícil; por ello llamaron a Eolo dispensador y rey de los vientos. Danaüs por haber señalado manantiales en la Argólida, y Astreo por descubrir el movimiento retrógrado del sol, de adivinos y agoreros convirtiéronse en reyes. Así se debe comprender que los sacerdotes de los egipcios y de los caldeos y los magos, a causa de la superioridad de su instrucción, pasaran entre nuestros antecesores por príncipes o grandes. Por ello encontramos en cada dios al inventor de alguna de las cosas más útiles.»
Esto sentado, no admite Polibio que se considere mito cuanto el poeta refiere de Eolo en particular, y en general de los viajes de Ulises. En el relato de estos viajes, en el de la guerra de Troya, y especialmente en lo que a Sicilia toca, está de acuerdo el poeta con los demás escritores que refieren las tradiciones locales de esta isla y de Italia. No elogia, pues, Polibio la frase de Eratóstenes: «Se encontrará el itinerario de los viajes de Ulises cuando se haya encontrado el curtidor de la odre de los vientos.» Agrega Polibio que «cuanto dice Homero de Scyla sobre los delfines y demás cetáceos que el azar lleva allí, está de acuerdo con lo que pasa en Scyleon y con lo que se ve en la pesca de cetáceos. Efectivamente, los atunes que van en bandadas por las costas de Italia, rechazados de Sicilia y arrastrados por las aguas del estrecho, encuentran peces más fuertes, como los delfines, unicornios, lobos marinos y otros cetáceos, a los que sirven de alimento. En este lugar, como en las márgenes del Nilo y de otros ríos sujetos a periódicas avenidas, ocurre lo mismo que en el incendio de los bosques, donde muchísimos animales, por escapar al fuego o al agua, son presa de otros más fuertes.» Relata después Polibio cómo se pescan los cetáceos junto a Scyleon. «Un vigía dirige a todos los pescadores, que van de dos en dos en diferentes barcas birremas, uno con los dos remos y otro a proa con un arpón puesto en una lanza. El vigía anuncia la aparición del cetáceo, que nadando saca la tercera parte del cuerpo fuera del agua, y cuando la barca se pone a la distancia conveniente, el pescador de proa le clava la lanza, dejándole dentro del cuerpo el arpón de hierro que aquella lleva a su extremidad. Este arpón, colocado de forma que se desprende fácilmente de la lanza, va sujeto a larga cuerda, que se deja correr mientras el animal herido se esfuerza por escapar. Fatigado al fin, se le arrastra por medio de la cuerda a la orilla, y si no es muy grande a una barca. Aunque la lanza caiga al mar, no se pierde, porque hecha en parte de encina y en parte de pino, la encina se hunde, pero el pino sobrenada indicando dónde está. Alguna vez el remero sale herido aun a través de la barca: tan larga suele ser la espada de los unicornios, cuya pesca parécese mucho, por lo peligrosa, a la caza del jabalí.» Puede, pues, creerse que Homero hace errar a Ulises alrededor de Sicilia, puesto que atribuye a Scyla una pesca especial de Scyleon. Respecto de Caribdis recuerda lo que sucede en el estrecho, porque en los versos «Tres veces el día llega...», etc., el tres puesto en vez de dos es error del observador o del copista. Cuanto se ve en Mesina está de acuerdo con lo que Homero dice de los lotófagos, y si en alguna cosa difiere debe atribuirse al tiempo, a falta de noticias, y sobre todo a las licencias de la poesía, que se compone de histórica, dispositiva y mítica. Los poetas se proponen en la histórica expresar la verdad, como cuando en el libro de la enumeración (libro II) recuerda Homero los rasgos característicos de cada lugar, y califica las ciudades de poderosas, fronterizas, fecundas en palomas y marítimas; en la dispositiva, animar, como al describir los combates; y en la mítica, agradar y admirar. Inventarlo todo es renunciar a ser creído, y no es así cómo ha escrito Homero; pues todos consideran su poesía verdaderamente filosófica, y nadie la considera como Eratóstenes, enemigo de que se busque en los poemas la sana razón y la historia... Cuando Ulises nos dice: «Desde allí, y durante nueve días los vientos perniciosos me arrastraron a mi pesar», debemos creer que se hallaba en algún mar poco extenso (porque los vientos perniciosos no hacen caminar en línea recta), y no que fue arrastrado hacia el Océano, como si vientos constantemente favorables le llevaran allí. Efectivamente, agrega Polibio (después de contar los 22.500 estadios de distancia de los Maleos a las Columnas), «suponiendo que recorrió el trayecto a igual velocidad durante nueve días, hubiera andado 2.500 estadios diariamente; ahora bien, ¿quién ha oído decir que los cuatro mil estadios entre Alejandría, Rodas y la Licia han podido andarse en dos días? Y por lo que toca a los que preguntan cómo habiendo abordado tres veces Ulises a Sicilia, ninguna pasó el estrecho, se les puede contestar que muchos siglos después de él aún se evitaba este paso».
Así habla Polibio, y, en general, bien dice; pero cuando sostiene que Ulises no llegó hasta el Océano, y para probarlo combina exactamente los días de navegación con las distancias, incurre en excesiva inconsecuencia. Cita la frase del poeta «Vientos perniciosos a mi pesar me arrastraron», y no le cita cuando dice: «Pero siguiendo el curso del río Océano, el barco», etc., y asimismo «En la isla de Orgigea, en medio del mar», etc., donde, según Homero, habitaba la hija de Atlas. Y a esto puede agregarse lo que hace decir a los foceos: «Lejos y en el seno del undoso mar, vivíamos apartados del resto de los humanos.» Todos estos pasajes indican evidentemente que se trata del Atlántico, y los omite Polibio para destruir el sentido de las expresiones más claras. Pero cuando sostiene que Ulises erraba alrededor de Sicilia y de Italia, tiene razón.

 

CAPÍTULO VI
Los antiguos geógrafos.- Alusiones y referencias.

En su descripción de las diversas regiones de Europa, anuncia Polibio que no hablará de los antiguos geógrafos, pero sí examinará las opiniones de quienes les han criticado, como Dicearco y Eratóstenes, el último de los autores que de geografía se han ocupado, como asimismo la de Piteas, que pretende haber recorrido todas las partes accesibles de Bretaña y calcula la circunferencia de esta isla en más de 40.000 estadios. Piteas es quien nos habla de Thulé y de las regiones donde no existe tierra propiamente dicha, ni mar, ni aire, sino una especie de concreción de estos elementos parecida a la materia de las medusas, «masa que, envolviendo a la tierra, al mar, a todas las partes del universo, es como lazo común al través del cual ni se puede navegar ni andar». «Esta masa, agrega, parecida a la substancia de la medusa, puedo asegurar que existe por haberla visto; en lo demás que refiero me atengo al testimonio de otros.» Tales son las relaciones de este viajero, que además asegura haber visitado, a su regreso de aquellas regiones, todas las costas de Europa en el Océano, desde Gades a Tanaïs. «Pero, manifiesta Polibio, un particular, y particular poco rico, cual era Piteas, ¿cómo ha podido emprender tan largos viajes por mar y tierra? ¿Cómo Eratóstenes, dudando si en general debía prestarse fe a lo que este navegante dice, acepta sus opiniones en lo que atañe a Bretaña, Gades e Iberia? Tanto valdría fiarse de Evemeres de Mesina, que por lo menos sólo pretende haber llegado por mar a una región desconocida, la Pancaia, mientras aquel asegura haber visitado toda la Europa septentrional hasta los límites del mundo. Si el mismo Hermes se vanagloriase de haber hecho otra tanto, nadie le creería, y no obstante, Eratóstenes, que trata a Evemeres de Bergea, da fe al relato de Piteas, que el mismo Dicearco no cree.» Esta idea indica que Eratóstenes se atuvo a lo dicho por Piteas, tan criticado por Polibio. Por lo demás, ya hemos manifestado que Eratóstenes hablaba con poca exactitud del Occidente y norte de Europa, y debe perdonársele, como también a Dicearco, porque ninguno de ellos visitó estos territorios; pero ¿merecen perdón Posidonio y Polibio, sobre todo el último, que califica de dichos populares lo que Eratóstenes y Dicearco relatan sobre distancias de los lugares en algunas regiones, y él mismo, no sólo en otros puntos, sino halla en aquellos respecto de los cuales censura a los citados autores, incurre en error?
Dicearco cuenta 10.000 estadios del Peloponeso a las columnas de Hércules, y más de 10.000 estadios desde el Peloponeso al fondo del golfo Adriático. De estos 10.000 estadios que, según él, hay de distancia entre el Peloponeso y las columnas de Hércules, asigna 3.000 a la parte entre el Peloponeso y el Estrecho de Sicilia, quedando 7.000 para el trayecto entre el Estrecho y las Columnas.«No examinaré, dice Polibio, si la distancia entre el Peloponeso y el Estrecho de Sicilia es efectivamente de 3.000 estadios, pero en cuanto a los otros 7.000, no son medida exacta desde el Estrecho a las Columnas, sea costeando las tierras o atravesando el mar, y lo probaré. La costa forma una especie de ángulo obtuso, cuyos lados parten, uno del Estrecho de Sicilia y otro de las Columnas, y cuyo vértice se halla en Narbona. Supongamos, pues, un triángulo cuya base es una línea recta a través del mar, y cuyos lados forman el ángulo antedicho. El lado desde el Estrecho de Sicilia a Narbona tiene más de 11.200 estadios, y el otro no menos de 8.000. Se conviene además en que el mayor trayecto de Europa a Libia, a través del mar Tirreno, no tiene más de 3.000 estadios, y que a través del mar de Cerdeña es más corto. Pero supongamos que este último sea asimismo de 3.000 estadios, y con estos datos tomemos como medida una perpendicular trazada desde el vértice del ángulo obtuso del triángulo hasta la base de 2.000 estadios de profundidad, que el golfo Galático puede tener en Narbona, y son suficientes las nociones geométricas de un niño para reconocer que la longitud total de la costa desde el Estrecho de Sicilia hasta las Columnas de Hércules no aumenta en 500 estadios la línea recta a través del mar. Añadid a esta línea los 3.000 estadios que hay de distancia entre el Peloponeso y el Estrecho de Sicilia, y tendremos para la línea recta entre el Peloponeso y las Columnas más de doble número de estadios que Dicearco le asigna, y, dado su sistema, resultará también mayor para el trayecto del Peloponeso al fondo del golfo Adriático.» Efectivamente, puede contestarse a Polibio, el error de Dicearco es evidente por la prueba que dais al contar del Peloponeso a Leucades 700 estadios; de Leucades a Corcira, 700; de Corcira a los montes Ceráunicos, 700; desde éstos, siguiendo a la derecha la costa de Iliria hasta Yapigia, 6.150; pero en cuanto a la distancia desde el Estrecho de Sicilia a las Columnas de Hércules, tan falso es el cálculo de Dicearco, que la supone en 7.000 estadios, como el vuestro, pues la opinión generalmente admitida es que esta distancia en línea recta tiene 12.000 estadios, cálculo de acuerdo con la longitud que se atribuye a la tierra habitada. Supónese que esta longitud es de más de 70.000 estadios, de los que unos 30.000 corresponden a la parte que se extiende al Oeste desde el golfo de Issus hasta la extremidad más occidental de Iberia; y se cuenta de esta forma: del golfo de Issus a Rodas, 5.000 estadios; de Rodas al cabo Salmoneón, que forma el extremo oriental de Creta, 1.000; la extensión de Creta hasta Criu-Metopón, más de 2.000; desde allí al cabo Paquinum, en Sicilia, 4.500; desde el cabo Paquinum al Estrecho de Sicilia, más de 1.000; desde el Estrecho de Sicilia a las Columnas de Hércules, 13.000, y desde las Columnas a la extremidad del Promontorio Sagrado de Iberia (cabo de San Vicente), unos 3.000. Además, la medida de la perpendicular de que habla Polibio no es justa, suponiendo cierto que el paralelo de Narbona es casi el mismo de Marsella, y que Marsella, como afirma el mismo Hiparco, se encuentra en el paralelo de Bizancio. Efectivamente, la línea recta a través del mar sigue el paralelo de Rodas y del Estrecho de las Columnas. Ahora bien: entre Rodas y Bizancio, dado que ambas se encuentran bajo el mismo meridiano, hay unos 5.000 estadios, y la perpendicular de que se trata debería tener otros tantos; mas como se pretende asimismo que el mayor trayecto de Europa a Libia (África) a través del Mediterráneo, a partir del golfo Galático, es de 5.000 estadios, debe existir aquí algún error, a no ser que en esta parte las costas de Libia avancen mucho hacia el Norte y lleguen al paralelo de las Columnas de Hércules. También se equivoca Polibio al suponer que esta misma perpendicular debe pasar junto a la isla de Cerdeña, pues pasa muy al Oeste, dejando entre ella y la isla todo el mar de Cerdeña y casi todo el de Liguria.
Asimismo puede asegurarse que la longitud que asigna Polibio a las costas es exagerada, pero en este último punto su error es menos grave que en los dos anteriores.
Polibio procura corregir los errores de Eratóstenes, y unas veces lo hace con razón, pero otras se equivoca como éste; por ejemplo, Eratóstenes cuenta de Itaca a Corcira 300 estadios, y Polibio más de 900. De Epidamno a Tesalónica, aquel 900 estadios, y éste más de 2.000. En ambas medidas tiene razón Polibio. Pero se engaña más que Eratóstenes cuando al ver que éste había contado 7.000 estadios desde Marsella al Estrecho de las Columnas, y 6.000 desde los Pirineos hasta el mismo Estrecho, quiere que, a partir de los Pirineos, la distancia no sea menor de 8.000 estadios, y tomaba desde Marsella, de 9.000. Eratóstenes en este punto se aproxima más a la verdad. Efectivamente, conviénese hoy en que, salvo las revueltas del camino, la longitud total de Iberia, tomada desde los Pirineos a la costa occidental, no es menor de 6.000 estadios. Polibio da al Tajo, desde su nacimiento hasta la desembocadura, un trayecto de 8.000 estadios, no comprendiendo las sinuosidades del curso, que ningún geógrafo aprecia, sino en línea recta, y desde el nacimiento del Tajo a los Pirineos hay más de 1.000 estadios. Con razón acusa Polibio a Eratóstenes de conocer poco Iberia y de contradecirse a veces respecto a esta región; verdaderamente, como lo hace notar Polibio, después de anunciar en un lugar de su obra que las partes de esta región situadas sobre el mar exterior hasta Gades deben estar habitadas por los gálatas, lo cual confirma después diciendo que éstos ocupan toda la costa occidental de Europa hasta Gades, olvida después este punto en su descripción de Iberia, y no menciona los gálatas.
Mas cuando Polibio quiere probar que la longitud de Europa no iguala a la de Libia (África) y Asia unidas, su comparación entre estas tres partes de la tierra habitada no es exacta. «La dirección del Estrecho de las Columnas, manifiesta, responde al Poniente equinoccial, y la del Tanaïs parte del Levante de verano. Europa, comparada con Libia y Asia en total, es menos larga que ellas todo el intervalo que separa el Levante de verano del equinoccial, porque esta porción del semicírculo septentrional la ocupa Asia.»

 

CAPÍTULO VII
Los grandes promontorios y penínsulas de Europa.

Varias partes de Europa forman como grandes promontorios que se adentran mucho en el mar. Polibio clasifica estos promontorios mejor que Eratóstenes, pero no suficientemente bien. Éste no cuenta más que tres: uno que llega a las Columnas de Hércules y contiene la Iberia; otro que se prolonga hacia el Estrecho de Sicilia y forma la Italia, y el tercero que termina en el cabo de los maleos y comprende todas las regiones situadas entre el mar Adriático, el Ponto Euxino y el Tanaïs. Está conforme Polibio con Eratóstenes respecto a los dos primeros promontorios, pero opina que el tercero, cuya extremidad forma el cabo Sunium, además del de los maleos, sólo comprende la Iliria, toda la Grecia y una parte de Tracia. Cuenta después un cuarto promontorio que, conteniendo con el Quersoneso de Tracia las regiones del Estrecho situado entre las ciudades de Sestos y Abidos, lo ocupan los tracios, y últimamente un quinto que termina hacia el Bósforo Cimmeriano en la desembocadura del Palus-Meótides.

 

CAPÍTULO VIII
Sobre la alimentación de los peces de los mares de Iberia y Lusitania.

Al hablar Polibio de Megalópolis en su libro XXXIV de Iberia y Lusitania, manifiesta que en las profundidades del mar existen encinas con bellotas con que se alimentan y engordan los atunes. No es alejarse mucho de la verdad decir que los atunes son una especie de cerdos de mar que, como los de tierra, se alimentan y engordan con bellotas.

 

CAPÍTULO IX
Continuación del anterior.

Polibio pretende que el mar arroja esas bellotas hasta en las orillas del Lacio; a no ser, agrega, que también haya idénticas encinas en Cerdeña y en las regiones próximas a esta isla.

 

CAPÍTULO X
Riquezas naturales de Iberia.

Describiendo Polibio en su libro XXXIV la felicidad de Lusitania, región de Iberia, que los romanos llaman la Hispania, cuenta que en este país es tan excelente el clima, que la raza humana y los demás animales son muy prolíficos y los frutos constantes. Las rosas, los lirios, los espárragos y otros productos sólo faltan tres meses al año. La pesca en aquellos mares es más abundante, mejor y más bella que la del nuestro. Cómprase por una dracma una fanega de cebada, y por nueve óbolos de Alejandría una de trigo; el ánfora de vino vale una dracma; una cabra mediana, tres o cuatro óbolos, y otro tanto una liebre; un cordero, tres o cuatro óbolos; una vaca, cinco dracmas; un buey a propósito para el yugo, diez. La carne de los animales no tiene casi ningún valor: se la distribuye gratuitamente y se la cambia por otras mercancías.

 

CAPÍTULO XI
Más noticias sobre Hispania.

Del río Betis ha tomado la región el nombre de Bética, como se llama Turditania la habitada por los turditanos o túrdulos. Algunos creen que ambos nombres designan un solo pueblo; otros opinan que son dos diferentes, y Polibio es de esta última opinión, pues dice que los túrdulos están al norte de los turditanos

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A la ventaja de un país fértil une la Turditania las costumbres sencillas y civilizadas de sus habitantes, que, según Polibio, tienen asimismo los celtas, no sólo por la vecindad con aquel pueblo, sino por su unión a los turditanos con lazos de parentesco. Son, sin embargo, menos civilizados que éstos, porque viven dispersos en aldeas.

 

CAPÍTULO XII
Insistencia acerca de las Columnas de Hércules.

Dicearco, Eratóstenes, Polibio y muchos otros escritores griegos sitúan las Columnas de Hércules junto al Estrecho.

 

CAPÍTULO XIII
Más sobre Hispania.

Relata Polibio que en el templo de Hércules, construido en la isla de Gades, existe una fuente de agua potable, a la que se baja por algunos peldaños, manantial que aumenta o decrece en movimiento regular y contrario al flujo y reflujo del mar; de forma que cuando éste baja, la fuente está llena de agua, y seca cuando el mar sube. La causa de este fenómeno, según dice, es el aire que sale del interior de la tierra. Cubierta la superficie por el agua en la marea alta, y no puede el aire salir por sus conductos naturales, y al retroceder cierra los del manantial, secándole; pero al retirarse el mar toma el aire su camino acostumbrado, y dejando los conductos libres, brota el agua en abundancia.

 

CAPÍTULO XIV
Las minas de plata de Cartago Nova.- Otras riquezas de España.

«Al hablar Polibio de las importantísimas minas de plata que existen en Cartago Nova, manifiesta que se hallan a veinte estadios de la ciudad, y que son tan grandes que abarcan un terreno de 400 estadios de circunferencia, dando ocupación habitualmente a 40.000 trabajadores, cuya obra produce a Roma 25.000 dracmas diarios. No refiero el detalle de todas las operaciones de la explotación, por la brevedad, limitándome a lo que dice Polibio sobre la forma de tratar el mineral de plata que arrastran los ríos y torrentes. Metido en sacos se le tritura y tamiza cinco veces, poniendo los sacos en la corriente del agua; efectuado esto, se funde la materia pulverizada, separando el plomo de la plata, que queda pura. Estas minas de plata existen hoy; pero allí y en otros lugares pertenecen a particulares y no al Estado. Las de oro son en su mayor parte del Estado».

 

CAPÍTULO XV
Los ríos Betis y Ana.

El Betis y el Ana tienen su origen en la Celtiberia, aunque a distancia de 900 estadios uno de otro.

 

CAPÍTULO XVI
Segesama e Intercaia.

«En la descripción que hace Polibio de los pueblos celtíberos y de su región cita entre sus ciudades Segesama e Intercaia».

 

CAPÍTULO XVII
Sobre un rey íbero.

«Describe Polibio edificios notables por su estructura y el brillo de sus ornamentos al hablar de un rey de Iberia, ambicioso de rivalizar con el hijo de Fenicia, en cuya casa había vasijas de oro y plata llenas de vino de cebada».

 

CAPÍTULO XVIII
El río Ilebernis y el Roscinus.

Desde los Pirineos hasta Narbona existen valles por los que corre el Ilebernis y el Roscinus junto a ciudades del mismo nombre habitadas por los celtas. En estas llanuras hay habitualmente peces, que los habitantes llaman fósiles. El suelo es muy movedizo y cubierto de fina hierba, y abriendo un agujero de dos o tres codos de profundidad, se encuentra una capa de arena, y debajo de ella manantiales que provienen de ríos en parte subterráneos; los peces entran con estas aguas por todos los puntos donde corren, y gustan mucho de las raíces de la hierba; de suerte que esta llanura está llena de peces subterráneos, que los hombres desentierran y comen.

 

CAPÍTULO XIX
Las bocas del Ródano.

«Por lo que toca a las bocas del Ródano, Polibio sostiene que sólo son dos, y censura a Timeo por haber dicho que eran cinco».

 

CAPÍTULO XX
El Loira

El Loira discurre entre los Pictones y los Namnetos, y en tiempos pasados existía a orillas de este río una plaza comercial llamada Corbilón, de la que habla Polibio con motivo de la fábula de Piteas sobre la isla de Bretaña. «En una conversación, manifiesta, que los marselleses tuvieron con Escipión Emiliano, hablaron de esta isla sin decirle nada notable, y lo mismo le ocurrió con los habitantes de Narbona y de Corbilón, tan ignorantes en este punto como los marselleses, a pesar de que ambas ciudades fueran las mayores de este cantón. Piteas sólo se atrevió a inventar noticias sobre la isla de Bretaña».

 

CAPÍTULO XXI
Fauna alpina.

«Refiere Polibio que se cría en los Alpes un animal de forma rara, muy parecido al ciervo, excepto en el cuello y pelo, que es de jabalí. Por debajo de la barba tiene una carúncula de forma cónica, velluda en la extremidad, de un palmo de larga y tan gruesa como una cola de caballo».

 

CAPÍTULO XXII
Minas de oro.

«Cuenta Polibio que en su época se descubrieron entre los Taurici Norici, en las proximidades de Aquilea, tan ricas minas de oro que a dos pies de profundidad se encontraba el mineral, y las excavaciones corrientes no pasaban de quince pies; que una parte era oro nativo en granos como habas o altramuces, los cuales, puestos al fuego, sólo disminuían en una octava parte, y aún depurado más, dejaba considerable producto. Agrega que los italianos se asociaron a los bárbaros para explotar estas minas, y en dos meses bajó el precio del oro una tercera parte en toda Italia, hasta que los Taurici advirtieron lo que ocurría, y expulsando a sus colaboradores extranjeros, vendieron solos este metal».

 

CAPÍTULO XXIII
Sobre los Alpes.

«Hablando Polibio de la extensión y altura de los Alpes, compara estas montañas con las más elevadas de Grecia, tales como el Taigeto, el Liceo, el Parnaso, el Olimpo, el Pelión, el Ossa, y las de Tracia, el Hemus, el Redopo y el Dunax. Agrega que un hombre sin bagaje puede ascender a la cumbre de estas montañas en un solo día, y darles vuelta en casi el mismo tiempo; pero sabido es que no son suficientes dos días para subir a lo alto de los Alpes. En cuanto a su extensión en la base, manifiesta que llega a 2.200 estadios, y sólo cita cuatro pasos en esta cordillera: uno en la Liguria, cerca del mar Tirreno; otro por donde pasó Aníbal, y que cruza la región de los taurici; el tercero, por el territorio de los salassi, y el cuarto por el de los rheti, los cuatro, agrega, llenos de precipicios.»
« Dice, en fin, que en estas montañas existen muchos lagos, tres muy grandes, que son: el Benacus, que tiene 800 estadios de largo y 50 de ancho, y del que sale el río Mincio; el Berbanus, de 400 estadios y menos ancho que el anterior, que sirve de nacimiento al Ticinus; y el lago Larius, de 300 estadios por 30 de ancho, donde nace el Adda, río importante. Todos ellos desaguan en el Po»..

 

CAPÍTULO XXIV
El vino de Capua.

«Manifiesta Polibio que se produce en Capua un vino excelente, incomparable, del anadendrón.»

 

CAPÍTULO XXV
Distancias.

Según se dice, desde el cabo Japigieno hasta el Estrecho de Sicilia hay por tierra, siguiendo la costa, 3.000 estadios, y el mar de Sicilia la baña toda; pero por mar hay 500 estadios menos.

 

CAPÍTULO XXVI
Más sobre distancias.

Se dice que la mayor extensión a lo largo del Tirreno por la costa desde Luna, hasta Ostia, es de 2.500 estadios, y a lo ancho desde el mar hasta las montañas la mitad menor. Hay desde Luna hasta Pisa más de 400 estadios; de Pisa a Volterra, 290; de Volterra a Poplonium, 270; de Poplonium hasta las proximidades de Cossa, 800, y según algunos autores sólo 600; lo cual arroja para la distancia entre Luna y Cossa 1.760, o por lo menos 1.560 estadios; pero esta distancia no es, según Polibio, más que de 1.460 estadios.

 

CAPÍTULO XXVII
La isla de Etalia.

La isla de Etalia posee un puerto llamado Argoüs, nombre tomado, según se dice, del buque Argo... La isla Etalia se llamaba Lemnos.

 

CAPÍTULO XXVIII
Más noticias geográficas.

Desde Sinuesse hasta Misenum forma la costa un golfo bastante grande, tras el cual aparece otro mayor que se llama Cráter, cerrado por los cabos Misenum y Ateneum. A lo largo de las costas de estos golfos se halla situada la Campania. Esta región de llanuras, la más feliz que se conoce, está rodeada por colinas fertilísimas y por las montañas de los samnitas y de los oscici. Pretende Antíoco, que la Campania fue antiguamente habitada por los oscici, y dice que también se llamaban amonos. Polibio distingue al parecer ambos pueblos, porque manifiesta que los oscici y los amonos habitan la comarca próxima al Cráter.

 

CAPÍTULO XXIX
Distancias.

«Manifiesta Polibio que las distancias a partir de Japigia se han medido en millas; que desde Japigia hasta la ciudad de Sila hay 562 millas y desde Sila a Acilina, 178».

 

CAPÍTULO XXX
El cabo Lacinium y el golfo de Tarento.

Parece que hay más de 2.300 estadios desde el Estrecho de Sicilia hasta el cabo Lacinium, lugar consagrado a Juno, antes riquísimo y lleno de multitud de ofrendas en el cabo Japigiano. Este último intervalo forma lo que se llama la abertura del golfo de Tarento.

 

CAPÍTULO XXXI
Los cráteres de Hiera.

«Nos dice Polibio: De los tres cráteres de Hiera, uno se halla en parte destruido, pero quedan dos, formando el mayor una abertura redonda de cinco estadios de circunferencia. Este orificio se estrecha en forma de embudo, hasta el punto de no tener más de cincuenta pies de diámetro, y se eleva un estadio sobre el nivel del mar, que se ve en el fondo del cráter cuando la atmósfera está tranquila.» «Si tales informes son dignos de crédito, acaso no convenga rechazar las tradiciones míticas relativas a Empédocles. «Siempre, agrega Polibio, que va a soplar viento sur, fórmase alrededor de la isla tenebrosa nube, que impide ver la Sicilia; mas si es viento norte, vense salir del referido cráter brillantes llamas, y el ruido que en él se produce es más violento. El efecto del aire de Oeste es un término medio entre los dos citados. Los otros cráteres son parecidos a éste en la forma, pero las erupciones no tan fuertes. Por la intensidad del ruido y por el lugar donde aparecen las llamas y el humo, puede predecirse tres días antes el viento que reinará. Algunas veces, tras una calma absoluta en Lipara, los habitantes han anunciado los terremotos, sin equivocarse jamás».

 

CAPÍTULO XXXII
El monte Hemus.- Un error del autor.

«Próximo al Ponto Euxino hallábase el monte Hemus, el más alto de aquella región. Divide la Tracia en dos partes casi iguales. Polibio se equivoca al afirmar que desde su cima se ven los dos mares, porque además de la distancia considerable que la separa del Adriático, existen en el intervalo demasiados obstáculos para que la vista alcance a este mar».

 

CAPÍTULO XXXIII
Sobre el Golfo Jónico.

Las primeras partes de las costas del golfo Jónico son los alrededores de Epidammo y de Apolonia. Desde esta última ciudad se va a Macedonia por la vía Egnatia, que se dirige al Este y tiene piedras miliares hasta Cipsela y el río Hebrus, lo que comprende un espacio de 535 millas. Si, como de costumbre, se gradúa la milla en ocho estadios, sumará 4.280 estadios; mas, según el cálculo de Polibio, que añade dos pletros, es decir, un tercio de estadio a cada milla, debe añadirse a la suma citada 178 estadios. Los que parten de Epidamno y los que salen de Apolonia, tras recorrer igual distancia, hállanse en mitad de la vía. Toda ella lleva el nombre de Egnatia, pero a su primera parte llámase también camino de Candavia, que es una montaña de Iliria, a donde conduce este camino, entre la ciudad de Liquindos y un lugar llamado Pilón, que separa Iliria de Macedonia. Desde allí pasa próxima a Barenus y va por Heraclea, los Lincestro y los Eorli, a la ciudad de Edessa, a la de Pella y hasta Tesalónica.

 

CAPÍTULO XXXIV
El circuito del Peloponeso.

El circuito del Peloponeso, sin seguir los contornos de los golfos, es de 4.000 estadios.

 

CAPÍTULO XXXV
Otro error del autor.

«No sin razón observa Artemidoro el error de Polibio al contar 10.000 estadios desde el cabo Maleo hasta el Ister, al Norte. Artemidoro afirma que sólo hay 6.500. La causa de este error consiste en que Polibio no se refiere al camino más corto, sino al que seguiría tal vez un general con su ejército».

 

CAPÍTULO XXXVI
Más noticias geográficas.

«Por lo que toca a las regiones que se extienden en línea recta desde el Éufrates y la ciudad de Tomisa, fortaleza de la Sofena, hasta la India, las distancias que señala Artemidoro están conformes con las de Eratóstenes, y Polibio mismo manifiesta que, respecto a estos lugares, hay que dar fe a Eratóstenes. Comienza por Samosata de la Comagena, situada próxima al puente del Éufrates, y cuenta desde la frontera de la Capadocia, cerca de Tomisa hasta dicha ciudad, 450 estadios».

 

CAPÍTULO XXXVII
Visita a Alejandría.

«Polibio, que visitó la ciudad de Alejandría en tiempo de los reyes de Egipto, deplora amargamente la situación en que se la encontró después. «Existían, dice, tres clases de habitantes: los egipcios o indígenas, inteligentes y sumisos a las leyes; los mercenarios, muy numerosos e indisciplinados, por ser antigua costumbre allí mantener tropas extranjeras, pero la nulidad de los príncipes les enseñó más a mandar que a obedecer; y los alejandrinos, que por igual causa no se les gobernaba fácilmente. Valían, no obstante, más que los mercenarios, porque, aun siendo raza mezclada, su origen griego les hacía conservar algo del carácter propio de esta nación. La última clase fue casi aniquilada, principalmente por Evergetes Fiscón, en cuyo reinado fue Polibio a Alejandría. Irritado este príncipe por los motines de los alejandrinos, les entregó varias veces al furor de los soldados, que los degollaban. Visto el estado en que se halla esta ciudad, agrega el mismo autor, hay que decir con Homero:

 

 

 

 

 

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