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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO III
LIBRO TRIGÉSIMO

 

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

LIBRO TRIGÉSIMO

 

CAPÍTULO PRIMERO
Attalo, hermano de Eumeno, corre el riesgo de perder el reino de Pérgamo.- Su médico Stracio le libra de él.- Los embajadores rodios apaciguan a los romanos en favor de su isla.- Astidemo es criticado por justificar a los rodios a costa de los demás griegos.- Diversos sucesos que por entonces acaecen a los rodios.

Las incursiones efectuadas por los galos en el reino de Pérgamo obligaron a Attalo, hermano de Eumeno, a ir a Roma, y sin este motivo aún tenía justificado pretexto para el viaje, cual era felicitar al Senado por la última victoria y obtener los aplausos que por su participación en la guerra contra Perseo, y en los peligros que los romanos corrieron, merecía. Recibiéronle, efectivamente, en Roma con las manifestaciones de honor y amistad debidas a un príncipe que se había distinguido en la guerra de Macedonia y que pasaba por amigo de la República. Hízose más de lo que éste esperaba, pues salieron a recibirle y penetró en la ciudad con numeroso acompañamiento. Tantos honores, cuyo objeto no comprendía, le enorgullecieron hasta el punto de faltar poco para que olvidase sus verdaderos intereses, causando irreparable daño a todo el reino de Pérgamo. La mayor parte de los romanos no profesaba estimación ni afecto a Eumeno, persuadida por las negociaciones de éste con Perseo de que no era amigo fiel y de que acechaba el momento de declararse contra Roma. Esta preocupación influyó en algunos romanos distinguidos para aconsejar a Attalo en conversaciones privadas no mencionar el asunto para que le envió su hermano ni hablar de lo que a éste en especial le interesaba, dándole a entender que el Senado, a quien Eumeno era odioso, deseaba formarle un reino y darle la corona. Estos malos consejos excitaron la ambición del joven príncipe, halagado con tales ofrecimientos, y la intriga llegó hasta el punto de prometer a algunos personajes de Roma que solicitaría en el Senado una parte del reino de su hermano.
Cuando iba a cometer esta falta llegó el médico Stracio, que Eumeno, no sin sospecha de lo que pudiera suceder, envió a Roma, con orden de emplear todos los medios posibles para impedir escuchara Attalo los consejos de quienes le inducían a repartir el reino. Este médico, hombre prudente, hábil y persuasivo, y en quien Eumeno tenía gran confianza, dijo privadamente a Attalo cuanto podía apartarle del pernicioso propósito, y lo consiguió no sin esfuerzo. Advirtióle que era tan rey como su hermano, porque ambos tenían igual poder y autoridad, sin otra diferencia que la de carecer Attalo de la diadema y título de rey; pero que su derecho a la sucesión en la corona era incuestionable y de próxima realización, porque la débil salud de Eumeno no le permitía larga vida, y careciendo de hijos varones (no se conocía aún el hijo natural que le sucedió en el trono), aunque quisiera, no podría dejar el reino a otros que a sus hermanos inmediatos. Agregó Stracio que lo más doloroso era el peligro a que exponía Attalo el reino de Pérgamo. «Mucho tendréis que agradecer, manifestaba, vos y vuestro hermano a los dioses inmortales si obrando de acuerdo y concierto podéis arrojar de vuestra nación a los galos, que amenazan invadirla. ¿Qué ocurrirá si la discordia os separa? Claro es que esta división trastornará el reino todo, que os hará perder la dominación de que gozáis actualmente y destruirá todas las esperanza si para el futuro despojando a vuestros hermanos del derecho a heredar y del poder que ahora ejercen.»
Estas razones y otras semejantes impresionaron a Attalo, que renunció a sus ambiciosos proyectos. Entró en el Senado, y sin hablar de Eumeno ni solicitar repartición del reino de Pérgamo, limitóse a felicitarle por la victoria alcanzada en Macedonia y a expresar modestamente el celo y afecto con que ayudó en la guerra contra Perseo; solicitó, asimismo, que Roma despachara embajadores para reprimir la insolencia de los gálatas, reduciéndoles a su primitivo estado, y término, rogando que se la entregaran las ciudades de Aenum y Maronea. Creyendo el Senado que volvería Attalo para hablar particularmente de los otros asuntos, prometió enviar la embajada, e hizo al príncipe los regalos acostumbrados, ofreciéndole además la posesión de las dos ciudades antedichas; pero al saber que había partido de Roma sin hacer nada de lo que de él esperaban, no pudiendo vengarse de otra forma, revocó la promesa hecha, y antes de que el príncipe partiese de Italia declaró a Aenum y Maronea ciudades libres e independientes. Fue en seguida una embajada a los gálatas, y al frente de ella Publio Licinio no siendo fácil decir las órdenes que llevaba ni difícil conjeturarlo por los acontecimientos que ocurrieron.
Llegaron por entonces a Roma dos diputaciones de la República de Rodas, yendo al frente de la primera Filócrates, y de la segunda Filofrón y Astidemo. La contestación que el Senado dio a Agesípolis después de la derrota de Perseo ocasionó ambas embajadas, cuyo objeto era calmar a los romanos, muy irritados contra los rodios a juzgar por aquella respuesta. En todas las audiencias públicas y privadas sólo vieron Astidemo y Filofrón motivos de espanto, consternándoles la disposición en que veían a los romanos respecto a los rodios. Pero aumentó su miedo ver a un pretor desde lo alto de la tribuna de las arengas excitar al pueblo para que declarase la guerra a los rodios. El peligro que amenazaba a su patria les sobrecogió de terror, y vistiendo de luto, imploraron con lágrimas en los ojos la protección de sus amigos y que nada demasiado riguroso se decretara contra su República. Esta gran alarma fue breve, porque a los pocos días el tribuno Antonio, que había hecho bajar al pretor de la tribuna cuando arengaba contra los rodios, les condujo a la asamblea del pueblo, y uno tras otro justificaron a sus compatriotas. Sus discursos, entremezclados de sollozos, movieron a compasión, y lograron por lo menos que no se declarara la guerra a Rodas; pero el Senado les censuró con grande acritud por los hechos que se les imputaba, dándoles a entender claramente que, sin la consideración que les merecían algunos amigos de la República, y especialmente ellos, les hubiera tratado de muy distinta forma. En aquella ocasión escribió Astidemo una apología de su patria, quedando muy satisfecho de este escrito y muy disgustados los griegos residentes en Roma o que se hallaban allí de paso. Lo hizo circular entre el público, y pareció a éste sin sentido común ni equidad, por fundarse la apología menos en razones deducidas del proceder de su patria que en las faltas de los demás griegos. Comparaba al efecto lo que todos los griegos habían realizado por sí o en ayuda de los romanos, exagerando por todo extremo los servicios de los rodios y atenuando cuanto le fue posible los de los demás pueblos de Grecia.
Respecto a las faltas, hizo lo contrario, pues culpando de ellas a los demás griegos, casi no mencionaba nada que mereciera censurarse a los habitantes de Rodas. Comparaba las de éstos y aquellos para que las de los rodios pareciesen pequeñas, insignificantes, dignas de perdón, y las de los otros griegos enormes, imperdonables; y deducía que si los romanos habían perdonado a éstos no podían menos de perdonar asimismo a la República de Rodas. Tal apología era impropia de un hombre de gobierno. Si se desprecia a los cobardes que unidos a otros con secretos lazos déjanse intimidar por las amenazas o los tormentos hasta el punto de vender a sus cómplices, y se alaba y ensalza a los que, inquebrantables en medio de los mayores suplicios, niéganse a arrastrar en su desgracia a los unidos con ellos, ¿qué debe pensarse de un hombre que por temor a incierto peligro revela a una poderosa nación las faltas de otra, y renueva el recuerdo de cosas que el tiempo había hecho olvidar? Conocida la contestación del Senado, salió inmediatamente de Roma Filócrates para llevarla a Rodas, y Astidemes quedó allí a fin de observar cuanto se pudiera decir o hacer contra su patria.
La respuesta del Senado desvaneció el miedo de los rodios de que los romanos les declarasen la guerra y les hizo desdeñar las demás contrariedades que sufrían por grandes que fuesen. Ocurre, efectivamente, con frecuencia que el temor de enormes daños amortigua el sentimiento de los pequeños. Inmediatamente se concedió a los romanos una corona de un valor de diez mil piezas de oro, designando para llevarla al almirante Teodetes, que partió en los primeros días del verano. Agregósele una embajada, cuyo jefe era Rodofón, para procurar a toda costa la alianza con los romanos. Los rodios no mencionaron esta alianza en el decreto por temor a que rechazándola los romanos, tuvieran que arrepentirse de haberla ordenado. Dejaron, pues, al cuidado del almirante hacer la tentativa, porque las leyes le facultaban para concertar esta clase de tratados.
Bueno es advertir de paso que la policía de los rodios había sido hasta entonces no aliarse a los romanos, aunque hacía ciento cuarenta años que tomaban parte en las brillantes expediciones de esta República, y la razón de ello era que, satisfechos de que todas las naciones pudieran solicitar su alianza, no querían repartir sus fuerzas ni encadenar su voluntad con juramentos y tratados. Libres y dueños de sí, podían aprovechar cuanto fuera ventajoso; pero en las circunstancias presentes juzgaron oportuno cambiar de conducta e hicieron los mayores esfuerzos para alcanzar el glorioso título de aliados de Roma, no por afición a alianzas ni por temor a otra nación que la romana, sino para desvanecer con esta mudanza las prevenciones y sospechas que su República inspiraba.
Apenas se hizo a la vela esta embajada, los caunienses se separaron de Rodas y los milesianos se apoderaron de las ciudades de los euromianos. Casi al mismo tiempo llegó de Roma un senatus-consulto que declaraba libres e independientes a los carienos y a los licios, pueblos que el Senado dio a los rodios al acabar la guerra con Antíoco. Sin gran esfuerzo sometieron éstos a los caunienses y euromianos, siendo suficiente a enviar a Licus con tropas, que en poco tiempo, y a pesar de auxiliarles Cibarates les obligó a rendirse. Fueron en seguida a la región de los euromianos, y en campal batalla vencieron a los milesianos y a los alabadianos llegados de Ortosia. Pero el decreto romano en favor de los carienos y de los lucios causóles viva alarma, sospechando que la corona enviada a Roma no les produjera fruto alguno y esperando en vano el honor que ambicionaban de ser aliados de Roma.

 

CAPÍTULO II
Ardid de Antíoco.

El vil ardid de guerra de este príncipe en Pelusa ocasiona gran daño a su fama; mas hay que confesar que era vigilante, activo y merecedor del título augusto de rey.

 

CAPÍTULO III
Dinón y Poliarates.

Comencemos por manifestar al lector la política de estos dos griegos, porque en aquellas tristes circunstancias se produjeron grandes cambios, no sólo entre los rodios, sino en todos los demás Estados, y bueno es examinar y conocer los intentos de quienes les gobernaban y si siguieron o se apartaron del camino más razonable. Esto nos enseñará lo que se debe hacer o evitar, en iguales circunstancias, para no faltar al deber en la ancianidad, perdiendo así la fama conquistada en larga vida.
En el transcurso de la guerra con Perseo sospechaban los romanos que no les eran favorables tres clases de individuos: unos que, pesarosos por la probabilidad de que el universo entero sufriera la ley de una sola potencia, ni ayudaban ni combatían a Roma, dejando los acontecimientos a la fortuna y esperando tranquilos el resultado final; otros los que, satisfechos porque macedonios y romanos estuvieran en guerra, deseaban la victoria de Perseo, pero sin poder inspirar sus sentimientos e inclinaciones a los pueblos que regían, y otros que comprometían las naciones que gobernaban en el partido de Perseo. Veamos el proceder de todos estos políticos.
Antínoo, Teodoro, Cefalo y los demás adversarios de Roma consiguieron que los molosos socorrieran a Perseo, y sin amedrentarles el peligro, esperando tranquilos su último momento y firmes en sus opiniones, murieron con honor. Debe elogiarse la entereza de carácter con que mantuvieron hasta el postrer instante la reputación adquirida en el resto de su vida.
La tranquilidad en Acaia, Tesalia y Perrebia inspiró desconfianza, siendo muchos los sospechosos en estas regiones de inclinarse a favor del rey de Macedonia y de aguardar ocasión oportuna de manifestarlo; pero ni se les escapó frase alguna en público, ni se les interceptó carta ni emisario que justificara la sospecha, y siempre mostráronse dispuestos a dar cuenta de su conducta y a probar su inocencia. Antes de perecer acudieron a todos los medios de salvación, porque tan cobarde es morir sin culpa, por miedo a un bando o a una potencia más fuerte, como vivir deshonrado.
En la isla de Rodas, en la de Cos y en varias ciudades, algunos partidarios de Perseo defendían abiertamente a los macedonios, y procuraron, aunque sin buen éxito la adhesión de sus compatriotas. Los más notables de estos amigos de Perseo eran en la isla de Cos Hipócrito y su hermano Diomedón, y en la de Rodas Dinón y Poliarates. ¿Era posible no censurar la conducta de estos magistrados? Toda la nación conocía lo que habían hecho y dicho; había visto las cartas escritas a Perseo y las recibidas de este príncipe que fueron interceptadas; sabía de los mensajeros de ambas partes que fueron presos, y a pesar de tan abrumadoras pruebas, los convictos no tuvieron valor para arrostrar la adversidad y perder la vida, empeñándose en defender su inculpabilidad. ¿Cuál fue el fruto de tanta obstinación en conservar la vida? Toda la gloria adquirida por el valor y constancia que se les atribuía se desvaneció, siendo objeto de un desprecio que ni a la compasión dejaba lugar. Convencidos cara a cara por los mismos de quienes se valieron para sus intrigas no se les tuvo únicamente por desdichados, sino por falaces. Uno de ellos, Thoas, que había sido enviado a Macedonia, mortificado por la conciencia, después de la derrota de Perseo se retiró a Cnida. Preso por los cnidanos, lo reclamaron los rodios y lo llevaron a Rodas, donde, sometido a juicio, confesó cuanto decían las cartas cruzadas entre los magistrados y Perseo; y sorprende que Dinón amara la vida hasta sufrir esta infamia. Mayor fue la insolencia y cobardía de Poliarates. Popilio ordenó a Ptolomeo que le enviara a Roma; pero en consideración a su patria y por deferencia a Poliarates que solicitaba ir a Rodas, prefirió el rey de Egipto mandarle a su patria. Entregósele un barco, y partió custodiado por un personaje de la corte llamado Demetrio. Al mismo tiempo el rey escribió a los rodios avisándoles la salida del acusado. Al arribar a Faselis no sé qué idea ocurrió a Poliarates, que cubriéndose la cabeza con verbena corrió a refugiarse en el templo de la ciudad. Seguro estoy que de preguntarle lo que intentaba no supiera decirlo, porque si quería volver a su patria, ¿a qué ocultarse? ¿No estaba encargado su guardián de conducirle? Y si a éste hubieran ordenado que le llevase a Roma de buen o mal grado, allí fuera Poliarates. ¿Qué buscaba, pues? Avisaron de Faselis a Rodas para que fueran por él, y los rodios enviaron un barco descubierto, con la prudencia de prohibir al piloto recibirle a bordo, porque los alejandrinos tenían orden de entregarle en la isla. Llegó el buque rodio a Faselis, y su capitán Epicares se negó a hacerse cargo de Poliarates. Apremió a éste Demetrio para que entrara en el suyo, y le apremiaron más los faselitas que temían algún acto severo de los romanos por la permanencia allí del acusado. En tal apuro, entró asustado en el barco de Demetrio, pero durante la travesía encontró ocasión de escaparse, y huyó a Cauna, implorando ayuda de los habitantes. Desgraciadamente eran aliados de los rodios y le expulsaron de la ciudad. Suplicó en seguida a los cibiratas que le dieran asilo y le enviaran un guía para ir a sus tierras, esperando este favor porque los hijos de Pancratos, tirano de aquella ciudad, se habían criado en su casa. Lo consiguió efectivamente; pero al llegar allí, su apuro fue mayor que en Faselis, pues los cibiratas no se atrevieron a alojarle por temor a los romanos, ni podían llevarle a Roma, porque siendo nación de tierra adentro no sabían navegar. Viéronse, pues, obligados a despachar una diputación a Rodas y al cónsul de Macedonia para que les libraran de este infortunado fugitivo. Paulo Emilio contestó a los cibiratas que le llevasen a Rodas, y a los rodios que le condujeran vivo a Roma por mar. Unos y otros cumplieron las órdenes recibidas, y Poliarates llegó a Roma, teatro donde con toda claridad vióse su cobardía y falta de pudor, y al que le llevaron Ptolomeo, los faselitas, los cibaritas y los rodios. Su falta de ánimo bien merecía este castigo. Me he detenido en lo relativo a Dinón y Poliarates, no por insultar su desgracia, que resultaría insensato, sino para aconsejar a los que se hallen en idénticas circunstancias medidas más prudentes.

 

CAPÍTULO IV
Diputación de los griegos a los diez comisarios despachados a Macedonia tras la derrota de Perseo.- Proceder de estos comisarios con los griegos.

Derrotado Perseo y concluido este gran asunto, llegaron a Macedonia embajadores de todas partes para felicitar a los generales romanos por el afortunado éxito de la expedición, y fácil es comprender que en cada Estado designaron para este y otros cargos los que en el transcurso de la guerra defendían con más calor la causa de Roma, y por tanto eran más de su agrado. Fueron, pues, por Acaia Calícrato, Aristodamo, Agesias y Filipo; por Beocia, Mnasipo; por Acarnania, Crenies; por el Epiro, Carops y Nicias, y por Etolia, Licisco y Tisipo. Llevando todos igual objeto, arreglaron según su deseo los asuntos, tanto más fácilmente, cuanto que sus adversarios, cediendo a las circunstancias, renunciaron al gobierno de las Repúblicas. Los diez comisarios hicieron saber por medio de los generales a las ciudades y consejos de los pueblos los nombres de las personas que debían ser elegidas para ir a Roma, y las escogieron de su partido, a excepción de muy pocas cuyo mérito era incontrovertible. Dispensaron especial honor a los aqueos, enviándoles dos comisarios, Cayo Claudio y Cneo Domicio. Dos razones obligaron a tomar esta resolución: una, el temor de que los aqueos no obedecieran las cartas y dejaran impune a Calícrato a pesar del daño que había causado a todos los griegos; otra, porque en las cartas de los aqueos a Perseo, que habían sido interceptadas, nada se descubrió que demostrase culpabilidad contra alguno de esta nación. No obstante, poco tiempo después, y a causa de lo que le manifestaron Calícrato y Licisco, escribió el cónsul y despachó diputados a los aqueos, aunque no aprobase, como se demostró después, las denuncias de aquellos dos traidores.

 

CAPÍTULO V
Los reyes de Egipto despachan una embajada a Roma. A instancias de Popilio se pone en libertad a Menalcidas.

Apenas libres de la guerra con Antíoco, los dos Ptolomeos enviaron a Roma a Numenio, uno de sus amigos, para agradecer a los romanos el gran beneficio que les hicieron en aquella ocasión. Asimismo dieron libertad, a instancias de Popilio, al lacedemonio Menalcidas, que por enriquecerse había abusado del apuro en que ambos reyes se hallaron.

 

CAPÍTULO VI
Por qué puso el Senado en libertad al hijo del rey Cotis.

El rey de los odrisianos había despachado embajadores a Roma para solicitar que le devolvieran su hijo y explicar las razones de su alianza con Perseo. El Senado les escuchó con benevolencia, porque tras la victoria contra el rey de Macedonia y concluido cuanto se propusiera llevar a cabo, no tenía importancia considerar a Cotis como enemigo. Su hijo, dado en rehenes a Perseo, fue cogido con los de este infortunado príncipe, y se lo devolvieron en prueba de clemencia y generosidad, y en testimonio de consideración al rey, que les pedía esta gracia.

 

CAPÍTULO VII
De Lucio Anicio.

Lucio Anicio, el mismo que derrotó a los ilirios y llevó a Roma para celebrar su triunfo al rey Gencio y sus hijos, hizo reír mucho al pueblo, según refiere Polibio en el libro XXX, en los juegos celebrados con motivo de este triunfo. Trajo de Grecia hábiles trabajadores que construyeron en el circo un gran teatro donde se presentaron primero los más célebres flautistas griegos, Teodoro el Beocio, Teopompo Herenippo y Lisímaco, y les ordenó salir al proscenio con el coro y tocar todos a la vez. Éstos comenzaron un motivo de rápido movimiento y muy melodioso; mas Anicio les mandó decir que aquella melodía no le gustaba y que luchasen. Los flautistas indecisos no comprendieron la orden, hasta que un líctor les dijo que Anicio deseaba figurasen la lucha revolviéndose unos contra otros. Esto les permitió entregarse a ademanes licenciosos, produciendo gran confusión, tocando las flautas de la forma más discorde y desatinada y cayendo o contra el coro que les separaba, o unos contra otros. Los coristas, por su parte, hicieron lo mismo, corriendo en todas direcciones y precipitándose unos sobre otros. No sé cuál de ellos, recogiéndose la túnica, enseñó los puños a un flautista, provocándole al pugilato, y le excitaron a ello los ruidosos aplausos y gritos de los espectadores. En el momento en que todos andaban revueltos y peleando, dos saltarines se adelantan a la orquesta con la sinfonía, y cuatro pugilistas se presentan con sus propios flautistas o trompeteros, mezclándose todos y produciendo el más singular espectáculo. Nada digo de las tragedias, agrega Polibio, porque creían que hablaba en broma.

 

CAPÍTULO VIII
Los etolios y los epirotas.

Habituados los etolios a vivir del robo y merodeo, mientras les fue posible saquear a los griegos prosperaron a sus expensas, teniendo toda la tierra por enemiga; mas al dominar en Grecia los romanos y no poder llevar a cabo la rapiña fuera de su región, volviéronse unos contra otros en guerra civil, cometiendo toda clase de violencias y crueldades. Después de degollarse mutuamente en las proximidades de Arsinoe, no hubo forma humana que les contuviera, y en toda la Etolia sólo había confusión, injusticias y asesinatos. Nada se efectuaba allí conforme a la razón y al buen sentido, y el mar azotado por violenta tempestad no presenta mayor perturbación de la que reinaba entonces en la República de Etolia.
No se hallaba el Epiro más tranquilo. En el pueblo advertíase alguna moderación, pero en cambio el jefe era un monstruo de impiedad e injusticia. No creo que haya nacido ni pueda nacer jamás hombre más cruel que Carops.

 

CAPÍTULO IX
Andanzas de Paulo Emilio.

Tras admirar las fortificaciones de Siciona y las riquezas de la ciudad de los argivos, encaminóse Paulo Emilio a Epidaura. Deseando ver a Olimpia, partió para esta región. Al penetrar en el templo de Olimpia y ver la estatua de Júpiter, dijo Paulo Emilio, lleno de admiración, que era Fidias el único que había realizado el Júpiter de Homero, y que esperaba ver cosas bellas en Olimpia, pero aquello era superior a cuanto había visto en sus viajes. «Escribe Polibio que después de derrotar a Perseo y los macedonios, arrasó Paulo Emilio setenta pueblos de Epiro, la mayoría en la región de los molosos, y se llevó ciento cincuenta mil hombres reducidos a servidumbre».

 

CAPÍTULO X
Ruindad de alma de Prusias, rey de Bitinia.- Recurso de que se vale el Senado para humillar a Eumeno.

Trasladóse a Roma Prusias para cumplimentar al Senado y a las tropas por el triunfo alcanzado contra Perseo, y deshonró la majestad real con bajas adulaciones. Júzguese por los hechos siguientes. Presentóse a los diputados que el Senado envió para recibirle con el pelo cortado y gorro, traje y sandalias de liberto, diciendo al saludarles: «Ved en mí uno de vuestros libertos dispuesto a hacer lo que os agrade y a conformarme completamente con todas vuestras prácticas.» No sé si existe manera de expresarse de forma más humilde y rastrera. Al penetrar en el Senado se detuvo en la puerta frente a los senadores sentados, prosternóse con las manos caídas y besó el umbral. Dirigiéndose en seguida a la asamblea, exclamó: «Dioses salvadores, yo os saludo.» ¿Es posible mayor cobardía y adulación? ¿Es hombre quien habla así? Apenas lo creerá la posteridad. La conferencia correspondió al preámbulo, y rubor me daría referirla. Tan profunda bajeza no podía menos de obtener una respuesta amable del Senado.
Apenas concluida la recepción de Prusias, súpose que Eumeno iba a llegar a Roma, noticia que dio bastante en qué pensar a los senadores. Prevenidos contra él y decididos a no mudar de actitud, sentían dar a conocer sus intenciones, porque tras poner a Eumeno en el rango de los más fieles amigos del pueblo romano, admitirle a justificarse y responderle conforme a sus resentimientos, era confesar en alta voz su poca prudencia al estimar tanto a un hombre de este carácter; y si por salvar su reputación le acogían bien, faltaban a sus sentimientos y a los intereses de la patria; de forma que en cualquiera de ambos casos los inconvenientes eran inevitables. Para salir del aprieto lo menos mal posible, y pretextando lo mucho que costaba a la República la recepción de los reyes que iban a Roma, hicieron un senatus-consulto prohibiendo en general la entrada de los reyes en esta ciudad. Llegó poco después la noticia de que Eumeno había desembarcado en Brindis, y enviaron a un cuestor para transmitirle la orden de que se detuviera allí, manifestara lo que deseaba del Senado, y si nada tenía que tratar, saliera inmediatamente de Italia. Escuchó el rey de Pérgamo al cuestor, comprendió el sentimiento que a los romanos inspiraba, y dijo que ninguna necesidad tenía de ir a Roma. Tal fue el ardid del Senado para no recibir a Eumeno.
Esta afrenta produjo al rey de Pérgamo otra grave contrariedad que aprovecharon los romanos, decididos a humillarle de todos modos. Amenazado de una irrupción de los galo-griegos, era indudable que, después de tal injuria, los aliados no se atreverían a ayudarle, y los galo-griegos serían más atrevidos para atacarle. Esto sucedía al iniciarse el invierno. El Senado escuchó en seguida a los demás embajadores (porque no hubo ciudad, príncipe o rey que no mandara diputación a Roma para participar del regocijo por la derrota de Perseo), y todos recibieron contestaciones corteses y afectuosas, menos los rodios, que no debieron quedar satisfechos, pues se les despidió sin decirles nada positivo acerca de lo que debían temer o esperar del futuro. En cuanto a los atenienses, el Senado estaba irritadísimo contra ellos.

 

CAPÍTULO XI
Injusticia de los atenienses con los haliartos.

Llegaron de Roma embajadores a Atenas para rogar que los haliartos fuesen restaurados en su primitivo Estado, y no siendo atendida esta pretensión, solicitaron que se les pusiera en posesión de Delos, de Lemnos y del país de los haliartos, porque se les había ordenado pedir, o la independencia de este pueblo, o que lo diera el Senado a los atenienses. Dueños ya de las dos islas, no es censurable que solicitaran la posesión, pero sí pedir que les dieran los haliartos. Malo es no ayudar a este antiguo pueblo de Beocia a salir del triste estado en que se hallaba y peor borrarle de la memoria de los hombres, quitándole toda esperanza de renacimiento. No era justificado en ningún pueblo de Grecia tan injusto modo de proceder, y menos que en ninguno en los atenienses, porque ni ley ni costumbre les permitía convertir su patria en patria de todos los griegos e invadir las ciudades que no les pertenecían. El Senado, sin embargo, les concedió Delos y Lemnos.

 

CAPÍTULO XII
Los rodios evacuan Cauna y Stratonicea.

Una vez introducido Teetetes en el Senado, rogó que se aceptara la alianza de los rodios con la República romana. Esperando la contestación, que se dejaba de un día para otro, este anciano de más de ochenta años deja de existir. Entretanto, llegaron a Roma los desterrados de Cauna y Stratonicea, quejándose ante el Senado y obteniendo una sentencia que ordenaba a los rodios retirar sus guarniciones de ambas ciudades. Filofrón y Astidemes salieron inmediatamente para su patria, temiendo que los rodios se negaran a cumplir esta orden, procurándose con ello alguna nueva desdicha.

 

CAPÍTULO XIII
Odio de los peloponesianos contra Calícrato.

Cuando los embajadores, a su regreso de Roma, manifestaron lo que el Senado había contestado, no hubo rebelión ni alboroto; pero no se ocultó la cólera y el odio que Calícrato inspiraba. El hecho siguiente prueba el rencor contra Calícrato, Andronido y otros personajes de este bando. Cuando se celebraba en Siciona una fiesta célebre, llamada los Antigonios, las mujeres, hasta las de peor reputación, acostumbraban a ir a los baños públicos frecuentados por los hombres más notables; pero si Andronido o Calícrato iban, ninguno de los que después llegaban quería bañarse si antes no se arrojaba toda el agua que les había servido, lavando y fumigando cuidadosamente el baño, como si temieran mancharse al entrar en la misma agua que aquellos. Los que les alababan en público eran objeto de mofa y silbidos, y hasta los niños, al volver de las escuelas, no temían llamarles traidores si les hallaban al paso: tan general era el odio que inspiraban, y tanto el dolor de los corazones por los grandes sufrimientos.

 

CAPÍTULO XIV
Otro testimonio de la guerra de Siria.- Reflexiones del autor.

Hablan otros de la guerra de Siria porque al tratar asunto mezquino y monótono desean darse aires de historiadores no relatando acontecimientos, sino escribiendo volúmenes; para ello tienen que agrandar las pequeñeces, desleír lo que pudiera decirse en dos palabras, pararse en futilidades convirtiéndolas en sucesos, y dar cuenta pomposamente de las escaramuzas en que perecieron unos cuantos soldados. Y respecto a los asedios, a las descripciones topográficas y a los demás acaecimientos de esta índole, es difícil decir cuanto detallan, a causa de la escasez de hechos. Nuestra forma de escribir es completamente contraria, y nadie nos acusará de divagar al ver que pasamos en silencio cosas juzgadas dignas de larga explicación, o las decimos sin detalles; pero téngase en cuenta que a cada asunto le damos su verdadera importancia. Cuando los escritores a quienes aludimos refieren, por ejemplo, la toma de Faloria, de Coronea o de Haliarta, cuentan todas las estratagemas, sorpresas y medidas, como convendría hacerlo al hablar de las de Tarento, Corinto, Sardes, Gaza, Siracusa y, sobre todo, Cartago. Añádase a esto que no a todos complace la narración pura y sencilla de dos hechos, y sirva de profesión de fe aplicable a los asuntos militares y políticos y a cuanto esta historia contiene. Merecemos indulgencia en los errores de nombres de montañas, ríos o regiones citadas al referir acontecimientos, por la importancia de la obra, salvo el caso de sacrificar la verdad al ingenio, porque entonces la censura sería justa

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La mayoría de los proyectos parecen de palabra fáciles de realizar; pero, como moneda falsa arrojada al crisol, no ofrecen el resultado previsto.

 

CAPÍTULO XV
Discurso de Paulo Emilio.

Volviendo a hablar en lengua latina, dirigióse Paulo Emilio a la Asamblea, y con el ejemplo de Perseo le demostró que no conviene enorgullecerse demasiado en la prosperidad, ni tratar a los hombres con arrogancia y tiranía, ni fiarse jamás de la fortuna presente, sino al contrario. Y agregaba Paulo Emilio: «Cuanto mejor sea el éxito en vuestros asuntos particulares o en la vida pública, más os aconsejo que penséis en la adversidad, pues cuesta trabajo conservar el espíritu tranquilo en la embriaguez de la buena fortuna, y el hombre sensato se diferencia de quien no lo es en que éste aprende por las propias contrariedades y aquel por las ajenas.» Añadió que con frecuencia recordaran estas palabras de Demetrio de Faleres, que al hablar de la fortuna y deseando probar a los hombres lo instable que es, refirióse a la época en que Alejandro destruyó la monarquía de los persas, y dijo: «No es preciso abarcar infinito espacio ni numerosas generaciones; limitémonos a los cincuenta años que nos han precedido, y encontraremos toda la historia de los rigores de la fortuna. Si hace cincuenta años hubiera predicho un dios a los persas y a sus reyes, a los macedonios y los suyos lo que iba a ocurrir, ¿quién hubiese creído que en tan breve tiempo los persas que gobernaban la tierra desaparecerían de la historia, y los macedonios, que nadie conocía ni de nombre, serían dueños del mundo? Véase, pues, cómo esta pérfida fortuna que preside nuestra existencia, esta fortuna que se complace en contrariar todos nuestros planes y que demuestra su poder en las cosas más extraordinarias, construyó el imperio de los macedonios sobre las ruinas del de los persas y le prodigó todos los bienes que éstos gozaban, hasta que se canse de favorecerlo. Lo sucedido a Perseo demuestra esta verdad.» Al recordar la época en que sucumbió el Imperio macedónico, paréceme tan importante y oportuno este pronóstico casi inspirado y divino, que, testigo ocular de los hechos, no creería decir verdad si no trajese a la memoria las palabras de Demetrio, en las que veo algo sobrehumano, pues sin engañarse, anunció el futuro con unos ciento cincuenta años de anticipación.

 

CAPÍTULO XVI
Lo que le aconteció a Eumeno.

Concluida la guerra entre los romanos y Perseo, hallóse el rey en difícil situación, porque las cosas humanas parece que dan vueltas en el mismo círculo, y la fortuna que enaltece a los hombres por capricho, los humilla por reflexión. Tras ayudarles eficazmente, cambia y pisotea cuanto había construido. Esto ocurrió a Eumeno. Cuando creyó su poder más firme y seguro, cuando juzgó que nada debía temer a causa de la total ruina del reino de Perseo en Macedonia, encontróse en el mayor aprieto por la inesperada invasión de los gálatas en Asia.

 

 

 

 

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