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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO III
LIBRO VIGÉSIMO NONO

 

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

 

LIBRO VIGÉSIMONONO

 

CAPÍTULO PRIMERO
Embajada de los romanos en Egipto.

Al conocer el Senado romano que Antíoco era dueño de Egipto y que se hallaría pronto en Alejandría, no juzgó indiferente permitir a este príncipe que extendiese su dominación, y envió a Egipto a C. Popilio, tanto para recomendar la paz a los beligerantes, como para saber de una forma positiva el verdadero estado de las cosas.

 

CAPÍTULO II
Medidas adoptadas por Perseo contra los romanos.- Diversas embajadas de este príncipe a Gencio, Eumeno, Antíoco y los rodios.

Antes del invierno llegó Hippias de Iliria, donde fue a procurar la alianza del rey Gencio con el de Macedonia, y comunicó a Perseo que éste se declararía contra Roma si le daba trescientos talentos y las seguridades oportunas. Perseo, que estimaba necesaria dicha alianza, envió a Iliria a Pantauco, uno de sus más íntimos amigos, con orden de prometer el dinero pedido, dar y recibir los juramentos acostumbrados y ofrecer los rehenes que agradaran a Gencio, recibiendo de él los que en el tratado se designaran, y convenir la época y forma de entregarle los trescientos talentos. Partió inmediatamente Pantauco, uniéndose a Gencio en Meteón, región de los labeatos, y en breve tiempo convenció al joven rey para aliarse a Perseo. Escrito el tratado y hechos los juramentos, envió Gencio los rehenes solicitados por Pantauco y con ellos a Olimpión para recibir de Perseo los juramentos y los rehenes. A otros diputados se les encargó llevar la suma prometida.
Pantauco hizo más que esto, pues persuadió a Gencio para que uniera a sus representantes otros embajadores que, con los de Perseo, fueran a Rodas a solicitar la alianza de esta república, y le demostró que si los rodios accedían no podrían luchar los romanos contra las tres naciones aliadas. Aprobó Gencio lo que le proponía, y escogió para esta embajada a Parmenión y Marco, ordenándoles dirigirse a Rodas tan pronto como recibieran los juramentos y rehenes y se conviniera el transporte de los trescientos talentos. Dejó Pantauco a esta embajada tomar el camino de Macedonia, y permaneció junto al rey de Iliria para apremiarle a hacer sin pérdida de tiempo los preparativos belicosos y estar dispuesto a ocupar ciudades y posiciones y a ganarse aliados antes que el enemigo. Rogóle especialmente que se preparara a una guerra marítima, pues los romanos por aquella parte no poseían defensa alguna, y en las constas de Epiro y de Iliria por sí o por medio de sus generales haría cuanto quisiera. Tan dócil Gencio a este consejo como a los anteriores, se preparó efectivamente para la guerra de mar y tierra. Al conocerse que los embajadores y rehenes del rey de Iliria llegaban a Macedonia, salió Perseo de su campamento, que se hallaba en Enipeo, con toda la caballería, y llegó hasta Dium para recibirles, prestando juramento ante las tropas que le seguían para que los macedonios no ignorasen la alianza de Gencio y esto aumentara su arrojo y decisión. Recibió en seguida los rehenes y dio los suyos a Olimpión, siendo los principales Limneo, hijo de Polemocrates, y Balauco, hijo de Pantauco. A los comisionados, para recibir los trescientos talentos les hizo ir a Pella, donde les entregarían la suma, y a los que debían ir a Rodas, a casa de Metrodoro en Tesalónica, recomendándoles que estuviesen dispuestos a embarcarse. Fueron, en efecto, y persuadieron a los rodios a ponerse de su lado en la guerra contra los romanos. No se limitó Perseo a gestionar en estas dos potencias, sino que envió de nuevo a Crifón para solicitar la ayuda de Eumeno, y a Telemnasto de Creta para solicitarla a Antíoco. El último tenía orden de aconsejar al rey de Siria no dejase escapar la ocasión imaginando que las miras de los romanos se limitaban a Macedonia, porque de no auxiliar a Perseo, bien procurando la paz, que sería lo mejor, bien socorriéndole en la guerra, de no ser la paz posible, pronto tendría que sufrir las leyes de los duros e imperiosos señores de Roma.

 

CAPÍTULO III
Dos embajadas de los rodios: una a Roma, para terminar la guerra contra Perseo, y otra a Creta, para aliarse con los candiotas.

El Consejo reunido en Rodas deliberó acerca del partido que debía tomarse en aquellas circunstancias, y prevaleció la opinión de despachar embajadores para negociar la paz entre Roma y Perseo; pero notóse claramente en el debate que los rodios no obraban de común acuerdo. Ya dijimos, al hablar de la costumbre de arengar al pueblo, de dónde procede la diferencia de opiniones en las repúblicas, y en esta ocasión el número de los partidarios de Perseo fue mucho mayor que el de los amantes de la patria y de las leyes. Los pritanos eligieron primero embajadores para procurar la paz, enviando dos a Roma, Agesípolis y Cleombrotes; y cuatro para que hablaran al cónsul y a Perseo, que fueron Damón, Nicostrato, Agesiloco y Telefo. Otra falta a continuación de la precedente colmó la medida e hizo a los rodios inexcusables. Fue la de enviar inmediatamente a Creta una embajada para renovar la alianza con los pueblos de esta isla, y para aconsejarles fijar seriamente la atención en el peligro que amenazaba a Grecia, unirse a los rodios y tener por suyos los amigos y enemigos de Rodas. Estos embajadores llevaban orden de decir lo mismo a las ciudades independientes.

 

CAPÍTULO IV
Lo que sucedió en Rodas tras llegar allí los embajadores de Gencio.

Apenas llegaron a Rodas Parmenión y Marco, embajadores del rey de Iliria, y Metrodoro, representante del de Macedonia, se reunió el Consejo, reinando en él extremada confusión y desconcierto, pues mientras Dinón defendía con empeño los intereses de Perseo, Teetes se hallaba asustadísimo por lo que acababa de ocurrir: el regreso de los barcos, el gran número de soldados de caballería muertos, la unión de Gencio con Perseo le atemorizaban. El éxito de la asamblea fue el que debía esperarse de tan tumultuosa deliberación, decidiéndose contestar cortésmente a los embajadores que se había hecho el decreto para acabar la guerra entre ambas potencias enemigas, y que se les aconsejaría aceptar de buen grado las condiciones propuestas. Después hicieron magníficos regalos a los embajadores de Iliria.

 

CAPÍTULO V
Gencio, rey de lliria.- Su crueldad.

«Gencio, manifiesta Polibio en el libro XXXIX, fue un rey de Iliria que por la violencia de su carácter cometió muchos crímenes. Pasaba día y noche ebrio, y tras matar a su hermano Pleurates, prometido esposo de la hija de Menunio, contrajo matrimonio con esta joven. Se mostró siempre cruel con sus súbditos

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«Los romanos luchaban valerosamente protegidos con sus tablachinas (escudo pequeño) y con sus escudos ligurios».

 

CAPÍTULO VI
De Paulo Emilio.

Entre los que formaban el Consejo, el primero en ofrecerse a conducir el ejército que envolviera al enemigo fue Escipión Nasica, yerno de Escipión el Africano, que después tuvo tanta autoridad en el Senado. Fabio Máximo, el mayor de los hijos de Paulo Emilio, que era aún muy joven, se presentó el segundo, animado de igual ardimiento, y encantado Paulo Emilio por este buen deseo, le dio el mando de un cuerpo de ejército, menos numeroso que cree Polibio; pero tanto como asegura Escipión al relatar por escrito a un rey esta campaña

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Sin sospechar el peligro que le amenazaba, veía Perseo a Paulo Emilio tranquilo en su campamento, cuando un tránsfuga cretense, alejándose del camino y de las tropas, le comunicó el rodeo que daban los romanos para envolverle. Asustóle la noticia, pero no levantó el campo, sino que envió al mando de Milón diez mil mercenarios y dos mil macedonios con orden de apoderarse lo antes posible de las alturas. Dice Polibio que los romanos atacaron esta tropa mientras dormía, pero Nasica cuenta que en lo alto de la montaña libró rudo y peligroso combate, siendo él mismo atacado por un mercenario tracio, a quien dio muerte de un lanzazo en el pecho; que los enemigos fueron vencidos; que Milón huyó vergonzosamente y sin armas, y que los persiguió sin peligro ni obstáculo, bajando con su ejército a la llanura

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Al presenciar el pueblo un eclipse de luna, creyó que presagiaba la muerte de Perseo, y esta preocupación acrecentó el valor de los romanos y disminuyó el de los macedonios. Tan cierto es el proverbio de que en la guerra las cosas más importantes dependen a veces de las más frívolas.

 

CAPÍTULO VII
De Perseo.

Con anterioridad a ver maniobrar la falange macedónica a las órdenes de Perseo, escribió Lucio Emilio a Roma que no conocía nada tan terrible y formidable, aunque había visto y librado muchas batallas, como dicha falange

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Había decidido Perseo vencer o morir; mas al llegar el momento crítico no pudo conservar la serenidad de ánimo y sucumbió al temor, como los inteligentes en caballos

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Al acercarse el peligro, perdió el valor Perseo, igual que los atletas débiles y cobardes, y en el instante preciso de mayor arrojo, porque el combate era decisivo, le venció el miedo

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Por lo que toca al rey de Macedonia, apenas vio empeñada la batalla, no pudiendo dominar el miedo, según manifiesta Polibio, dirigióse a escape a la isla de Pidno, pretextando hacer un sacrificio a Hércules. Mas este dios no recibe sacrificios de los cobardes, ni atiende sus culpables votos.

 

CAPÍTULO VIII
De cómo reciben en Roma a los embajadores rodios.

Tras la derrota y fuga de Perseo, llamó el Senado a los embajadores que habían ido a Roma para negociar la paz entre aquel rey y los romanos, como si la fortuna hubiese dispuesto representar en un gran teatro la necedad de los rodios, caso de atribuir a éstos lo que corresponde a algunos individuos, de gran crédito entonces en aquella República. Penetró Agesípolis y manifestó que los rodios le habían enviado para aconsejar la conclusión de la guerra, cuyos gastos creían tan perjudiciales a los griegos como a los romanos; pero que habiendo terminado, como deseaban los rodios, limitábase a felicitar al Senado y a tomar parte en la satisfacción por tan feliz acontecimiento. Nada más dijo, y se retiró. Satisfecho el Senado de encontrar esta ocasión para aplicar a los rodios ejemplar castigo, hizo circular en el público su contestación, la que en sustancia decía: que ni por los griegos, ni por ellos mismos, sino únicamente en favor de Perseo, habían despachado los rodios esta embajada, pues de querer servir a los griegos, mejor hubiera sido enviarla cuando Perseo, acampado en Tesalia durante más de dos años, arrasaba los campos y ciudades griegas, y no, después de penetrar las legiones romanas en Macedonia, envolver a Perseo y reducirle a no poder escapar; que evidentemente el objeto de la embajada no era procurar la paz, sino librar, en cuanto fuera posible, a Perseo del peligro en que se hallaba, y restablecerle en su primitivo estado, por lo cual los embajadores no debían esperar regalos ni favorable respuesta. De esta forma acogió el Senado la embajada de los rodios.

 

CAPÍTULO IX
Los reyes de Egipto solicitan a los aqueos tropas auxiliares, y en particular a Licortas y Polibio.- Deliberación de los aqueos acerca de este asunto.

No había finalizado el invierno cuando llegó al Peloponeso una solemne embajada de parte de los dos Ptolomeos, en demanda de ayuda a los aqueos, y hubo sobre este punto un debate en que cada cual mantuvo con empeño su opinión Calícrato, Diófanes e Hiperbatano se oponían a conceder el auxilio solicitado; Archón, Licortas y Polibio defendían la opinión contraria, apoyándose en la alianza llevada a cabo con ambos reyes, porque el más joven de los Ptolomeos acababa de ascender al trono, y el mayor, llegado de Menfis, reinaba con su hermano. Los dos precisaban tropas y enviaron a Eumeno y Dionisidoro para pedir a los aqueos mil infantes al mando de Licortas y doscientos caballos al de Polibio. Escribieron además al sicioniano Teodoridas para que previniese mil mercenarios. Conocían los reyes personalmente a los tres citados aqueos, y antes dijimos lo que les había procurado tal honor.
Llegaron los embajadores a Corinto, donde se efectuaba la asamblea de los aqueos, y después de recordar la estrecha amistad entre Egipto y la Liga y de manifestar el apuro en que ambos reyes se hallaban, solicitaron el socorro. Dispuesta estaba la asamblea no sólo a enviarles una parte de sus fuerzas, sino cuantas tenía, si necesario fuese, pero se opuso Calícrato, diciendo que, si en general interesaba a los aqueos no mezclarse en asuntos ajenos, en las actuales circunstancias menos les convenía dividir sus fuerzas para poder ayudar a los romanos, próximos a dar batalla decisiva a Perseo, puesto que Marcio acampaba en Macedonia.
Este argumento hizo titubear a la asamblea, temerosa de perder la ocasión de servir a Roma; pero Licortas y Polibio dijeron que el último había visto el año anterior a Marcio para ofrecerle auxilio en nombre de la Liga Aquea, y el cónsul, agradeciéndole el ofrecimiento, le contestó que dentro ya de Macedonia no necesitaba fuerzas auxiliares: no valía, pues, este pretexto para abandonar a los reyes de Egipto, y, por el contrario, debíase aprovechar la ocasión de su apuro para serles útil. Agregaron que sería ingratitud olvidar los beneficios de ellos recibidos, y que no socorriéndoles se violaban los tratados y juramentos, base de la alianza. Inclinábase la opinión a conceder el auxilio, cuando Calícrato despidió a los magistrados, pretextando que las leyes no permitían deliberar sobre tal asunto en aquella asamblea.
Reunido poco tiempo después el Senado en Siciona, no sólo acudieron a él todos los miembros del Consejo, sino todos los mayores de treinta años. Polibio fue uno de los que hablaron nuevamente del asunto, repitiendo que los romanos ninguna necesidad tenían de socorro, cosa tan cierta, como que la sabía por el mismo cónsul, a quien vio el año anterior en Macedonia; añadió que, aun siendo preciso ayudar a los romanos, no debía esto impedir que la República auxiliase a los Ptolomeos, quienes sólo pedían mil infantes y doscientos caballos, cuando aquella podía poner fácilmente sobre las armas treinta o cuarenta mil hombres. Este discurso convenció a la concurrencia, opinando todos que se socorriera a los reyes de Egipto. Al día siguiente debía decidir el Consejo, y Licortas propuso la resolución en este sentido; paro Calícrato sostuvo que se enviaran embajadores a Antíoco para recomendarle la paz con Ptolomeo. Nueva deliberación y nueva disputa, en la que Licortas tuvo gran ventaja, comparando ambos reinos, y demostrando que si Antíoco había dado a Grecia pruebas de generosidad y grandeza de alma, en los pasados siglos no se encontraba vestigio alguno de alianza entre Siria y los griegos, mientras eran tantos los beneficios recibidos de Egipto, que nadie había sido más favorecido. Demostró Licortas con tanta energía y dignidad esta diferencia que todo el mundo formó el mejor concepto de los reyes de Egipto; y, efectivamente, tan difícil era contar el número de los favores hechos por los reyes de Alejandría como imposible señalar cualquier servicio del reino de Siria a los aqueos.

 

CAPÍTULO X
Engaño de que se vale Calícrato para impedir a los aqueos enviar socorro a Ptolomeo.

Advirtiendo Andrónidas y Calícrato lo infructuoso de sus instancias para una intervención en favor de la paz entre los reyes de Siria y Egipto, apelaron a una estratagema, simulando la llegada de un correo con una carta de Quinto Marcio, en la que aconsejaba a los aqueos gestionar para que concluyese la guerra entre los Ptolomeos y Antíoco, de acuerdo con los propósitos de Roma, que con tal objeto envió a Nemesio. Esto era solamente un pretexto, porque Tito procuró pacificar a dichos príncipes; pero sin conseguirlo había regresado a Roma. No atreviéndose Polibio a contradecir la carta que creía de Marcio, renunció al gobierno de los asuntos públicos, y los Ptolomeos no recibieron ayuda. Se decretó despachar una embajada, compuesta de Archón de Egira, y los megalopolitanos Arcesilao y Aristón, para intervenir en favor de la paz. Viendo frustradas sus pretensiones, los embajadores de Ptolomeo dieron a los magistrados una carta de estos reyes solicitando a Licortas y Polibio para emplearles en la guerra.

 

CAPÍTULO XI
Popilio se dirige a Egipto para conferenciar como embajador con Antíoco.- De allí se traslada a Chipre.- Lo que llevó a cabo en esta isla.

Marchaba Antíoco contra Ptolomeo para apoderarse de Pelusa, cuando halló a Popilio, general romano, y saludándole de lejos, le alargó la mano. Tenía Popilio en las suyas las tablillas en que estaba el decreto del Senado; las mostró al rey y le ordenó que las leyese, no deseando, según creo, darle prueba alguna de amistad antes de conocer si trataba con amigo o enemigo. Leyó el decreto el rey, y manifestó que daría cuenta a sus amigos para deliberar acerca de las medidas convenientes. Al escuchar esto, hizo Popilio una cosa que pareció extraordinariamente dura e imperiosa. Con una varilla que llevaba trazó un círculo alrededor de Antíoco, y le prohibió salir de él sin dar contestación. Admiró el rey tanto orgullo, y después de titubear un momento, respondió que ejecutaría las órdenes de los romanos; entonces Popilio le cogió la mano y contestó al saludo. El decreto le ordenaba acabar inmediatamente la guerra que hacía a Ptolomeo, y para obedecerlo condujo a Agria su ejército en los pocos días que se le habían señalado, no sin dolor y sentimiento por esta violencia, pero conformándose a lo que los tiempos exigían. Por lo que toca a Popilio, tras arreglar los asuntos de Alejandría, de aconsejar a los reyes vivir en buena inteligencia y de ordenarles que enviaran a Polícrato a Roma, embarcóse para Chipre, mandando retirar las tropas que allí había. Encontró en Chipre a los generales de Ptolomeo que habían sido vencidos, y los asuntos de la isla en el mayor desorden. Acampó en las proximidades de la ciudad y permaneció allí hasta que todas las tropas salieron para Siria. De este modo salvaron los romanos el reino de los Ptolomeos, cuando tocaba a su ruina. Tales son los caprichos de la fortuna. La derrota y decadencia de Perseo y de los macedonios sirvió para salvar a Alejandría y todo el Egipto, porque de no ser batido el rey deMacedonia, dudo mucho que Antíoco se sometiera, como lo hizo, a la voluntad de Roma.

 

CAPÍTULO XII
Problemas historiográficos.- Miscelánea de hechos históricos mal conocidos.

De las cosas que dudo, ¿qué he de decir? Es peligroso y expuesto a incurrir en error relatar lo que entre sí hacen misteriosamente los reyes, mas también sería prueba de timidez y pereza no decir nada de lo que creo debió hacerse en esta guerra, causa de los posteriores infortunios. Decídome, pues, a narrar sumariamente lo problemático y dudoso, diciendo las probabilidades en que me apoyo, y analizando no sólo el carácter de la época, sino los hechos en sí mismos. Se dijo que el cretense Cidas, del ejército de Eumeno y favorito de este rey, habló una vez con Chimaro a solas cerca de la ciudad de Amfípolis, y otra en Demetriada con Menecrato y Antimaco. Se dijo también que Herofón fue dos veces a ver a Eumeno como embajador de Perseo. Lo cierto es que en Roma sospecharon de Eumeno, y mientras favorecían a Attalo, permitiéndole ir de Brindis a Roma en busca de dinero y despidiéndole cariñosamente a pesar de no ayudar a los romanos ni antes ni en el transcurso de la guerra contra Perseo, a Eumeno, que había prestado tan eficaz ayuda contra Antíoco y Perseo, no sólo le prohibieron ir a Roma, sino que le obligaron a salir en día fijo de Italia. Las entrevistas relatadas prueban que hubo alguna inteligencia entre Perseo y Eumeno. Falta saber su índole y alcance. Fácil es comprender que Eumeno no deseaba ver a Perseo vencedor y dueño de todo. Además de sus cuestiones y quejas especiales, la homogeneidad de poder debía mantener vivos entre ellos la desconfianza, los celos y la más completa oposición. Intentaban, pues, engañarse mutuamente, y así lo hicieron. Viendo Eumeno apuradísimo a Perseo, atacado por todos lados, decidido a aceptar todo lo que pudiera librarle de la guerra, que se prolongaba un año tras otro; viendo también muy comprometidos a los romanos por el escaso éxito de sus operaciones contra Perseo hasta el consulado de Paulo Emilio, y por la inestabilidad de los negocios de Etolia, creyó posible que los romanos consintieran en acabar la guerra o en pactar una tregua, y juzgóse mediador o conciliador muy a propósito para este asunto.
Tal idea le indujo a que Cidas sondeara las intenciones de Perseo el primer año, para averiguar acaso lo que podía valerle dicha esperanza, y opino que este fue el origen de la negociación. Entre dos hombres tan astuto uno y otro tan avaro, el combate debía ser risible. Eumeno presentaba toda clase de promesas y esperanzas como cebo para seducir a Perseo. Éste asía el cebo, pero las promesas le parecían poco para dar por ellas algo de su pertenencia.
Véase la naturaleza de estos tratos. Pedía Eumeno, por no ayudar a los romanos ni en mar ni en tierra durante cuatro años, quinientos talentos, y por facilitar la terminación de la guerra, mil quinientos, prometiendo fianzas y garantías. Perseo exigía que enviara las fianzas, determinando él cuándo y cómo las guardarían los Cnosienos, y en cuanto al dinero, es decir, a los quinientos talentos, decía «que era más vergonzoso para quien los daba que para el que los recibía, conseguir la paz, al parecer, a precio de oro.» Los mil quinientos talentos prometía enviarlos con persona de su confianza a Polemocrates de Samos, en cuya casa quedarían en depósito. Es de advertir que Samos pertenecía a Perseo. Eumeno, que, como los médicos charlatanes, prefería tener la prenda a esperar el pago, desesperó de vencer con su astucia los subterfugios de Perseo, y desistió de su proyecto. De tal modo, tras esta empeñada lucha de avaricia, acabaron como dos bravos atletas que no pueden vencerse uno a otro. Una parte de aquel dinero la disipaban por entonces los amigos de Perseo, lo cual prueba que la avaricia es artífice de toda clase de males.
Agrego por mi parte a este pensamiento que la avaricia ciega asimismo a los hombres. ¿Quién no comprende, efectivamente, la locura de ambos reyes? Eumeno espera que, a pesar del odio de Perseo le escuche y le crea, y apropiarse así de considerables tesoros sin dar ninguna garantía sólida para el caso de no cumplir sus compromisos. ¿Era posible engañar la vigilancia de los romanos recibiendo tanto oro? ¿No le podía costar dicho proceder una guerra con Roma, en la que, declarado enemigo de la República, perdiera el dinero adquirido, el reino y quizá la vida? Si el proyecto solo de este negocio le hizo correr tan grave peligro, ¿qué le hubiera ocurrido de llevarlo a cabo? Y por lo que toca a Perseo, no se comprende que estimara más prudente y ventajoso cualquier otro partido que el de entregar sus riquezas a Eumeno, porque si cumplía éste su palabra y acababa la guerra, el empleo del dinero era excelente, y de no ocurrir así, vencedor o vencido, podía revelar la intriga procurando a su enemigo el odio de los romanos. Creyendo a Eumeno causa de todos sus infortunios, la mejor venganza era hacerle enemigo de Roma. Origen de tanto disparate fue la avaricia. Eumeno promete lo que no podía realizar por adquirir lo que no tenía, y Perseo, por evitar su ruina, no se atreve a hacer un ligero sacrificio.

Por lo demás, Perseo, en el asunto de los gálatas y en el de Gencio...............................

 

 

 

 

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