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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO III
LIBRO VIGÉSIMO CUARTO

 

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

 

LIBRO VIGÉSIMO CUARTO

 

CAPÍTULO PRIMERO
Quejas de los embajadores de Grecia contra Filipo.- Contestaciones del Senado romano a ellos y a Demetrio, hijo del rey de Macedonia.

Quizá no hubo nunca tantos embajadores de Grecia en Roma como en el transcurso de la ciento cuarenta y nueve olimpíada, porque al circular la noticia de que Filipo se veía obligado a someter a jueces las cuestiones con sus vecinos y que los romanos escucharían las quejas contra este príncipe, protegiendo los pueblos que tenían derechos o intereses que defender de sus agresiones, de todos puntos próximos a Macedonia acudieron a Roma acusadores contra Filipo, unos por causa propia, otros en nombre de sus ciudades y otros de naciones a cuyo servicio estaban. Asimismo envió embajada Eumeno y al frente de ella a su hermano Ateneo, para quejarse de que Filipo no había evacuado las ciudades de Tracia y de que mandó socorros a Prusias. Cada una de las facciones de Lacedemonia tenía igualmente sus representantes. El único defensor de Filipo en el Senado era su hijo Demetrio, acompañado de Filocles y de Apeles, dos amigos de completa confianza para el rey. El primero que llamó el Senado fue Ateneo de quien recibió una corona de un valor de quince mil monedas de oro, por lo cual hizo aquel grandes elogios de Eumeno y de sus hermanos, aconsejándoles persistir en su amistad a Roma. Los cónsules hicieron entrar en seguida a Demetrio, y sucesivamente a todos los acusadores de Filipo, tantos eran, que se emplearon tres días en escucharles, no sabiendo el Senado cómo satisfacer a todos; porque de Tesalia, por ejemplo, no sólo había representantes del reino, sino de cada una de las ciudades. También enviaron los perrebianos, los atenienses, los epirotas y los ilirios. Acusaban unos a Filipo de usurpación de tierras; otros de apoderarse de personas y animales en dominio ajeno; otros de impedir que se administrara
la justicia con arreglo a sus leyes; otros, en fin, de haber corrompido a los jueces. Tantas eran las quejas, que la memoria no podía retenerlas ni clasificarlas. El mismo Senado se vio en la imposibilidad de esclarecer y apreciar el sinnúmeros de hechos de distinta naturaleza, y dispensó a Demetrio justificar al rey su padre de todo lo que se le acusaba, por cariño a aquel príncipe, muy joven entonces, e incapaz de contestar a las sutilidades y argucias que empleaban los acusadores. Además, Demetrio empleaba sólo palabras para defender a su padre, y el Senado quería conocer a fondo las intenciones de Filipo, por lo cual preguntó al príncipe y a sus dos amigos si les había dado el rey alguna memoria. Respondió Demetrio que tenía una, y presentó un librito, ordenándole el Senado que leyera las contestaciones que, en general, daba Filipo a las quejas. Decía el rey en este libro que había llevado a cabo las órdenes de los romanos y que si cometió alguna falta fue por culpa de sus acusadores. En casi todos los párrafos repetía: «Aunque en esto, ni Cecilio ni los demás comisarios nos han hecho la justicia que debían»; y además: «Aunque al darnos estas órdenes no se atendiera a la justicia.» Así acababan todas las respuestas de Filipo, y por ello el Senado, después de oír las reclamaciones, proveyó en general a ellas, diciendo por medio del cónsul, que se hallaba persuadido, en vista de lo que había dicho o leído Demetrio, de que Filipo ni se había apartado ni se apartaría en el futuro de lo que la justicia exigía de él; pero que se le hacía esta gracia en atención al príncipe su hijo, y para que no lo dudase despacharía Roma a Macedonia embajadores, no sólo para saber si se conformaba en todo a la voluntad del Senado, sino también para manifestarle que debía a Demetrio la indulgencia con que se le trataba; respuesta tanto más halagüeña para este príncipe, cuanto que iba acompañada de afectuosas y sinceras demostraciones de estimación y amistad, pidiéndole en cambio únicamente que fuera amigo del pueblo romano.
Concluido este asunto, se dio audiencia a los embajadores de Eumeno, quienes se quejaron de que Filipo enviara socorros a Prusias y de que no hubiera evacuado las ciudades de Tracia. Filocles, embajador que fue de Filipo en la corte de Prusias, y que, por orden del rey de Macedonia, había ido a Roma para tratar de estos dos asuntos, quiso decir algo en excusa de su señor; pero después de oírle un rato el Senado, contestó que si al llegar los embajadores a Macedonia no encontraban ejecutadas sus órdenes y entregadas todas las ciudades de Tracia al rey de Pérgamo, castigaría esta desobediencia, no consintiendo por más tiempo frívolas promesas. Si no estalló entonces la indignación de los romanos contra Filipo fue por la presencia del príncipe su hijo, que si de una parte fue favorable a los intereses del rey, de otra no contribuyó poco a la total ruina de la casa de Macedonia. La gracia que el joven Demetrio había obtenido del Senado le envaneció, y su padre y su hermano Perseo concibieron furiosos celos por la preferencia de que era objeto. Acrecentaron considerablemente sus sospechas una conversación secreta que tuvo Demetrio con un desconocido, quien le dio a entender que los romanos le pondrían pronto en el trono de Macedonia, y al mismo tiempo escribió a Filipo que le importaba enviar por segunda vez a Roma a su hijo y sus amigos. Ambos incidentes sirvieron a Perseo para lograr que Filipo consintiera en la muerte de Demetrio. Ya veremos más adelante cómo se llevó a cabo esta determinación. Después de los de Eumeno entraron los embajadores de los lacedemonios. Solicitaron unos la libertad para los desterrados y devolución de los bienes que les confiscaron al desterrarles; pero Area y Alcibíades manifestaron que era suficiente darles el valor de un talento y que debía repartirse el resto entre los ciudadanos más útiles al Estado. Otro comisionado, Serippo, pidió que se restaurara la forma de gobierno que tenía la República cuando se hallaba incorporada a Acaia. Chasón defendió a los condenados a muerte o desterrados por los aqueos, demandando el regreso de éstos y el restablecimiento de la República en su primitivo estado. Cada cual tenía sus miras particulares respecto a los aqueos, y según estas miras así hablaba. No pudo el Senado aclarar estos asuntos, y eligió para hacerlo a tres ciudadanos que con tal objeto habían estado ya en el Peloponeso, Tito, Quintio y Cecilio. Ante ellos defendieron los lacedemonios, durante largo tiempo, sus respectivas pretensiones, acordándose al fin en que los desterrados regresarían a su patria, en que los condenados a muerte lo fueron injustamente, y que Lacedemonia continuaría incorporada a la Acaia. Faltaba decidir si se devolverían sus bienes a los desterrados o si se limitaría la devolución a la suma de un talento; pero nada se determinó en este punto. Para evitar nuevas disputas, escribióse lo convenido, y ordenaron los comisionados que las partes firmaran el acta. No la habían firmado los aqueos, y a fin de obligarles llamó Tito a Jenarco, que les representaba para renovar la alianza con los romanos y para defenderles contra los embajadores de Lacedemonia. Sin advertirle previamente, le preguntó con brusco acento si aprobaba lo pactado. Jenarco no sabía qué responder, porque el regreso de los desterrados y la rehabilitación de los muertos, terminantemente contrarias a un decreto de su nación grabado en una columna, le desagradaban, y en cambio le satisfacía mucho la incorporación de Esparta a Acaia. En tal incertidumbre, tanto por no saber qué hacer como por miedo, firmó el acta. Efectuado esto el Senado envió a Quinto Marcio a Macedonia y el Peloponeso para que sus órdenes fueran ejecutadas.

 

CAPÍTULO II
Dinócrates.

Era este messenio cortesano y soldado, y ejercitándolos se perfeccionó en ambos oficios. Quien, juzgándole por las apariencias, le creyese capacitado para los negocios de Estado, se hubiese engañado, porque de la difícil ciencia del gobierno sólo tuvo despreciable y superficial barniz. Distinguíase en la guerra por la actividad y osadía, y triunfaba en singular combate. Era en la conversación vivo e interesante, y en sociedad complaciente, atento y sensible a la amistad; mas en los asuntos de Estado, que exigen reflexión, prever el futuro, tomar precauciones, persuadir a la multitud, completamente inepto. Fue causa de grandes males para su patria, y no procuró librarla de ellos. Sin cuidarse de las consecuencias, tuvo siempre la misma disipada vida, dedicando los días al amor, al vino y a la música. Una frase de Tito le distrajo algo de los placeres para fijar la atención en el mísero estado de su patria. Vióle cierto día el romano en un festín, bailando con traje de cola y nada le dijo; pero al siguiente fue Dinócrates a pedirle algo en favor de su patria, y le respondió: «Haré lo que pueda; pero me admira que después de suscitar a los griegos tan desagradables conflictos, bailes en los festines.» Esta frase le hizo meditar que no convenía a su modo de vivir ni a su carácter la gobernación del Estado, aunque había ido con Tito a Grecia persuadido de que se arreglarían a su gusto y sin tardanza los asuntos de los messenios.

 

CAPÍTULO III
Invalida Filopemen las medidas que Tito y sus enemigos habían tomado contra él.

Cuando llegó a Roma Dinócrates de Messenia, satisfízole en extremo que el Senado designara a Tito para embajador cerca de Prusias y Seleuco, pensando que este romano, con quien tuvo trato durante la guerra de Lacedemonia y quería tanto como odiaba a Filopemen, arreglaría, al pasar por Grecia, los asuntos de Messenia conforme a su particular conveniencia. Como fundaba en Tito todas sus esperanzas, se convirtió en asiduo cortesano suyo. Llegó con él a Grecia, convencido de que, en lo referente a los asuntos de su patria, no seguiría Tito otra inspiración que la suya. Les esperó tranquilo Filopemen, porque sabía con certeza que Tito no recibió orden alguna relativa a los asuntos de Grecia. Al llegar a Neupacta escribió Tito al pretor y a los demás miembros del Consejo de los aqueos ordenándoles que se reunieran, y contestáronle que para efectuar la convocatoria esperaban manifestase lo que debía comunicar al Consejo, sin cuyo requisito no permitían las leyes reunirlo. Con esto destruyó a Filopemen todas las esperanzas de Dinócrates y de los antiguos desterrados, haciendo para ellos inútil la llegada de Tito, que no se atrevió a simular órdenes no recibidas.

 

CAPÍTULO IV
Marcha Filipo de las ciudades griegas de Tracia.- Incursión de este príncipe contra los bárbaros.

A la llegada de Quinto Marcio a Macedonia, abandonó Filipo todas las ciudades de Tracia donde los griegos se habían establecido, retirando las guarniciones; pero no sin disgusto y pesar vióse obligado a despojarse a sí mismo. En todo lo demás mostró igual sumisión a las órdenes de los romanos, importándole disimular el odio que les profesaba y ganar tiempo para la guerra que proyectaba declararles. Por ello marchó contra los bárbaros, cruzó la Tracia y penetró en las tierras de los odrisianos, bessienos y denteletos, apoderándose al paso de Filopópolis, cuyos habitantes, al acercarse el enemigo, huyeron a las montañas. Hizo después correrías por el llano, saqueando a unos y obligando a otros a capitulaciones y arreglos. Dejó guarnición en la ciudad y regresó a su reino. Los odrisianos, faltando a la fe prometida a Filipo, arrojaron poco tiempo después esta guarnición.

 

CAPÍTULO V
Comienzan las desdichas de Demetrio, hijo de Filipo.

De regreso en Macedonia, manifestó Demetrio la respuesta del Senado romano, y cuando los macedonios vieron que por consideración a este príncipe habían sido bien tratados, que a él debían la gracia recibida, y que en el futuro los romanos harían todo lo posible por favorecerle, le miraron como libertador de la patria, porque la conducta de Filipo con los romanos les hacía temer que estos invadieran pronto con un ejército la Macedonia. Llamaron la atención de Filipo y Perseo los honores que Demetrio recibía, no pudiendo sufrir el deseo de los romanos de que sus favores se debieran a este joven príncipe. Tuvo, no obstante, el padre suficiente dominio sobre sí para disimular el disgusto, pero Perneo no ocultó el rencor. Era este príncipe no sólo menos apreciado en Roma que su hermano, sino infinitamente inferior a él en carácter y talento, por lo cual temía que, aun siendo de mayor edad, se le excluyera de la sucesión a la corona, y para impedirlo empezó por corromper y ganar a los amigos de Demetrio.

 

CAPÍTULO VI
Filipo.

Sucedió por entonces un acontecimiento que fue para este príncipe y para el reino todo de Macedonia principio de horrible calamidad, y que merece ser notado. Como en venganza de los crímenes e impiedades con que Filipo había manchado su vida, la fortuna desencadenó contra él furias que noche y día le atormentaron hasta su última hora. Prueba evidente de que el hombre no puede sustraerse a la justicia, y de que es impío despreciarla. La primera idea que estas vengadoras furias le inspiraron, para preparar la guerra a los romanos fue expulsar a los que con sus mujeres e hijos habitaban en las grandes ciudades, especialmente en las marítimas, enviándoles a la provincia llamada antes Peonia, y hoy Ematia, poblando las ciudades con tracios y bárbaros, que durante su expedición contra los romanos le serían más fieles y adictos. Esta trasmigración causó gran duelo y prodigioso alboroto en toda Macedonia, hasta el punto que una irrupción de enemigos no produjera más perturbación y desorden. El odio al rey estalló entonces en imprecaciones contra él.
Apenas llevada a cabo orden tan inhumana, se le ocurrió no dejar nada que le fuera sospechoso o temible, y ordenó a los gobernadores de las ciudades que buscaran y prendieran a los hijos de ambos sexos de los macedonios a quienes había mandado matar. Aunque el mandato se refería especialmente a Admeto, Pírrico, Somos y los otros que con ellos murieron, extendíase, no obstante, a los demás a quienes Filipo había hecho perder la vida. Dícese que para justificar la crueldad citaba el siguiente verso:
Necio quien mata al padre y perdona a los hijos. La suerte de estos niños hijos la mayoría de padres ilustres y poderosos, produjo gran impresión en el reino y conmovió a todos profundamente. Pero la fortuna ocasionó otro suceso en que los propios
hijos de Filipo vengaron a los otros de la inhumanidad de que eran víctimas. Tratábanse mal Perseo y Demetrio, buscando ambos el medio recíproco de perderse. Supo el padre este odio entre sus hijos, y le produjo mortal inquietud la duda de cuál sería el más osado para matar al otro, y de cuál sería él mismo víctima en su vejez. Esta duda le atormentaba noche y día, mortificando de continuo su espíritu, y haciendo creer que algunos dioses irritados castigaban así los anteriores crímenes del anciano monarca. Así lo veremos más adelante con mayor evidencia.

 

CAPÍTULO VII
Filopemen y Licortas, pretores de los aqueos.

En verdad no fue el primero inferior en virtud a ningún héroe de la antigüedad, aunque menos favorecido por la fortuna. Su sucesor Licortas le igualaba en estimables prendas. Nada emprendió Filopemen en el transcurso de cuarenta años en una nación democrática y susceptible de infinitas vicisitudes de que no saliera con honor; nada concedió al favor, y sin consideración alguna atendía siempre al bien de la república. A pesar de ello, fue hábil para evitar los ataques de la envidia, y creo no existe en esto quien le iguale.

 

CAPÍTULO VIII
Aníbal.

Es extraordinaria cosa ciertamente el que este capitán cartaginés haya estado diecisiete años en guerra al frente de un ejército compuesto de hombres de naciones, tierras y lenguas diferentes, conduciéndole a expediciones asombrosas de muy dudoso éxito, sin que ninguno de sus soldados intentara hacerle traición.

 

CAPÍTULO IX
Publio Escipión.

Tras desempeñar con gloria los primeros cargos de la República, vióse Escipión citado a comparecer ante el pueblo, según costumbre de los romanos para responder a una acusación contra él intentada por no sé qué plebeyo. Compareció, efectivamente, y el acusador le dijo muchas cosas que debían molestar su amor propio; mas de tal suerte había conquistado la amistad del pueblo y la confianza del Senado, que al manifestar sencillamente no convenía a los romanos escuchar a un acusador de Publio Cornelio Escipión, a quien los mismos denunciadores debían la libertad de hablar, la asamblea se disolvió dejando solo al acusador.

 

CAPÍTULO X
Diversas contestaciones del Senado a distintos embajadores.

Durante el segundo año de la presente olimpíada fueron a Roma embajadores de parte de Eumenes, de Farnaces, de los aqueos, de los lacedemonios desterrados y de los que en la ciudad vivían. También enviaron los rodios para quejarse del asesinato cometido en Sinope. Respondió el Senado a los representantes de Sinope, de Eumeno y de Farnaces que a fin de enterarse con exactitud del estado de los asuntos en Sinope y de las cuestiones entre ambos reyes despacharía comisarios. Respecto a los demás, como Quinto Marcio acababa de llegar de Grecia, Macedonia y el Peloponeso dando de estas regiones cuantos informes se podían desear, no juzgó el Senado necesario escuchar a los embajadores. Llamóse, no obstante, a los del Peloponeso y Macedonia y se les dejó hablar; pero en la contestación dada y en el juicio formado, menos se tuvieron en cuenta sus quejas que la información de Marcio, donde se manifestaba que Filipo había obedecido ciertamente las órdenes del Senado, pero sometiéndose a ellas de muy mal grado, y que aprovecharía la primera ocasión favorable para declarar la guerra a Roma. En vista del informe, elogió el Senado lo llevado a cabo por Filipo pero advirtiéndole a la vez que se guardara bien de emprender nada contra la República romana.
En cuanto al Peloponeso, decía Quinto Marcio que los aqueos no querían enviar ningún asunto al Senado, que era una liga altiva y orgullosa, con la pretensión de decidirlo todo por sí, y que si los padres conscriptos no les escuchaban sino de cierta forma, demostrándoles, aunque fuera indirectamente, no hallarse satisfechos de sus procedimientos, los lacedemonios ajustarían paces con los messenios, y los aqueos vendrían a implorar el auxilio de los romanos. En vista de esto el Senado respondió a Serippo, embajador de Lacedemonia, que había hecho cuanto le era posible por sus compatriotas, pero que no era de su incumbencia la cuestión entre ellos y los messenios. El Senado contestó así para dejar a los lacedemonios dudosos, y cuando en seguida solicitaron los aqueos que en virtud del tratado de alianza se les auxiliara, de poder ser, contra los messenios, y de no serlo se impidiera al menos salir de Italia armas y víveres para Messenia, ninguna de ambas cosas fue concedida. Lejos de ello, el Senado respondió que cuando los lacedemonios, o los corintios o los argivos se separaran de la liga aquea, no debería sorprender a los aqueos la indiferencia de los padres conscriptos ante tal separación, lo que era tanto como publicar a son de clarines que permitía la anulación de la Liga. Se retuvo en Roma a los embajadores hasta conocer el éxito de la expedición de los aqueos contra los messenios. Esto era lo que por entonces se hacía en Italia.

 

CAPÍTULO XI
Diputación que despachan a Roma los lacedemonios desterrados.

Los desterrados de Lacedemonia enviaron a Roma una diputación, de la que formaban parte Arcesilao y Agesípolis, que en su niñez fue rey de Esparta. Capturados y muertos por los piratas, se les sustituyó con otros que llegaron sanos y salvos a Roma.

 

CAPÍTULO XII
Tras someter a los messenios, venga Licortas la muerte de Filopemen.

Cuando Licortas, pretor de los aqueos, aterró a los messenios, éstos, en vez de quejarse como en otras ocasiones del rigor del gobierno, apenas se atrevían, aun socorridos por los enemigos, a abrir la boca y manifestar que era necesario tratar de la paz. El mismo Dinócrates, cercado por todos lados, cedió a las circunstancias y se retiró a su casa. Entonces los messenios, dóciles a los consejos de sus ancianos, y sobre todo a los de los embajadores de Beocia, Epinetes y Apolodoro, que afortunadamente se hallaban en Messenia para negociar la paz; los messenios, repito, enviaron representantes para acabar la guerra y pedir perdón de sus pasadas faltas. Reunió Licortas a los demás magistrados, y escuchados los comisionados, les dijo que el único medio de conseguir la paz era entregar a los autores de la rebelión y muerte de Filopemen, poner todos sus intereses en manos de los aqueos, y recibir guarnición en su ciudadela. Divulgada la contestación del pretor, los que querían mal a los promovedores de la guerra mostráronse muy dispuestos a prenderles y entregarles, y los que nada temían de los aqueos consentían de buen grado en dejar a su discreción los asuntos. Todos además aceptaban las condiciones, por no haber otro recurso. Entregaron, pues, la ciudadela al pretor; penetró éste en la ciudad al frente de tropas escogidas, convocó al pueblo, le arengó en el sentido que las circunstancias exigían, y prometióle que jamás faltaría a la fe jurada. Todos los asuntos generales los dejó para el consejo de los aqueos, que oportunamente iba a reunirse en Megalópolis. Hizo justicia a los convictos de algún crimen y condenó a muerte a los que tomaron parte en la de Filopemen.

 

CAPÍTULO XIII
Filipo.

Ningún rey ha sido más infiel e ingrato que este príncipe cuando creció su poderío y dominó la Grecia; ninguno más modesto y razonable cuando la fortuna dejó de favorecerle. Al desquiciarse por completo sus asuntos, tranquilo acerca de lo que pudiera sucederle, procuró por toda clase de medios restablecer el primitivo estado de su reino.

 

CAPÍTULO XIV
Referente a Filipo.

He aquí la venganza que de Filipo, hasta la hora de su muerte, tomaron sus propios amigos, ejemplo que a todos demuestra el ojo vigilante de la justicia, del que ningún mortal debe burlarse. Tras condenar a muerte Filipo gran número de macedonios, hizo asimismo morir a los hijos de éstos, fundándose, en el siguiente verso que recitaba: Necio quien mata al padre y perdona los hijos. Ciega y furiosa odiaba su alma a los hijos, como había odiado a los padres.

 

CAPÍTULO XV
De las opuestas opiniones entre los hermanos Demetrio y Perseo.

Daba la impresión que la fortuna presentaba entonces en público teatro y a presencia de todos a los dos hermanos, no como actores trágicos de fábulas o historias, sino para que claramente se vea cómo se pierden todos los hermanos entre quienes arden y se envenenan las querellas y los odios, y cómo se pierden no sólo ellos, sino también sus hijos, causando la destrucción y ruina de sus Estados, mientras aquellos que entre sí mantienen indulgente afecto, salvaron los Estados a que me he referido, y vivieron con gloria, citados y elogiados por todo el universo.
Muchas veces, al hablaros de los reyes de Lacedemonia, os he manifestado que conservaron a su patria la dominación de Grecia mientras quisieron gobernar unidos bajo la vigilante y paternal tutela de los eforos, pero al aspirar cada uno a la monarquía, perturbaron el Estado, ocasionando a Esparta los mayores infortunios. Mejor y más reciente ejemplo es el de Attalo y Eumeno, que de débil Estado han sabido hacer un imperio tan floreciente como el que más. Consiguieron esto por la concordia, armonía y buena inteligencia que reinó en todos sus actos. Lo sabéis, y en vez de ajustaros a esta verdad hacéis todo lo contrario en vuestras mutuas relaciones.

 

CAPÍTULO XVI
De cómo Filopemen, general de los aqueos, capturado por los messenios, fue envenenado.

Fue Filopemen persona a quien nadie anteriormente superó en mérito. Vencible la fortuna, a pesar de que parecía asociada sumisa a él en el curso de su vida. Mas ateniéndose al proverbio: «Feliz el poderoso y doblemente feliz cuando no es poderoso», conviene envidiar la suerte, no de los que siempre fueron dichosos, sino de los que en su carrera contaron con los favores de la caprichosa fortuna y únicamente sufrieron desdichas soportables.

 

CAPÍTULO XVII
Sobre las cuentas de Popilio.

Solicitó Popilio en el Senado una suma destinada a perentorias necesidades, y alegó el cuestor una ley que prohibía abrir el tesoro aquel día. «Dadme las llaves dijo Popilio, y yo abriré bajo mi responsabilidad. » Transcurrido algún tiempo le exigieron cuenta, también en el Senado, del dinero que había recibido de Antíoco antes de la tregua para pagar el ejército. «Tengo esa cuenta, dijo, pero no quiero entregarla a nadie»; y como el peticionario apremiaba y exigía una solución, juzgó Popilio oportuno enviar a su hermano por ella. Traído el registro, lo abrió y presentó a todo el mundo e hizo buscar al peticionario la cuenta pedida. Dirigiéndose en seguida a los demás, les dijo: «¿Por qué se pregunta el empleo de estos tres mil talentos, y no se piden informes de dónde van a parar los quince mil que habéis recibido de Antíoco? ¿Por qué no preguntáis asimismo de qué modo habéis llegado a ser dueños de Asia, de Libia y de España?» Todos quedaron estupefactos e impusieron silencio al investigador de las cuentas. Relatamos esto para recordar las virtudes antiguas y que sirvan de emulación en el futuro.

 


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