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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO III
LIBRO VIGÉSIMO SEGUNDO

 

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

 

LIBRO VIGÉSIMO SEGUNDO

 

CAPÍTULO PRIMERO
Demandas de Eumeno y de los embajadores al Senado. Contestación que reciben.

Al finalizar la primavera, llegaron a Roma Eumeno, los embajadores de Antíoco, los de los rodios y de todos los demás pueblos, porque después de la batalla casi todas las naciones de Asia comprendiendo que su suerte dependía del Senado, designaron representantes. Todos fueron recibidos con grandes atenciones, y con especial distinción Eumeno, adelantándose hacia él y haciéndole magníficos regalos. Después de Eumeno, fueron los rodios los más obsequiados. El día de la audiencia penetró primero Eumeno en el Senado y le dijeron que declarase con absoluta libertadlo que deseaba. Contestó el rey que si tuviera que solicitar gracia de un amigo se aconsejaría de los romanos, por temor de desear algo contrario a justicia o pedir más de lo que conviniese; pero teniendo que pedir a los romanos, lo mejor, en su opinión, era dejara discreción de este pueblo sus intereses y los de sus hermanos. Al oír estas frases, púsose en pie un senador y le dijo que nada temiese, y manifestara con franqueza lo que quería, porque la intención del Senado era otorgarle cuanto pidiera; pero a pesar de las instancias que se le hicieron, negóse Eumeno a hablar más, y se retiró. Deliberó el Senado sobre lo que convenía hacer, y prevaleció la opinión de llamar de nuevo a Eumeno y apremiarle a que se explicara con libertad, que había venido y conocía mejor que ningún otro los asuntos de Asia y lo que convenía hacer. Penetró el rey de nuevo en el Senado, habiéndole dicho alguno que le acompañaba lo que se había decidido, y vióse obligado a decir su parecer sobre el estado presente de sus negocios.
«En lo que particularmente me concierne, dijo, persisto, padres conscriptos, en la decisión tomada de dejaros en plena libertad de decidir lo que os agrade. No puedo disimular, sin embargo, la alarma que me produce una pretensión de los rodios. Vienen ante vosotros con tanto celo y ardimiento por los intereses de su patria como yo por los de mi reino; pero el discurso que van a pronunciar ante vosotros describe las cosas de un modo distinto a la realidad y fácilmente os convenceréis de ello. Comenzarán diciéndoos que no han venido a Roma para pedir ni para perjudicaron en lo más mínimo, sino para lograr de vosotros la libertad de los griegos establecidos en Asia; agregarán que por mucho que les complazca este beneficio, será aun más digno de vosotros y de la generosidad que con los demás griegos habéis tenido. Esto es la apariencia es bellísimo, mas en el fondo opuesto a la verdad, porque si se da libertad a las ciudades, cual solicitan, su poder aumentará infinitamente, quedando el mío en cierta forma destruido. Desde que fuese pública en nuestra tierra esta determinación, el prestigio de la palabra libertad y la ventaja de gobernarse por leyes propias sustraerían de mi dominación, no sólo los pueblos a quienes se otorgase este beneficio, sino los que antes me estaban sometidos, porque tal rumbo tomará el asunto: se creerá que se les debe la libertad, los pueblos libres les prometerán alianza, y por reconocimiento a tan gran beneficio, se juzgarán obligados a obedecer cuantas órdenes de ellos reciban. Os ruego, pues, padres conscriptos, que os fijéis atentamente en este punto, no sea que por descuido acrecentéis demasiado el poder de unos, restringiendo imprudentemente el de vuestros amigos, y hagáis bien a los que contra vosotros han empuñado las armas, desdeñando o menospreciando al parecer a los que os han sido siempre adictos. En cualquier otra cosa que no sea en la amistad y cariño que he de profesaron mientras pueda, cederé de buen grado a quien pretenda mejor derecho, y lo mismo os diría mi padre si viviese. Fue el primero de asiáticos y griegos que buscó vuestra amistad y alianza, y fiel a ambas prosiguió hasta su último suspiro. Su alianza no se limitaba a puro sentimiento amistoso, pues no hicisteis guerra alguna en Grecia en que él no tomara parte: ninguno de vuestros aliados os ayudó con más tropas de mar y tierra y mayor cantidad de víveres y municiones, y ninguno arrostró mayores peligros. Hasta la vida perdió por vosotros, pues falleció mientras procuraba atraer a los beocios a su partido. Heredero de su reino, lo soy también de su afecto a los romanos. Ni puedo ni es posible amaros más que él; pero he hecho por vosotros más que él hizo, porque los acontecimientos sometieron mi constancia a duras pruebas. Inútil fue que Antíoco mostrase empeño en darme a su hija por esposa y participación en cuanto poseía, entregarme inmediatamente todas las ciudades que de mi reino habían sido desmembradas, y contar conmigo en todas sus futuras empresas si me aliaba a él contra Roma: ninguno de sus ofrecimientos acepté, y lejos de ello, le he hecho la guerra con vosotros, auxiliándoos por mar y tierra con más tropas que ningún otro de vuestros aliados y, en los momentos de mayor apuro, más municiones que los otros. Sin vacilar arrostré con vuestros generales los mayores peligros, y en fin, por amistad al pueblo romano, me he visto encerrado y asediado en mi capital, a riesgo de perder corona y vida. Muchos de vosotros, padres conscriptos, conocéis de vista estos hechos, y nadie aquí los ignora. Justo es, pues, que atendáis a mis intereses con igual eficacia que yo defendí los vuestros. ¿No sería, por cierto, extraño que a vuestro enemigo Massinisa, por acudir a vuestro campo con algunos jinetes y seros fiel en la guerra contra los cartagineses, le hayáis dado por reino la mayor parte de África; que Pleurates, sin hacer jamás nada por vosotros, sea hoy por igual razón el príncipe más poderoso de Iliria, y que nada hagáis por mí después de las grandes y memorables empresas que mi padre y yo realizamos por auxiliares? ¿Cuál es, finalmente, el objeto de este discurso y qué es lo que de vosotros deseo? Lo diré con franqueza, pues así lo deseáis. Si vuestro propósito es conservar algunas plazas de Asia a este lado del monte Tauro y que antes obedecían a Antíoco, os veré en ellas con singular placer. Teniéndoos vecinos, y sobre todo, participando de vuestro poder, reinaré tranquilo y convencido de que mi reino está resguardado de todo insulto. Pero si no queréis conservar nada allí, paréceme que a nadie mejor que a mí podéis ceder las comarcas conquistadas durante la guerra. ¿No es más digno, me diréis, dar libertad a las ciudades que estaban en servidumbre? Sin duda alguna, si no hubieran tenido la audacia de unirse a Antíoco en contra vuestra; y pudiéndoles echar en cara esta falta, y más glorioso es devolver a vuestros amigos beneficio por beneficio que favorecer a vuestros enemigos.» Así habló Eumeno, y se retiró. Su discurso conmovió al Senado, dejándole muy dispuesto a hacer todo lo posible por satisfacer al rey de Pérgamo.
Quiso oír después el Senado a los rodios, pero estaba ausente uno de los embajadores, y se llamó a los de Esmirna, que probaron, con la referencia de gran número de hechos, su adhesión a los romanos durante la última guerra, y lo pronto que acudieron en su auxilio. Siendo notorio que de todos los griegos que viven en Asia con leyes propias, ningún pueblo mostró más ardimiento y fidelidad a Roma, inútil es referir aquí detalladamente cuanto en el Senado dijeron. Penetraron después los rodios; comenzando por narrar los servicios hechos a los romanos, y sin extenderse en este punto, llegaron pronto a lo que a su patria interesaba. «Sensible es para nosotros, manifestaron, que la naturaleza de los negocios no nos permita opinar como un príncipe al que estamos estrechamente unidos. Creemos que nada pueden hacer los romanos más honroso para nuestra patria, más glorioso para ellos, que librar de servidumbre a todos los griegos de Asia, haciéndoles gozar la libertad, bien que los mortales anhelan como el mayor de todos; pero precisamente no quieren convenir en esto Eumeno y sus hermanos, porque la monarquía no consiente la igualdad entre los hombres, y pretende que todos, o al menos la mayoría, le sean sumisos y obedientes. A pesar de ello, no dudamos de que nos concederéis esta gracia, no, por hacernos la ilusión de que tenemos con vosotros más crédito que Eumeno, sino por ser evidente que lo que pedimos es más justo y conforme a los intereses de los aliados. Razón habría para vacilar, si no pudierais demostrar vuestro agradecimiento a Eumeno de otra suerte que entregándole las ciudades con derecho a regirse por leyes propias, porque entonces tropezaríais en la dura alternativa de desatender a un príncipe verdaderamente amigo, o faltar a lo que la justicia y el deber exigen de vosotros, oscureciendo o borrando por completo la gloria que con vuestras empresas habéis adquirido. Pero siéndoos fácil satisfacer a todos, ¿por qué dudar? Estamos aquí como junto a mesa abundantemente servida, de donde cada cual puede tomar más de lo preciso para hartarse. Podéis disponer en favor de quien queráis de la Licaonia de la Frigia; cerca del Helesponto, de Pisidia, del Quersoneso y de todas las comarcas vecinas de Europa, regiones que unida cualquiera de ellas al reino de Eumeno, le hará diez veces mayor que es actualmente; y si le concedéis todas o al menos la mayoría, no habrá reino más grande y poderoso que el suyo. Podéis, pues, romanos, recompensar con magnificencia a vuestros amigos, sin perjuicio de vuestra gloria y sin faltar a lo que da más esplendor a vuestras empresas, porque el objeto que os proponéis no es el que persiguen otros conquistadores que salen a campaña para subyugar ciudades y apoderarse de navíos y municiones. Vosotros habéis sometido el universo entero a vuestra dominación y desdeñáis tales cosas. ¿Qué necesitáis ahora? ¿Qué debéis buscar con mayor interés y cuidado? Las alabanzas y la gloria, difíciles de adquirir y más difíciles de conservar. ¿Queréis convenceros? Habéis hecho la guerra a Filipo exponiéndoos a todo género de peligros sólo por dar libertad a los griegos, único fruto que os proponíais de esta expedición, y no obstante, os ha satisfecho más que los terribles castigos con que os vengasteis de los cartagineses. Y no nos sorprende, porque el dinero que habéis exigido es un bien común a todos los hombres; pero los honores, los elogios y la gloria sólo corresponden a los dioses y a los hombres que se asemejan a la divinidad. La más hermosa de vuestras empresas es la de haber dado libertad a los griegos, y si concedéis igual favor a los griegos de Asia, llegará vuestra gloria a su apogeo; pero si no queréis coronar vuestra primera generosa acción con esta última, perderéis mucha parte de la fama que aquella os produjo. En cuanto a nosotros, romanos, unidos a vosotros y por hacer triunfar vuestras miras, hemos arrostrado los mayores peligros, y conservaremos siempre los mismos amistosos sentimientos; por ello no tememos manifestar lo que nos parece más y conveniente y ventajoso. Ni nos mueve interés propio, ni deseamos otra cosa que lo que os convenga hacer.» Así hablaron los embajadores rodios, y la solidez de sus argumentos unida a la modestia de su discurso conquistaron los aplausos de todo el Consejo. Los embajadores de Antíoco, Antipater y Zeuxis, penetraron en seguida, y se limitaron a pedir, a suplicar que fuese confirmada la paz hecha en Asia por los dos Escipiones, cosa que el Senado hizo en el acto. Pocos días después el pueblo ratificó la paz y se hicieron a Antipater los juramentos de costumbre en tales ocasiones. Llamados después otros embajadores procedentes de Asia, concedióseles corta audiencia, dando a todos igual respuesta, cual fue, que se designarían diez diputados, para sobre el terreno enterarse de las cuestiones que las ciudades tenían entre sí. Se les designó, efectivamente, con facultades para arreglar a su arbitrio estos particulares asuntos. Respecto a los generales el Senado ordenó que todos los pueblos hasta el monte Tauro, sometidos antes de la guerra a Antíoco, en adelante reconocieran por rey a Eumeno, a excepción de la Licia y de la Caria, hasta el Meandro, que se daban a los rodios; que las ciudades griegas tributarias antes de Attalo lo serían ahora de Eumeno, quedando exceptuadas las que no pagaban tributo a Antíoco. Tales fueron las órdenes dadas a los diez comisarios enviados a Asia junto al cónsul Cneo.
Así arreglados los negocios, volvieron los rodios al Senado para tratar de la ciudad de Soles, que se halla en Cilicia, asegurando que debían velar por sus intereses a causa de ser sus habitantes, como ellos, una colonia de argivos, y considerarles hermanos, manteniendo con ellos unión verdaderamente fraternal. Solicitaron, pues, como favor a los rodios que aquellos obtuviesen la libertad. Al oír la petición, el Senado ordenó llamar a los embajadores de Antíoco, y deseó que este príncipe abandonara la Cilicia, pero Antipater y Zeuxis se negaron a aceptar esta condición, que era contraria a lo estipulado. Les propuso entonces el Senado dejar en libertad la ciudad de Soles, y resistiendo los embajadores acceder a ello, les despidió, haciendo entrar a los rodios y enterándoles de que los representantes de Antíoco se oponían a su petición. Agregó que si resueltamente querían la libertad de Soles, arrostrando por todo, satisfarían su deseo. Tanto complació a los rodios la decisión del Senado por servirles, que manifestaron estar conformes con lo que se les había otorgado, y Soles continuó como estaba. Próximos a partir los diez comisarios y los embajadores, llegaron a Brindis, en Italia, Publio y Lucio Escipión, ambos vencedores de Antíoco, y entraron pocos días después en Roma, consiguiendo los honores del triunfo.

 

CAPÍTULO II
Restablecido en el trono Aminandro, despacha a Éfeso embajadores a los Escipiones.- Los etolios se apoderan de Anfiloquia, la Aparantia y la Dolopia.- Vencido Antíoco, procuran apaciguar el rencor de los romanos.

Creyéndose Aminandro en tranquila posesión de su reino, despachó embajadores a Roma y los dos Escipiones, que aún permanecían en Éfeso. Las órdenes dadas a estos embajadores eran excusar, en lo tocante a los etolios, el haber recobrado sus Estados, quejarse de Filipo y rogar que se le contase en el número de los aliados.
Juzgaron los etolios la ocasión propicia para penetrar en Anfiloquia y Aparantia, y su general Nicandro reunió numeroso ejército, invadiendo Anfiloquia, desde donde, por no encontrar resistencia alguna, se traslado a la Aparantia, cuyas poblaciones, como las de la anterior provincia, se rindieron de buen grado. Entró en seguida en Dolopia, donde al principio quisieron defenderse permaneciendo fieles a Filipo, pero al saber lo sucedido a los atamanienses y la fuga de Filipo, cambiaron de parecer y se unieron a los etolios. Concluida esta feliz expedición, regresó Nicandro a Etolia muy satisfecho de haber librado a su patria con tales conquistas de todo peligro exterior; por lo menos así lo creían. Pero mientras se regocijaban los etolios con sus conquistas, llegó la noticia de haberse librado una batalla en Asia siendo completamente derrotado Antíoco. Cundió la alarma por todas partes, y al mismo tiempo llegó de Roma Damotelo anunciando que continuaban en guerra con esta república y que el cónsul Marco Fulvio iba contra ellos al frente de un ejército. Esto aumentó la alarma ignorando cómo se librarían de la tempestad que les amenazaba. Tomaron al fin el partido de enviar comisionados a los rodios y a los atenienses, rogándoles mandaran a Roma embajadores que, apaciguando la cólera de los romanos, aliviasen algo los males que agobiaban la Etolia. También por su parte despacharon una embajada, eligiendo para formarla a Alejandro llamado el Isiano, Feneas, Carops, Alipo de Ambracia y Licopes.

 

CAPÍTULO III
Cercan los romanos a Ambracia.- Extremada avaricia de uno de los tres embajadores etolios.

Habló el cónsul con los embajadores que habían ido a verle de parte de los epirotas acerca de la expedición de que estaba encargado contra los etolios, y les pidió consejo. Obedeciendo entonces los ambracianos las leyes de los etolios, aconsejáronle los embajadores poner sitio a Ambracia, porque si los etolios deseaban aceptar una batalla, el campo era allí muy a propósito para darla, y si por temor la rehusaban, fácil cercar la ciudad, encontrando en aquella comarca abundancia de todo lo necesario para la alimentación de las tropas y los trabajos del asedio, pues el Aractus que corría junto a sus muros le facilitaba conducir al campamento todo lo necesario y resguardaría las obras de sitio. Conoció Marco Fulvio que el consejo era bueno; levantó el campamento, y por el Epiro condujo el ejército delante de Ambracia. Al llegar no se atrevieron los etolios a hacerle frente. Reconoció las fortificaciones, cercó la ciudad, y empezó rudamente el ataque.
Antes de que partiese el cónsul, los embajadores enviados por los etolios a Roma fueron descubiertos por Sibirto, hijo de Petreo, en la Cefalenia y conducidos a Casandra. En el primer momento opinaron los epirotas trasladarlos a Buquetus, guardándoles allí con cuidado; pero algunos días después, y por estar en guerra can los etolios, les propusieron rescatar su libertad. Uno de estos embajadores, Alejandro, era el hombre más opulento de Grecia; también eran ricos pos otros dos, pero no tanto como aquel. Pidiéronles a cada uno cinco talentos, y los dos últimos aceptaron con gusto la condición, considerando que la libertad era el bien más preciado que tuvieran en el mundo; pero Alejandro dijo que no quería comprarla tan cara, y que cinco talentos eran suma exorbitante. Mientras él pasaba las noches gimiendo y llorando por la pérdida que le amenazaba, temieron los epirotas que al saber los romanos la detención de los embajadores, les escribieran rogándoles o quizás ordenándoles que les pusieran en libertad. Este temor les hizo menos exigentes, contentándose con pedir tres talentos por rescate de cada uno de ellos. Los dos menos ricos consintieron pagarlos, y dando fianza regresaron a su tierra; pero Alejandro respondió que sólo pagaría un talento, y que aun esto era mucho, por lo cual continuó detenido. Paréceme que este viejo, poseedor de doscientos talentos, prefería perder la vida a dar tres; que a tal extremo conduce la avaricia de acumular dinero; y, no obstante tan buen resultado tuvo en esta ocasión su insensata negativa, que la aplaudieron y elogiaron, porque a los pocos días llegaron a Casandra las cartas de los romanos que temían los epirotas, y Alejandro fue el único embajador que recobró la libertad sin rescate. Cuando los etolios supieron la aventura designaron a Damotelo para que fuese de embajador a Roma; fiero al saber éste en Leucades que Marco Fulvio se dirigía por el Epiro a Ambracia, desesperó del éxito de su embajada y regresó a Etolia.

 

CAPÍTULO IV
Resistencia de los etolios frente al cónsul romano Marco Fulvio.- Evocación de otros famosos agedios.

Cercados los etolios por el cónsul romano Marco Fulvio, resistieron valerosamente los ataques de las máquinas y arietes quo había hecho avanzar. Fortificado su campamento, hizo construir el cónsul contra Pyrrhea, en la llanura, tres obras avanzadas, separadas por intervalos y dirigidas al mismo punto; construyó otra por la parte de Esculapium, y la quinta contra la ciudadela. Impulsados con gran vigor todos estos trabajos que estrechaban la ciudad, los encerrados dentro veían con espanto los terribles peligros que les amenazaban. Los arietes batían potentes los muros, y los sitiados aprovechaban todos los medios para resistir, lanzando con sus máquinas contra los arietes masas de plomo, fragmentos de roca y troncos de encina. Valiéndose de anillos de hierro, atraían a la parte inferior de los muros las guadañas del enemigo para romper el aparato que las movía y apoderarse de ellas, y diferían las operaciones del asedio con frecuentes salidas, atacando por la noche a los centinelas que protegían los trabajos o acometiendo con arrojo durante el día a los diversos puestos.........

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Nicandro envió un día quinientos jinetes que penetraron en ella atravesando audazmente los atrincheramientos del contrario. Les ordeno que, en determinado día y hora atacaran a los sitiadores, prometiéndoles que él lo haría también por opuesto lado participando del peligro. Salieron, efectivamente, los sitiados y combatieron con valor; pero temiendo el peligro, o por alguna ocupación precisa que le impidiera realizar el proyecto, no atacó Nicandro, y el esfuerzo fue inútil . ...Muchas ciudades, aun después de destruidos sus muros, resistieron al enemigo como lo hizo Ambracia. A fuerza de golpear sin interrupción con los arietes, los romanos derribaban cada día una parte de la muralla; pero no podían entrar por la brecha, porque los cercados construían por dentro un nuevo muro y los etolios que quedaban combatían con arrojo entre las ruinas. Desesperando los romanos de poder ocupar la ciudad a viva fuerza, comenzaron a hacer minas; pero tampoco conseguían nada, porque los sitiados, que según probaremos, eran muy hábiles en todos los trabajos militares, comprendieron la intención y neutralizaron los efectos. Fortificaron los romanos de lastres obras avanzadas la de en medio, poniéndola a cubierto de todo ataque, y construyeron paralelamente al muro un pórtico de doscientos pies de largo. Al abrigo de esta muralla continuaron sin interrupción los trabajos de las minas, esparciendo la tierra que sacaban. Así engañaron a los cercados durante muchos días, hasta que por elevarlo el montón de tierra comprendieron éstos lo que sucedía e hicieron una contramina paralela al muro y al pórtico construido frente a las torres. Cuando tuvo la profundidad conveniente, colocaron en ella una serie de instrumentos y campanas de bronce de delicada construcción para escuchar el ruido de los mineros romanos y saber la dirección de sus trabajos. Así dirigidos, atravesaron su mina con otra por debajo de la muralla en la presumida dirección de la que hacía el contrario. Pronto concluyeron esta nueva mina, porque la excavación de los romanos pasaba ya del muro, habiendo tenido que sostener con postes ambos lados de la reina. Encontráronse, pues y trabaron combate con sus picas, pero sin resultado, por lo fácil que era protegerse con el escudo. Uno de los sitiados sugirió a sus conciudadanos la idea de colocar en aquel punto un tonel tan grande como la excavación, lleno de menuda pluma y atravesado por una barra de hierro con agujeros. Abierto el tonel por la parte que daba al enemigo, prendieron fuego en la abertura, que avivado con la barra y comunicado a las plumas, produjo por la humedad de éstas un humo acre y violento en toda la parte de mina que los romanos ocupaban, y no pudiendo ni detener el humo ni sufrirlo, abandonaron la mina.

 

CAPÍTULO V
Tras larga resistencia ríndese Ambracia al cónsul.- Paz entre etolios y romanos.- EL tratado.

Llegaron al campamento de los romanos embajadores de los atenienses y de los rodios para inclinar a Fulvio a concertar la paz con los etolios, y Aminandro, rey de los atamanienses, solicitó también salvoconducto para presentarse al cónsul. En la época de su fuga había vivido largo tiempo en Ambracia, a cuyos habitantes amaba, mostrando grande empeño por librarles de aquella extremidad. Pocos días después acudieron asimismo embajadores de Acarnania, acompañados de Damotelo, pues al saber el cónsul el accidente ocurrido a los embajadores etolios escribió a los de Tiro para que se los llevasen. Todas estas embajadas reunidas, trabajaban con ardor por la paz. Sin cesar exhortaba Aminandro a los ambracianos diciéndoles que la conseguirían siguiendo mejores consejos. Con frecuencia llegaba al pie de las murallas y hablaba con los sitiados, y creyendo éstos oportuno que entrase en la ciudad, solicitó permiso al cónsul, que se lo concedió. Entró, pues, y deliberó con los ambracianos sobre la situación presente. Por otro lado, los embajadores de Atenas y de Rodasen sus frecuentes conversaciones con el cónsul procuraban calmarle e inducirle en favor de los ambracianos. Alguno sugirió a Damotelo y a Feneas que vieran e hiciesen amistad con C. Valerio, hijo de Marco Loevino, que fue el primero en llevar a cabo un tratado de alianza con los etolios, y hermano de madre de Marco Fulvio. Era Valerio joven oficial de gran talento y de mucho valimiento con el cónsul. Recomendóle Damotelo este negocio, que Valerio consideró como asunto propio, hasta el punto de juzgar deber suyo proteger a los etolios y procurando con el mayor celo restablecer su amistad con los romanos. Tanto se movió para conseguirlo, que al fin logró su deseo. Cediendo los ambracianos a las exhortaciones de Aminandro, rindiéronse a discreción, abriendo al cónsul las puertas de la ciudad, a condición, no obstante, para no faltar a la fe con sus aliados, de que salieran libremente los etolios para retirarse a su patria. Efectuado el tratado de paz con consentimiento del cónsul, decía en substancia que los etolios pagarían inmediatamente doscientos talentos eubeicos y trescientos en diez años, a razón de cincuenta cada uno; que en el plazo de seis meses devolverían sin rescate todos los prisioneros y tránsfugas que tenían de los romanos; que no sujetarían ninguna ciudad a sus leyes y gobierno, ni someterían ninguna de las tomadas por los romanos desde que Tito Quintio fue a Grecia o que habían hecho alianza con Roma, y que los cefalenios no quedaban incluidos en el tratado. Este sólo era un proyecto sin fuerza hasta que los etolios convinieran en él y se diese cuenta al Senado. Los embajadores de Atenas y Rodas permanecieron en Ambracia esperando la vuelta de Damotelo, que fue a anunciar a los etolios lo pactado. Éstos, que no esperaban ser tan bien tratados, lo aceptaron con regocijo, aunque en el primer momento sintieran la separación de las ciudades que vivían sujetas a sus leyes.
Rendida Ambracia, puso en libertad el cónsul a los etolios, según se había estipulado; pero ordenó transportar las estatuas, cuadros y objetos de arte, que eran muchos, porque Ambracia había sido capital y lugar de residencia de Pirro. Se le obsequió a Fulvio con una corona de ciento cincuenta talentos. Entró éste en seguida en las tierras de Etolia, sorprendiéndole no encontrar resistencia, y al llegar a Argos de Anfiloquía, distante ciento sesenta estadios de Ambracia, acampó, y supo por Damotelo que los etolios habían confirmado el convenio. Regresaron los embajadores etolios a sus casas y Fulvio a Ambracia, donde no se detuvo, saliendo para Cefalenia.
Eligieron en Etolia por embajadores para ir a Roma a Feneas y Nicandro, con objeto de que gestionaran la ratificación del tratado de paz por el pueblo, sin lo cual era ineficaz. Llevando consigo a los embajadores de Atenas y de Rodas, se pusieron en camino. Por su parte, el cónsul envió también a Caio Valerio y a algunos otros amigos suyos, que al llegar a Roma hallaron al pueblo excitado por Filipo contra los etolios. Creía este príncipe que habían sido injustos con él al apoderarse de la Atamania y de la Dolopia, y suplicó a los amigos que tenía en Roma que, tomando parte en su resentimiento, impidieran la ratificación del tratado de paz: y de tal forma prepararon los ánimos, que apenas quiso escuchar el Senado la que decían los embajadores etolios, hasta que, a ruegos de los rodios y de los atenienses, se les oyó con atención. Uno de los embajadores de Atenas, Damis, fue aplaudido por toda la asamblea en varios párrafos de su discurso, y especialmente en una comparación muy apropiada al asunto. Manifestó que era justa la irritación del Senado contra los etolios, quienes colmados de beneficios por Roma, nunca atestiguaron agradecimiento: que, provocando la guerra con Antíoco, pusieron al pueblo romano en inminente peligro; pero que hacía mal el Senado al imputar a la nación tales faltas, porque en los Estados la muchedumbre era en cierto modo parecida al mar, de ordinario apacible y tranquilo, hasta el punto de aproximarse a él y viajar sobre sus aguas sin temor ni peligro, pero que agitado por impetuoso huracán, es lo más terrible y formidable; que esto había ocurrido en Etolia, pues mientras sus habitantes, se dejaron guiar por sus propios instintos, fueron, de todos los griegos, los más amigos y mejores auxiliares de los romanos; pero al volver allí Thoas y Dicearco procedentes de Asia, y Menestas y Damócrito de Europa, sublevaron la muchedumbre, mudando sus disposiciones naturales hasta el extremo de comprometerla a decirlo y hacerlo todo. Cegada por malos consejos, y deseando perjudicar a los romanos, se precipitó en un abismo de desdichas; que la cólera del Senado debía dirigirse contra aquellos botafuegos y no contra la República etolia, digna de su compasión, y que librada por la paz del peligro en que se hallaba, volvería a ser, de seguro, como antes, por agradecimiento a este nuevo beneficio, la amiga más fiel de Roma entre todas las naciones de Grecia. Este discurso reconcilió a los etolios con el Senado, que aprobó e hizo ratificar por el pueblo el tratado. Decía así:
«Los etolios tendrán respeto sincero y sin reserva al imperio y dominación romana, No dejarán paso por sus tierras y ciudades a ninguna tropa que manche contra los romanos, sus aliados o sus amigos, y en ningún caso lo socorrerán por disposición de las autoridades. Tendrán por amigos y enemigos los mismos que el pueblo romano, y harán la guerra a los que los romanos la hagan. Devolverán todos los tránsfugas y prisioneros hechos a los romanos y a sus aliados, a excepción do los que capturados en el transcurso de la guerra y devueltos a su patria fueran prisioneros por segunda vez y de los que eran enemigos de Roma cuando los etolios estaban aliados a ella. Estos prisioneros y tránsfugas serán entregados a los magistrados de Corcira en el término de cien días, a contar desde la ratificación del tratado, si en dicho término no se encontrara a algunos, los entregarán cuando aparezcan, sin cometer fraude ni permitir que regresen a Etolia. Pagarán inmediatamente los etolios en plata tan buena como la del Ática, al procónsul que está en Grecia, doscientos talentos euboicos, y podrán, si lo desean, abonar en oro la tercera parte de esta suma a razón de diez minas de plata por una de oro. Enviarán además a Roma cincuenta talentos anuales durante seis años. Entregarán al cónsul cuarenta rehenes elegidos por los romanos, que no tendrán menos de nueve ni más de cuarenta años. No habrá pretor, ni general de caballería, ni escriba público que no haya estado antes en rehenes en Roma. Los etolios cuidarán del viaje de los rehenes, y si alguno falleciese será reemplazado por otro. No será comprendida en este tratado la Cefalenia. No conservarán los etolios dominio alguno sobre las tierras, ciudades y hombres que se hallaban en su poder en tiempo de los cónsules Tito, Quintio, Cneo Domicio, y posteriormente, o que han sido aliados de Roma. La ciudad y territorio de los eniados se unirá a la Acarnania.»
Jurada fidelidad a estos artículos, firmóse la paz. Así se arreglaron los asuntos de los etolios, y en general los de todos los griegos.

 

CAPÍTULO VI

En qué época sostuvo el cónsul Manlio la guerra contra los gálatas. Esta guerra concluyó en Asia, mientras en Roma se trataba la paz con Antíoco y en Grecia luchaban los romanos con los etolios. Todos los embajadores que fueran de Asia a Roma trabajaron para terminarla.

 

CAPÍTULO VII
Esfuerzo que cuesta a Moagetes, tirano de Cibira, preferir su salvación a su dinero.

Moagetes, tirano de Cibira, era falso y cruel. Merece que hable de él, no de paso, sino con el cuidado y diligencia que a mi historia conviene. Al aproximarse el cónsul, que para sondearle envió por delante a C. Helvio, el tirano de Cibira despachó un comisionado a éste rogándole que impidiese el saqueo de sus tierras, pues él era amigo del pueblo romano y se hallaba dispuesto a hacer cuanto le ordenaran. Al mismo tiempo ordenó le ofrecieran una corona que valía quince talentos. Prometió Helvio que no tocarían a sus tierras, y a la vez le recomendó enviase una embajada al cónsul que se aproximaba y llegaría pronto. Mandó, efectivamente, Moagetes embajadores en compañía de su hermano, y encontraron éstos en el camino al cónsul, que les manifestó en tono enérgico y amenazador era Moagetes el príncipe asiático que más había contribuido a combatir el poder de Roma, no mereciendo su amistad, sino su cólera e indignación. Asustados los embajadores, hicieran caso omiso de las órdenes recibidas, suplicando al cónsul que conferenciase con Moagetes, y obtenida esta gracia regresaron a Cibira. Salió el tirano de la ciudad al día siguiente, acompañado de sus amigos, vestido con humildad, sin escolta y en un estado que daba compasión verle. Empezó doliéndose de su pobreza y de la miseria de las ciudades de su pequeño Estado, que sólo eran tres, Cibira, Silea y Alinda, y rogó al cónsul que se contentara con quince talentos. Admirado Cneo Manlio de la falta de pudor de este tirano, le dijo que si no daba quinientos talentos talaría sus tierras, pondría sitio a Cibira y la entregaría al saqueo. Amedrentado Moagetes, suplicó que no llevase a cabo las amenazas, y lo hizo con tal habilidad, que agregando algo a los primeros ofrecimientos, se hizo amigo del pueblo romano, sin costarle más de cien talentos y diez mil medidas de trigo.

 

CAPÍTULO VIII
Acciones de Manlio en la Pamfilia y la Caria en el transcurso de la guerra de los galo-griegos.

Luego de atravesar Cneo Manilo el Colabates, recibió embajadores da la ciudad llamada Isionda para suplicar que la socorriera contra los telmesianos, que en unión de los filomenianos, después de talar los campos y saquear la ciudad, tenían puesto sitio a la ciudadela, donde se habían refugiado todos los habitantes con sus mujeres e hijos. Prometióles bondadosamente Manlio que iría en su auxilio, y previniendo las ventajas de este negocio, se dirigió a la Pamfilia y contrajo alianza can los telmesianos y los aspendianos mediante cincuenta talentos que exigió. Presentáronsele allí embajadores de otras ciudades, a quienes inspiró los mismos sentimientos amistosos, y después de hacer levantar el sitio de Isionda, regresó a la Pamfilia.

 

CAPÍTULO IX
Secuencias de la incursión contra los galo-griegos.

Ocupada la ciudad de Cirmasa con un botín considerable, cuando costeaba Manlio un pantano encontró los embajadores que le enviaban los habitantes de Lisinoe para rendirse a discreción. Desde allí penetró por las tierras de los salagusianos, apoderándose en ellas de un gran botín, y esperó hasta ver lo que la ciudad resolvía. Enviáronle un comisionado para saber las condiciones con que concedería la paz, y exigió una corona de un valor de cincuenta talentos, dos mil medimnos de cebada, y dos mil de trigo. Entregósele lo que pedía, y quedó concertada la paz.

 

CAPÍTULO X
Eposoñat, rey de los galo-griegos, exhorta sin resultado a los otros reyes de la misma región a someterse a los romanos.

Despachó Manlio embajadores a Eposoñat para que gestionara con los otros reyes de la Galo-Grecia, y recibiólos de aquel poco tiempo después, suplicándole, que no se apresurase a levantar el campo ni a atacar a las galo-tolistoboges, porque él mismo iría a ver a sus reyes y les inclinaría a la paz, persuadiéndoles para que aceptaran las condiciones que les ofrecieran, siendo razonables........................

Avanzó Cneo Manlio hasta el Sangaris, y no pudiendo vadearlo por la profundidad, hizo construir un puente. Cuando acampaba a orillas del río se le presentaron algunos galos enviados de Pessinunta por Altis y Battacus, sacerdotes de la madre de los dioses. Llevaban éstos suspendidos al cuello emblemas y figuras, y le manifestaron que la gran diosa presagiaba a los romanos la victoria y el poder. Acogióles Manlio con benevolencia, pero al llegar éste junto a la aldea de Gorda mandóle a decir Eposoñat que había visto a los reyes de los galos, que no aceptaban ningún convenio, y que habiendo reunido en el monte Olimpo sus mujeres, sus hijos y efectos, se disponían a la defensa.

 

CAPÍTULO XI
Ortiagón, rey de Galacia.

Ortiagón, rey de Galacia, decidió extender su dominación a todos los gálatas de Asia. La naturaleza y la costumbre le ayudaban para el feliz éxito de esta empresa. Distinguíanle su liberalidad y grandeza de alma, y en los consejos y conversaciones mostrábase tan atento como hábil. Era además de extraordinaria bizarría e intrepidez en las batallas, condición de suma importancia en los pueblos de aquella raza.

 

CAPÍTULO XII
Chiomara

Cuando los romanos, al mando de Manlio, derrotaron a los gálatas, cayó en su poder, entre otras mujeres, Chiomara, esposa de Ortiagón. El centurión a quien correspondió en el reparto, hombre avaro y libertino, abusó de ella indignamente, pero vencible después la avaricia y aceptó gran cantidad de dinero por dejarla en libertad llevándola él mismo a orillas de un río que separaba el campamento romano del de los contrarios Los gálatas que traían el precio del rescate cruzaron el río y contaron el dinero al centurión, quien les entregó a Chiomara; pero en el instante en que se despedía de ella abrazándola, hizo Chiomara señas a uno de aquellos para que le diese muerte. Comprendió el gálata la indicación, y cortó la cabeza al romano. Cogióla Chiomara, la envolvió en su vestido, y al llegar junto a su marido la arrojó a sus pies ensangrentada. Admirado éste, la dijo: «Bello es, esposa mía, conservar la fe.- Sí, replicó ella; pero es más bello no dejar con vida más que uno de los hombres que me han gozado.» Manifiesta Polibio que diferentes veces conversó con esta mujer en Sardes, admirando su grandeza de alma y su prudencia.

 

CAPÍTULO XIII
Emboscada que los galos tectosages tienden contra Manlio, bajo pretexto de una conferencia.

Vencidos los galos y cuando Manlio, acampado junto a Ancira, se disponía a marchar adelante, llegaron embajadores de los tectosages, para suplicarle que, sin mover las tropas de donde se hallaban, avanzase él al día siguiente entre los dos campamentos, donde encontraría a los reyes para tratar de la paz. Accedió el cónsul y fue al lugar indicado con quinientos caballos; pero los reyes faltaron a la cita y regresó al campamento. Vinieron nuevamente los embajadores tectosages, excusaron con diferentes pretextos a sus príncipes, y rogaron otra vez al cónsul que fuera al sitio convenido, donde le esperarían los magnates de aquella tierra para conferenciar sobre la forma de acabar la guerra. Prometió Manlio lo que le solicitaban, pero no salió del campamento, enviando a Attalo con algunos tribunos y trescientos caballos. Acudieron, efectivamente, varios tectosages de los más distinguidos; hablóse del asunto, pero manifestaron que carecían de poderes para un pacto, y que sus reyes vendrían en seguida para acordar los artículos de la paz, si Manlio quería encontrarse con ellos en el mismo lugar. Prometió Attalo que iría el cónsul, y se separaron. Todos estos detalles eran fingidos, y el verdadero propósito ganar tiempo para transportar al lado opuesto del Halis sus familias y efectos, y, sobre todo, coger prisionero al cónsul, si podían, o al menos degollarle. Con tal fin, volvieron al día siguiente al sitio convenido al frente de unos mil caballos y esperaron la llegada de los romanos. Persuadido el cónsul, por lo que le dijo Attalo, de que vendrían los reyes, salió como la primera vez del campamento con quinientos caballos. Debe advertirse que algunos días antes los forrajeadores del ejército romano estuvieron en un lugar desde donde podían ayudar al destacamento de caballería que acompañaba al cónsul, y el mismo día de la conferencia ordenaron los tribunos que salieran en gran número, fuesen a dicho lugar y se les uniera otro destacamento igual. Lo que parecía sin objeto fue muy útil a las pocas horas.

 

CAPÍTULO XIV
Asuntos de Grecia y el Peloponeso.

Aprovechando los recursos de la traición, apoderóse Fulvio durante la noche de una parte da la ciudadela, e introdujo en ella a los romanos

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Para castigar un crimen de los lacedemonios, el pretor de los aqueos, Filopemen, trajo a los desterrados a la ciudad, y ordenó matar, según refiere Polibio, a cuarenta espartanos

 

CAPÍTULO XV
Embajadas que despachan a Manlio todas las naciones de Asia.- Tratado de paz entre Antíoco y los romanos.

Durante el tiempo en que Cneo Manlio se hallaba en cuarteles de invierno en Éfeso en el último año de esta olimpíada, las ciudades griegas de Asia y muchas otras despacharon embajadores para felicitarle por la victoria que había logrado sobre los galos y llevarle coronas. La alegría de los pueblos de este lado del monte Tauro no se fundaba tanto en que, derrotado Antíoco, veíanse libres unos de los impuestos que les agobiaban, otros de guarniciones que les oprimían, y todos de la necesidad de obedecer las órdenes de este príncipe, sino porque ya nada temían de los bárbaros y no sufrirían de ellos los insultos e injusticias a que estaban acostumbrados. Antíoco, los galos y Ariarates, rey de Capadocia, enviaron representantes al cónsul para saber con cuáles condiciones se les concedería la paz. Ariarates se había unido a Antíoco y hallóse en la batalla que los romanos acababan de ganar. Temió el castigo, y la alarma en que vivía le hizo despachar un comisionado tras otro a fin de saber qué deseaban diese o hiciera para obtener el perdón de su falta. El cónsul recibió bondadosamente todas las embajadas de las ciudades, y después de elogiarlas mucho, las despidió. Contestó en seguida a las otras, diciendo a los galos que esperaba la llegada de Eumenes para hacer la paz con ellos; a los de Ariarates que pagaran seiscientos talentos; y a Museo, embajador de Antíoco, que antes de hablar su señor de paz viniera con su ejército a las fronteras de Pamfilia trayendo dos mil quinientos talentos y el trigo que se debía distribuir a los soldados, conforme al acto llevado acabo antes con Lucio Escipión. Al llegar la primavera, y hechos los sacrificios expiatorios, partió con Attalo, llegando a los ocho días de marcha a Apamea, donde permaneció tres días. Al tercero levantó el campamento y se dirigió a largas jornadas durante otros tres al lugar donde dijo a los embajadores de Antíoco que fueran a esperarle. Allí estaba Museo, y rogó a Manlio que aguardara hasta que los carros y acémilas que traían el trigo y el dinero llegasen. Tres días después entraron en el campamento; se distribuyó el trigo a las tropas, y un tribuno por arden del procónsul llevó los talentos a Apamea. Notificaron a Manlio que el jefe de la guarnición de Perga no había evacuado esta plaza, y se acercó a ella con el ejército. Ya se hallaba muy próximo cuando se le presentó dicho jefe suplicándole que le dispensara permanecer en Perga, por ser éste su deber; que Antíoco le había dado el mando, y su obligación era conservarlo mientras no le dijera lo que debía hacer; que hasta entonces nadie le había manifestado las intenciones de dicho príncipe, y que le concediera un plazo de treinta y nueve días para informarse de lo que deseaba el rey que hiciese. Manlio consintió en ello sin esfuerzo, porque en todo encontraba a Antíoco fidelísimo a su palabra. Pocos días después Perga estaba libre. Al iniciarse el verano desembarcaron en Éfeso los diez comisarios con Eumenes, y tras de descansar dos días se encaminaron a Apamea. Advertido Manlio, envió a su hermano Lucio con cuatro mil hombres contra los oroandianos para inducirles u obligarles a pagar los tributos que se les habían impuesto. Apresuróse en seguida a reunirse al rey Eumeno, y al llegar a Apamea celebró Consejo con este príncipe y los diez comisarios sobre la paz que se iba a concertar y que quedó ajustada en estos términos:

«Entre Antíoco y los romanos habrá perpetua paz con las siguientes condiciones:

»El rey Antíoco no permitirá el paso por sus tierras ni por las de sus vasallos a ningún ejército enemigo del pueblo romano, ni le proporcionará socorro alguno. En reciprocidad, ni Roma ni sus aliados permitirán que pase por sus tierras ejército alguno para hacer la guerra a Antíoco o sus vasallos.

»Antíoco no llevará la guerra a las islas, y renunciará a sus pretensiones en Europa.

»Retirará sus tropas de todas las ciudades, pueblos y castillos de esta parte del monte Tauro hasta el río Halis, y del llano hasta las alturas del lado de Licaonia.

»AL evacuar las plazas, las tropas sirias no se llevarán el armamento, y si se lo han llevado lo restituirán.

»Antíoco no recibirá en sus Estados soldados del rey Eumeno ni de ningún otro.

»Si algunos habitantes de las ciudades que los romanos separan del reino de Antíoco se unen a su ejército, los enviará a Apamea. »Se permitirá a los del reino de Antíoco que estén con los romanos o sus aliados continuar con ellos o retirarse.

»Antíoco y sus vasallos devolverán a los romanos y a los aliados de éstos los esclavos, los prisioneros y los fugitivos que hayan capturado.

»El rey de Siria pondrá en manos del procónsul, si pudiera hacerlo, al cartaginés Aníbal, hijo de Amílcar; al acarnanio Mnesiloco, al etolio Thoas, a los calcidianos Eubulis y Filón, y a cualquier otro que haya ejercido alguna magistratura en Etolia.

»Entregará todos los elefantes que tiene en Apamea y no se le permitirá tener ninguno.

»Pondrá a los romanos en posesión de todas las galeras armadas en guerra con sus tripulaciones, y únicamente podrá tener en el mar diez barcos con treinta remeros cada uno.

»Limitará su navegación al promontorio Calicadno, salvo si tiene que enviar dinero, embajadores o rehenes.

»No se le permitirá reunir tropas mercenarias en tierra romana, ni siquiera recibir voluntarios.

»Las casas que en Siria pertenecen a los rodios y a sus aliados continuarán en su poder como antes de la guerra.

»Si se les debe dinero, podrán exigirlo y se les restituirá lo que probasen que se les ha quitado.

»Los bienes de los rodios quedarán exentos de todo gravamen e impuesto, como se hallaban antes de la guerra.

»Si Antíoco ha dado a otros las ciudades que debe entregar a los romanos, sacará de ellas las guarniciones y no aceptará las que, concertada la paz, deseen volver a su obediencia.

»Durante doce años satisfará a los romanos mil talentos anuales en plata de la más pura, como la de Atenas, de ochenta libras romanas cada talento, y quinientas cuarenta mil medidas de trigo.

« Entregará al rey Eumeno en el período de cinco años trescientos cincuenta y nueve talentos en iguales anualidades; ciento veintisiete talentos por el trigo que se le debe y que se ha dejado a estimación de Antíoco, y mil doscientas ocho dracmas que él concede a Eumeno, y con las cuales se da este rey por satisfecho.

»Entregará a los romanos veinte rehenes de dieciocho a cuarenta y cinco años, y los cambiará cada cuatro años.

»Si faltara algo a la cantidad que debe abonar cada año, lo que falte lo entregará al siguiente.

»Si algunas ciudades o naciones a las cuales por el presente tratado no puede declarar guerra Antíoco, la hicieran a él, tendrá derecho a defenderse, pero no a apoderarse de ninguna de estas ciudades o a contarlas entre sus aliados.

»Las cuestiones que ocurran se resolverán con arreglo a justicia.

»Si cualquiera de ambas partes juzgara oportuno agregar o quitar algunos de los anteriores artículos, podrá hacerse por mutuo consentimiento. »

Prestados los juramentos de costumbre, envió el procónsul a Siria a Lucio Minucio Thermo y a su hermano Lucio, que habían traído el dinero de los oroandianos, ordenándoles que para seguridad del tratado tomaran juramento a Antíoco. Asimismo despachó correos a Quinto Fabio para que regresara al puerto de Patara y quemar en él todos los barcos del rey de Siria.

 

CAPÍTULO XVI
Los diez comisarios arreglan los asuntos de Asia.

Escuchadas por el general romano y los diez comisarios en Apamea las cuestiones que tenían entre sí los particulares, unos por las tierras, otros por dinero o por cualquier otra causa, les enviaron a ciudades aceptadas por ellos para que allí concluyesen sus litigios y se dedicaran al arreglo de los asuntos generales. Todas las ciudades libres que, tributarias antes de Antíoco, habían permanecido fieles a los romanos en la última guerra, quedaran exentas de tributo; las que la pagaban a Attalo se les obligó a satisfacerlo a Eumeno, y a las que se separaron de los romanos para unirse a Antíoco se les ordenó entregar a Eumeno lo que daban al rey de Siria. Concedióse completa franquicia a tus colofonianos establecidos en Notium, a los cimeanos y a los milesianos. La ciudad de Clazomenes logró además de la inmunidad la soberanía en la isla Drimusa. Se restableció a los milesianos el campo sagrado que no habían podido conservar durante la guerra. Chío, Esmirna y Eritrea, que se habían distinguido por su adhesión al partido romano, recibieron las tierras que cada una deseaba y creía convenirle. Los foceos entraron en posesión de su primer gobierno y de sus antiguos dominios.
Tocó su turno a los rodios, que recibieron la Licia y la Caria hasta el Meandro, a excepción de Telmesa. En cuanto a Eumeno y sus hermanos, no satisfechos los comisarios con lo acordado en su favor en el tratado de paz, les dieron además la Lisimaquia con el Quersoneso en Europa y las tierras y castillos que con éste confinan y que obedecían a Antíoco, y en Asia las dos Frigias, la pequeña, próxima al Helesponto, y la grande, la Misia, que ya habían conquistado ellos, la Licaonia y la Lidia, y las ciudades de Milias, Tratis, Éfeso y Telmesa. El rey de Pérgamo disputó con los embajadores de Antíoco, pretendiendo que la Pamfilia estaba del lado de acá del monte Tauro. El proceso fue remitido al Senado. Todos los asuntos, o al menos la mayoría y los más necesarios, quedaron así arreglados, dirigiéndose el procónsul al Helesponto y confirmando durante el camino cuanto había hecho con los galos.

 

CAPÍTULO XVII
Causas de la ruina de la monarquía macedónica.

En esta época comenzaron las causas que produjeron la ruina de la casa real de Macedonia. Bien sé que algunos de los que han escrito acerca de la guerra de los romanos con Perseo le dieron otro origen, cual es la expulsión del rey Alezupor de su reino por haber deseado, tras la muerte de Filipo, apoderarse de las minas de oro y plata del monte Pangeo, tentativa que decidió a Perseo a declararle la guerra y a despojarle en seguida de todos sus Estados. La segunda causa sería, según ellos, la invasión de la Dolopia a consecuencia de esta guerra y la llegada de Perseo a Delfos; y la tercera, las asechanzas dirigidas en Delfos contra el rey Eumeno y el asesinato de los comisionados beocios. Estos diversos acontecimientos fueron, a juicio de los indicados historiadores, motivos de la guerra entre Perneo y los romanos. Creo de gran interés, no sólo para los historiadores, sino también para los que lean con reflexión, conocer las verdaderas causas de sucesos que han producido tantas desdichas. Muchos escritores, no obstante, confunden, acaso por ignorancia, lo que podría llamar prólogo de los acontecimientos con la causa de ellos y de los sucesos antes referidos: los primeros son el prólogo, mientras el verdadero principio de la guerra contra Perseo y de la destrucción del reino de Macedonia únicamente dimanan de los últimos hechos, es decir, de las asechanzas dirigidas contra el rey Eumeno, del asesinato de los comisionados y de los demás crímenes cometidos en esta época.
La causa de todos estos acontecimientos no fue en realidad ninguna, según probaré más adelante pues como manifesté que Filipo, hijo de Amintas, había dispuesto la guerra contra Perseo, y que Alejandro se limitó a llevar a cabo los proyectos de su padre, manifiesto ahora que Filipo, hijo de Demetrio, concibió el proyecto de esta última guerra contra los romanos, preparando todos los medios de ataque, y a su muerte Perseo acometió la empresa. Siendo esto verdad, como demostraré, los preparativos no pueden ser anteriores a la muerte del que proyectó la guerra; suposición absurda en que incurren otros escritores, dando como causa de ésta acontecimientos anteriores a la muerte de Filipo.

 

 


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