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POLIBIO DE MEGALÓPOLIS
HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
TOMO II
LIBRO DUODÉCIMO

TOMOS
TOMO I  --  TOMO II --  TOMO III

 

 

 

LIBRO DUODÉCIMO

CAPÍTULO PRIMERO
La ciudad de Hippón.- Otras ciudades y pueblos.

Hippón, ciudad de Lybia...

abraca, ciudad de Lybia... Sus habitantes llamábanse tabracianos.

Singa, cuyos habitantes llamábanse singeanos...

Asimismo Polyhistor, en el lib. III de su Tratado sobre África, cita, como Demóstenes, una ciudad africana llamada Chalcea, pero comete un error, pues Chalcea no es ciudad, sino una fábrica donde se trabaja el bronce.

Existe en las inmediaciones de Syrtes una comarca llamada Byssatida, la cual tiene dos mil estadios de circunferencia y figura circular.

 

CAPÍTULO II
articularidades sobre los lotos africanos.

Los lotos son árboles de poca elevación, retorcidos y espinosos; sus hojas verdes se asemejan a las del espino, pero son un poco más largas y oscuras; el fruto, cuando empieza a formarse, se parece en el color y en lo grueso a las bayas blancas del mirto cuando están maduras. Al entrar en sazón toma color escarlata y adquiere un grosor casi igual al de las aceitunas redondas; el hueso es muy pequeño. Cógese el fruto cuando está maduro, y triturado, se le hace cuajar en unas vasijas para servir de comida a los esclavos, o quitándoles el hueso, se les conserva para alimento de los hombres libres. Tiene sabor parecido a los higos silvestres y a los dátiles, y el olor es desagradable. Triturándolo y mezclado con agua se hace un vino de suave y agradable gusto. Bébenle también puro y sin agua; pero esta bebida no se puede conservar más de diez días, por lo cual los habitantes del país la preparan a medida que la consumen. Con este fruto se hace también vinagre.

 

CAPÍTULO III
Desconocimiento y excesiva credulidad de Timeo cuando trata de los animales de África.- Extraordinaria ficción de este autor acerca de la ferocidad de los animales de Córcega, y diferencia entre el conejo y la liebre.- Razón por que parecen feroces los animales de esta isla.- En Córcega numerosos animales, y en Italia los cerdos, son conducidos al son de trompeta.

Del mismo modo que el África es un país de una fertilidad admirable, así también se puede decir que Timeo, cuando nos la describe toda arenisca, seca e infructuosa, se acredita no sólo de ignorante en la historia de esta región, sino de superficial, imprudente y del todo entregado a antiguas hablillas que no merecen ningún crédito. Lo mismo que digo de la fertilidad de la tierra, digo de los animales. Pues es tanta la multitud de caballos, bueyes, ovejas y cabras que se cría en este país, que no sé si se podrá hallar igual en lo restante del mundo. La causa de esto es que como muchos pueblos del África ignoran el cultivo de la tierra, se mantienen de los ganados, y con ellos pasan la vida. Pero ¿quién no conoce que se dan aquí elefantes, leones, fuertes leopardos, hermosos búfalos y grandes avestruces, animales todos de que carece la Europa, y el África está llena? Con todo, Timeo, sin hablar siquiera una palabra de esto, parece que adrede se propuso contarnos lo contrario a la verdad.
La misma inconsideración con que habla del África demuestra asimismo por lo tocante a la isla de Córcega. De ésta, hablando en el libro II de su Historia, dice: «Se encuentran en ella muchos animales salvajes, como cabras, ovejas, bueyes, ciervos, liebres, lobos y algunos otros; los habitantes se ejercitan en la caza de estas bestias, y no tienen otra ocupación durante toda su vida.» Pero lo cierto es que en esta isla no se halla animal alguno salvaje, a excepción de la zorra, el conejo y la oveja silvestre. El conejo, visto de lejos, parece una pequeña liebre, pero después de capturado se encuentra en él una notable diferencia en la figura y el gusto. Nace comúnmente debajo de tierra. El que todos los animales de Córcega parezcan fieros consiste en que, como la isla está cubierta de árboles y llena de precipicios y montañas, los pastores no pueden seguir sus rebaños cuando están pastando. Aunque si hallan un lugar de buenos pastos y quieren llamar allí su ganado, tocan una trompeta, y al momento acuden al son de la de su propio pastor, sin equivocarse. Cuando alguna arriba a la isla y ve a las cabras y bueyes estar pastando solos, si intenta atraparlos, como no están acostumbrados a dejar aproximar a la gente, emprenden la huida. Entonces el pastor, si ha visto el desembarco, toca la trompeta y todos acuden corriendo en tropel a su sonido. He aquí por qué parecen salvajes, y por qué Timeo habló sin fundamento por falta de examen. Que los animales obedezcan al son de una trompeta no es de admirar. Porque en Italia los que crían puercos no los tienen en pastos separados, ni los porquerizos van detrás de sus manadas como en la Grecia, sino que van delante tocando de tiempo en tiempo una corneta, al son de la cual sigue y va acudiendo el ganado; y cada manada está tan acostumbrada a distinguir la de su pastor, que admira y parece increíble la primera vez que se oye. Como en la Italia se consume y gasta mucha carne de puerco, se cría en ella mucho de este ganado, pero sobre todo en la antigua Italia, en la Etruria y la Galia, donde se veía a una cerda haber criado mil lechones y a veces más. Fuera de las pocilgas están separados por sexos y por edades. De que proviene que, para el caso en que muchas manadas concurran a un mismo sitio, y por no poder estar separadas lleguen a mezclarse unas con otras, sea a la salida, sea en los pastos, o sea a la vuelta, los porquerizos, para distinguirlas sin pena ni trabajo, han excogitado la corneta, al son de la cual, con sólo ponerse uno de un lado y otro de otro, ellos por sí se separan los hatos y se van en pos de sus propias cornetas con tanta rapidez que ninguna fuerza ni obstáculo es capaz de contener su carrera. En Grecia, cuando las manadas pastando por los bosques se llegan a mezclar unas con otras, aquel que más puercos tiene, cuando halla la ocasión mete e incorpora en su hato los del vecino. Otras veces se los hurta el ladrón que está emboscado, sin poder conocer el porquerizo cómo faltan, a causa de la distancia que suele haber entre él y el ganado, a quien ha alejado el ansia de hallar el fruto cuando comienza a caer del árbol. Pero de esto baste.

 

CAPÍTULO IV
Rebatimiento de lo que manifiesta Timeo acerca de la colonia de los locros en Italia.- Ascendencia que traen éstos de los locros de Grecia, mas sin mediar entre ellos alianza.- Cien familias nobles que existieron entre unos y otros.- La doncella Fialefera perteneció a los locros epizefirios.- Engaño de los antiguos locros para convenirse con los sicilianos.

En verdad he estado muchas veces en la ciudad de Locros, y he hecho a sus moradores servicios considerables. Por mí se libraron de ir a la expedición de España. Por mí se eximieron de enviar a los romanos para la guerra de Dalmacia las tropas de mar que debieran según el tratado. También ellos, libres por mí de vejaciones, peligros y gastos no pequeños, me han tributado todo honor y agasajo en reconocimiento. De suerte que más motivos tengo para hablar bien de los locrenses, que para lo contrario. Con todo, esto no me debe impedir de que diga y siente que la historia que trae Aristóteles de su colonia es más verdadera que la que cuenta Timeo. Porque me consta, por confesión de los mismos naturales, que la relación que hace Aristóteles es conforme a la tradición que han recibido de sus mayores, y no la de Timeo. Para esto alegan las pruebas siguientes.
Primeramente, que toda la honra y nobleza que se conserva entre ellos de sus mayores, proviene de las mujeres y no de los hombres. Por ejemplo, se reputa entre ellos por nobles a aquellos que descienden de las que llaman las cien familias. Estas cien familias son aquellas a quienes los locrenses habían ya concedido este honor antes de salir a poblar a Italia, y de las cuales se elegían por suerte, en cumplimiento de un oráculo, las cien doncellas que se habían de enviar a Troya todos los años. De estas mujeres algunas vinieron con la colonia, cuyos descendientes hasta el día de hoy están tenidos por nobles, y son llamados oriundos de las cien familias.
Vamos ahora a lo que entre ellos se llama Fialefera, cuya historia es de esta forma. Cuando desalojaron a los sicilianos de este puesto de Italia que ahora ocupan ellos, había la costumbre entre estos pueblos de presidir en los sacrificios el más noble e ilustre ciudadano. Los locrenses, que no habían recibido de sus padres rito alguno, tomaron de los sicilianos, entre otras, esta costumbre, y la observaron después sólo con la modificación de que en vez de un joven fuese una doncella la Fialefera, por provenir la nobleza entre ellos de las mujeres. Dicen que no tienen alianza alguna con los locrenses de Grecia, ni han oído jamás que la tuviesen; pero saben por tradición que la tenían con los sicilianos. Acerca de esta confederación cuentan que cuando llegaron por primera vez a Sicilia habían hallado a los sicilianos apoderados de este país que ellos habitan ahora, y que amedrentados los naturales, se habían visto forzados a recibirlos y a concertar con ellos estos pactos: que vivirían en buena armonía, y el país sería común a unos y otros mientras que ellos pisasen esta tierra y trajesen cabezas sobre los hombros. Formalizados estos convenios, dicen que los locrenses, antes de hacer el juramento, habían metido un poco de tierra entre la suela de sus zapatos, y habían puesto ocultas sobre sus hombros cabezas de ajos; y que después, arrojando la tierra de los zapatos y las cabezas de ajos de los hombros, habían desalojado a los sicilianos del país a la primera ocasión que habían tenido. Esto dicen los locrenses de su establecimiento.

 

CAPÍTULO V
Un testimonio de Timeo.

Manifiesta Timeo el Tauromenitano en el noveno libro de su Historias «No era antiguamente costumbre hereditaria en los griegos tener a su servicio esclavos comprados»; y escribe además: «Objeto fue Aristóteles de públicas censuras por el error que cometió en su tratado sobre las costumbres de los locrenses. Efectiva-mente, las leyes de este pueblo prohibían tener esclavos».

 

CAPÍTULO VI
Declaración de Timeo: «La rectitud es de esencia de la regla, y la verdad de la Historia.»- Opinión de Polibio acerca de esta expresión.- La falsedad, o proviene de la falta de conocimientos o de la voluntad.

De igual manera que la regla, dice Timeo, que sea más corta, que sea menos ancha, con tal que sea recta, siempre es regla y merece este nombre, y por el contrario, si la falta esta cualidad esencial, todo lo puede ser menos regla; así también la Historia, sea el que fuere su estilo y disposición, o tenga cualquier otro defecto en sus partes integrales, como guarde verdad, merece el nombre de Historia; pero si ésta le falta, es indigna de semejante nombre. Convengo en que en esta clase de escritos ha de reinar siempre la verdad, y aun yo mismo he manifestado en cierta parte de esta obra, que así como un animal sin ojos queda del todo inservible, del mismo modo una Historia sin verdad no viene a ser más que una narración infructuosa. Pero con todo, digo que existen dos formas de faltar a la verdad: una hija de la ignorancia, otra hija de la voluntad; y que aquellos que se separan de la verdad porque no la conocen, merecen excusa, pero aquellos otros que mienten de propósito, son las gentes más abominables.

 

CAPÍTULO VII
Errores del historiador Timeo.- Teorías sobre la Historia.- Referencias de Aristóteles.

La historia de Timeo está llena de idénticos errores, y no incurre, al parecer, en tal defecto por ignorancia de los hechos, sino por espíritu de partido; pues siempre que alaba o censura a alguno, olvida lo que a sí mismo se debe, e infringe todas las leyes del decoro. Aristóteles no necesita justificación, y ya se ha visto por qué y con cual fundamento habló de los locrenses, como hemos referido.
Ocasión es esta de que juzguemos a Timeo y toda su historia, hablando al mismo tiempo del deber de un historiador. Creo haber demostrado que ni Timeo ni Aristóteles se dejaron guiar por conjeturas, y que la opinión de éste es más verosímil que la de aquel. Basta la verosimilitud para aceptarla, cuando no es posible saber la verdad. Pero concedamos a Timeo, que se aproximó más a ella. ¿Le da esto derecho a denigrar, zaherir y condenar a muerte, por decirlo así, a los menos afortunados que él? No por cierto. Cabe ser riguroso, implacable con los historiadores que de meditado intento dicen falsedades, pero se debe dispensar a los que incurren en error por equivocados informes, corrigiendo benévolamente sus faltas y perdonándolas. Esto sentado, preciso es probar que lo que dijo Aristóteles de los locrenses fue por agradar a alguno, o por gratificación o por enemistad con ellos. No siendo nadie osado a atribuirle tales móviles, convéngase en que los intencionados ataques de Timeo sólo prueban lo poco atento que era a sus deberes. Veamos, si no, el retrato que traza.
Aristóteles, de dar crédito a Timeo, era hombre osado, aturdido, temerario que cometiendo imprudente calumnia llama a los locrenses colonia de fugitivos esclavos y gente corrompida, y de tal suerte asegura esta falsedad, que parece, al oírle, un general al frente de un ejército que en campal batalla acaba de vencer a los persas a las puertas de la Cilicia. «Todos saben, continúa Timeo, que es un ignorante y odioso sofista que en la vejez, de acreditado boticario, se ha dado maña para elevarse a historiador; cata salsas en todas las mesas, goloso, entendido en culinaria, dispuesto a todo por una buena tajada.» ¿Qué tribunal sufriría a un hombre de la hez del pueblo vomitar tales injurias? ¿Pueden sufrirse estos excesos? El historiador que conoce sus deberes ni mancha sus manuscritos con tales groserías, ni siquiera se atreve a pensarlas.
Examinemos las razones de Timeo comparándolas con las de Aristóteles, y veamos quién de ambos merece censura. Asegura que, desdeñando referencias, fue a Grecia para preguntar a los locrenses el origen de su colonia, quienes primero le enseñaron las actas auténticas que aún subsisten, y empiezan así: «Conviniendo a los padres, respecto de sus hijos, etc.»; después vio las leyes vigentes entre los locrenses y sabedores éstos de lo que Aristóteles había dicho de su colonia, les admiró la temeridad del escritor; que de Grecia pasó a la colonia locrense de Italia, donde encontró leyes y costumbres dignas de hombres libres y no de pueblos serviles, sufriendo castigo los fugitivos y los de vida airada, lo que no sucedería si todos tuvieran tan censurable origen. Tales son las razones de Timeo. Pero preguntemos a este historiador a cuáles locrenses ha interrogado, quiénes le han informado de estas particularidades. Si tanto en Grecia como en Italia hubiera sólo una nación de locrenses, acaso no dudáramos de la buena fe de Timeo, y por lo menos podríamos enterarnos de ella; pero hay dos naciones locrenses. ¿Cuál de ellas ha visitado? ¿Qué ciudades de la otra nación consultó? ¿Dónde encontró esas actas que tanto avalora? Porque nada de esto nos dice. Sabido es, no obstante, que la gloria disputada por él a los demás historiadores es la de la exactitud en el orden de los acontecimientos y en la indicación de los documentos de que se ha servido. ¿Por qué no nombra ni la ciudad donde ha descubierto esas actas, ni el sitio donde fueron escritas, ni los magistrados que se las mostraron, ni los que de ellas le hablaron? De tomar tales precauciones, todas las dudas desaparecerían, y de quedar algunas, fácilmente se sabría la verdad. Debemos creer, pues, que no las tomó por temor de ser desmentido, que en otro caso ya hubiese puesto de manifiesto todas las pruebas, según vamos a demostrar. Cita nominalmente a Echecrates como la persona con quien habló de los locrenses de Italia, y para probar que este Echecrates no era un cualquiera, cuida de decirnos que su padre fue embajador del tirano Dionisio. ¿Olvidaría un historiador que atiende a estos detalles un acta pública, un monumento auténtico? Un historiador que compara los eforos de los primeros tiempos con los reyes de Lacedemonia; que cita por orden de tiempo los arcontes de Atenas, las sacerdotisas de Juno en Argos y los vencedores en los juegos olímpicos; que rectifica hasta un error de tres meses en los monumentos de estas ciudades; que desentierra los comprobantes más ocultos; que es el primero en encontrar en los lugares más recónditos de los templos los monumentos de la hospitalidad pública; un historiador, repito, que esto hace, no tiene excusa si ignora los detalles que le pedimos, o si, sabiéndolos, dice falsedades. Duro e inexorable con los demás, merece ser tratado con igual rigor.
Después de mentir en cuanto a los locrenses de Grecia, al pasar a los de Italia acusa a Aristóteles y a Teofrasto de presentar erróneamente las leyes y costumbres de ambas naciones, y preveo verme obligado, aunque del asunto principal me aparte, a probar lo que sé de ambas colonias. Me he detenido bastante tiempo en este punto para evitar frecuentes digresiones.

 

CAPÍTULO VIII
Demasiada mordacidad de Timeo.- Falsas acusaciones que levanta contra Demochares.- Maledicencia torpe y calumniosa que emplea contra Agatocles.- Un escritor, exacto investigador de la verdad, no debe omitir lo digno de alabanza aun de los impíos.

Refiere Timeo que Demochares se había prostituido hasta el extremo de no permitírsele encender con su soplo el fuego sagrado, hallándose en sus escritos más obscenidades que en los de Botris, Filenis y otros autores lascivos. Admira que un hombre bien educado emplee frases que causarían rubor en un lupanar. Comprendiendo el horror de esta calumnia, y temeroso de que se le atribuya la invención, toma Timeo por testigo un poeta cómico sin nombrarle. Persuadido estoy de que Demochares no es culpado de estas suciedades. Le justifica pertenecer a ilustre familia, siendo sobrino de Demóstenes, y haber recibido excelente educación, como asimismo que los atenienses le confiaran el mando de sus tropas, concediéndole otras dignidades: inverosímil es que honraran tanto al autor de tales infamias. Timeo no advierte que al maltratar con tanta crueldad a Demochares, a quien más daña es a los atenienses, que estimaron a este historiador hasta el punto de confiarle la defensa de la república y de la propia vida. No es, pues, Demochares merecedor de la censura de Timeo.
Cierto que el poeta cómico Anchedicos propagó contra él necedades, que Timeo ha cuidado recoger y aprovechar, y que no fue el único en tal hazaña, pues también se desencadenaron contra Demochares los amigos de Antipater por haber dicho en público muchas cosas que podían molestar a este príncipe y a sus herederos y deudos, entre éstos a Demetrio de Faleres, de quien dice en su libro Demochares que estando al frente de los negocios públicos se vanagloriaba de su gobierno como pudiera hacerlo de su oficio un banquero o un artesano, alabándose de gobernar de tal forma, que cuanto podía contribuir a la comodidad de la vida encontrábase en abundancia y a bajo precio; que en los días de ceremonia iba delante de él una tortuga artificial escupiendo saliva; que los jóvenes cantaban en el teatro; que cediendo a los griegos las demás ventajas, reservábase Atenas la gloria de estar sometida a Cassander, y que este escritor tenía la imprudencia de oír sin ruborizarse aquellas pretendidas alabanzas. A pesar de esta sátira, ni Demetrio ni ningún otro ha dicho de Demochares lo que se atrevió a decir Timeo, y el testimonio de la patria merece más crédito que el de este fogoso historiador. ¿Son necesarias más pruebas para asegurar que Demochares es inocente de las obscenidades que se le atribuyen? Y aunque fuera verdad que incurrió en tales faltas, ¿qué ocasión o negocio obligaba a Timeo a revelarlas en su historia?
A la manera que un hombre prudente, cuando piensa tomar venganza de su enemigo no se propone principalmente la pena de que es acreedor su contrario, sino más bien lo que le conviene a él hacer; del mismo modo un murmurador no ha de atender principalmente a lo que merece oír su enemigo, sino a lo que le está bien a él decirle. Esta debe ser su más precisa consideración. Porque los que no tienen otra regla en sus acciones que los impulsos del odio y de la envidia, por precisión han de incurrir en mil despropósitos, y han de exceder los límites de la modestia en cuanto digan. He aquí por qué con justa razón me parece desapruebo lo que Timeo profiere contra Demochares. En esta ocasión no merece excusa ni crédito, porque su genial malignidad le ha hecho prorrumpir visiblemente en desvergüenzas, que exceden los términos de la decencia. Lo mismo digo de las calumnias que profiere contra Agatocles; tampoco las apruebo, no obstante que fue el hombre más impío. Hablo de aquellas obscenidades que trae al final de su historia, donde dice que Agatocles desde su primera edad fue un burdel público, un hombre abandonado a toda incontinencia, un grajo, un milano de todo el que quiso conocerle; y que cuando murió, su mujer anegada en sollozos y lamentos le decía: «¿Qué no he hecho yo contigo, y tú conmigo?» En este pasaje no tanto se ve la desvergüenza de que hablábamos poco ha, cuanto se admira la maledicencia que en él rebosa. Pues con la misma relación que hace, se infiere con evidencia que Agatocles no pudo menos de haber estado dotado por naturaleza de prendas muy relevantes. Porque dejar la rueda, el humo y la greda, venirse a Siracusa a la edad de dieciocho años, llegar con tales principios después de algún tiempo a dominar toda la Sicilia, haber suscitado a los cartagineses los mayores peligros y al fin, envejecido en la tiranía, haber acabado sus días con el nombre de rey; por precisión se ha de confesar que Agatocles fue hombre grande y admirable, y que tuvo de la naturaleza grandes dotes y prendas para el manejo de los negocios. Un historiador no sólo debe dejar a la posteridad lo que puede difamar y desacreditar a un personaje sino lo que puede darle honor. Esto es propio de la Historia. Mas Timeo, ofuscado por su humor mordaz y maldiciente, nos refiere con malicia y exageración los defectos y no nos habla siquiera una palabra de las acciones gloriosas; ignorando que no miente menos un historiador por dejar de contar lo que ha pasado.

 

CAPÍTULO IX
Ley de Zaleuco acerca de la posesión de la cosa contextada hasta definitiva.- Duda acerca de esta ley.- Otra del mismo Zaleuco, acerca de los que pretenden interpretar las leyes.

Seguíase pleito en Locros entre dos jóvenes sobre un esclavo; el uno que lo había poseído por mucho tiempo, y el otro que sólo dos días antes de la contestación había salido al campo y se lo había traído por fuerza a casa estando ausente su dueño. El amo, informado del caso, se dirigió a la casa, cogió su siervo, le presentó en el tribunal, y manifestó que él debía ser el dueño dando fianzas; pues la ley de Zaleuco prevenía que se mantuviese en la posesión de la cosa controvertida durante el pleito a aquel en cuyo poder estaba cuando se contextó. El otro, fundado en la misma ley, sostenía que el siervo debía volver a su casa, pues de ella había sido extraído para traerle a juicio. Los jueces ante quienes dependía aquel pleito, no sabiendo qué decidir sobre el asunto, llevaron al esclavo al Cosmopolita, y le refirieron el hecho. Este supremo magistrado interpretó la ley diciendo que aquellas palabras en cuyo poder estaba cuando se contextó, se debían entender de aquel que últimamente hubiese estado en pacífica posesión por algún tiempo de la cosa contextada. Pero en el caso de que uno llevase a su casa una cosa quitándosela a otro por fuerza, y después el dueño se la extrajese para presentarla en juicio, la posesión de aquel no era legítima. El joven que había salido condenado negó que fuese este el sentido del legislador. Entonces el Cosmopolita propuso si había alguno que quisiese discutir sobre el sentido de la ley, según la fórmula prescrita por Zaleuco. Esta se reducía a que los dos sustentantes explicasen con una soga al cuello el espíritu del legislador en una junta de mil personas; y aquel que peor interpretase el sentido de la ley, fuese ahorcado delante de los mil con su misma soga. A esta propuesta del Cosmopolita replicó el joven, y dijo que no era igual el trato; pues que el Cosmopolita, teniendo ya poco menos de noventa años, apenas le quedarían de vida dos o tres, en vez de que a él le restaba aún probablemente la mayor parte. Con este gracejo el joven redujo a pasatiempo un acto tan serio, y los jueces decidieron según el parecer del Cosmopolita.

 

CAPÍTULO X
Rebatimiento de lo que Calistenes escribe de Alejandro. Falta de conocimientos de este historiador en la táctica, que le hace cometer innumerables desatinos e imposibles en la descripción de las batallas.

Relataremos una sola batalla que se dio de poder a poder en la Cilicia entre Alejandro y Darío, batalla la más famosa, la menos lejana del tiempo en que nos encontramos, y lo principal, en la que se halló el mismo Calistenes. Ya Alejandro, manifiesta este historiador, había cruzado los desfiladeros llamados en Cilicia las Pilas, y Darío emprendida la marcha por las Pilas Amanidas, había llegado con su ejército a la Cilicia, cuando informado este príncipe por los naturales, de que Alejandro iba marchando delante hacia Siria, se propuso seguirle: que llegando a unos desfiladeros, acampó sobre el río Pinaro; que había en aquel lugar un espacio que no tenía desde el mar hasta el pie de la montaña más que catorce estadios, y que el río, naciendo en la montaña entre dos precipicios, corría serpenteando por el llano hasta el mar, metido entre dos colinas escarpadas e inaccesibles. Expuestas estas circunstancias, dice que como Alejandro, vuelto sobre sus pasos, se fuera ya acercando al enemigo, Darío y sus generales decidieron ordenar toda la falange en el mismo campamento; que antes tenían, cubrirse con el río que pasaba por delante, colocar la caballería a la orilla del mar, contiguos a ésta los extranjeros sobre la margen del río, y los coraceros junto al pie de las montañas.
En verdad que es difícil comprender cómo Darío situó estas tropas delante de la falange, pasando el río por el pie del mismo campo, y siendo tan excesivo el número de sus gentes. Según el mismo Calistenes, tenía treinta mil caballos, y otros tantos extranjeros. Ahora, pues, qué espacio ocupe este número de tropas es fácil saberlo. Regularmente en las batallas verdaderas se forma la caballería sobre ocho de fondo. Entre escuadrón y escuadrón es preciso haya un intervalo proporcionado al frente de cada uno, para mejor efectuar las evoluciones hacia el costado o hacia la espalda. De que resulta que ochocientos caballos ocupan un estadio; ocho mil, diez; tres mil doscientos, cuatro; de suerte que once mil doscientos caballos vienen a llenar el espacio de los catorce estadios. Conque para formar en batalla los treinta mil era preciso con corta diferencia que estuviesen en tres cuerpos en pos los unos de los otros. Y pregunto ahora: ¿dónde estaban situados los extranjeros? Se me dirá acaso que a espaldas de la caballería. Pero esto no puede ser, porque según Calistenes estas tropas tuvieron que luchar en el combate con los macedonios; de donde es preciso inferir que la mitad del terreno de parte del mar estaba ocupado por la caballería, y la otra mitad de parte de las montañas por los extranjeros. Por aquí se puede sacar la cuenta de cuánta fuese la profundidad de la caballería, y a qué distancia estuviese el río del campamento.
Dice después, que cuando ya estaban a tiro los contrarios, Darío, que ocupaba el centro de su formación, hizo venir los extranjeros que se hallaban en una de las alas. De esta proposición se origina otra duda. Porque los extranjeros y la caballería por precisión habían de estar inmediatos en medio de este terreno. Luego si Darío estaba entre los mismos extranjeros, ¿cómo, para qué, o a qué efecto era llamarlos? Por último, añade que la caballería del ala derecha se adelantó para cargar sobre Alejandro; que éste sostuvo el ímpetu con valor y la atacó asimismo por su parte, de que se originó una atroz refriega. Pero no se acuerda de que había un río de por medio, y un río tal como el que él acaba de describir.
Iguales contradicciones comete en lo que dice de Alejandro. Según él, pasó al Asia con cuarenta mil infantes y cuatro mil quinientos caballos, y cuando ya estaba para entrar en la Cilicia, le vinieron de Macedonia otros cinco mil hombres de a pie y ochocientos de a caballo. Quitémosle tres mil infantes y trescientos caballos, que es lo más que se puede destacar de un ejército para diferentes ministerios; y aun así vendrán a quedar cuarenta y dos mil hombres de infantería. Sentado este principio, añade que Alejandro tuvo noticia de la llegada de Darío a la Cilicia cuando ya sólo distaba de él cien estadios y había cruzado los desfiladeros; que con este motivo tuvo que volver sobre sus pasos y tornar a pasar aquellas gargantas, puesta a la vanguardia la falange, a espalda de ésta la caballería, y detrás de todo, el bagaje; que lo mismo fue verse en campo llano, ordenó formar en batalla la falange, y puso sus líneas al principio sobre treinta y dos hombres de fondo, un poco más adelante sobre dieciséis y al fin cuando ya estaba próximo al enemigo, sobre ocho. Estos aún son más clásicos absurdos que los anteriores. Pues mil seiscientos hombres, puestos sobre dieciocho de altura, con los espacios correspondientes a una marcha, y dejando sólo seis pies de línea a línea, ocupan un estadio; por consiguiente dieciséis mil cogerán diez, y un número doblado veinte. De donde se ve palpablemente que cuando Alejandro ordenó su ejército sobre dieciséis de fondo, era preciso que llenase un espacio de veinte estadios; y aun todavía sobraba toda la caballería y diez mil infantes.
Poco después dice que cuando Alejandro se vio a cuarenta estadios del enemigo, condujo su ejército de frente; delirio el mayor que se puede excogitar. Porque, ¿dónde es capaz hallar, mayormente en la Cilicia, un llano de veinte estadios de ancho y cuarenta de largo que necesita una falange armada de lanza para marchar de frente? Son tantos los inconvenientes a que está sujeta una formación semejante, que no es fácil enumerarlos. Como prueba de ello bastarán únicamente los que el mismo Calistenes confiesa. Los torrentes, dice, que se despeñaban de aquellas montañas, habían formado tantas cavernas en el llano, que los más de los persas perecieron en sus concavidades cuando huían. Conque, según eso, Alejandro quiso tener dispuesto su ejército para cualquier lado que el enemigo ya se presentase. ¿Y se puede dar cosa menos dispuesta para esto que una falange cuyo frente está desunido y roto? ¿Cuánto más fácil le hubiera sido ordenarse en batalla, adaptándose a la formación que llevaba en el camino, que no conducir sobre una línea recta sus tropas interrumpidas y divididas en el frente, y emprender la acción en un terreno quebrado y montuoso? Era sin duda mucho más ventajoso haber manchado con su ejército dividido en dos o cuatro falanges, pues no era imposible hallar sitio proporcionado para esto sobre el camino; y le hubiera sido fácil formarse rápidamente en batalla, puesto que podía saber con mucha anticipación por sus corredores la llegada del enemigo. Pero aquí Calistenes, fuera de otros despropósitos, ni siquiera sitúa a la vanguardia la caballería, siendo así que conduce el ejército por tierra llana; sino que la hace marchar al igual de la infantería.
Pero el mayor absurdo de todos es decir que cuando ya estuvo próximo al enemigo, situó sus tropas Alejandro sobre ocho de fondo. De aquí se sigue, que la falange había de tener por precisión cuarenta estadios de longitud. Demos que se hallase tan del todo apiñada, que estuviesen tocándose los unos con los otros; aun así era forzoso que ocupasen veinte estadios. Es así que Calistenes dice que no llegaban a los catorce; que de éstos una parte hacia el mar... estaba vacía y otra a la derecha; y que entre el campo de batalla y los montes se había dejado un espacio conveniente, para no estar dominados del cuerpo de tropas apostadas al pie de las montañas. Pues aunque es cierto que contra este cuerpo opone otro de parte de Alejandro en forma de tenaza, para eso le dejamos diez mil infantes, número mayor que el que él puede apetecer. Conque venimos a sacar, según su propia confesión, que sólo venían a quedar para la falange a lo más once estadios de longitud, dentro de los cuales habían de estar encerrados por precisión treinta y dos mil hombres sobre treinta de fondo. Esto no obstante, dice que en el momento del combate estaba formada la falange sobre ocho de fondo. He aquí una clase de yerros inexcusable. La imposibilidad de los hechos está por sí misma saltando a los ojos. Porque designar los espacios de hombre a hombre, determinar la magnitud del terreno, contar el número de tropas, y después mentir, no admite excusa. Sería largo de contar añadir a éstos todos los despropósitos que ha cometido; bastará referir unos cuantos. Manifiesta que todo el empeño de Alejandro al formarse en batalla fue situarse de modo que tuviese que pelear con el mismo Darío, y que la misma intención tuvo Darío al principio contra Alejandro, mas después cambió de parecer; pero no nos dice siquiera una palabra ni de cómo se penetraron mutuamente las intenciones, ni qué puestos ocuparon en sus respectivos ejércitos, ni adónde se transfirió Darío después que mudó de decisión. A más de esto, ¿qué motivo pudo haber para que la falange formada subiese sobre la margen del río, generalmente escarpada y cubierta de jarales? Imputar a Alejandro un absurdo semejante, cuando es notorio que desde niño aprendió y ejercitó el arte de la guerra, sería injusticia; más regular será atribuirlo al historiador, cuya ignorancia no le permitía discernir lo posible de lo imposible en tales casos. Pero esto baste de Eforo y de Calistenes.

 

CAPÍTULO XI
Polibio sale en defensa de Eforo y Calistenes ante las censuras de Timeo.

Frecuentemente declama Timeo contra Eforo, sin advertir que él mismo incurre en dos faltas y reprende airado defectos que no supo evitar, empleando frases e inspirando a sus lectores ideas tales, que hacen sospechar extravío en su entendimiento. Si con justificado motivo hizo morir Alejandro a Calistenes en el suplicio, ¿cuál no merece Timeo? Porque, de seguro, más irritada debe hallarse la divinidad contra él que contra Calistenes. Negóse éste siempre a poner a Alejandro en el rango de los dioses, a pesar del general convencimiento de que nunca produjo la naturaleza humana ser que pudiera igualársele, y Timeo, en cambio, pone sobre los dioses mayores a un tal Timoleón, cuyo único viaje militar fue de Corinto a Siracusa. ¡Buen trecho en comparación del universo! Antojárase a Timeo que si por distinguirse en un rinconcillo del mundo, como lo es Sicilia, merece Timoleón figurar en su historia al nivel de los héroes más famosos, por haber escrito él lo que sucedió en Italia y Sicilia se le compararía a los que han escrito la historia del mundo entero. Paréceme que quedan vengados Aristóteles, Teofrasto, Calistenes, Eforo y Demochares de los insultos que Timeo les prodigó. Lo que he dicho de este historiador basta para desengañar a quienes le creen escritor de ánimo recto y desapasionado.

 

CAPÍTULO XII
La irreflexión de Timeo se demuestra con sus propios escritos.

En verdad cuesta trabajo averiguar el carácter de este historiador. De darle crédito, conoceríase el de los poetas y otros escritores en determinadas frases que con frecuencia repiten. La de «distribuir la carne», que Homero emplea muchas veces, prueba, a juicio de Timeo, que este poeta era aficionado a comer. Aristóteles habla frecuentemente de condimentos, y esto basta para persuadirle de que era goloso y aficionado a lo exquisito, defecto que asimismo atribuye a Dionisio, por gustar a este tirano la limpieza de los lechos y buscar con empeño los más variados y ricos tapices. Dada esta manera de juzgar, hay que deducir que Timeo tenía genio adusto y difícil de contentar, porque, grave y severo para la crítica, sus ideas propias son ilusiones, prodigios, cuentos de vieja y supersticiones impropias hasta de una mujer. Por lo demás, lo ocurrido a Timeo prueba que la ignorancia y falta de juicio ciegan a veces a algunos escritores hasta el punto de apartarlos dejos del asunto que han de tratar y de impedirles ver lo que precisan.

 

CAPÍTULO XIII
Con respecto al toro de Falaris.

Fue creencia general antes de Timeo la de que Falaris había hecho construir en Agrigento un toro de bronce, en el interior del cual introducía a los condenados a muerte, y encendiendo por debajo del toro una hoguera, calentábase el bronce hasta quemar y consumir a los encerrados en aquel horno. Asegurábase también que el toro estaba construido de forma que los gritos de los desgraciados por la violencia del suplicio parecían mugidos del animal. Decíase igualmente que durante la dominación de los cartagineses en Sicilia fue transportado el toro de Agrigento a Cartago, y que se veía aún la abertura por donde el tirano hacía meter a sus súbditos sospechosos. No hay motivo alguno, para suponer que este toro había sido construido en Cartago. A pesar de la tradición por todos admitida, Timeo niega el hecho, y afirma que los poetas e historiadores al referirlo se engañaron; que nunca fue llevado el toro de Agrigento a Cartago, y que ni estuvo siquiera en Agrigento. No encuentro calificativos para tal osadía, que merece todas las invectivas empleadas por Timeo en sus ataques. Bien se ve, por lo que antes hemos manifestado, cuán característicos eran en este historiador el embrollo y la falta de pudor y de veracidad, y se verá que además era completamente ignorante. Prueba de ello es, entre otras, lo que al fin de su libro XXI hace decir a Timoleón: «Toda la tierra está dividida en tres partes: una se llama Asia, otra África, y la tercera Europa.» Admiraría oír tal cosa al imbécil Margites, que entre los historiadores es el más ignorante.

Ciertamente tan fácil es censurar los errores como difícil no incurrir en ellos.

 

CAPÍTULO XIV
Nuestras críticas contra Timeo.

Tales faltas de Timeo son inexcusables, sobre todo en él, que procura curar a costa de los demás los padrastros que le salen en sus dedos. Censura, por ejemplo, a Teopompe haber dicho que Dionisio volvió de Sicilia a Corinto en un buque redondo, siendo así que hizo la travesía en un buque alargado; califica a Eforo de mentiroso porque dijo que Dionisio el antiguo ocupó el poder a los veintitrés años, reinó cuarenta y dos y murió a los sesenta y tres. Error de esta índole debe atribuirse al copista y no al historiador, que para cometerlo necesitaba ser más inepto que Cocebos y Margites, por no calcular que cuarenta y dos y veintitrés suman sesenta y cinco. Si de Eforo no puede suponerse tal cosa, claro es que el error lo cometió el copista. ¿Cabe, pues, aprobar en Timeo la ambiciosa pretensión de censurar a todo el mundo?

 

CAPÍTULO XV
Continuación del anterior.

Manifiesta Timeo en su historia de Pirro, que para conmemorar en determinado día la toma de Troya, los romanos mataban a flechazos un caballo de guerra en un sitio llamado el Campo, porque un caballo que se llamaba Durius había sido causa de la toma de esta ciudad. No puede darse explicación más pueril, conforme a la cual todos los bárbaros descenderían de los troyanos, porque todos o casi todos, al empezar una guerra o cuando van a librar batalla decisiva, acostumbran a inmolar un caballo, considerando presagio la manera como cae a tierra.

 

CAPÍTULO XVI
Más sobre Timeo.

Paréceme que, en esta parte de su justificación, Timeo no sólo da pruebas de impericia, sino de la torpeza hija de instrucción inoportuna y propia de quien, porque los romanos inmolaban caballos, imagina que lo tenían por costumbre, y que un caballo ocasionó la toma de Troya. Claro está que su historia de Libia, de Cerdeña y especialmente de Italia ha de ser defectuosa, por desatender el examen crítico de los hechos, que tan grande importancia tiene. Ocurriendo sucesos al mismo tiempo en muchos lugares, y no pudiendo un hombre estar a la vez en todos ellos y ser testigo ocular de todos los acontecimientos, no queda otro medio al historiador que reunir el mayor número de informes, elegir los testimonios más fidedignos y ser juez imparcial e ilustrado de los actos que relata. En este punto, aunque se rodee Timeo de las más imponentes apariencias, paréceme que se ha apartado mucho de la verdad, no sólo cuando se refiere a testimonios ajenos sin investigar lo que haya en ellos de verosímil, sino cuando habla de hechos que presenció o lugares que ha visitado. Prueba evidente de ello es lo que dice respecto a Sicilia; y su ignorancia y sus errores acerca de los sitios más célebres donde nació y vivió, excusa demostrar cuánto se equivoca respecto a otras cosas. Pues bien, dice que la fuente Aretusa que se encuentra en Siracusa, tiene nacimiento en el Peloponeso, en las aguas del río Alfeo, que después de recorrer la Arcadia y el territorio de Olimpia penetra bajo tierra en un espacio de cuatro mil estadios, corre por debajo del mar de Sicilia y reaparece en Siracusa, probándolo así el hecho de que, habiendo llovido una vez copiosamente mientras se celebraban los juegos Olímpicos, desbordóse el río, inundando el sagrado recinto, y la fuente Aretusa arrojó gran cantidad de excremento de los toros inmolados en la solemnidad, como además un frasquito de oro, que reconocieron y recogieron por haber pertenecido a la fiesta.

 

CAPÍTULO XVII
Preferencias por Aristóteles.

Por tanto quien juzgue estos hechos opinará como Aristóteles y no como Timeo. Es de todo punto absurda e inocente la opinión que sigue a la referida, y que intenta demostrar Timeo, de ser contrario a la razón que los esclavos de los lacedemonios, compañeros de armas de sus señores, cobrasen a los amigos de éstos el mismo cariño que a sus amos tenían, porque los que han sido esclavos y sin esperarlo les favorece la fortuna, procuran mantener y estrechar las relaciones de benevolencia con sus amos, y aun crear otras do hospitalidad y parentesco con ellos, por importárseles menos sus antiguos lazos de familia que los medios de borrar el recuerdo de su primera abyección y oscuridad. Prefieren, pues, pasar por descendientes que por emancipados de sus señores.
Es muy probable que sucediera esto a los locrenses. Efectivamente, muchas gentes que se expatrían, pasado algún tiempo y sin temor a testigos de su primera condición, son bastante cuerdas para no practicar costumbres que hagan sospechar su primitiva bajeza, procurando, por el contrario, borrar todo rastro de ella. Por esto los locrenses dieron a su ciudad nombre femenino, se formaron una genealogía por las hembras y renovaban amistades y alianzas que por esta línea ascendía a sus abuelos. El hecho de que los atenienses arrasaran un territorio no debe haber influido en la opinión de Aristóteles, porque siendo probable, según hemos manifestado, que los locrenses que partiendo de la Lócrida llegaron a Italia se atribuyeran, aunque hubiesen sido diez veces esclavos, relaciones de amistad con los lacedemonios, también lo es que los atenienses, en su rencor contra estos últimos, atendieran más a la atribuida amistad que a la intención con que se manifestaba. Pero, ¿por qué los lacedemonios ordenaron regresar a la patria a los jóvenes para reparar las pérdidas de la población, y no permitieron a los locrenses hacer lo mismo? En ambas cuestiones existe gran diferencia entre lo verosímil y lo verdadero. No debían los lacedemonios impedir a los locrenses hacer lo que ellos mismos hacían, porque era absurdo, y aun induciéndoles a que les imitasen, no hubieran consentido en ello los locrenses, por causa de que las costumbres e instituciones de Lacedemonia permitían a tres o cuatro hombres, y aun a más cuando eran hermanos, tener una sola mujer, cuyos hijos les pertenecían en común, de igual modo que es frecuente y bien mirado en este pueblo que un hombre cuando tiene número suficiente de hijos ceda su mujer a alguno de sus amigos. He aquí por qué los locrenses, que no se habían comprometido como los lacedemonios con imprecaciones y juramentos a no volver a sus casas sin tomar antes a Messena a viva fuerza, no esperaron a regresar en masa, sino por pequeños y raros destacamentos, dando tiempo a los hombres para tener comercio carnal con esclavas y mujeres casadas, cosa que hicieron especialmente las solteras, y que fue causa de la emigración.

 

CAPÍTULO XVIII
Mentiras e infidelidades.

Declara Timeo que la mayor falta que puede cometer un historiador es la mentira, y que los historiadores convencidos de impostura pueden elegir para sus obras cualquier otro título, menos el de historias.

Estamos de acuerdo; pero advierto que existe gran diferencia entre la infidelidad cometida por ignorancia y la voluntaria: digna aquella de perdón, debe ser corregida con indulgencia; ésta, por el contrario, es acreedora a justa e inexorable censura, y por ello la merece Timeo. Sirva esto para comprender su carácter.

 

CAPÍTULO XIX
Explicación de un proverbio.

A los que faltan a sus compromisos, se les aplica el proverbio: «Locrenses en los convenios». Investigando el origen de este dicho, se sabe que los historiadores y los que no lo son afirman de acuerdo lo siguiente: Cuando la invasión de los heráclidas, acordaron los locrenses con los del Peloponeso en levantar farolas en señal de guerra si los heráclidas pasaban, no por el istmo, sino doblando el cabo Rhion. Advertidos los del Peloponeso de antemano por medio de estas señales, podían prepararse contra el ataque. Pero no sólo dejaron de ponerlas los locrenses, sino que al presentarse los heráclidas pusieron farolas en señal de amistad, y así los heráclidas pasaron sin dificultad alguna; y los del Peloponeso, a causa de la traición de los locrenses, no se informaron a tiempo ni pudieron impedir que el enemigo llegara a sus moradas.

 

CAPÍTULO XX
Sobre ciertas fantasías.

...Acusar y buscar en las memorias visiones de soñadores y apariciones de genios... Quienes se permiten no pocas de estas sandeces, en vez de censurar a los demás, como hace Timeo, deberían contentarse con no ser censurados. Manifiesta, efectivamente, que al escribir tales cosas Calistenes, había sido un adulador, y que, apartándose mucho de la filosofía, prestó atención a los cuervos y a las mujeres delirantes y que recibió de Alejandro justo castigo por haber perjudicado cuanto pudo su gloria y fortuna. Pero Timeo elogia a Demóstenes y a los oradores que en su tiempo florecieron, y dice que se mostraron dignos de Grecia negándose a conceder a Alejandro honores divinos, mientras el filósofo Calistenes, que otorgó a un mortal la égida y el rayo, recibió de la divinidad justo castigo a su cobardía.

 

CAPÍTULO XXI
Continuación de las censuras contra Timeo.

Hasta el final de un suceso, como se apura la última gota de un licor, así debe formarse opinión en el asunto de que tratamos. Si, efectivamente, se descubren en una historia dos o tres falsedades de propósito escritas, es evidente que nada de lo dicho por el autor puede inspirar seguridad y confianza. Procuremos desengañar a los partidarios de Timeo, refiriéndonos especialmente a las arengas, a las alocuciones, y sobre todo, a los discursos de los embajadores; en una palabra, a todas las composiciones de esta clase que son como puntos capitales de los hechos y abarcan toda la historia. Ahora bien: ¿qué lector no comprende que Timeo publica deliberadamente discursos inventados? Porque ni relata lo que se dijo ni cómo se dijo: proponiéndose por el contrario, demostrar cómo se debía hablar, da todos los discursos y enumera todas las circunstancias de los hechos, como pudiera hacerlo en un certamen oratorio sobre asunto dado, para ostentar su talento, no como narración que reproduce el lenguaje del orador sin ofender la verdad.
Deber especial del historiador es conocer primero los discursos tal y como realmente se han pronunciado, e investigar en seguida la causa que ha producido el buen o el mal éxito del acto o del discurso, porque si este género de elocuencia por su misma sencillez interesa, en cambio por sí solo no produce utilidad real, pero añadiéndole la exposición de las causas hace fructífera la lectura de la Historia. Efectivamente, en circunstancias análogas, aplicadas a nuestra situación propia y particular, nos proporcionan medios y datos para prever el porvenir, y unas veces evitando y otras imitando ejemplos de lo pasado, acometemos con mayor seguridad nuestras empresas. Pero omitiendo Timeo los discursos pronunciados sin dar cuenta de las causas y reemplazándoles con rebuscados argumentos y palabreras digresiones, quita a la Historia su verdadero carácter. He aquí la principal ocupación de este escritor, y ninguno de nosotros ignora que menudean en sus obras los retazos de este género.
Pero acaso se pregunte, por qué siendo Timeo tal y como le presentamos, tiene entra determinadas personas tanto prestigio y autoridad. La causa consiste en que se le juzga, no por lo que él refiere y afirma, sino por las críticas que hace de las obras de otros, para lo cual tiene, en mi opinión, aptitud y energía singulares. Lo mismo sucede al físico Estratón. Cuando analiza o refuta los conceptos de otro está admirable; pero al exponer sus ideas propias, dicen los inteligentes que es más mediano e incapaz que los autores objeto de sus censuras. Así imagino que ocurre a nuestro historiador como a todos nosotros en el curso de la vida, siéndonos fácil censurar a otros y difícil mostrarnos irreprochables. En general, se advierte, preciso es confesarlo, que los más arrojados para la censura son quienes cometen mayores faltas en su conducta personal.
Además de la referida, ofrece también Timeo otra singularidad. Por haber vivido cerca de cincuenta años en Atenas, se empapó en el estudio de las memorias relativas a los antiguos tiempos, imaginando en seguida que tenía las mejores dotes para escribir la historia. Opino que se engañó, porque teniendo la historia y la medicina la semejanza como ciencias de que ambas se dividen en tres partes completamente distintas, los que al estudio de las dos se dedican lo hacen con idéntico método. La medicina, por ejemplo, se divide en tres partes: es la primera la medicina racional; la segunda la medicina dietética, y la tercera la medicina quirúrgica o farmacéutica. La fanfarronería y la impostura caracterizan por regla general este arte, y sobresale en explotarlas el racionalismo nacido principalmente en Alejandría entre los que allí se llaman herofilianos y calimaquianos, produciendo con sus fastuosas apariencias y la brillantez de sus promesas tal ilusión, que a su lado parecen ignorantes los demás médicos; pero al llegar a la aplicación, cuando están junto al enfermo, se les ve tan desprovistos de conocimientos prácticos como los que jamás han saludado una obra de medicina. Seducidos por su lenguaje, algunos enfermos de dolencias leves confiáronse a ellos y han visto en peligro su vida, porque estos médicos se parecen a los pilotos que dirigen el barco con un libro. No obstante, cuando recorrían con gran ostentación las ciudades y agrupábase la multitud al pie de los tabladillos desde donde pronunciaban los discursos, ponían en grande apuro a los aficionados a juzgarles por sus obras entregándoles al desprecio del auditorio, ventaja que el lenguaje persuasivo consigue fácilmente de la práctica y la experiencia. La tercera parte del arte de curar, que reúne el carácter de los dos anteriores métodos, no sólo se cultiva poco, sino que, gracias a la falta de juicio del vulgo, la eclipsan con frecuencia el charlatanismo y la audacia.
Ocurre lo mismo con la Historia práctica, que se divide en tres partes: una tiene por objeto investigar las memorias de pasados tiempos y reunir materiales; otra observar ciudades, comarcas, ríos y puertos, en general las particularidades y distancias de tierra y mar, y la tercera narrar los acontecimientos políticos. Como sucede en la medicina, alentados por la opinión preexistente se dedican muchos a esta última parte de la Historia, sin otros títulos que su destreza, audacia y trapacería, y cual mercaderes de antídotos o específicos, su único objeto es adquirir una reputación que les proporcione, con el favor del público, medios de subsistencia. Hombres de esta especie no merecen que me ocupe más de ellos.
Otros, por el contrario, que al parecer consagran su inteligencia y estudios a escribir una historia cual hábiles médicos, tan pronto como sacan de los libros todos los materiales créense en estado de comenzar su obra.

Útil es referir las vicisitudes del destino de estos hombres y los acontecimientos de los pasados tiempos, porque el conocimiento de lo sucedido nos hace más atentos a las cosas de lo porvenir, siempre que pueda contarse con la veracidad de la historia; pero cometería insigne error quien creyera, como Timeo, que tenía bastante con esta única competencia para escribir hábilmente la historia: tanto valdría creerse pintor, y pintor hábil, por haber visto cuadros antiguos.

Quedará demostrado esto con lo que he de decir en adelante, y particularmente con lo ocurrido a Eforo en algunos puntos de su historia. Paréceme que este historiador conocía algo las batallas navales, pero no las terrestres. De aquí que cuantas veces habla de los combates por mar próximos a Chipre y a Gnido y de las empresas de los generales del rey de Persia contra Evagoras en Salamina, o contra los lacedemonios, se admira con razón la elocuencia y habilidad del historiador, y su relato sirve de útil enseñanza para casos parecidos; pero cuando refiere la batalla de tebanos y lacedemonios en Leuctras, o la de Mantinea, en la que Epaminondas perdió la vida, si se atiende a las diversas partes de la narración y se siguen las varias evoluciones y movimientos militares que en el calor del combate describe, adviértese ser aquello tan ridículo e inhábil como si jamás hubiese visto cosa parecida. Y prueba la ignorancia del historiador, no tanto la batalla de Leuctras (batalla sencilla en la cual se practicó un solo género de operaciones militares), como la de Mantinea, que fue tan variada, manifestándose verdadero talento de mando; todo lo cual desaparece en esta historia por ignorancia del historiador. Lo dicho será evidente para los que, pudiendo darse cuenta del aspecto de los terrenos, quieran representar en ellos la ejecución de los movimientos que Eforo describe.
Lo mismo sucede a Teopompo y a Timeo, y algo diré de este último. Fácil es comprender por qué han obrado todos así, y lo que cada cual ha querido hacer. Por lo demás, todos se portan como Eforo.

 

CAPÍTULO XXII
Necesidad de conocer el arte militar para tratar de hechos militares.

Ciertamente tan imposible es escribir bien de asuntos militares sin conocimiento del arte de la guerra, como discutir los negocios públicos sin estudiarlos ni practicarlos; por consiguiente, quien se contenta con la lectura de los libros, no puede producir en el género de la historia nada hábil y perfectamente cierto, y de sus escritos no sacará fruto alguno el lector, porque quitando a la historia la utilidad que puede ofrecernos, queda sólo una composición miserable e indigna de persona inteligente. Debo añadir que si se quiere escribir en particular sobre ciudades y países, se cometerán errores de igual índole de no estar perfectamente versado en geografía, por omitir muchas cosas dignas de ser referidas y contar otras que no debían mencionarse. Así sucedió a Timeo por no viajar.

 

CAPÍTULO XXIII
Sigue la crítica contra Timeo.

Timeo, en el libro XXXIV de su historia dice: «Durante cincuenta años he sido huésped de Atenas, estudiando atentamente todos los usos de la guerra.» No habiendo visitado nunca ninguno de los países que describe, cuantas veces tiene que dar en su obra alguna noción de geografía incurre en falsedad por ignorancia, y si alguna vez atina con la verdad lo ocurre como al pintor, que para representar animales salvajes copia los domésticos; encontrándose en ellos las formas exteriores, pero no el vigor independiente que caracteriza al animal salvaje, ni la vida real, que es el principal objeto de la pintura. Esto ha sucedido a Timeo, como a cuantos se fían demasiado de los conocimientos que de los libros sacan. A todas sus narraciones las falta la savia, la vida, que sólo se encuentra en los historiadores que han manejado por sí mismos los negocios, y que son los únicos capaces de inspirar al lector sensaciones útiles y duraderas. Por ello nuestros antepasados buscaban esta cualidad evidente de acción personal en todos los comentarios, queriendo que los que escribiesen de política fueran hombres políticos y hubiesen demostrado habilidad al serlo; los que de guerra, hubiesen batallado arrostrando los peligros, y los escritores sobre la vida doméstica supieran por sí lo que es el matrimonio y la educación de los hijos. De esta suerte, cada composición literaria se acomoda a un género de vida, y es lo cierto que sólo se encuentra utilidad en los que escriben sobre lo que han hecho y se aplican a esta historia práctica. Se me dirá sin duda que es por demás difícil tener conocimientos prácticos de todas las artes y ciencias; pero conviene apropiarse los principales y de más común uso. Y que esto no es imposible bien lo prueba Homero, en quien brilla extenso y variado conocimiento de todas las cosas. Dedúcese de ello que el estudio de los libros es la tercera de las cualidades del historiador, aunque no tenga tal rango en nuestro autor. Prueban fácilmente esta verdad los discursos, las exhortaciones y las arengas de los embajadores que Timeo escribe. A corto número de lectores agradan sus extensos discursos: la mayoría los prefiere cortos, y algunos que no los hubiera escrito. Nuestro siglo desea una cosa; el pasado deseaba otra. Unas gustaban a los etolios, otras a los del Peloponeso y otras a los atenienses; y los mismos atenienses, según los tiempos, preferían esto a aquello. Multiplicar tales discursos aprovechando cualquier motivo, como lo hace Timeo, siempre palabrero en lo que escribe, es ocupación miserable y digna de escuela. Este sistema ha hecho con frecuencia mucho daño a los historiadores, provocando el disgusto del lector; pero es un mérito real escoger oportunamente el momento para los discursos y darles el tono y medida que les convienen.
Siendo el empleo de las peroraciones cosa vaga e incierta, no puede determinarse con precisión ni el número ni la forma. Para que sirvan al historiador en vez de causar daño a su libro, necesita tener conocimientos, habilidad y experiencia literaria. Difícil es enseñar la manera de aplicarlas bien, y no se conseguirá hacer esto sin conocer perfectamente los usos y costumbres. Por lo que al momento presente hace, explicaré mi opinión. Si cuantas veces la ocasión se ofrezca nos transmiten los historiadores deliberaciones y consejos verdaderos, si reproducen los discursos que efectivamente se pronunciaron, si explican en seguida las causas por las cuales tal o cual orador ha obtenido este o aquel resultado, podrá sacarse conocimiento útil de los negocios, examinando qué discursos son aplicables a otros asuntos o difieren de ellos; pero es muy difícil llegar a las causas de los acontecimientos, y facilísimo hacer ostentación de elocuencia, siendo pocos los hombres capaces de decir lo que conviene en breves palabras y de estudiar con fruto las reglas, y nada tan fácil como decir a tontas y a locas multitud de necedades.

 

CAPÍTULO XXIV
Final de las críticas contra Timeo

Para finalizar la prueba de mi juicio sobre Timeo y de lo dicho acerca de su ignorancia y propensión a faltar a sabiendas a la verdad, citaré algunos de sus escritos que pasan por más fidedignos. Sabido es que de todos los que dominaron en Sicilia, los más hábiles fueron Hermócrates, Timoleón y Pirro de Epiro, siendo inconveniente atribuir a tales hombres discursos dignos de estudiantes. Pues bien, Timeo refiere en su libro XXI, que cuando Eurimedón se trasladó a Sicilia y excitaba a las ciudades a declarar la guerra a los siracusanos, agobiados por el infortunio los ciudadanos; de Gela, enviaron diputados a los camarinienses para obtener una tregua, y éstos se apresuraron a atender su demanda. Ambos pueblos de común acuerdo despacharon embajadores a sus aliados, pidiéndoles que enviasen a Gela ciudadanos escogidos y fieles para concertar las condiciones de la paz con recíprocas ventajas. Cuando los embajadores se presentaron en el Senado y comenzó la deliberación del asunto, Timeo hace hablar de esta manera a Hermócrates:
«Empieza Hermócrates elogiando a los ciudadanos de Gela y a los camarinienses, primero por haber ajustado tregua entre sí, además por proporcionarle ocasión de hablar, y por último por haber tomado sus precauciones para que... porque sabían muy bien la diferencia que existe entre la guerra y la paz. En seguida pone en su boca dos o tres vulgaridades políticas. «Os falta, dice, conocer bien cuánto difieren la guerra de la paz», cuando ya les había manifestado que sabía muy bien la diferencia entre la paz y la guerra... Da gracias a los ciudadanos de Gela por no usar de la palabra ante el Senado, que está perfectamente informado de todo... Sostengo, pues, que no sólo carece Timeo de conocimientos políticos, sino de los literarios que se aprenden en todas las escuelas. Nadie ignora que al lector se le deben decir las cosas desconocidas o mal sabidas, porque sobre las que todo el mundo conoce, es inútil escribir prolijas arengas; y Timeo por el contrario, incurre en este defecto, escribiendo largo discurso sin perdonar una frase, y con tales argumentos que de seguro nadie atribuirá a Hermócrates, por ser imposible que hablase como un niño quien tan poderoso auxilio dio a los lacedemonios en la batalla naval de Egeos- Pótamos y quien hizo prisioneras en Sicilia a las tropas atenienses con sus generales».

 

CAPÍTULO XXV
Argumentos que puede emplear un embajador como de principios generales para promover la paz o suscitar la guerra.

Procure ante todas las cosas traer a la memoria de los que componen el Congreso, que en tiempo de guerra nos hace levantar de la cama al amanecer el sonido de las trompetas, y en tiempo de paz el canto de los gallos. Expliqué la intención y modo de pensar de Hércules en la institución de los Juegos Olímpicos y solemnidad de esta fiesta; y que si hizo mal a todos los pueblos contra quienes llevó sus armas, fue por necesidad y precepto; pero que voluntariamente jamás hizo daño a mortal alguno. A consecuencia de esto diga, cómo Homero representa a Júpiter airado contra el dios Marte, y diciéndole:

Entre los dioses que el Olimpo habitan,
a ti solo aborrezco, porque solo
te agradan riñas, choques y batallas.

Traiga aquel otro dicho del héroe más prudente:

Quien la guerra sangrienta y cruel ama,
ni ley, ni hogar, ni tribu reconoce.

Añada que del mismo sentir que Homero es Eurípides, cuando dice:

¡Oh dulce paz, emporio de riquezas,
la más grata a los dioses inmortales!
Yo por ti anhelo; ¡cómo te detienes!
Temo de la vejez ser oprimido,
antes que llegue a ver el dulce día
en que todo resuene con canciones
y convites ceñidos de guirnaldas.

Finalmente, diga que la guerra se parece a la enfermedad, y la paz a la salud; que en ésta recobran su salud los enfermos, y en aquella pierden la vida los sanos; que durante la paz los viejos son enterrados por los mozos, pero durante la guerra los mozos por los viejos; y lo principal, que en tiempo de guerra ni aun existe seguridad dentro de los muros, en vez de que en tiempo de paz llega la tranquilidad hasta las fronteras. Y otras cosas semejantes.

Difícil me es decir cuántas más puerilidades pueden añadirse en una amplificación escolástica o en una lección en que se quiera argumentar a propósito de las personas presentes. Los discursos que Timeo atribuye a Hermócrates parece que han servido para distinto objeto que el atribuido.

En el mismo libro XXI, Timoleón induce a los suyos a dar batalla a los cartagineses, y cuando están a punto de venir a las manos, les aconseja que no atiendan al número de sus adversarios sino a su debilidad, «porque si es verdad que África está por todas partes muy poblada de hombres, dícese proverbialmente de un lugar desierto, una soledad africana, y no nace esta alocución de la soledad de los parajes, sino del corto número de habitantes, dotados de carácter viril». «En una palabra, añade, ¿quién teme a hombres que, olvidando que la naturaleza les ha dado las manos como ventaja sobre los animales, llévanlas ociosas bajo la túnica, y que además, se ponen debajo de éstas lazos para no parecer amedrentados ante el enemigo?»

 

CAPÍTULO XXVI
Promesas de Gelón para obtener la jefatura de las fuerzas de socorro.- Discretas decisiones sobre el particular.- Abusos.

A propósito de haber prometido Gelón socorrer a los griegos con veinte mil soldados de infantería y doscientos barcos si se le concedía el mando en jefe de las fuerzas de mar y tierra, refiérese que el Senado de los griegos, que por entonces residía en Corinto, inspirándose en sabia política, contestó a sus emisarios prescribiendo a Gelón acudir como auxiliar con sus tropas, dejando a los acontecimientos que dieran el mando en jefe a aquel cuya ayuda fuera más eficaz. Con esto quisieron demostrar que no cifraban todas sus esperanzas en el auxilio de Siracusa sino en sí mismos, y que exhortaban a todos sus amigos para acudir a la lucha del valor y a merecer la corona de la virtud. Pero de tal suerte multiplica y alarga Timeo y sus arengas sobre cualquier asunto; con tanto entusiasmo procura ensalzar a Sicilia sobre toda Grecia en esplendor y poder, mencionando cuanto allí se ha hecho como más bello y grande que lo sucedido en el resto del mundo; tanto pondera la sabiduría de los sicilianos como superior a toda otra sabiduría; habla, en fin, de los siracusanos como de personas tan eminentes y tan maravillosamente propias para los grandes negocios, que no podrían añadir hipérbole alguna los escolares aficionados a ejercitarse en el estilo admirativo con amplificaciones declamatorias llenas de vulgaridades sobre asuntos baladíes, como, por ejemplo, los elogios de Tersites, la crítica de Penélope o cualquiera otra necedad semejante.
El abuso de este hinchado estilo para presentar hombres y cosas en la narración, expone al ridículo a los que el historiador desea presentar como modelos. Les ocurre lo que a esos académicos deseosos de lucir elocuencia, que afectan cambiar a cada instante de terreno, replegándose en todos sentidos, y queriendo aturdir al adversario en un dédalo de cosas, evidentes unas y oscuras otras, tanto prodigan las fábulas admirables, tanto multiplican los argumentos, que llegan a haceros dudar de si los que viven en Atenas percibirán el olor de los huevos que se cuecen en Efeso, y si en realidad estáis en la Academia conversando de todo esto o sentados tranquilamente en vuestra casa hablando de cualquier otra cosa. Por este camino no sólo se apartan los académicos de su objeto, sino que además infunden en el temperamento de la juventud una verdadera enfermedad: la de perder el tiempo en la ostentación ridícula de vana palabrería, en vez de aplicarse al estudio de la moral, de la política y de la elocuencia, que es lo único digno de hombre razonable.
Así ha sucedido a Timeo y a los demás historiadores que le imitan. Refiriendo cosas maravillosas, y sosteniendo obstinadamente sus afirmaciones, excita a veces vana admiración y concíliase a los lectores con apariencias de verdad; a veces también desafía las dudas, queriendo persuadir con la fuerza de sus argumentos, siendo esta su costumbre cuando describe colonias y ciudades aliadas. En estas descripciones muéstrase a veces tan minucioso en los detalles de lo que él ha investigado y tan resuelto a criticar a los demás, que pudiera creerse a los otros escritores, en vez de atentos, dormidos como apáticos habitantes del universo, y a Timeo el único escrutador infatigable, juez hábil e historiador inteligente, y sin embargo, no negando que existen algunas buenas cosas en lo que dice, debo declarar que las falsedades abundan en su historia.
Resulta con frecuencia de la presunción de Timeo, que aquellos de sus lectores más aplicados al estudio de los primeros comentarios en que se describen las cosas de que acabo de hablar, después de haber preparado el espíritu a abarcar la grandeza universal de estas promesas estimándolas fidedignas, sufren con disgusto la contradicción, cuando se les demuestra que Timeo ha errado precisamente en lo que con más acritud censura a los otros historiadores, como lo he demostrado en lo que afirma respecto a los locrenses, no quieren perder la confianza en el historiador y prefieren enemistarse con quien prueba sus errores. Finalmente, y para decirlo de una vez, los que se aplican a estudiar con atención los comentarios de Timeo sacan por fruto de sus arengas y discursos convertirse en argumentadores pueriles y escolásticos.

 

CAPÍTULO XXVII
Sólo dos son los órganos del saber, el oído y la vista; pero éste más seguro.- Timeo, para investigar la verdad, sólo se valió del oído.- Dos formas de saber por el oído, la una la lectura, y la otra el propio examen.- Negligencia de Timeo con respecto a este último.- Es difícil indagar la verdad por sí misma, pero contribuye en gran manera para escribir bien historias e informarse de los hechos.- Cualidades de un historiador.- Vida de Timeo.

De Timeo poseemos, además de los comentarios, una parte de su historia general, llena del mismo fárrago de errores, y ya he juzgado algunos de sus párrafos. Diré ahora a qué atribuyo la falta de Timeo, y aunque a algunos parezca inverosímil, es sin duda la verdadera fuente de sus errores. Haciendo ostentación de asiduidad en las investigaciones, de larga práctica y de genio, y fingiendo los esfuerzos más concienzudos en la redacción de su historia, resulta en ciertas partes de ésta el más inhábil y negligente de los hombres que merezcan nombre de historiadores. Voy a confirmarlo con los hechos siguientes. De dos órganos con que parece habernos dotado la naturaleza para informarnos e instruirnos a fondo de las cosas, el oído y la vista, éste es incomparablemente más cierto, según Heráclito, porque los ojos son testigos más exactos que las orejas. De estos dos caminos de inquirir la verdad, Timeo ha elegido el más suave, pero el menos seguro. Por ahorrarse el trabajo de ir a verlo, se ha contentado con oírlo, y de dos formas que podemos percibir las cosas por el oído, a saber, la lectura de los libros y la investigación propia, ha andado muy indolente con esta última, como hemos manifestado anteriormente. La causa que le pudo impeler a esta preferencia es fácil de conocer, si se atiende a que los conocimientos que adquirimos por la lectura nos provienen sin peligro ni fatiga, únicamente con la mera prevención de avecindarnos en un pueblo donde exista copia de libros, o tener a la mano una biblioteca. Con este solo auxilio ya puede cualquiera, tendido a la larga y sin la más mínima incomodidad, investigar lo que pretende, cotejar los escritores pasados y advertir sus defectos. Pero aquellos otros conocimientos que nos provienen por investigación propia, cuestan muchas penalidades y gastos, bien que contribuyen infinito y constituyen la parte más apreciable de una historia. Esto lo comprueba el testimonio de aquellos mismos que han compuesto este género de obras. Eforo dice que si fuera dable que los historiadores mismos presenciasen todos los hechos, éste sería el mejor modo de conocerlos. Y Teopompo afirma, que aquel es más sobresaliente en el arte de la guerra, que se ha hallado en más combates. Aquel es más elocuente orador, que ha pleiteado mayor número de causas. Lo mismo ocurre en la medicina y el pilotaje. Pero esto mismo quien nos lo expresa con más energía es Homero, cuando queriéndonos mostrar cuál debe ser el hombre político, nos propone el ejemplo en la persona de Ulises, diciendo:

Aquel sagaz varón me acuerda, oh Musa,
que errante discurrió muchos lugares.

Más abajo:

Varias ciudades vio, y de muchos hombres
conoció las costumbres y las leyes.
En el mar de las ondas agitado
trabajos padeció muy insufribles.

Después:

Se halló en muchas batallas con los hombres.
Y surcó con fatiga muchos mares.

Un personaje como éste pedía, a mi entender, la dignidad de la historia. Platón decía que entonces serían felices los hombres, cuando los filósofos fuesen reyes o los reyes filósofos; y yo pudiera decir ahora, que entonces la historia se vería en su esplendor, cuando los hombres de Estado se propusiesen escribirla, no por pasatiempo, como ahora se hace, sino persuadidos a que entre todas las obligaciones, ésta, como la más necesaria y más honorífica, les debe ocupar toda la vida, sin dejarla de la mano; o cuando los que se ponen a escribirla, reputasen el uso y el manejo de los negocios por prevención indispensable para un historiador. Hasta entonces no se dejarán de encontrar defectos en las historias. Timeo no se tomó siquiera el más mínimo desvelo para adquirir estas cualidades. Se avecindó y vivió sin salir de un pueblo, casi como un hombre que de propósito hubiese renunciado a la vida activa. Sin conocimiento de las acciones militares, sin manejo de las civiles y sin aquella experiencia propia, hija de los ojos y de los viajes, con todo, y no se cómo llegó a la reputación y consiguió la preeminencia de historiador. Y que todos estos requisitos los exija la historia, es buena prueba su misma confesión en el prólogo del sexto libro. Algunos, dice, están en la opinión de que el género demostrativo pide más talento, más laboriosidad y más aparato que no la historia. Eforo, prosigue, fue el primero a quien chocó esta proposición; pero, no pudiéndola rebatir sólidamente, procuró a menos comparar y cotejar la historia con el género demostrativo. Esta afirmación es absurda y calumniosa para el historiador, porque Eforo en su Historia universal es verdaderamente admirable por su elocuencia, por la elección de los hechos y por la distribución de los asuntos; ingenioso siempre en las digresiones y en las máximas, hasta el punto de que cuantas veces, apartándose del asunto principal, adorna pomposamente algún discurso, no sé cómo ocurre que siempre se encuentra placer en comparar los talentos de historiador y de autor. Timeo, sin embargo, para que no parezca que calumnia a Eforo ni a ningún otro historiador, censura en términos generales cuanto hacen bueno los demás. Imagina que hablando mal en conjunto no habrá lector viviente que comprenda su malicia.
Ávido en ponderar la gloria que al historiador corresponde, empieza por decir que hay tanta distancia entre los estilos histórico y oratorio como entre verdaderos edificios y los fragmentos de lugares y casas que forman decoraciones teatrales; y en este camino llega a afirmar que es cosa mucho más difícil sólo el reunir los materiales necesarios para escribir una historia, que llevar a término las composiciones oratorias. Agrega que por su parte ha hecho gastos tan grandes y tantos esfuerzos para reunir los comentarios de algunos autores y obtener informes de los ligurios, galos y, añadiré por mi parte, hasta de los íberos, que duda haya persona capaz de prestar fe a lo que pueda decir. Cualquier historiador podría preguntarle si cree que cuesta más trabajo y gastos permanecer tranquilamente en una ciudad comprando libros y buscando informes sobre ligurios y galos, que visitar personalmente gran número de estas poblaciones y verlo todo con los propios ojos. ¿Acaso no es mucho más importante oír el relato de los combates de mar y tierra y de los asedios a los que en ellos tomaron parte y adquirir por sí mismo la experiencia de estos terribles acontecimientos y de todos los trabajos militares? No creo que haya tanta diferencia entre los edificios reales y figurados, entre la historia y el género oratorio, como hay en toda composición entre quien la cuenta sin conocimiento personal y probada experiencia y quien la escribe por tradiciones e informes.
Imaginan los inhábiles que nada es tan fácil a los historiadores como reunir los comentarios y aprender de quienes bien los saben el conjunto general de los sucesos, y toman sobre sí esta carga; pero también en este punto se equivocan, porque sin tener competencia, ¿cómo han de interrogar convenientemente sobre batallas de mar y tierra y sobre asedios de plazas, ni comprender el detalle de lo que les digan? La manera de interrogar es poderoso auxilio para el narrador, y una insinuación sirve de guía para comprender los hechos a quien los ha presenciado; pero el inhábil no sabe preguntar acerca de hechos que no presenciaron personas de su generación, ni comprende los acontecimientos ocurridos en su época, porque, presente de cuerpo, está ausente de inteligencia.

 

 

 

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