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P L U T A R C O

VIDAS PARALELAS - T O M O II

Comparación de Timoleón y Paulo Emilio

 

Capitulos del Tomo II: Pericles - Fabio Máximo - Comparación de Pericles y Fabio Máximo -- Alcibíades  - Coriolano - Comparación de Alcibíades y Coriolano -- Timoleón - Paulo Emilio - Comparación de Timoleón y Paulo Emilio -- Pelópidas - Marcelo - Comparación de Pelóidas y Marcelo.

 

 

COMPARACIÓN DE TIMOLEÓN Y EMILIO

I.- Habiendo sido tales, según la Historia, estos dos varones, es claro que el cotejo no ha de encontrar muchas diferencias y desigualdades: las guerras en que mandaron ambos fueron contra los más ilustres enemigos; la del uno contra los Macedonios, y la del otro contra los Cartagineses; sus victorias fueron asimismo sumamente celebradas, habiendo tomado el uno la Macedonia y extinguido la sucesión de Antígono en el séptimo rey, y arrancado el otro todas las tiranías de la Sicilia y dado a esta isla libertad e independencia: como no quiera alguno alegar en favor de Emilio que vino a las manos con Perseo cuando estaba en su mayor poder y acababa de vencer a los Romanos, siendo así que Timoleón acometió a Dionisio cuando ya estaba desalentado y quebrantado del todo, y a la inversa, en favor de Timoleón, que venció a muchos tiranos y las poderosas fuerzas de los Cartagineses, con el ejército que a suerte pudo recoger; no como Emilio, con hombres ejercitados en la guerra y prontos a obedecer, sino con soldados mercenarios sin disciplina y acostumbrados a no oír otra voz que la de su voluntad:
así es que se da la gloria a uno y otro general de haber conseguido iguales triunfos con medios desiguales.

II.- Fueron uno y otro íntegros y justos en el manejo de los negocios; pero Emilio parece como que naturalmente se formó de esta manera en virtud de las leyes patrias, mientras que Timoleón lo debió todo a sí mismo; la prueba de esto es que los Romanos en aquel tiempo todos sabían igualmente la táctica, estaban acostumbrados a obedecer y respetaban las leyes y la opinión de sus ciudadanos, y de los Griegos no hubo capitán o caudillo alguno en la misma época que no hubiese dado mala idea de sí en la Sicilia, fuera de Dión: y aun de éste muchos llegaron a sospechar que aspiraba a la monarquía y que traía en la imaginación un cierto reinado a la Espartana. Timeo refiere que los Siracusanos despidieron ignominiosa y afrentosamente a Filipo, por abominar de su codicia e insaciabilidad durante el mando; y muchos han escrito de las injusticias y tropelías que Fárax el Esparcíata y Calipo el Ateniense pusieron por obra, aspirando a dominar en Sicilia; ¿y qué hombres eran éstos, o cuáles sus hazañas, para tales esperanzas, cuando el uno había adulado a Dionisio ya en decadencia, y Calipo era uno de los extranjeros asalariados por Dión? Mas Timoleón, enviado por general a los Siracusanos que le habían pedido y suplicado, y que no buscaba mando, sino que le era debido el que admitió de los que voluntariamente lo pusieron en sus manos, con la destrucción de déspotas injustos puso término y fin a su generalato y autoridad. Lo que en Emilio hay de más admirable es que, a pesar de haber destruido un reino tan poderoso, no hizo mayor su hacienda ni una dracma y ni siquiera vio y tocó unos caudales de los que dio e hizo presentes a otros. No digo con todo que Timoleón merezca nota por haber admitido una casa y tierras, porque el admitir en tales ocasiones no es indecoroso; pero es mejor el no recibir nada, y el colmo de la virtud cuando se puede manifestar que de nada se necesita. Además, como en el cuerpo que puede aguantar el frío y el calor se reconoce su mejor constitución en estar bien dispuesto para ambas mudanzas, de la misma manera se manifiesta en el alma el vigor y fortaleza, cuando ni la prosperidad la conmueve y saca de quicio con el orgullo, ni las desgracias la abaten; en esto aparece más perfecto Emilio, porque en la adversa fortuna y en la gran pesadumbre que le ocasionaron los hijos, no se le vio con mayor abatimiento o menor dignidad que en medio de sus prosperidades. No así Timoleón, que, habiéndose portado dignamente cuando lo del hermano, ya después su razón no se sostuvo contra la pesadumbre, sino que, abatido con el arrepentimiento y la pena, en veinte años no pudo vencerse a ver la tribuna o la plaza pública, y si es bien que se huya y se tema lo que es indecoroso, el ceder fácilmente a toda especie de ilota podrá muy bien ser de un varón recto y sencillo, mas no de un ánimo grande y elevado.


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