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OVIDIO

LAS TRISTES

LIBRO V

 

Las Tristes : Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV - Libro V - Notas

 

LIBRO QUINTO

I.- Devoto lector, añade a los cuatro libros anteriores, este último que te envío desde el litoral Gético, pues también será tal como lo exige la fortuna del poeta; no encontrarás en él un solo verso regocijado: como mi situación es lamentable, lamentables serán mis versos y su tono en armonía con el asunto. Alegre y dichoso compuse mis alegres poemas juveniles, que hoy me arrepiento de haber escrito. Desde que caí, sólo canto mi súbita catástrofe, y soy a la vez el protagonista de mi argumento. Como el cisne yerto en ]a ribera del Caistro dícese que llora su muerte con voz desfallecida, así yo, relegado a las playas de los Sármatas, me esfuerzo en que mis exequias no pasen silenciosas. Si alguien pretende que mis versos retocen de voluptuosidad, le advierto que no lea estas elegías. Mejor le convendrá leer a Galo, a Propercio, con sus dulzuras y a Tibulo, de estilo tan delicado. Ojalá no me contase en el número de estos Yates. ¡Ay de mí! ¿Por qué mi Musa se atrevió nunca a ciertas libertades? Pero pago mi culpa en los confines del Ister que toca en la Escitia, por aleccionar al Amor provisto de su aljaba. En adelante mis poesías tratarán materias que todos puedan leer, y les ordeno que no se olviden del nombre que llevan. Si alguno me pregunta porqué canto tan dolorosos afectos, es porque he sufrido hondas amarguras. Mi composición no es hija del arte ni del ingenio, sino que se inspira en el fondo de los propios males, y no delata más que una mínima parte de ellos. Dichoso el que a lo menos consigue precisar su número. Cuantos arbustos hay en la selva, arenas en el rojo Tíber y tallos de blanda hierba en el campo de Marte, tantos rigores sufrí, cuya medicina y quietud eficaz las hallo sólo en el estudio y trato de las Musas. Me dices: «Nasón, ¿cuándo vas a poner término a tus poesías henchidas de lágrimas?» El día mismo que mude de fortuna; ella me suministra una fuente inagotable de quejas; no soy yo el que habla, es la voz de mi destino. En el instante que me devuelvas a mi patria y carisma esposa, la satisfacción se pintará en mi rostro, y seré el que antes fui. Si el enojo del invicto César se templase en mi favor, te brindaría canciones rebosantes de alegría. Sin embargo, mis escritos no se excederán como en mi juventud; basta que lo haya hecho una vez a costa de mi libertad. Cantaré lo que él mismo aplauda, si conmutándome parte de la pena me libra de la barbarie y los crueles Getas; en el ínterin, ¿qué estamparé en mis libros sino tristes impresiones?
Este es el tono que conviene a mis funerales. Me contestas que me estuviera mejor soportar callado mis dolores, y disimular mi caída en el silencio. Exiges que la tortura no me arranque ningún gemido, y prohibes llorar al que recibió una herida gravísima. El mismo Fálaris consintió a sus víctimas prorrumpir en mugidos, y quejarse por la boca del toro que inventó Perilo. No se ofendió Aquiles con las lágrimas de Príamo, y tú, más cruel que mi enemigo, me niegas el derecho al llanto. Cuando la prole de Latona privó a Níobe de sus hijos, no le impidió humedecer en lágrimas sus mejillas. De algo sirve aliviar con las quejas el tormento que nos mata, y esto explica las lamentaciones de Proene y Halción, y por esto el hijo de Peán en su antro helado fatigaba con sus voces las rocas de Lemnos. El dolor que se reconcentra nos ahoga, arde dentro del pecho y multiplica los efectos de su violencia.
Sé, pues, lector, indulgente, o rechaza todos mis libros si te daña todo lo que me sirve de lenitivo; mas no pueden perjudicarte; mis escritos sólo fueron perniciosos a su autor. ¿Te parecen malos?; convenido; mas ¿quién te obliga a leer malos versos? Y si los leíste sufriendo una decepción, ¿quién te impide lanzarlos lejos de ti? Yo no los corrijo; pero quienes lean mis poemas compuestos aquí, los juzgarán menos bárbaros que la tierra donde han nacido. Roma no debe compararme con sus excelsos vates; en cambio, entre los Sármatas pasaré por un gran escritor. Por último, yo no voy en pos de la gloria o del renombre que suele estimular al ingenio; sólo trato de evitar que mi ánimo se consuma en las incesantes Cuitas que le acometen, a pesar de su tenaz oposición. Os he manifestado los motivos que me impulsan a escribir. ¿Queréis saber por qué os envío mis libros? Porque quiero de cualquier modo vivir con vosotros.

II.- ¿Por qué palideces en el momento de recibir una nueva epístola del Ponto, y la abres con mano temblorosa? Depón el temor; gozo de salud, y mi cuerpo, antes enfermizo y poco recio en los trabajos, se mantiene con vigor, fortalecido por la continuidad del sufrimiento, si no he llegado más bien a ser un enfermo crónico; pero mi energía languidece y decae a medida que pasa el tiempo, y afectado por las tristezas anteriores, las heridas que juzgué sanarían a la larga, están recientes como si fuesen de ayer; sin duda los años nos curan los pequeños males, y agravan con su transcurso las grandes aflicciones. El hijo de Peán alimentó cerca de dos lustros la llaga envenenada con la sangre de la Hidra. Télefo pereciera consumido por úlcera incurable si no le sanase la mano que le hirió, y si no cometí ningún crimen, espero que un día se resuelva a remediar mi daño el mismo que lo produjo, y satisfecho con lo que he sufrido, quiera quitar un poco de agua a este mar lleno de amarguras. Por mucho que me perdone, disminuirá en poco mi dolor, y una parte de mi castigo me servirá de castigo entero.
Cuantas conchas hay en las playas y flores esmaltan los jardines, cuantos granos lleva la adormidera letal, cuantas fieras habitan las selvas y peces bogan en las olas, cuantas aves agitan el aire con sus alas, tantas son mis adversidades; si me empeñase en contarlas, sería como si quisiese contar el número de las olas del mar donde se ahogó Icaro. Sin mencionar las molestias del viaje, los inminentes peligros de la navegación y las manos prontas a atacarme, tengo por residencia una tierra bárbara, la última del vasto continente, y un país rodeado de feroces enemigos. Mi culpa no es un crimen, y creo que sería trasladado de aquí como tú me favorecieses con el debido celo. Aquel dios vencedor que sustenta el poderío romano, más de una vez se manifestó clemente con el vencido. ¿Por qué vacilas y temes peligros imaginarios? Llégate a él y suplícale; en todo el universo no hallarás mortal más compasivo que César. ¡Infeliz de mí! ¿Cuál será mi suerte si mis próximos deudos me abandonan? ¿También tú substraes el cuello al yugo que nos une? ¿Adónde me dirigiré? ¿Dónde hallar el bálsamo de mis heridas? Ya ninguna áncora sujeta mi nave. Pues bien: aun aborrecido, me acogeré a su ara sagrada, que no rechaza las manos suplicantes, y dirigiré mis preces desde el destierro a este dios poderoso, si es lícito al mortal comunicarse con Jove. Arbitro del Imperio, cuya salud es la garantía del interés que los dioses todos sienten por el pueblo de Ausonia, gloria e imagen de la patria por ti floreciente, héroe no menos grande que el orbe que riges, así habites en la tierra, y así te envidie el cielo, y tardes años en ocupar el puesto que se te asigna entre las constelaciones. Te suplico que me perdones, quita una mínima parte a la furia de tu rayo, y con la restante quedaré harto castigado. La moderación reprime tu cólera; me concediste la vida, y no me quitaste el derecho ni el nombre de ciudadano, ni traspasaste a otro poseedor mi hacienda, ni se me llama desterrado en el decreto que me condena. Temí todos estos rigores, porque reconocía haberlos merecido; pero tu enojo no fue tan grande como mi falta. Me mandaste salir relegado a la comarca del Ponto, y surcar en fugitiva popa el mar de Escitia. Por tu mandato llegué hasta las ásperas playas del Euxino, tierra situada bajo el helado polo, y no me atormenta su clima riguroso, ni los campos siempre cubiertos por un manto de nieve, como oír la disonante jerga extraña a la lengua latina, en que el habla griega aparece corrompida por los Getas, y verme oprimido en torno de gentes belicosas, pues apenas mi débil mano me defiende de las flechas enemigas. La paz reina a intervalos, nunca la confianza en su duración; así que o se padecen o se temen los desastres de la guerra. ¡Ah!, por cambiar de residencia me expondría a que me devorase Caribdis cerca de Zanclea, y a precipitarme desde sus aguas en las de Estigia, o a ser abrasado sin espirar una queja por las ardientes lavas del Etna, o a precipitarme desde una roca en las olas del dios de Léticade. Lo que pido ya es un castigo; no trato de evadir mi infortunio, y lo pido para ser desgraciado con alguna mayor seguridad.

III.- Este es el día, Baco, en que suelen celebrarte los poetas, si no equivoco la fecha; en que ciñen sus inspiradas frentes con olorosas guirnaldas, y cantan tus alabanzas apurando copas de vino. Cuando la buena suerte me lo consentía, recuerdo que fui muchas veces entre ellos uno de los que más apreciabas, yo que ahora habito la Sarmacia, próxima a los feroces Getas, bajo la constelación de la Osa de Cinosura; yo, que dejé resbalar mi vida muelle y holgazana entregado a los estudios y el coro de las Musas, ahora, lejos de la patria, oigo cual suenan en torno mío los arcos de los Getas, después de haber afrontado mil peligros por tierras y mares. Ya proceda mi castigo del azar, o me lo haya infligido la cólera de los dioses, o la Parca sombría que presidió mi nacimiento, debiste sostener con tu divina protección al vate que profesaba el culto de la hiedra. ¿Acaso los decretos de las hermanas árbitras de nuestro destino están por encima del poder de los dioses? Tú, en verdad, has conseguido a fuerza de virtudes elevarte a las celestes mansiones, abriéndote el camino con incesantes trabajos. No habitaste en la patria, sino que recorriste el helado Estrimón y el país de los Getas belicosos, penetrando en la Persia hasta las espaciosas riberas del Ganges y los ríos en que bebe el indio atezado. Tal fue la ley que te impusieron dos veces las Parcas que hilan el fatal estambre, las dos veces que naciste. Si no es sacrilegio el medirme con los dioses, una suerte dura e inflexible me anonada, y mi caída iguala en lo horrenda la del jactancioso caudillo a quien derribó el rayo de Jove ante los muros de Tebas. Pero al oír que un vate gemía herido del rayo, debiste condolerte recordando a tu madre y exclamar viendo en torno tuyo a los poetas que celebraban tus misterios: «No sé cuál de mis adoradores falta aquí.» Bondadoso Baco, séme propicio, y así en recompensa el olmo se cargue de racimos y los granos de la uva se llenen de jugo; así formen tu séquito las Bacantes unidas a los jóvenes y bulliciosos Sátiros, y lancen delirantes exclamaciones en tu honor; así los huesos de Licurgo, el que empuñó contra ti una hacha impía, giman en el sepulcro, y sufra implacables tormentos la sombra sacrílega de Penteo; y así brille eternamente en el cielo y eclipse los astros vecinos la corona de tu esposa, la princesa de Creta. Llega aquí, ¡oh el más hermoso de los dioses!, endulza mis amarguras y ten presente que soy uno de tus adoradores. Los dioses se comunican entre sí; intenta, Baco, con tu divinidad vencer la de César, y así vosotros, piadosa turba, poetas compañeros de mis estudios, rogad juntos con la copa en la mano la misma merced, y alguno en particular oyendo el nombre de Nasón deponga la copa mezclada con sus lágrimas, se acuerde de mí, y al girar en torno suyo la mirada, exclame: «¿Dónde está Nasón, que hace poco formaba parte de nuestro coro?» Esto si merecí por mi bondad vuestro favor, si nunca critiqué con dureza los méritos ajenos, si venerando dignamente los libros de los poetas antiguos estimo que no valen menos los que florecen en nuestros días. ¡Ojalá en premio escribáis versos dignos de Apolo, y puesto que no se os prohibe, conservéis entre vosotros mi recuerdo!

IV.- Soy la epístola escrita por Ovidio, que llega del litoral Euxino fatigada de la navegación y el viaje por tierra, quien me dijo: «Ve a contemplar la ciudad de Roma ya que se te permite. ¡Ay! ¡Cuánto más feliz es tu suerte que la mía!» El desventurado me escribió llorando, y no mojó en la boca la piedra con que había de sellarme, sino en las húmedas mejillas. Si alguien quiere conocer la causa de su tristeza, es lo mismo que pedirme que le enseñe el sol, es no ver hojas en la selva, blanda hierba en el ameno prado ni aguas en el caudaloso río. ¿Quién extrañará el dolor de Príamo por la pérdida de Héctor, y los gritos que a Filotectes arrancó la herida de la Hidra? Pluguiera a los dioses que la situación de Ovidio fuese tal que no tuviera motivos de aflicción; sin embargo, como debe, soporta en paciencia sus trances amargos y no rehusa obedecer al freno como indómito potro. Confía que no ha de ser eterno el enojo del príncipe, persuadido de que cometió una falta y no un crimen. Muchas veces recuerda la generosa clemencia del dios, y suele contarse como uno de los ejemplos que lo atestiguan; pues si conserva su patrimonio y los derechos de ciudadano y con ellos la vida, a la generosidad de este numen lo debe.
En cuanto a ti, ¡oh el más caro de sus amigos!, si das crédito a palabras, no dudes que te lleva grabado en lo íntimo del corazón, y te iguala al hijo de Menecio, al compañero de Orestes, al hijo de Egeo, y te llama su Euríalo, y no se consume en ansia tan febril de visitar la patria y los numerosos seres que en ella siente haber perdido, como en el de recrearse a la vista de tu rostro y recibir tus miradas, ¡oh tú, más dulce que la miel depositada por la abeja de Atica en sus panales! Así mil veces en su desconsuelo se le reproduce aquel tiempo que lamenta no haber prevenido con la muerte, en que todos huían como de una peste su súbita catástrofe, temerosos de pisar los umbrales alcanzados por el rayo. Recuerda que tú le permaneciste fiel entre unos pocos, si pueden llamarse pocos dos o tres. En medio de su terror se daba cuenta de todo, y observó que sentías como propia su adversidad. Aun suele recordar tus palabras, tu aspecto triste, tus gemidos, y que humedeciste su seno con tu llanto; tu solicitud en acudir a su socorro y tus esfuerzos por consolar al amigo cuando necesitaba de mayor consuelo, por cuya abnegación te confirma su eterna gratitud y ternura, ya goce la luz del día, ya le sepulte la tierra, y hasta suele jurarlo por su cabeza y la tuya, que no estima menos preciosa. A tantas y tan grandes obligaciones responderá su inmenso agradecimiento, no permitiendo que tus bueyes labren la seca arena. Persevera en proteger siempre al desventurado; él, que te conoce bien, no te ruega; soy yo mismo quien te lo pide.

V.- La fecha del natalicio de mi esposa reclama los acostumbrados honores; id, manos mías, a disponer los piadosos sacrificios. Así en otra época el heroico hijo de Laertes festejó tal vez los días de su esposa en la extremidad del orbe. Que mi lengua, olvidada de tenaces infortunios, no pronuncie palabras de mal agüero, si acierta aún a decirlas favorables. Traedme la ropa blanca que visto una sola vez en el transcurso del año, aunque su color no armonice con mi negro destino; levantemos una ara de césped y entretejamos guirnaldas que adornen los braseros encendidos. Esclavo, trae el incienso que eleva columnas humeantes, y el vino que chisporrotea al derramarse en el piadoso fuego. Natalicio queridísimo, desde mi lejano destierro deseo que amanezcas esplendoroso y bien diferente del mío, y si algún contratiempo lamentable amenazaba a mi esposa, pagado con mis males, quede ella por siempre libre de su rigor, y en lo sucesivo su nave, quebrantada con horrible tormenta, navegue sobre un mar tranquilo. Goce ella de su casa, su hija y su patria, y baste a la persecución del destino haberme arrebatado tales glorias, y cuando no sea feliz en lo que toca a su caro esposo, deslícese el resto de su vida sin nubes amenazadoras; viva y ame a su marido ausente por ley de la necesidad, y llegue a contar muchos años, a los que añadiría los míos; mas temo que le sea fatal el contagio de mi destino. Nada hay estable para el hombre. ¿Quién había de imaginar que yo celebrara tal fiesta viviendo entre los Getas? Sin embargo, mira cómo el viento impulsa las nubes de incienso hacia Italia, lugar propicio a mis votos. Tal vez no carecen de significación las nubes ligeras que el fuego produce, ni huyen sin objeto los aires del Ponto. Cuando sobre el ara se verificaba el sacrificio común a los dos hermanos que perecieron el uno a manos del otro, no se dividió al azar el negro humo en dos columnas como si ellos lo ordenasen. Recuerdo haber dicho que este prodigio era imposible, y recusaba por falso al hijo de Bato. Ahora lo creo todo, viéndote, vapor advertido, volver la espalda al helado polo y encaminarte a la Ausonia. Este es el día, pues, que de no haber amanecido, no hubiera visto ninguna fiesta en mi presente miseria; este día produjo las excelsas virtudes de aquellas heroínas hijas de Acción y de Icarío; en este día nacieron el pudor, la honradez, la fidelidad y las puras costumbres; pero en lugar del regocijo reinan las cuitas, los pesares, la suerte indigna de tanta abnegación y las quejas legítimas por el tálamo reducido a la viudez. La virtud sin duda se pone a prueba en la adversidad, y en los tiempos difíciles recaba títulos de gloria. Si el esforzado Ulises no hubiera sufrido tantos reveses, Penélope habría sido feliz, nunca renombrada. Si hubiera penetrado vencedor en la fortaleza de Equión el esposo de Evadne, ésta apenas sería conocida en su misma tierra. Entre tantas hijas de Pelias, una sola conquistó la celebridad, porque una sola estuvo casada con un varón desdichado. Haz que otro arribe el primero a las playas de Ilión, y cesarán los elogios que se tributan a Laodamia, y tu ternura permaneciera desconocida, según mis deseos, si los vientos favorables hubiesen hinchado mis velas. No obstante, dioses, y tú, César, que has de contarte entre ellos, mas sólo cuando tus años igualen a los del viejo de Pilos, no me perdones a mí, que confieso merecer tu castigo, pero perdona a mi esposa, que padece rigores injustificados.

VI.- Tú, que en mejores días mereciste mi absoluta confianza, que eras mi refugio y mi único puerto, ¿tú abandonas también la defensa que aceptaste del amigo, y te descargas solícito de tan piadosa obligación? Confieso que soy una carga pesada, mas si habías de rechazarla en los momentos difíciles, nunca debiste aceptarla. Palinuro, ¿dejas el gobierno de la nave en medio del Océano? No huyas, y que tu constancia se eleve al nivel de tu pericia. ¿Cuándo el fiel Automedonte en medio del combate encarnizado abandonó por ligereza los corceles de Aquiles? ¿Cuándo Podalirio al asistir a un enfermo dejó de ministrarle los recursos de la medicina? Es más bochornoso despedir al huésped que rechazarlo; así no caiga nunca derribada por mi mano el ara que me ofreció asilo. Al principio sólo estabas obligado a mi defensa; ahora tienes que defender mi causa y tu buen nombre, pues no he recaído en nuevas culpas, ni mis actos excusan la súbita mudanza de tu amistad. Esta respiración oprimida por la atmósfera de Escitia cese de sostener mi vida como deseo, antes que lacerarte el pecho con mis delitos, y que parezca merecer tu reprobación. No estoy tan aniquilado por el destino fatal que mi ánimo se extravíe con la pesadumbre de sus desdichas; pero supónlo perturbado: ¡cuántas veces el hijo de Agamenón ultrajó a Pílades con infamantes dicterios! Hasta es algo verosímil que golpease a su amigo, quien permaneció, no obstante, fiel a sus deberes.
Lo único común a dichosos y miserables es la consideración que a unos y otros se guarda. Cédese el paso a los ciegos y a quienes la pretexta, las fasces y las imperiosas voces nos obligan a respetar. Si no me perdonas, debes ser indulgente con mi desgracia; nadie tiene derecho a enconarse conmigo. Escoge el más mínimo, el más insignificante de mis trabajos, y será mucho más grande de lo que tú te imaginas. Cuantos cañaverales surgen de los húmedos pantanos, cuantas abejas mantienen las flores del Hibla, cuantas hormigas suelen por estrecha senda acarrear a sus trojes los granos que encuentran, tal es la muchedumbre de aflicciones que me asaltan, y cree que mis lamentos se quedan por debajo de la realidad. El que juzgue pocas mis desdichas, derrame arenas en la playa, espigas en los campos de mies y aguas en el mar. Así, no des rienda libre a intempestivos temores, ni abandones mi nave en medio del Océano.

VII.- La epístola que lees te ha venido de aquella tierra donde el anchuroso íster tributa sus aguas al mar. Si gozas una vida rebosante de dulce salud, no osaré creerme por completo desdichado. Como siempre, me preguntas, caro amigo, en qué me ocupo, aunque podrías adivinarlo por mi silencio. Soy desgraciado: este es el breve resumen de mis penas, como lo será el mortal que haya ofendido a César. ¿Tienes empeño de conocer la región de Tomos y las costumbres de los habitantes entre quienes vivo? Aunque la población es una mezcla de Griegos y Getas, domina principalmente el influjo de los últimos, raza indomable y numerosa que con la de los Sármatas, va y vuelve por los caminos a caballo. Ninguno de ellos anda desprovisto de su carcaj, su arco y sus saetas teñidas del veneno de las víboras. Rudos en la voz y feroces en el aspecto, son la verdadera imagen del dios Marte; jamás se cortan la barba ni el cabello, y sus manos se alzan siempre prontas a clavar el cuchillo, que todo bárbaro lleva sujeto a la cintura. Entre éstos, ¡ay!, olvidado de los tiernos amores vive, amigo, tu poeta querido; son los únicos que ve y oye, y ojalá viva y no muera con ellos; al menos, huirá su sombra de sitios tan odiosos. Me escribes, amigo, que mis poemas se representan con bailes en el teatro, atestado de público, y que se aplauden con entusiasmo mis versos. Bien sabes que no compuse piezas teatrales y que mi Musa no ambiciona los aplausos; pero no me desagrada cuanto contribuye a mi recuerdo y a que pase de boca en boca el nombre del desterrado. A veces, cuando pienso en los daños que me ocasionaron, reniego de mis poemas y del favor de las Piérides; mas después de maldecirlas, no acierto a vivir sin su compañía, y corro tras el dardo que se ensangrentó en mi cuerpo, como aquel navío griego que, destrozado por el oleaje de Eubea, aun osó desafiar los escollos de Cafarea. Aunque mis vigilias no persiguen la alabanza, ni me esfuerzo en eternizar un nombre que me fuera más provechoso haber sumido en la obscuridad, divierto el ánimo con el estudio, engaño mis dolores, y me afano así por burlarme de mis cuitas. ¿Qué ocupación mejor hallaría abandonado en tan tétrico país?; ¿qué otro remedio intentaría aplicar a mis llagas? Si miro al lugar de mi residencia, lo hallo aborrecible y que no le hay más triste en todo el orbe; si miro a mis semejantes, apenas me parecen dignos de tal calificativo unos seres de más fiereza que los lobos salvajes, que no respetan las leyes, que atropellan la equidad con la fuerza, y bajo el acero del combatiente hacen caer la justicia vencida. Se preservan mal del frío con pieles y anchas bragas, y llevan sus horrendas caras erizadas de largos pelos. En pocos quedan vestigios de la lengua griega, convertida en un idioma bárbaro por el acento gético, y ni uno en la población sabe expresar en latín las ideas más corrientes. Yo mismo, vate romano, disculpadme, Musas, me veo obligado a emplear mil veces la lengua sarmática, y, ¡ay!, me abochorna confesarlo, por falta de costumbre apenas se me ocurren las voces latinas, y recelo que habrá no pocos barbarismos en este libro, lo cual no es imputable al escritor, sino al país en que reside; no obstante, para conservar el hábito de la lengua ausonia y que mi boca no permanezca muda a las patrias voces, suelo hablar conmigo mismo, repito las palabras poco usadas, y vuelvo a los signos del pensamiento que me han sido funestos: así deslizo las horas de la existencia, así me distraigo y aparto la contemplación de mis desventuras. Busco en los versos el olvido de mi miserias, y si consigo este premio me daré por satisfecho.

VIII.- No caí tanto, a pesar de mi abatimiento, que me considere por debajo de ti, pues nadie puede descender a tal punto. Perverso, ¿qué causa alienta la rabia con que me persigues?; ¿insultas las desgracias que tú mismo puedes padecer un día?; ¿no te vuelve más dulce y benévolo el verme abatido por golpes capaces de conmover a las fieras y obligarlas al llanto?; ¿no te asusta el capricho de la fortuna en pie sobre la movible rueda y que aborrece las palabras orgullosas? ¡Ah!, la vengativa Ramnusia te impondrá el condigno castigo. ¿Por qué pisoteas iracundo mi destino? Yo vi hundirse en el abismo al que se reía de un náufrago, y exclamé: «Nunca las ondas fueron más justas»; otro que negaba viles alimentos a los miserables, ahora vive gracias al pan que mendiga. La voluble fortuna vaga con pasos inciertos, y en ningún lugar permanece firme y estable: ya se nos muestra sonriente, ya nos pone cara sombría, y sólo es constante en su ligereza. Yo también florecí, mas mi flor era caduca, y la llama de mi leve paja brilló un solo instante; sin embargo, para que no se embriague con gozo cruel toda tu alma, aun abrigo la esperanza de aplacar al dios que ofendí; sea porque errase sin llegar a delinquir, y bien que mi falta me avergüence, no es de aquellas que provocan el odio; sea porque desde el Oriente al Ocaso, en la vasta extensión del universo, no existe príncipe más indulgente que aquel a quien obedece, y si nadie es capaz de vencerle a la fuerza, su corazón se rinde enternecido a las tímidas preces; y al ejemplo de los dioses entre quienes se ha de sentar, con el perdón de mis culpa le pediré otras muchas mercedes. Si cuentas los soles y nublados de un año entero encontrarás que han sido más numerosos los días espléndidos; así, no te regocijes demasiado con mi ruina; piensa que al fin puedo levantarme de mi postración, y piensa que, calmado el enojo del príncipe, podrías verme con dolor cara a cara en las calles de Roma. Que yo te vea desterrado por una causa gravísima; después de los primeros votos, es el más enérgico que hago.

IX.- Si consintieses que tu nombre sonara en mis versos, ¡qué de veces te verías repetido en ellos! A ti sólo cantaría mi profunda gratitud, y tu recuerdo llenaría las páginas todas de mis libros. Toda la ciudad sabría los favores que te debo, si a pesar de la expatriación lee aún las obras del desterrado; la edad presente y la futura conocerían tus bondades como mis escritos llegasen a triunfar de los tiempos, y el lector inteligente no cesaría de bendecirte, gloria bien merecida por la salvación de un poeta. Si aliento con vida, debo a César este primer beneficio; pero después de los grandes dioses, a ti sólo tengo que rendir acciones de gracias. Él me concedió la vida, tú defiendes lo que él me concedió, y por ti gozo el favor recibido. Cuando la mayor parte de mis amigos se espantaron de mi ruina y otra menor simulaba temerla y desde alta roca contemplaba mi caída, sin tender la mano al náufrago que luchaba con las irascibles olas, tú sólo salvaste de la onda Estigia al amigo expirante, y obra tuya es si hoy llego a reconocerlo. Que los dioses y César te sean siempre propicios; mis votos no pueden ir más lejos. Si lo permitieses, mi labor consignaría en versos sonoros tus servicios, dignos de exponerse a la luz del sol; pero aunque me ordenas el silencio, con dificultad se allana mi Musa a celar tu nombre. Como el perro que sigue la pista de tímida cierva, lucha vanamente por romper la cuerda que le sujeta; como el corcel brioso golpea con los pies y la frente la barrera aún no abierta de la liza, así mi Talía, atada y opresa por la ley que le impones, arde en deseos de proclamar tu nombre prohibido. Cesa de temer, obedeceré tus órdenes, no te perjudicará el testimonio de mi reconocimiento; mas no te obedeciera si con ello imaginases que me olvidaba de ti. Lo que no me prohibe tu voluntad es que te acredite mi gratitud, y mientras vea la luz del sol, ojalá por poco tiempo, me consagraré a rendirte los homenajes que mereces.

X.- Desde que resido en el Ponto, tres veces el hielo enfrenó la corriente del íster, tres veces se han endurecido las ondas del Euxino, y me parece estar lejos de la patria tantos años como la ciudad de Dárdano estuvo sitiada por las huestes de los Griegos. Diríase que el tiempo detiene tardío su marcha, y que el año recorre su camino a lentos pasos; ni el solsticio me quita un momento de sus prolongadas noches, ni el invierno abrevia mis días angustiosos. Sin duda en mí se trastorna el orden de la naturaleza y da a todo la duración eterna de mis tormentos. Acaso el tiempo sigue su curso ordinario para los demás y sólo se desliza lento para la vida que arrastro en las playas del Euxino, nombre engañoso, y las costas doblemente siniestras que baña el mar de Escitia.
Hordas innumerales nos amenazan de todos lados con guerras asoladoras, y no juzgan torpe el vivir de la rapiña. En las afueras nada hay seguro, y la pequeña colina se defiende trabajosamente con sus débiles muros y la posición del lugar. Cuando menos lo recelas, compactas falanges de enemigos vuelan como las aves, y apenas se les ha visto se lanzan sobre la presa. Muchas veces, dentro de los muros y cerradas las puertas, recogemos en las calles las flechas envenenadas que arrojan. Raro es el que se atreve a cultivar el campo, y el infeliz que se aventura, con una mano abre los surcos y con otra empuña el arma. Ceñido el yelmo, el pastor hace resonar su flauta de cañas unidas por la pez, y en lugar del lobo, el tumulto de la guerra asusta a las tímidas ovejas. Apenas nos escuda el castillo, en cuyo recinto una turba feroz, mezclada con los Griegos, siembra el espanto; pues los bárbaros habitan confundidos con nosotros y ocupan la mayor parte de las estancias. Cuando no te infundan miedo te infundirán odio, viéndolos cubiertos de pieles y con las sienes cercadas del argas greñas. Estos mismos, que se creen oriundos de una ciudad griega, en vez del traje patrio visten las bragas de los Persas, se entienden por una jerga común a todos, y yo tengo que valerme de los gestos si quiero ser comprendido. Aquí soy yo el bárbaro, porque ninguno me entiende, y los estólidos Getas se ríen al oír mis palabras latinas. A menudo, y con la mayor impunidad, dicen pestes de mí hallándome presente, y tal vez me imputan el destierro como un crimen; y si mientras hablan hago signos de aprobación o desaprobación, sacan de ellos argumentos contra mí. Añádase que la espada cruel es el ministro de su justicia, y que muchas veces corre la sangre a presencia del tribunal. ¡Oh Láquesis cruel, que no rompiste la trama de mi existencia, viéndola condenada al influjo de un astro pernicioso! Si carezco de la vista de la patria y la vuestra, amigos míos; si me lamento de morar en estos confines de Escitia, es porque una y otra pena son harto intolerables, y si merecí ser expulsado de Roma, no creo merezca habitar en tierra tan odiosa. ¡Ah! ¿Qué digo, insensato? Era digno hasta de pagar con la vida el haber ofendido la divinidad de César.

XI.- Te quejas en tu carta del miserable que te insultó llamándote la esposa del desterrado, y me duele su ruindad, no tanto porque hagan de ella caso mis infortunios, que ya me acostumbré a soportarlos con entereza, como por haber sido la causa de tu ultraje, que de ningún modo me fue posible evitar, y porque pienso que acaso te sonrojaste de mi castigo. Llévalo en paciencia y ten valor; sufriste golpes mucho más graves cuando la cólera del príncipe me arrebató de tus brazos. Pero se equivoca ese sujeto que por afrentarme me llama el desterrado; fue menos acerba la pena impuesta a mi culpa. Mi mayor responsabilidad estriba en haber ofendido a César, y hubiera querido que antes me llegase la última hora. Mi barca quedó quebrantada, no rota ni sumergida; carece de puerto, mas se sostiene sobre las aguas. No me quitó la vida, ni el patrimonio, ni los derechos de ciudadano, y en verdad que merecí perderlo todo por mi falta; pero como en ella no vio el menor indicio de crimen, sólo me impuso el abandono del patrio hogar, y como con otros, cuyo número es incalculable, se mostró clemente conmigo el numen de César. Empleó contra mí el nombre de relegado, no desterrado, y mi causa se asegura con tal juez. Tienen derecho, pues, mis versos, valgan lo que valieren, a entonar, César, con entusiasmo tus alabanzas, y, con derecho imploro de los dioses que no te abran aún las puertas del cielo, y te permitan ser otro dios entre los mortales. El pueblo suplica lo mismo, pues como los ríos se precipitan en el vasto Océano, así corren también los arroyos de exiguo caudal. Y tú, cuya lengua me llama el desterrado, cesa de agravar mis infortunios con ese falso título.

XII.- Me escribes que mate con el estudio el tiempo calamitoso, no sea que la torpe desidia aniquile mis bríos. Difícil es, amigo, seguir el consejo que me das, porque los versos son hijos de la alegría, y reclaman un espíritu sosegado. Mi fortuna se ve combatida por furiosas borrascas, y peor que la mía no es la suerte de nadie. ¿Quieres que Príamo se regocije en los funerales de sus hijos, y que Níobe, huérfana de los suyos, guíe las festivas danzas? ¿Es el duelo o el trabajo lo que, a tu juicio, debe preocuparme solo y relegado a los últimos confines de los Getas? Aunque supongas mi ánimo con la fortaleza del duro roble, como la fama pregona en el acusado de Anito, toda mi ciencia caería aplastada por la mole de mi ruina, pues la cólera de un dios sobrepuja a las fuerzas humanas. Aquel viejo a quien Apolo llamó el sabio río acertaría a componer una obra en circunstancias semejantes. Cuando me olvidase de la patria y de mí mismo, cuando perdiese el sentimiento de todo lo pasado, el temor me prohibiría entregarme a pacíficas tareas. Vivo rodeado de innumerables enemigos, y además el ingenio se embota en una larga inacción, y pierde sus bríos anteriores. El campo fértil, si no se remueve con surcos incesantes, no producirá más que grama y abrojos; el caballo largo tiempo sin ejercicio correrá mal, y llegará el último cuando se lance a la carrera; si alguna barca permanece meses y meses fuera de las aguas acostumbradas, la carcoma roe sus tablas y sus costados se entreabren. Yo, lo mismo, siendo ayer tan insignificante, desespero de llegar nunca a lo que fui. El continuo sufrimiento en los trabajos aniquila el ingenio, y ya me falta gran parte del antiguo vigor; lo que no obsta muchas veces a que torne las tablillas, como ahora mismo, y me afane en someter las palabras a los pies cabales, sin producir un solo verso, o produciéndolos tales como los que lees en consonancia con la situación de su autor y del lugar que habita. La gloria impulsa al ánimo con poderosos estímulos, y el amor de la alabanza crea partos fecundos. En otros días me deslumbraba el brillo de un nombre famoso, porque el aura propicia impulsaba mis velas; hoy no me siento tan dichoso que apetezca la gloria, y, a ser posible, desearía pasar completamente desconocido. Tal vez porque mis primeros poemas merecieron elogios, me persuades a que siga escribiendo, y a que conquiste nuevos éxitos. Séame permitido decirlo sin ofenderos, nueve hermanas, vosotras fuisteis la principal causa de mi extrañamiento. Como el artífice del toro de bronce pagó la pena merecida, así yo la debo igualmente a mi Arte. Yo no debiera nunca acordarme de escribir poesías, ni confiarme de nuevo a las olas después del naufragio; mas, en mi demencia, vuelvo de nuevo a su fatal estudio. ¿Será que este sitio me ofrezca ocasiones de proseguirlo? No hay aquí ningún libro, ni oídos dispuestos a escucharme, ni nadie que comprenda la significación de mis palabras. Reina por dondequier la barbarie, las voces propias de fieras y el acento espantable de los Getas. Hasta me parece haber olvidado el idioma latino desde que aprendí a hablar el Geta y el Sármata; y a pesar de todo, si he de confesarte la verdad, mi Musa no es dueña de contenerse en la manía de escribir. Escribo, y arrojo al fuego los poemas compuestos; y una ligera llama es el éxito que premia mis afanes. Deseo no escribir versos, y me es imposible; por esto condeno al fuego los productos de mis vigilias, y a vosotros llega sólo una mínima parte de mi inspiración que el azar o la astucia arrebata a las llamas. ¡Ojalá hubiese reducido igualmente a cenizas aquel Arte que perdió a su maestro, bien ajeno del golpe que le amenazaba!

XIII.- Tu amigo Nasón te envía salud desde la comarca del Ponto, si alguien puede enviar aquello de que carece. Enfermo del ánimo, he contagiado al cuerpo para que ninguna parte de mi ser quede libre de tormentos: sufro desde muchos días agudos dolores de costado, efecto, sin duda, de los fríos rigurosos del invierno; pero si tú gozas buena salud, yo no me hallaré mal del todo, puesto que en mi caída, tus hombros me sirvieron de sostén. Tú que me diste tan buenas pruebas de amistad, defendiendo mi vida día tras otro, haces mal en no dirigirme casi nunca una epístola consoladora, y cumplirás un piadoso oficio si eres conmigo menos avaro de recuerdos. Te suplico la enmienda, y si corriges esta falta, ningún lunar empañará el brillo de tu persona. Insistiría más en mi reproche si no temiera que no hayan llegado a mi poder las cartas que tal vez me escribiste. Plegue a los dioses que mi querella resulte infundada, y te acuse sin motivo de haberme olvidado. Lo que deseo es evidente; no me resigno a creer que la firmeza de tu amistad pueda desmentirse. Antes faltarán los blancos ajenjos en las llanuras heladas del Ponto, y en el Hibla de Sicilia desaparecerán los olorosos tomillos, antes que nadie te convenza de indiferente con tu amigo. No es tan negra todavía la trama de mi destino; mas para rechazar victorioso cualquiera falsa acusación, evita equívocas apariencias, y como solíamos entretener horas y horas en nuestros coloquios, sorprendiéndonos la noche con la palabra en la boca así lleven y vuelvan nuestras cartas los secretos del alma, y las tablillas y la mano substituyan al oficio de la lengua. Por no parecer sobre tal punto desconfiado en demasía, baste la advertencia de estos pocos versos: recibe el adiós con que siempre terminan las epístolas, y que no se parezca en nada al mío tu destino.

XIV.- Cuantos testimonios de estimación te he tributado en mis libros, tú misma lo ves, ¡oh esposa más querida que mi propia existencia! Por mucho que el rigor de la fortuna quite a la gloria del poeta, a lo menos serás célebre gracias a mi numen. Mientras sea leído, se leerán igualmente tus sonoros títulos, y no perecerás del todo en las llamas de la pira. Bien que parezcas digna de compasión por la caída de tu esposo, encontrarás algunas que quisieran verse en tu lugar, que te llamen feliz y te envidien a pesar de que apuraste buena parte de mis amarguras. No te hubiese dado más proporcionándote riquezas, pues la sombra del rico no se las brinda a los Manes, te di un nombre imperecedero, y con él recibes el don más precioso que pude hacerte. Añade que siendo el único apoyo de mi adversidad, no has conquistado honor de poca monta, y debes sentirte orgullosa del afecto de tu marido, cuya voz nunca permaneció muda en tu elogio.
Condúcete de modo que nadie pueda tacharme de lisonjero; sálvame y guarda la fidelidad que me juraste. Mientras vivimos juntos, tu virtud resplandeció sin la menor nube, y tu probidad intachable mereció mis alabanzas. Tampoco se ha desmentido después de mi desastre, y así acabe de coronar su obra tan magnífica abnegación. Ser buena es muy fácil cuando los obstáculos están remotos y nada se opone a que la esposa cumpla sus deberes; mas si un dios nos intimida con sus truenos, la verdadera piedad, el amor verdadero, consisten en arrostrar la tormenta. Rara es la virtud que no gobierne la fortuna y se sostenga firme cuando ésta desaparece; mas si la mujer espera por único premio la virtud misma, y se revela valerosa en los días de la persecución, huelga calcular el tiempo; su fama resuena en el transcurso de los siglos, y la admiran en todos los pueblos de la redondez del orbe. ¿No oyes cómo después de tantos años se tributan elogios que eternizan su nombre a la fidelidad de Penélope? Mira cómo se celebra a la esposa de Admeto, a la de Héctor y a la hija de Ifis, que no vaciló arrojarse a las llamas de la pira, y cómo vive la fama de la reina de Filaces, cuyo esposo se precipitó el primero en la tierra de Ilión. No necesito tu muerte, sino tu amor y tu fidelidad; puedes recabar alta gloria sin difíciles sacrificios; ni vayas a suponer que te aconsejo esta conducta porque no la sigues: izo las velas aunque mi barca se ayude con el remo; quien te persuade a obrar como ya obras, te alaba con sus avisos, y aprueba tu proceder con sus exhortaciones.

 

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