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OVIDIO

LAS TRISTES

LIBRO III

 

Las Tristes : Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV - Libro V - Notas

 

LIBRO TERCERO

ELEGIA 1

I.- Obra de un desterrado, penetro temblorosa en esta ciudad, adonde me envían; amigo lector, tiende tu mano benévola al viajero muerto de cansancio; no temas que mis páginas sean para ti motivos de vergüenza: ningún verso de mi epístola habla de amor. La fortuna de mi desdichado dueño no consiente disfrazar sus dolores con bromas de mal gusto; aunque demasiado tarde, ¡ay!, condena y abomina ese Arte que por su daño compuso en los días de la verde juventud. Hojea mi contenido; no verás en él más que tristezas, y las voces suenan en armonía con las circunstancias. Si notas que cojean y se detienen cada dos versos, es por razón del metro o lo largo del camino. No resplandezco con el aceite de cedro, ni estoy pulido con la piedra pómez, porque me ruboriza andar más elegante que mi dueño. Si las líneas están afeadas por algunas tachas, el mismo poeta las produjo con sus lágrimas; y si te ofenden ciertas expresiones poco latinas, ten en cuenta que se escribieron en tierra de bárbaros. Lectores, decidme, si no os molesto, ¿qué vía debo seguir y a qué punto dirigirme, como extranjero que soy en la ciudad? No bien mi lengua indecisa pronunció con timidez estas palabras, hallé con dificultad un solo hombre que quisiera indicarme el camino. Los dioses te den lo que no conceden a mi padre: vivir tranquilo en el seno de la patria. Ea, condúceme; ya te sigo, por más que llegue cansado de atravesar tierras y mares, desde comarcas remotas. Accedió, y guiando mis pasos, dijo: « Éste es el foro de César, ésta es la vía que por sus templos se llama Sagrada. Aquí se abre el santuario de Vesta, que guarda el Paladión y el fuego eterno; aquí se levanta el modesto palacio del antiguo Numa»; y de aquí pasando a la derecha, me dice: «Ésta es la puerta Palatina; éste el templo de Estator, donde tuvo su principio Roma.» Mientras admiro tales monumentos, veo resplandecer con trofeos de armas un pórtico suntuoso, morada digna de un dios, y pregunté: «¿Es el templo de Jove?»; porque una corona de encina daba indicios a tal conjetura. Luego que conocí quién era su señor, exclamé «No me engaño, cierto, es la mansión del potente Júpiter; mas ¿por qué reverdece el laurel ante la puerta, y rodea la entrada del augusto palacio con su opaco follaje? ¿Tal vez por los incesantes triunfos obtenidos, o porque fue amado siempre del dios de Léucade? ¿Es señal de la alegría que disfruta, o de la que difunde por todas partes, o el emblema de la paz con que ha tranquilizado el Universo? Como el verdor eterno del laurel y sus hojas, que nunca caen marchitas, así ella goza de gloria inmortal. Una inscripción declara el significado de la corona de encina, advirtiéndonos que se debe a sus esfuerzos la salud de los ciudadanos. Salva también, padre clementísimo, a un ciudadano que yace relegado en la extremidad del mundo, cuyo castigo, que confiesa haber merecido, no se le impuso a consecuencia de un crimen, sino de un error excusable. ¡Desgraciado de mí!; me espanta el sitio, venero a su señor, y noto mis letras trazadas por una mano temblorosa. ¿No ves cómo palidece el color de la carta, y se encogen de miedo sus líneas desiguales? Quiera el Cielo aplacarte un día con respecto a mi padre, y que yo te vea, sacra mansión, habitada por sus actuales dueños.» De allí, siguiendo nuestro camino, subimos por excelsas gradas al marmóreo templo del dios de intonsa cabellera, donde, entre columnas talladas en tierras remotas, se admiran las estatuas de las Danaides y de su bárbaro padre con el acero desnudo, y dentro las doctas concepciones de sabios, antiguos y modernos, ofreciéndose a la curiosidad del lector. Allí buscaba a mis hermanos, fuera de aquellos que su mismo padre quisiera no haber escrito, y los buscaba en vano, cuando el guardián encargado de su custodia me ordenó salir de tan santos lugares. Me dirijo a otro templo próximo al vecino teatro, y en donde igualmente se me prohibía poner los pies; la libertad me impidió atravesar el atrio de este primer santuario abierto a mis poemas instructivos. La fatalidad del mísero autor recae sobre la descendencia, y nosotros sus hijos estamos como él condenados a destierro. Acaso un día César, menos severo con el poeta y sus libros, se deje desarmar por la duración del castigo. Dioses y tú, César, la divinidad de más poderío (no he de dirigirme a la turba de los inmortales), os suplicó que escuchéis mis votos. En el ínterin, puesto que se me rehusa un asilo público, me ocultaré en cualquier casa particular. Vosotras, manos plebeyas, si se os permite, acoged mis versos, abatidos por el rubor de la repulsa.

II.- Estaba reservado a mis destinos visitar la Escitia y la tierra situada bajo la constelación de la hija de Licaón; vosotras, Piérides, doctas hijas de Latona, no socorristeis a vuestro sacerdote; de nada me aprovechó que en mis entretenimientos no se ocultara ningún crimen y que mi vida fuese aún menos reprensible que mi musa: después de afrontar grandes peligros en mar y tierra, me veo condenado a los fríos rigurosos del Ponto. Yo, enemigo de los negocios y nacido para el sosiego tranquilo; yo, que era delicado e incapaz de soportar las fatigas, al presente padezco extremados rigores, y el mar sin puerto de refugio y las penosas vicisitudes del viaje fueron impotentes para perderme. Mi ánimo sufrió penalidades sin número, y con las fuerzas que el cuerpo le prestaba pudo resistir lo que parecía insoportable. Pero cuando me puso entre la vida y la muerte el furor de los vientos y las olas, la misma ansiedad adormecía las cuitas de mi enfermo corazón; después que el viaje ha terminado, y el descanso ha puesto fin a sus peripecias, y he fijado las plantas en el lugar de mi destierro, ya sólo me consuelan las lágrimas, que saltan de mis ojos más abundantes que el agua de las nieves en primavera. Pienso en Roma, en mi casa, en aquellos sitios tan deseados y en cuanto me queda en la ciudad para siempre perdida. ¡Ay de mí, que llamé tantas veces a las puertas del sepulcro y no se abrieron jamás! ¿Por qué evité el filo de tantas espadas? ¿Por qué no sepultó mi cabeza en el abismo ninguna de las tempestades que tantas veces me amenazaron? ¡Oh dioses, que experimenté harto ceñudos y asociados a la cólera de otro dios!, yo os conjuro a que estimuléis mis hados tardíos, y que cesen de permanecer cerradas las puertas de mi sepulcro.

III.- Si acaso te sorprende mi carta escrita por mano extraña, sabe que estaba enfermo, sí, enfermo, en los remotos confines de un mundo desconocido, y poco seguro de mi remedio. Figúrate cuál será la postración de mi ánimo languideciendo en una tierra odiosa, entre los Sármatas y los Getas; no resisto el clima, no me acostumbro a beber estas aguas, y no sé por qué tengo aversión al país. Mi casa es incómoda, los alimentos nocivos al estómago, y ni encuentro quien distraiga mis pesares con el trato de las Musas, ni un solo amigo que me consuele y con su conversación abrevie las cansadas horas. Languidezco, abatido, en los últimos pueblos del mundo habitado, y en mi abatimiento suspiro por las mil cosas que me faltan. Tú, querida esposa, vences todos estos recuerdos y ocupas la mejor parte de mi ser. Hablo contigo en la ausencia, mi voz te llama a ti sola, y no transcurre día ni noche sin pensar en ti. ¿Qué más? Oigo decir que en los momentos de fiebre tu nombre suena siempre en mi boca delirante. Si mi lengua desfalleciese, y pegada al paladar no se reanimara al calor de un vino generoso, a la noticia de tu llegada recobraría el movimiento, y la esperanza de verte me prestaría vigor. Yo estoy aquí entre la vida y la muerte, y acaso tú allá, olvidando mis trabajos, pasas alegres los días; pero no, carisma esposa, lo sé y lo afirmo: sin mí, tus horas tienen que resbalar en la tristeza. Si al cabo se cumple el plazo señalado a mi destierro, y toco al término de la breve existencia, ¿qué os costaba, potentes dioses, perdonar al moribundo y permitir que al menos fuera sepultado en el suelo patrio, o que su castigo se difiriese hasta el momento de la muerte, o que ésta se precipitase anticipándose al destierro? ¿Conque he de perecer tan lejos, en ignotas playas, y a mi triste muerte se añadirá el horror de estos lugares? ¿Mi cuerpo exánime no reposará en el lecho acostumbrado; no habrá quien llore en mis funerales; las lágrimas de una esposa no vendrán a regar mi rostro, ni a detener un instante el alma fugitiva? ¿No dictaré mi postrer voluntad después de la última despedida? ¿La mano de un amigo no cerrará mis ojos sin luz? ¿Y sin fúnebres exequias, sin el honor del sepulcro ni el tributo del llanto, una tierra extranjera cubrirá mis infelices despojos? ¿Y tú, al oír estas nuevas, no sentirás turbada el alma, y no golpearás tu fiel pecho con mano temblorosa, y tendiendo los brazos hacia estas regiones, no pronunciarás en vano el nombre de tu desvalido esposo? ¡Ah!, cesa de martirizar tus mejillas y arrancarte el cabello, luz de mi vida; no es la vez única que me robaron a tu cariño; imagina que perecí al perder la patria; aquella muerte fue la primera y más cruel para mí. Ahora, amantísima esposa, si puedes, yo creo que no, regocíjate de que la muerte ponga fin a tantas desdichas como me asaltan. Lo que sí puedes es afrontar el dolor, sobrellevándolo con animoso brío: desde larga fecha hubiste de aprender lecciones de fortaleza. Pluguiese al Cielo que el alma pereciera con el cuerpo, y que ninguna parte del mío escapase a la llama devoradora; pues si el espíritu, de esencia inmortal, vuela a los sublimes espacios, confirmando la doctrina del viejo de Samos, la sombra de un romano vagará eternamente entre las de los Sármatas, siempre extranjera para sus bárbaros manes. Transporta a Roma en pequeña urna mis cenizas, y así, después de muerto, no me veré desterrado. Esto nadie te lo prohibe. Una princesa de Tebas desobedeció las órdenes del rey dando sepultura al hermano que acababa de morir. Mezcla mis restos con hojas y polvo de amono, deposítalos en tierra cerca de los muros de la ciudad, y graba en el mármol del túmulo con gruesos caracteres estos versos, que lean los ojos fugitivos del viandante: «Aquí reposo yo, el cantor de los tiernos amores, el poeta Nasón, perdido por su ingenio ¡Oh tú, pasajero!, si amaste algún día, no rehuses exclamar: «En paz descansen las cenizas de Nasón.» Esto basta para epitafio, pues mis obras serán un monumento más excelso y perdurable, y abrigo la confianza, aunque perdieron a su autor, que han de asegurarme renombre y gloria inmortal. No olvides llevar los fúnebres presentes a mi tumba, y adórnala con guirnaldas humedecidas con lágrimas. Aunque el fuego haya convertido mi cuerpo en cenizas, sus tristes reliquias serán sensibles a la piadosa ofrenda. Quisiera escribir mucho más, pero mi voz cansada y mi boca seca me privan de aliento para dictar. Recibe acaso el postrer recuerdo de mis labios y goza la salud que no tiene quien te la envía.

IV.- ¡Oh tú, que siempre me fuiste querido de verdad, y a quien conocí en los días adversos que me trajeron la ruina!, cree a un amigo aleccionado por la experiencia, vive para ti y huye lejos de los nombres ilustres; vive para ti, y en cuanto puedas evita lo deslumbrante. El rayo asolador desciende del alcázar celeste, pues si bien sólo los poderosos pueden ser útiles, no quiero nada del que puede causarme daño. La antena recogida burla a la deshecha tempestad, y la vela grande corre más peligro que la humilde. Ves cómo una leve corteza sobrenada en la superficie de las aguas, mientras el plomo de la red la sumerge en el fondo. Si yo me hubiera guiado par estos avisos que doy ahora, tal vez viviera en la ciudad que se me debe. Mientras viví contigo, mientras un soplo lejano impulsaba mi barca, bogué siempre por tranquilas ondas. El que cae en suelo llano, lo que sucede raras veces, cae de modo que se puede levantar presto de la tierra apenas tocada; mas el mísero Elpenor, arrojado de lo alto del palacio, apareció ante su rey como una leve sombra. ¿Por qué se vio a Dédalo agitar sin riesgo las alas, y a Icaro dar su nombre a la inmensa llanura? Porque éste volaba muy alto y aquél con brío menos audaz: uno y otro llevaban alas que no les pertenecían. Créeme: vive bien el que vive ignorado, y cada cual debiera permanecer en los términos de su fortuna. Eumedes no hubiera perdido a su hijo, si este insensato no se apasionara por los caballos de Aquiles. Merops no viera a Factón abrasado por el rayo y a sus hijas convertidas en árboles, si su vástago se contentara con tenerlo por padre. Tú, pues, teme la elevación, y advertido por estos escarmientos, recoge las velas ambiciosas. Eres digno de recorrer las etapas de la vida sin lastimarte las plantas, y gozar de prósperos destinos. Mereces los votos que hago en tu favor por tu afecto y lealtad, que nunca se borrarán de mi memoria. Yo te oí lamentar mi suerte con tan extremado dolor, como el que sin duda retrataba mi aspecto. Sentí tus lágrimas resbalar por mi semblante, y las apuré junto con el testimonio de tu fidelidad. Ahora igualmente defiendes al amigo desterrado y le confortas en sus trabajos, que apenas admiten consuelo. Vive exento de envidia; deja deslizar sin gloria tus días tranquilos; busca los amigos entre tus iguales, y ama el nombre de Nasón, que aun no ha sido desterrado; el Ponto de Eseitila posee lo demás.
Habito una comarca próxima a la constelación de la Osa de Erimanto, tierra endurecida por el frío glacial. Más allá se ven el Bósforo, el Tánais, los pantanos Escíticos y algunos pocos lugares de nombres desconocidos; detrás nada, sino campos inhabitables por el rigor del clima. ¡Ah, cuán vecino soy de la última tierra del orbe! Mi patria está lejos, lejos mi carisma esposa, y cuanto me es amado después de la una y la otra. Pero si vivo apartado de tales seres, si no alcanzo a percibirlos por el sentido, los veo cómo se reproducen en mi imaginación, y pasan ante mis ojos la casa, la ciudad, el aspecto de los lugares y los varios sucesos en ellos representados. La cara de mi esposa la tengo como presente a la vista; ella agrava mis padecimientos, y ella los alivia: los agrava por su ausencia, y los alivia con el amor que me profesa y la entereza en soportar la carga que la abruma. También vosotros, amigos, vivís impresos en mi corazón, y desearía nombrar a cada uno en particular; pero un temor prudente reprime mis ímpetus; sospecho que no queréis ser nombrados individualmente en mis escritos. Antes lo deseabais, considerando como un alto honor que vuestros nombres se leyesen en mis poemas. En esta incertidumbre, hablaré a cada cual en lo íntimo del pecho, y no daré motivo a vuestros temores; mis versos no revelarán quiénes son los amigos que prefieren pasar ignorados. Los que me amaron en secreto, que continúen amándome todavía. No obstante, sabed que aun relegado a este lejano país, os tengo siempre presentes en el alma. Según lo que alcance cada cual, esfuércese por endulzar parte de mis amarguras, y no me rehuséis en el destierro vuestra mano generosa. Así os sonría siempre la próspera fortuna y no tengáis que implorar el auxilio ajeno fustigados por mi suerte cruel.

V.- Tuve contigo una amistad tan poco íntima, que sin esfuerzo podrías negarla, y acaso no me hubieses estrechado con efusión en tus brazos, si un viento bonancible impulsara siempre mi nave. Cuando caí, por miedo de verse envueltos en la ruina, todos, volviendo la espalda, huyeron mi peligrosa amistad; mientras tú te acercaste al hombre herido por el rayo de Jove y pisaste los umbrales de su casa consternada. Amigo de ayer a quien había tratado poco tiempo, hiciste por mí lo que apenas hicieron dos o tres de los antiguos. Yo noté la confusión de tu semblante, vista que me impresionó; vi tu cara humedecida por el llanto y más pálida que la mía, y atento a las lágrimas que avaloraban cada una de tus palabras, abrevé mi boca con aquéllas y con éstas mis oídos. Recibí los abrazos con que estrechabas mi cuello abatido, y tus besos entrecortados por los sollozos. En la ausencia me defendiste con todas tus fuerzas, buen amigo; ya sabes que esta voz ocupa el lugar de tu verdadero nombre, y todavía me diste mayores pruebas de inequívoca abnegación que nunca se borrará de mi memoria. Los dioses te concedan medios para defender siempre a los amigos y empléalos en más favorables circunstancias. Si en el ínterin preguntas, lo que en ti hallo verosímil, qué hago perdido en estas comarcas, te diré que aliento débil esperanza; no pretendas arrebatármela, de desenojar a una divinidad ofendida, y ya confié sin motivo, ya realice al cabo mi anhelo, quiero que me persuadas de la posibilidad de alcanzarlo, y pongas a contribución tu elocuencia demostrándome que mis votos pueden ser escuchados.
Cuanto más alta la persona, mejor se suele aplacar; las almas generosas se conmueven fácilmente. Basta al magnánimo león postrar a su víctima, y pone fin a la lucha así que la ha rendido; pero el lobo, el oso repulsivo y las fieras menos nobles, se encarnizan con sus presas moribundas. ¿En quién hallamos la fortaleza de Aquiles ante los muros de Troya?, y se declaró vencido por el llanto del viejo rey de Dardania. Con la magnificencia de su pompa funeral atestigua Poros la suprema generosidad del caudillo de Ematia. Y por no alegar ejemplos de los mortales que refrenaron sus ímpetus iracundos, hoy es el yerno de Juno el que antes fue su enemigo. En fin, no me resigno a desesperar de mi salvación, porque el origen de mi castigo no es un crimen que manasangre.
Yo no intenté políticos trastornos amenazando la cabeza de César, que es la del orbe; yo no dije nada; mi lengua no pronunció ningún ultraje ni deslizó frases ofensivas en un momento de embriaguez; soy castigado porque mis ojos involuntariamente vieron un crimen, y mi falta se reduce a no haber estado ciego. En verdad no pretendo excusar enteramente mi culpa, pero su parte más punible estriba en un error; por eso abrigo la esperanza de que consigas aminorar mi pena, conmutándoseme el lugar del destierro, y ojalá el lucero de la mañana, precursor del sol resplandeciente, en su rápido corcel me traiga pronto día tan anhelado.

VI.- Ni quieres disimular, caro amigo, los lazos de amistad que nos unen, ni podrías, si por ventura lo quisieses. Mientras me fue permitido, no hubo para mí persona más grata que tú, ni en toda la ciudad quien te estimase más que yo. A tal punto se divulgó nuestra cordialidad, que era más conocida que nosotros mismos. El candor de tu alma en las efusiones amistosas vióse reconocido por el mortal a quien rendías culto. Nada me ocultabas, de todo me hacías partícipe, depositabas en mi pecho multitud de secretos, y a la vez eras el único a quien comuniqué los míos, excepto el suceso que ocasionó mi ruina. Si yo te lo hubiese revelado, aun gozarías de tu feliz amigo, salvo y sano gracias a tus consejos; pero el hado me impulsaba con fuerza a merecer el castigo, y me cerró todo camino de salvación. Tal vez la prudencia pudo evitar mi desgracia, tal vez la razón se estrella siempre contra el hado. Mas tú que me estás unido por tan larga intimidad; tú, cuya separación me produce el pesar más hondo, no me olvides, y si gozas de algún favor, te suplico que lo aproveches en el mío, para que temples la cólera del dios a quien ofendí y mi pena se mitigue con el cambio del lugar de destierro.

VII.- Carta escrita con precipitación y fiel mensajera de mis pensamientos, ve a saludar a Perila. Encontrarás la sentada junto a su dulce madre, o entretenida con los libros y las Musas; pero abandonará sus ocupaciones así que sepa tu llegada, y sin tardar te preguntará por el motivo del viaje, el estado en que me dejaste y las tareas a que me dedico. Le dirás que vivo de tal modo que prefiero la muerte, y que la duración de mi pena no me reporta ningún alivio; que he vuelto al cultivo de las Musas que tanto daño me acarrearon, y a combinar voces que se presten a versos desiguales. A la vez le preguntarás: «¿Tú prosigues en nuestros comunes estudios, y compones doctos poemas hoy desusados en Roma?» La Naturaleza y los hados te dieron púdicas costumbres, taras cualidades y notable ingenio. Yo fui el primero que encaminó tus pasos a la fuente Hipocrene, y no para ver cómo perecía desastrosamente la vena de tu inspiración; el primero que la descubrió en tus tiernos años, y tu guía y compañero como un padre lo es de su hija. Si todavía abrasa este fuego tu pecho, sólo la poetisa de Lesbos vencerá tus poemas magistrales. Pero temo que mi fortuna acorte tus vuelos, y que tras mi caída tu espíritu permanezca inactivo. Cuando nos fue lícito me leías gustosa tus versos, yo te recitaba los míos, y era con frecuencia tu juez y tu maestro. Yo prestaba atento oído a tus poesías recién acabadas, y corregía los desmayos de tu vena. Acaso con el ejemplo del daño que mis libros me atrajeron, recelas que te toque parte de mi condenación. No temas, Perila; mas tampoco desvíes a ninguna de sus deberes, y que ninguna aprenda el amor en tus escritos. Así, rechaza, mujer ilustre, los pretextos de la ociosidad, y vuelve al cultivo de las bellas artes, tu religión favorita. La hermosura de tu rostro sentirá los estragos de los años; un día surcarán tu frente las arrugas del tiempo pasado, y pondrá las manos en tu beldad la senectud caduca que nos acomete con pasos silenciosos, y cuando alguien exclame: «Hermosa fue esta mujer», te dolerás y quisieras que el espejo te engañase. Posees módicas rentas, aunque dignísima de mayores; imagínate que compiten con riquezas inmensas, pues la fortuna caprichosa las da y quita a quien se le antoja, y el que ayer era un Creso se convierte de súbito en el pobre Iro. ¿A qué detenerme en pequeñeces? Cuanto poseemos es deleznable, excepto las dotes del ánimo y el corazón; mírate en mí, privado de la patria, de mi casa, de vuestra compañía, y despojado de cuanto se me podía quitar, me entretengo y disfruto con mi ingenio, lo único que César no tiene derecho a perseguir. Cualquiera mano armada de acero cruel podría arrancarme la vida; pero después de muerto me sobrevivirá la fama, y seré leído mientras Roma vencedora contemple desde sus siete colinas la redondez del orbe dominado por sus armas. Y tú, a cuyos talentos deseo destinos más felices que los míos, evita también, ya que puedes, el perecer del todo en la hoguera.

VIII.- Ahora desearía montar el carro de Triptolemo, el que depositó en la inculta tierra las primeras semillas, ahora quisiera regir los dragones con cuyo auxilio Medea se fugó, ¡oh Corinto!, de tu ciudadela, ahora me arrojaría a tomar audaces alas, fuesen las de Perseo o las de Dédalo, para hendir con rápida marcha las tenues auras, y contemplar de repente el dulce suelo de la patria, el aspecto de mi desierta casa, los fieles amigos y, sobre todo, el rostro de mi queridísima esposa. Insensato, ¿por qué formas esos vanos y pueriles votos que ningún día ve ni verá realizados? Si has de suplicar alguna vez, adora el numen de Augusto y eleva humilde tus plegarias al dios cuyo enojo experimentaste. Él sólo te traerá las alas y los carros voladores; así que te permita el regreso, al instante emprenderás el vuelo.

Si impetrase este favor, el más grande que podría apetecer, temo que mis votos pareciesen demasiado ambiciosos. Tal vez un día, cuando su cólera se haya saciado, se me proporcione entonces la ocasión de rogarle con vivas instancias. En el ínterin solicitaré más pequeña merced, y para mi será muy grande, que me ordene salir de esta región adonde le plazca. Aquí me dañan las aguas, el clima, la tierra y el aire, y una postración crónica aniquila mi organismo; sea que el contagio de la mente enferma se comunique a los miembros, sea que resida la causa de mi dolencia en la naturaleza del país. Desde que arribé al Ponto, los insomnios me fatigan, la demacración casi descubre mis huesos y los alimentos me repugnan al paladar. En mi faz y mi cuerpo se retrata la palidez que en las primeras ráfagas otoñales seca las hojas heridas por los hielos precursores del invierno: me siento incapaz de restaurar las fuerzas perdidas y nunca faltan motivos a mis lamentaciones. Mi ánimo gime tan decaído como mi cuerpo igualmente enfermo; por una y otra parte arrostro un doble tormento. Siempre se me ofrece delante, como un espectro real, la imagen de mi triste destino, el aspecto de este lugar, las costumbres de sus moradores, sus trajes y su lengua; pienso en lo que soy y lo que fui antes, y de tal modo me sugestiona el amor de la muerte, que me lamento de que la cólera de César no haya vengado sus ofensas con la espada; mas puesto que su rigor se detuvo una vez, confío en que dulcifique mi destierro señalándome otro país.

IX.- ¿Quién lo creerá? Aquí existen también ciudades griegas entre estos nombres bárbaros y atroces; aquí vino una colonia procedente de Mileto, que edificó sus casas entre los Getas; pero el nombre primitivo del lugar anterior a la fundación de la ciudad, según las tradiciones, viene del asesinato de Absirto. En la nave construida por el esfuerzo de la belicosa Minerva, que surcó la primera estas aguas inexploradas, dícese que la impía Medea abordó un día a sus playas, huyendo del padre a quien abandonaba; así que lo descubre a lo lejos el centinela apostado en una eminencia, grita: «¡Que viene el enemigo; reconozco las velas de Coleos!» Los Minios se alarman, sueltan los cables del muelle, y el áncora obedezca las manos vigorosas que la elevan. La princesa de Colcos se golpea el pecho destrozado por los remordimientos con aquella mano que osó y osará cometer tantas atrocidades; y a pesar de la ingénita audacia de su ánimo, la palidez se pinta en el rostro atónito de la virgen. Luego, a la vista de la escuadra que avanza, grita: «Somos perdidos, y necesitamos detener a mi padre con cualquier estratagema.» Mientras busca su salvación y vuelve la vista a todas partes, la fija en su hermano que se hallaba presente, y exclama: «Vencimos; éste me salvará con su muerte. En seguida clava el mortífero hierro en las entrañas del inocente, que en su ignorancia no temía tan abominable traición; lo despedaza y dispersa por el campo sus miembros, que se habrían de recoger en sitios distintos, y a fin de que sepa su padre quién es la víctima, desde la cúspide de una roca expone a su vista las manos lívidas del joven y la cabeza que chorrea sangre, para que se detenga con esta nueva aflicción y retrase el funesto viaje, ocupado en recoger aquellos miembros inanimados. De aquí que este lugar se llame Tomos, porque en él una hermana hizo pedazos el cuerpo de su hermano.

X.- Si hay todavía en Roma quien se acuerde del desterrado Nasón y, a falta de mi persona, subsiste en ella todavía mi nombre, sepa que vivo en medio de la barbarie, bajo la constelación que nunca se sumerge en las olas, rodeado por los Sármatas, gente feroz, y los Besos y los Getas, voces bien poco dignas de sonar en mis poemas. Si reinan los templados Céfiros, el Danubio nos sirve de barrera, y con sus líquidos raudales nos protege de la invasión; mas cuando el triste invierno muestra su escuálida faz, y la escarcha convierte el suelo en mármol de blancura deslumbrante, cuando el Bóreas se desata y la nieve se amontona bajo la Osa, entonces estos pueblos se sienten oprimidos por el polo que estremecen las borrascas. La nieve cubre la tierra y ni el sol ni la lluvia la deshacen; el Bóreas la endurece y la convierte en perpetua; aun no derretida la primera, cae la segunda, y suele amontonarse en muchos sitios la de dos años. La fuerza del violento Aquilón es tal, que derriba las altas torres y se lleva las casas arrancadas de su asiento.
Con pieles y burdas bragas cosidas se defienden sus habitantes mal de los fríos, y de todo el cuerpo sólo descubren el rostro; es frecuente oír cómo suenan los cabellos a cualquier movimiento y ver las barbas blancas con los copos recogidos. El vino se sostiene sin liquidarse, conserva la forma de la vasija que lo guarda, y no se bebe a tragos, sino partido en pedazos. ¿Qué diré de los arroyos presos y solidificados por el frío, y los lagos donde se cavan bloques de agua? Este mismo río tan anchuroso como el que produce el pápiro que vierte en el vasto mar por muchas bocas su corriente, el íster de ondas azuladas se congela por la acción de los vientos y sus aguas por ocultas vías desembocan en el Euxino. Entonces camínase a pie por donde bogaban los barcos, el casco del caballo golpea las sólidas ondas, y mientras las líquidas resbalan por debajo, cruzan aquellos nuevos puentes los bueyes de los Sármatas que arrastran sus bárbaros carros. Apenas se me creerá, pero no teniendo interés en disfrazar la verdad, mi testimonio debe merecer plena confianza. Vimos el vasto Ponto cerrarse y detenerse, y que una capa de hielo oprimía sus inmóviles aguas; y no me bastó verlo, pisé su dura corteza, y mi pie no se mojó al tocar en la superficie de las ondas. Leandro, si hubieses en tu tiempo hallado así el mar, las aguas del estrecho no fueran las culpables de tu muerte. Entonces los delfines no pueden saltar al aire arqueando sus cuerpos, porque al intentarlo el duro invierno los contiene; y aunque el Bóreas sacuda las alas con estrépito, ni una ola se alza en el golfo cautivo. Las naves quedan aprisionadas entre témpanos semejantes a bloques de mármol, y el remo es impotente a romper la dureza de la superficie. Vimos a los peces sujetos y encadenados por el hielo, y muchos de ellos aun estaban vivos.
Cuando la fuerza cruel del violento Bóreas cristaliza las aguas marinas o las que desborda el río impetuoso, de súbito atraviesa el íster, congelado por los recios Aquilones, el bárbaro enemigo, tan temible por sus corceles como por sus saetas disparadas de lejos, que devastan las extensas llanuras vecinas. Los unos huyen, y como nadie defiende los campos, entregan al saqueo las riquezas abandonadas; pobres riquezas campestres reducidas a los rebaños, los carros rechinantes y las economías del mísero labriego; los otros, conducidos prisioneros con los brazos atados a la espalda, vuelven en vano las miradas hacia sus campos y sus Lares; una buena parte cae atravesada miserablemente por los arpones de las saetas, cuya ligera punta está teñida de mortal veneno: destruyen lo que no pueden coger y transportar consigo, y la llama enemiga devora las inocentes cabañas. Hasta en el reinado de la paz tiemblan con el espectro de la guerra, y la pesada reja se abstiene de romper las glebas. Aquí, o se ve o se teme al enemigo aun no visto, y el cultivo de la tierra cesa por el abandono. Aquí no se esconde el dulce racimo a la sombra de los pámpanos y las hojas, y el mosto no fermenta en las llenas cubas. La región niega toda especie de fruta, y Aconcio no encontraría una manzana donde escribir las palabras que dirigió a su amada. Los campos aparecen desnudos de árboles y verdor. ¡Ay!, estos lugares no debía visitarlos ningún mortal dichoso. Siendo tan dilatada la extensión del universo, ésta es la tierra que fue escogida para mi destierro.

XI.- Tú que insultas cobarde mis infortunios y sin descanso me persigues con tus cruentas acusaciones, sin duda naciste entre las rocas, te amamantaste con leche de fieras y alientas con un corazón de pedernal. ¿Hay grado mayor adonde llegue tu odio? ¿Crees que falta algo a mi desolación? Mírame en tierra extraña, en la playa inhospitalaria del Ponto, bajo la constelación de la Osa del Ménalo con su fiel Bóreas. No tengo trato ni conversación con esta gente feroz, y todos los sitios aquí infunden miedo. Como el tímido ciervo sorprendido por osos carniceros, o como tiembla la oveja asediada de lobos montaraces, así yo en medio de hordas belicosas tiemblo del enemigo que amenaza traspasarme el pecho. ¿Te parece poco castigo la separación de mi esposa, de mi patria y de tantas prendas queridas? Cuando no soportase otro daño que la cólera del César, ¿es poca desgracia para mí el arrostrarla? Y, sin embargo, no falta un hombre tan perverso que encone la herida todavía sangrienta, y ejercite su elocuencia perorando contra mis extravíos. Cualquiera logra ser elocuente en una causa fácil, y con poca fuerza se desmorona un edificio que amenaza caer. El valor estriba en allanar las fortalezas y los altos muros; hasta los cobardes pueden pisotear al caído. Ya no soy lo que fui; ¿por qué trituras mi vana sombra?, ¿por qué acometes con las piedras mis cenizas y mi hoguera? Héctor era tal, cuando luchaba en las batallas; amarrado a los caballos de Hemonia, ya no era el mismo Héctor. Ten presente que no soy el que conociste en otros días: de aquel sujeto no queda más que su fantasma. ¿A qué persigues feroz mi sombra con tus amargos dicterios? Cesa, te lo ruego, de ultrajar a mis manes. Demos que todos mis delitos son verdaderos y que en ellos no veas la imprudencia, sino el crimen: estoy pagando la pena que debe saciar tu rabia con el destierro, cruel por sí mismo y por el lugar que se me señaló. Mi suerte arrancaría lágrimas a los ojos de un verdugo; sólo a tu juicio no es bastante rigurosa. Eres más implacable que el siniestro Busiris o el rey que tostaba a fuego lento sus víctimas en las entrañas de un falso toro. El artífice que, según cuentan, lo ofreció al tirano de Sicilia, ponderaba en tales términos su labor maravillosa.«En este presente ¡oh rey!, hallarás que el empleo aventaja a la apariencia; su valor no estriba sólo en la bella forma ¿Ves esta abertura al diestro costado del toro? Por ella se ha de introducir la víctima que destines a la muerte, y una vez dentro, la encierras y la abrasas lentamente; enseguida mugirá, y creerás oír a un toro verdadero. Te suplico que pagues el regalo de mi invención con otro tal, que sea premio digno de su mérito». Así dijo, y Falaris le contestó: «Admirable inventor del nuevo suplicio, tú mismo regarás con tu sangre tan ingenioso artefacto ». Bien pronto, abrasado cruelmente por el fuego que inventara, dejó escapar de su trémula boca quejumbrosos mugidos. ¿Qué tengo que ver con los de Sicilia viviendo entre los Escitas y Getas? Mis quejas se vuelven contra ti, seas quien seas. Para que logres apagar tu sed en mi sangre y tu rencor implacable saboree gozoso este bárbaro placer, he sufrido en mi extrañamiento tales trabajos por mar y tierra, que, si los oyeras, pienso que tú mismo te moverías a compasión. Créeme que comparado con Ulises, la cólera de Neptuno fue menos iracunda que la de Jove. Así, seas quien fueres, cesa en el propósito de abrir mis llagas y poner tus crueles manos en la úlcera que me atormenta; deja que al fin se cicatrice por completo y que el olvido debilite el recuerdo de mi culpa. Teme las constantes alternativas de la suerte humana, que así nos eleva como nos humilla, y puesto que pones tanto interés en lo que me atañe, cosa que nunca imaginé pudiera suceder, desecha todo temor; mi fortuna ha llegado al colmo de la miseria, el enojo de César arrastra consigo todos los males, y para convencerte mejor y que no tomes mis protestas a fingimiento, desearía que tú mismo experimentases mis dolores.

XII.- Los Céfiros templan los rigores del frío, y el año terminó su revolución; pero este invierno de las playas Meótidas me ha parecido más largo que otros. El carnero que no pudo soportar la carga de Helle, iguala el tiempo de la noche con el día; los jóvenes y las alegres doncellas cogen en el campo las violetas que la baldía tierra produce sin que nadie las siembre; los prados se esmaltan con flores de diversos matices, y las parleras aves entonan sus cantos no aprendidos; la golondrina, para borrar el crimen de madre desnaturalizada, suspende en las vigas su cuna y frágil nido, y la hierba, hasta ahora oculta en los surcos de Ceres, asoma el débil tallo en la templada tierra. En los términos que hay viñas, las yemas brotan en los sarmientos, aunque la viña fructifica lejos de las playas Géticas; en los lugares de árboles las ramas se hinchan con la savia, pero los árboles distan largo trecho de los confines de los Getas. Roma ahora se entrega a las diversiones; los juegos suceden sin intervalo a las gárrulas contiendas del foro locuaz; ya se verifican las apuestas de caballos, ya simulacros bélicos con armas ligeras, ya se juega a la pelota, ya al troco que gira veloz. Después de la lucha, la juventud, frotada de aceite, baña sus fatigados miembros en la fuente Virginal. La escena se inaugura, el aplauso estalla en los opuestos bandos y los tres foros resuenan con el estrépito de los tres teatros. ¡Oh!, cuatro y mil veces venturoso el mortal a quien no se prohibe la estancia en Roma y goza de estos espectáculos. Yo no siento otra satisfacción que contemplar cómo el sol de primavera derrite la nieve y las aguas que ya no es preciso romper en los lagos endurecidos. Ni el mar se convierte en planicie de hielo, ni, como días atrás, el boyero Sármata conduce por el Ister su carro rechinante; al contrario, pronto comenzarán a nadar sobre su corriente los barcos, y algunas velas extranjeras arribarán a las costas del Ponto. Correré solícito a saludar al marinero, y le preguntaré adónde se dirige, quién es y de dónde viene. Me extrañaré mucho si partiendo de la región limítrofe no se reduce a bogar sin riesgos por las ondas vecinas. Es raro el navegante que viene de Italia a tan remotos mares; raro el que aborda este litoral sin puerto. Ya hable el griego, ya el latín, cuyas voces suenan más gratas en mis oídos, ya de la embocadura del estrecho y las ondas de la vasta Propóntide, el Noto propicio impulse aquí las velas de algún marino; cualquiera que sea, puede convertirse en el portavoz de fausta nueva y constituir una parte y un grado superior de la fama. Ojalá responda a mis súplicas, relatándome los triunfos que oyó de César y las acciones de gracias que a Jove tributa el Lacio, y la humillación de la rebelde Germania, que abate su triste cabeza a las plantas del magnánimo caudillo. Quien me refiera estos hechos, que sentiré no haber visto, inmediatamente será en mi casa recibido como huésped. ¡Ay de mí! ¿La morada de Nasón radicará siempre bajo el cielo de Escitia? ¿La sentencia fijó definitivamente sus Lares en este país? Quieran, César, los dioses que no sea tal el punto que se me asigna por patria y santuario de mis dioses, sino un sitio pasajero en el que expíe mi falta.

XIII.- He aquí que llega el tiempo señalado, el día inútil de mi natalicio, ¿pues para qué vi la luz? Cruel, ¿por qué vienes a aumentar los míseros años de un desterrado? Mejor deberías ponerles término. Si en algo te interesaste por mí, o conservaras un átomo de pudor no me habrías seguido tan lejos de la patria, y aquel lugar donde me conociste primero, tierno infante, hubieses procurado que fuese el último para mí, y darme la despedida en aquella ciudad que pronto había de abandonar, como hicieron mis amigos. ¿Qué te importa a ti el Ponto? ¿Acaso la cólera de César te relegó también a la extremidad de sus heladas tierras? ¿Esperas acaso que te tribute los honores acostumbrados, que flote caída de mis hombros la blanca vestidura, que ciña de flores el ara humeante y queme en el solemne fuego los granos del incienso, y te ofrezca la torta que festejó el día de mi nacimiento, y mi boca pronuncie palabras de fausto augurio? No, es tal mi situación, ni son los tiempos tan favorables que me regocije por tu advenimiento. Mejor me convendría una ara fúnebre ceñida de letal ciprés, y la llama dispuesta al incendio de la pira. Me resisto a ofrecer el incienso a los dioses inexorables, y a mis labios no acuden palabras de feliz presagio en tanto infortunio. Si a pesar de todo debo pedir alguna merced en este día, te suplico que no vuelvas a visitarme en estos lugares mientras habite el Ponto que baña los últimos límites del orbe y lleva el falso nombre de Euxino.

XIV.- Cultivador y pontífice sagrado de las doctas letras, tú que solías festejarme en la prosperidad, ¿te preocupas hoy por igual de que no viva completamente desterrado? ¿Acoges aún benévolo mis poemas, exceptuando aquel Arte que tan nocivo fuera a su autor? Te ruego que continúes en ese camino, amador de los nuevos poetas, y en cuanto de ti dependa, esfuérzate por detenerme en Roma. El destierro se dictó contra mi, no contra mis libros, nada merecedores de compartir el destino de su dueño. Con frecuencia un padre desterrado vaga por las regiones extremas del mundo, y, no obstante, se permite a sus hijos residir en la ciudad. A ejemplo de Palas, mis versos se crearon sin madre, y constituyen mi familia y mi posteridad. Te los recomiendo, por lo mismo que lloran huérfanos de padre, y ha de ser para ti una carga mayor su tutela. Tres de mis libros me acompañaron en la desgracia; interésate públicamente por todos los restantes. Escribí además quince volúmenes de Metamorfosis arrancadas al funeral de su dueño, obra que pudo alcanzar gran renombre, si la ruina no me sorprendiese antes de darle la última mano. Por eso llega incorrecta al juicio del público, si el público se acuerda todavía de leer mis poemas. Imita a los demás libros este nuevo, valga lo que valiere, que te envío de un hemisferio diferente, y quien lo lea, si alguien lo lee, considere en qué tiempo y lugar se compuso. Será juez imparcial de mis trabajos el que sepa que se escribieron en el tiempo del destierro y el lugar de la barbarie, y se asombrará de que en medio de tantas adversidades mi triste mano haya podido trazar una sola línea. Las desdichas han quebrantado mi ingenio, que ya antes era de infecunda y pobre vena; pero tal como fue, perdióse por falta de ejercicio, y la ha convertido en aridez la continua negligencia. Aquí no abundan los libros que me sirvan de incentivo y alimento; en su lugar resuenan los arcos y las armas. No hay hombre en esta tierra, si le recitase mis versos, capaz de comprenderlos, ni lugar adonde me retire, pues las puertas cerradas y el muro defensivo me separan de los enemigos Getas. A veces pregunto por la significación de una voz, un nombre y un lugar, y nadie satisface mis preguntas. Me sonroja confesarlo: muchas veces, cuando quiero decir algo, me faltan las palabras y no acierto a expresarme; casi nunca hiere mis oídos más que la jerga de Tracia y Escitia, y creo que podría escribir en la lengua de los Getas. No lo dudes, temo mezclar con los vocablos latinos los del Ponto, y que leas éstos estampados en mis escritos. Así, pues, acepta benévolo este libro de dudoso mérito, y excúsalo con el estado de mi presente fortuna.

 

 

 

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