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OVIDIO

La Metamorfosis

Libro Primero

 

Invocación
Me lleva lleva el ánimo a decir las mutadas formas
a nuevos cuerpos: dioses, estas empresas mías –pues vosotros los mutasteis–
aspirad, y, desde el primer origen del cosmos
hasta mis tiempos, perpetuo desarrollad mi poema.

El origen del mundo
5. Antes del mar y de las tierras y, el que lo cubre todo, el cielo,
uno solo era de la naturaleza el rostro en todo el orbe,
al que dijeron Caos, ruda y desordenada mole
y no otra cosa sino peso inerte, y, acumuladas en él,
unas discordes simientes de cosas no bien unidas.
10. Ningún Titán todavía al mundo ofrecía luces,
ni nuevos, en creciendo, reiteraba sus cuernos Febe,
ni en su circunfuso aire estaba suspendida la tierra,
por los pesos equilibrada suyos, ni sus brazos por el largo
margen de las tierras había extendido Anfitrite,
15. y por donde había tierra, allí también ponto y aire:
así, era inestable la tierra, innadable la onda,
de luz carente el aire: ninguno su forma mantenía,
y estorbaba a los otros cada uno, porque en un cuerpo solo
lo frío pugnaba con lo caliente, lo humedecido con lo seco,
20. lo mullido con lo duro, lo sin peso con lo que tenía peso.
Tal lid un dios y una mejor naturaleza dirimió,
pues del cielo las tierras, y de las tierras escindió las ondas,
y el fluente cielo segregó del aire espeso.
Estas cosas, después de que las separó y eximió de su ciega acumulación,
25. disociadas por lugares, con una concorde paz las ligó.
La fuerza ígnea y sin peso del convexo cielo
rieló y un lugar se hizo en el supremo recinto.
Próximo está el aire a ella en levedad y en lugar.
Más densa que ellos, la tierra, los elementos grandes arrastró
30. y presa fue de la gravedad suya; el circunfluente humor
lo último poseyó y contuvo al sólido orbe.
Así cuando dispuesta estuvo, quien quiera que fuera aquel, de los dioses,
esta acumulación sajó, y sajada en miembros la rehizo.
En el principio a la tierra, para que no desigual por ninguna
35. parte fuera, en forma la aglomeró de gran orbe;
entonces a los estrechos difundirse, y que por arrebatadores vientos se entumecieran
ordenó y que de la rodeada tierra circundaran los litorales.
Añadió también fontanas y pantanos inmensos y lagos,
y las corrientes declinantes ciñó de oblicuas riberas,
40. las cuales, diversas por sus lugares, en parte son sorbidas por ella,
al mar arriban en parte, y en tal llano recibidas
de más libre agua, en vez de riberas, sus litorales baten.
Ordenó también que se extendieran los llanos, que se sumieran los valles,
que de fronda se cubrieran las espesuras, lapídeos que se elevaran los montes.
45. Y, como dos por la derecha y otras tantas por su siniestra
parte, el cielo cortan unas fajas –la quinta es más ardiente que aquéllas–,
igualmente la carga en él incluida la distinguió con el número mismo
el cuidado del dios, y otras tantas llagas en la tierra se marcan.
De las cuales la que en medio está no es habitable por el calor.
50. Nieve cubre, alta, a dos; otras tantas entre ambas colocó
y templanza les dio, mezclada con el frío la llama.
Domina sobre ellas el aire, el cual, en cuanto es, que el peso de la tierra,
su peso, que el del agua, más ligero, en tanto es más pesado que el fuego.
Allí también las nieblas, allí aposentarse las nubes
55. ordenó, y los que habrían de conmover, los truenos, las humanas mentes,
y con los rayos, hacedores de relámpagos, los vientos.
A ellos también no por todas partes el artífice del mundo que tuvieran
el aire les permitió. Apenas ahora se les puede impedir a ellos,
cuando cada uno gobierna sus soplos por diverso trecho,
60. que destrocen el cosmos: tan grande es la discordia de los hermanos.
El Euro a la Aurora y a los nabateos reinos se retiró,
y a Persia, y a las cimas sometidas a los rayos matutinos.
El Anochecer y los litorales que con el caduco sol se templan,
próximos están al Céfiro; Escitia y los Siete Triones
65. horrendo los invadió el Bóreas. La contraria tierra
con nubes asiduas y lluvia la humedece el Austro.
De ello encima impuso, fluido y de gravedad carente,
el éter, y que nada de la terrena hez tiene.
Apenas así con lindes había cercado todo ciertas,
70. cuando, las que presa mucho tiempo habían sido de una calina ciega,
las estrellas empezaron a hervir por todo el cielo,
y para que región no hubiera ninguna de sus vivientes huérfana,
los astros poseen el celeste suelo, y con ellos las formas de los dioses;
cedieron para ser habitadas a los nítidos peces las ondas,
75. la tierra a las fieras acogió, a los voladores el agitable aire.
Más santo que ellos un viviente, y de una mente alta más capaz,
faltaba todavía, y que dominar en los demás pudiera:
nacido el hombre fue, sea que a él con divina simiente lo hizo
aquel artesano de las cosas, de un mundo mejor el origen,
80. sea que reciente la tierra, y apartada poco antes del alto
éter, retenía simientes de su pariente el cielo;
a ella, el linaje de Jápeto, mezclada con pluviales ondas,
la modeló en la efigie de los que gobiernan todo, los dioses,
y aunque inclinados contemplen los demás vivientes la tierra,
85. una boca sublime al hombre dio y el cielo ver
le ordenó y a las estrellas levantar erguido su semblante.
Así, la que poco antes había sido ruda y sin imagen, la tierra
se vistió de las desconocidas figuras, transformada, de los hombres.

Las edades del hombre
Áurea la primera edad engendrada fue, que sin defensor ninguno,
90. por sí misma, sin ley, la confianza y lo recto honraba.
Castigo y miedo no habían, ni palabras amenazantes en el fijado
bronce se leían, ni la suplicante multitud temía
la boca del juez suyo, sino que estaban sin defensor seguros.
Todavía, cortado de sus montes para visitar el extranjero
95. orbe, a las fluentes ondas el pino no había descendido,
y ningunos los mortales, excepto sus litorales, conocían.
Todavía vertiginosas no ceñían a las fortalezas sus fosas.
No la tuba de derecho bronce, no de bronce curvado los cuernos,
no las gáleas, no la espada existía. Sin uso de soldado
1. sus blandos ocios seguras pasaban las gentes.
Ella misma también, inmune, y de rastrillo intacta, y de ningunas
rejas herida, por sí lo daba todo la tierra,
y, contentándose con unos alimentos sin que nadie los obligara creados,
las crías del madroño y las montanas fresas recogían,
105. y cornejos, y en los duros zarzales prendidas las moras
y, las que se habían desprendido del anchuroso árbol de Júpiter, bellotas.
Una primavera era eterna, y plácidos con sus cálidas brisas
acariciaban los céfiros, nacidas sin semilla, a las flores.
Pronto, incluso, frutos la tierra no arada llevaba,
110. y no renovado el campo canecía de grávidas aristas.
Corrientes ya de leche, ya corrientes de néctar pasaban,
y flavas desde la verde encina goteaban las mieles.
Después de que, Saturno a los tenebrosos Tártaros enviado,
bajo Júpiter el cosmos estaba, apareció la plateada prole,
115. que el oro inferior, más preciosa que el bermejo bronce.
Júpiter contrajo los tiempos de la antigua primavera
y a través de inviernos y veranos y desiguales otoños
y una breve primavera, por cuatro espacios condujo el año.
Entonces por primera vez con secos hervores el aire quemado
120. se encandeció, y por los vientos el hielo rígido quedó suspendido.
Entonces por primera vez entraron en casas, casas las cavernas fueron,
y los densos arbustos, y atadas con corteza varas.
Simientes entonces por primera vez, de Ceres, en largos surcos
sepultadas fueron, y hundidos por el yugo gimieron los novillos.
125. Tercera tras aquella sucedió la broncínea prole,
más salvaje de ingenios y a las hórridas armas más pronta,
no criminal, aun así; es la última de duro hierro.
En seguida irrumpió a ese tiempo, de vena peor,
toda impiedad: huyeron el pudor y la verdad y la confianza,
130. en cuyo lugar aparecieron los fraudes y los engaños
y las insidias y la fuerza y el amor criminal de poseer.
Velas daba a los vientos, y todavía bien no los conocía
el marinero, y las que largo tiempo se habían alzado en los montes altos
en oleajes desconocidos cabriolaron, las quillas,
135. y común antes, cual las luces del sol y las auras,
el suelo, cauto lo señaló con larga linde el medidor.
Y no sólo sembrados y sus alimentos debidos se demandaba
al rico suelo, sino que se entró hasta las entrañas de la tierra,
y las que ella había reservado y apartado junto a las estigias sombras,
140. se excavan esas riquezas, aguijadas de desgracias.
Y ya el dañino hierro, y que el hierro más dañino el oro
había brotado: brota la guerra que lucha por ambos,
y con su sanguínea mano golpea crepitantes armas.
Se vive al asalto: no el huésped de su huésped está a salvo,
145. no el suegro de su yerno, de los hermanos también la gracia rara es.
Acecha para la perdición el hombre de su esposa, ella del marido,
cetrinos acónitos mezclan terribles madrastras,
el hijo antes de su día inquiere en los años del padre.
Vencida yace la piedad, y la Virgen, de matanza mojadas,
150. la última de los celestes, la Astrea, las tierras abandona.

La Gigantomaquia
Y para que no estuviera que las tierras más seguro el arduo éter,
que aspiraron dicen al reino celeste los Gigantes,
y que acumulados levantaron hacia las altas estrellas sus montes.
Entonces el padre omnipotente enviándoles un rayo resquebrajó
155. el Olimpo y sacudió el Pelión del Osa, a él sometido;
sepultados por la mole suya, al quedar sus cuerpos siniestros yacentes,
regada de la mucha sangre de sus hijos dicen
que la Tierra se impregnó, y que ese caliente crúor alentó,
y para que de su estirpe todo recuerdo no desapareciera,
160. que a una faz los tornó de hombres. Pero también aquel ramo
despreciador de los altísimos y salvaje y avidísimo de matanza
y violento fue: bien sabrías que de sangre habían nacido.

El concilio de los dioses (I)
Lo cual el padre cuando vio, el Saturnio, en su supremo recinto,
gime hondo, y, todavía no divulgados por recién cometidos,
165. los impuros banquetes recordando de la mesa de Licaón,
ingentes en su ánimo y dignas de Júpiter concibió unas iras,
y el consejo convoca; no retuvo demora ninguna a los convocados.
Hay una vía sublime, manifiesta en el cielo sereno:
Láctea de nombre tiene, por su candor mismo notable.
170. Por ella el camino es de los altísimos hacia los techos del gran Tonante
y su real casa: a derecha e izquierda los atrios
de los dioses nobles van concurriéndose por sus compuertas abiertas,
la plebe habita otros, por sus lugares opuestos: en esta parte los poderosos
celestiales y preclaros pusieron sus penates.
175. Éste lugar es, al que, si a las palabras la audacia se diera,
yo no temería haber llamado los Palacios del gran cielo.
Así pues, cuando los altísimos se sentaron en su marmóreo receso,
más excelso él por su lugar, y apoyado en su cetro marfileño,
terrorífica, de su cabeza sacudió tres y cuatro veces
180. la cabellera, con la que la tierra, el mar, las estrellas mueve;
de tales modos después su boca indignada libera:
“No yo por el gobierno del cosmos más ansioso en aquella
ocasión estuve, en la que cada uno se disponía a lanzar,
de los angüípedes, sus cien brazos contra el cautivo cielo,
185. pues aunque fiero el enemigo era, aun así, aquélla de un solo
cuerpo y de un solo origen pendía, aquella guerra;
ahora yo, por doquiera Nereo rodeándolo hace resonar todo el orbe,
al género mortal de perder he: por las corrientes juro
infernales, que bajo las tierras se deslizan a la estigia floresta,
190. que todo antes se ha intentado, pero un incurable cuerpo
a espada se ha de sajar, por que la parte limpia no arrastre.
Tengo semidioses, tengo, rústicos númenes, Ninfas
y Faunos y Sátiros y montañeses Silvanos,
a los cuales, puesto que del cielo todavía no dignamos con el honor,
195. las que les dimos ciertamente, las tierras, habitar permitamos.
¿O acaso, oh altísimos, que bastante seguros estarán ellos creéis,
cuando contra mí, que el rayo, que a vosotros os tengo y gobierno,
ha levantado sus insidias, conocido por su fiereza, Licaón?”
Murmuraron todos, y con afán ardido al que osó
200. tal reclaman: así, cuando una mano impía se ensañó
con la sangre de César para extinguir de Roma el nombre,
atónito por el gran terror de esta súbita ruina
el humano género queda y todo se horrorizó el orbe,
y no para ti menos grata la piedad, Augusto, de los tuyos es
205. que fue aquélla para Júpiter. El cual, después de que con la voz y la mano
los murmullos reprimió, guardaron silencios todos.
Cuando se detuvo el clamor, hundido del peso del soberano,
Júpiter de nuevo con este discurso los silencios rompió:

Licaón
“Él, ciertamente, sus castigos –el cuidado ese perded– ha cumplido.
210. Mas qué lo cometido, cuál sea su satisfacción, os haré saber.
Había alcanzado la infamia de ese tiempo nuestros oídos;
deseándola falsa desciendo del supremo Olimpo
y, dios bajo humana imagen, lustro las tierras.
Larga demora es de cuánto mal se hallaba por todos lados
215. enumerar: menor fue la propia infamia que la verdad.
El Ménalo había atravesado, por sus guaridas horrendo de fieras,
y con Cilene los pinares del helado Liceo:
del Árcade a partir de ahí en las sedes, y en los inhóspitos techos del tirano
penetro, cuando traían los tardíos crepúsculos la noche.
220. Señales di de que había llegado un dios y el pueblo a suplicar
había empezado: se burla primero de esos piadosos votos Licaón,
luego dice: “Comprobaré si dios éste o si sea mortal
con una distinción abierta, y no será dudable la verdad.”
De noche, pesado por el sueño, con una inopinada muerte a perderme
225. se dispone: tal comprobación a él le place de la verdad.
Y no se contenta con ello: de un enviado de la nación
molosa, de un rehén, su garganta a punta tajó
y, así, semimuertos, parte en hirvientes aguas
sus miembros ablanda, parte los tuesta, sometiéndolos a fuego.
230. Lo cual una vez impuso a las mesas, yo con mi justiciera llama
sobre unos penates dignos de su dueño torné sus techos.
Aterrado él huye y alcanzando los silencios del campo
aúlla y en vano hablar intenta; de sí mismo
recaba su boca la rabia, y el deseo de su acostumbrada matanza
235. usa contra los ganados, y ahora también en la sangre se goza.
En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus brazos:
se hace lobo y conserva las huellas de su vieja forma.
La canicie la misma es, la misma la violencia de su rostro,
los mismos ojos lucen, la misma de la fiereza la imagen es.
240. Cayó una sola casa, pero no una casa sola de perecer
digna fue. Por doquiera la tierra se expande, fiera reina la Erinis.
Para el delito que se han conjurado creerías; cumplan rápido todos,
los que merecieron padecer, así consta mi sentencia, sus castigos.”

El concilio de los dioses (II)
Las palabras de Júpiter parte con su voz, murmurando, aprueban e incitamentos
245. añaden. Otros sus partes con asentimientos cumplen.
Es, aun así, la perdición del humano género causa de dolor
para todos, y cuál habrá de ser de la tierra la forma,
de los mortales huérfana, preguntan, quién habrá de llevar a sus aras
inciensos, y si a las fieras, para que las pillen, se dispone a entregar las tierras.
250. A los que tal preguntaban –puesto que él se preocuparía de lo demás–
el rey de los altísimos turbarse prohíbe, y un brote al anterior
pueblo desemejante promete, de origen maravilloso.

El diluvio
Y ya iba sobre todas las tierras a esparcir sus rayos;
pero temió que acaso el sagrado éter por causa de tantos fuegos
255. no concibiera llamas, y que el lejano eje ardiera.
Que está también en los hados, recuerda, que llegará un tiempo
en el que el mar, en el que la tierra y arrebatados los palacios del cielo
ardan y del mundo la mole, afanosa, sufra.
Esas armas vuelven a su sitio, por manos fabricadas de los Cíclopes:
260. un castigo place inverso, al género mortal bajo las ondas
perder, y borrascas lanzar desde todo el cielo.
En seguida al Aquilón encierra en las eolias cavernas,
y a cuantos soplos ahuyentan congregadas a las nubes,
y suelta al Noto: con sus mojadas alas el Noto vuela,
265. su terrible rostro cubierto de una bruma como la pez:
la barba pesada de borrascas, fluye agua de sus canos cabellos,
en su frente se asientan nieblas, roran sus alas y senos.
Y cuando con su mano, a lo ancho suspendidas, las nubes apretó,
se hace un fragor: entonces densas se derraman desde el éter las borrascas.
270. La mensajera de Juno, de variados colores vestida,
concibe, Iris, aguas, y alimentos a las nubes allega:
póstranse los sembrados, y llorados por los colonos
sus votos yacen, y perece el trabajo frustrado de un largo año.
Y no al cielo suyo se limitó de Júpiter la ira, sino que a él
275. su azul hermano le ayuda con auxiliares ondas.
Convoca éste a los caudales. Los cuales, después de que en los techos
de su tirano entraron: “Una arenga larga ahora de usar”,
dice, “no he: las fuerzas derramad vuestras.
Así menester es. Abrid vuestras casas y, la mole apartada,
280. a las corrientes vuestras todas soltad las riendas.”
Había ordenado; ellos regresan, y de sus fontanas las bocas relajan,
y en desenfrenada carrera ruedan a las superficies.
Él mismo con el tridente suyo la tierra golpeó, mas ella
tembló y con su movimiento vías franqueó de aguas.
285. Desorbitadas se lanzan por los abiertos campos las corrientes
y, con los sembrados, arbustos al propio tiempo y rebaños y hombres
y techos, y con sus penetrales arrebatan sus sacramentos.
Si alguna casa quedó y pudo resistir a tan gran
mal no desplomada, la cúpula, aun así, más alta de ella,
290. la onda la cubre, y hundidas se esconden bajo el abismo sus torres.
Y ya el mar y la tierra ninguna distinción tenían:
todas las cosas ponto eran, faltaban incluso litorales al ponto.
Ocupa éste un collado, en una barca se sienta otro combada
y lleva los remos allí donde hace poco arara.
295. Aquél sobre los sembrados o las cúpulas de una sumergida villa
navega, éste un pez sorprende en lo alto de un olmo;
se clava en un verde prado, si la suerte lo deja, el ancla,
o, a ellas sometidos, curvas quillas trillan viñedos,
y por donde hace poco, gráciles, grama arrancaban las cabritas,
300. ahora allí deformes ponen sus cuerpos las focas.
Admiran bajo el agua florestas y ciudades y casas
las Nereides, y las espesuras las poseen los delfines y entre sus altas
ramas corren y zarandeando sus troncos las baten.
Nada el lobo entre las ovejas, bermejos leones lleva la onda,
305. la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí,
ni sus patas veloces, arrebatado, sirven al ciervo,
y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera,
al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante ha caído.
Había sepultado túmulos la inmensa licencia del ponto,
310. y batían las montanas cumbres unos nuevos oleajes.
La mayor parte por la onda fue arrebatada: a los que la onda perdonó,
largos ayunos los doman, por causa del indigente sustento.

Deucalión y Pirra
Separa la Fócide los aonios de los eteos campos,
tierra feraz mientras tierra fue, pero en el tiempo aquel
315. parte del mar y ancha llanura de súbitas aguas.
Un monte allí busca arduo los astros con sus dos vértices,
por nombre el Parnaso, y superan sus cumbres las nubes.
Aquí cuando Deucalión –pues lo demás lo había cubierto la superficie–
con la consorte de su lecho, en una pequeña balsa llevado, se aferró,
320. a las corícidas ninfas y a los númenes del monte oran
y a la fatídica Temis, que entonces esos oráculos tenía:
no que él mejor ninguno, ni más amante de lo justo,
hombre hubo, o que ella más temerosa ninguna de los dioses.
Júpiter, cuando de fluentes lagos que estaba empantanado el orbe,
325. y que quedaba un hombre de tantos miles hacía poco, uno,
y que quedaba, ve, de tantas miles hacía poco, una,
inocuos ambos, cultivadores de la divinidad ambos,
las nubes desgarró y, habiéndose las borrascas con el aquilón alejado,
al cielo las tierras mostró, y el éter a las tierras.
330. Tampoco del mar la ira permanece y, dejada su tricúspide arma,
calma las aguas el regidor del piélago, y al que sobre el profundo
emerge y sus hombros con su innato múrice cubre,
al azul Tritón llama, y en su concha sonante
soplar le ordena, y los oleajes y las corrientes ya
335. revocar, su señal dando: su hueca bocina toma él,
tórcil, que en ancho crece desde su remolino inferior,
bocina, la cual, en medio del ponto cuando concibió aire,
los litorales con su voz llena, que bajo uno y otro Febo yacen.
Entonces también, cuando ella la boca del dios, por su húmeda barba rorante,
340. tocó, y cantó henchida las ordenadas retretas,
por todas las ondas oída fue de la tierra y de la superficie,
y por las que olas fue oída, contuvo a todas.
Ya el mar litoral tiene, plenos acoge el álveo a sus caudales,
las corrientes se asientan y los collados salir parecen.
345. Surge la tierra, crecen los lugares al decrecer las ondas,
y, después de día largo, sus desnudadas copas las espesuras
muestran y limo retienen que en su fronda ha quedado.
Había retornado el orbe; el cual, después de que lo vio vacío,
y que desoladas las tierras hacían hondos silencios,
350. Deucalión con lágrimas brotadas así a Pirra se dirige:
“Oh hermana, oh esposa, oh hembra sola sobreviviente,
a la que a mí una común estirpe y un origen de primos,
después un lecho unió, ahora nuestros propios peligros unen,
de las tierras cuantas ven el ocaso y el orto
355. nosotros dos la multitud somos: posee lo demás el ponto.
Esta tampoco todavía de la vida nuestra es garantía
cierta bastante; aterran todavía ahora nublados nuestra mente.
¿Cuál si sin mí de los hados arrebatada hubieras sido
ahora tu ánimo, triste de ti, sería? ¿De qué modo sola
360. el temor soportar podrías? ¿Con consuelo de quién te dolerías?
Porque yo, créeme, si a ti también el ponto te tuviera,
te seguiría, esposa, y a mí también el ponto me tendría.
Oh, ojalá pudiera yo los pueblos restituir con las paternas
artes, y alientos infundir a la conformada tierra.
365. Ahora el género mortal resta en nosotros dos
–así pareció a los altísimos– y de los hombres como ejemplos quedamos.”
Había dicho, y lloraban; decidieron al celeste numen
suplicar y auxilio por medio buscar de las sagradas venturas.
Ninguna demora hay: acuden a la par a las cefísidas ondas,
370. como todavía no líquidas, así ya sus vados conocidos cortando.
De allí, cuando licores de él tomados rociaron
sobre sus ropas y cabeza, doblan sus pasos hacia el santuario
de la sagrada diosa, cuyas cúspides de indecente
musgo palidecían, y se alzaban sin fuegos sus aras.
375. Cuando del templo tocaron los peldaños se postró cada uno
inclinado al suelo, y atemorizado besó la helada roca,
y así: “Si con sus plegarias justas”, dijeron, “los númenes vencidos
se enternecen, si se doblega la ira de los dioses,
di, Temis, por qué arte la merma del género nuestro
380. reparable es, y presta ayuda, clementísima, a estos sumergidos estados.”
Conmovida la diosa fue y su ventura dio: “Retiraos del templo
y velaos la cabeza, y soltaos vuestros ceñidos vestidos,
y los huesos tras vuestra espalda arrojad de vuestra gran madre.”
Quedaron suspendidos largo tiempo, y rompió los silencios con su voz
385. Pirra primera, y los mandatos de la diosa obedecer rehúsa,
y tanto que la perdone con aterrada boca ruega, como se aterra
de herir, arrojando sus huesos, las maternas sombras.
Entre tanto repasan, por sus ciegas latencias oscuras,
las palabras de la dada ventura, y para entre sí les dan vueltas.
390. Tras ello el Prometida a la Epimetida con plácidas palabras
calma, y: “O falaz”, dice, “es mi astucia para nosotros,
o –píos son y a ninguna abominación los oráculos persuaden–
esa gran madre la tierra es: piedras en el cuerpo de la tierra
a los huesos calculo que se llama; arrojarlas tras nuestra espalda se nos ordena.”
395. De su esposo por el augurio aunque la Titania se conmovió,
su esperanza, aun así, en duda está: hasta tal punto ambos desconfían
de las celestes admoniciones. Pero, ¿qué intentarlo dañará?
Se retiran y velan su cabeza y las túnicas se desciñen,
y las ordenadas piedras tras sus plantas envían.
400. Las rocas –¿quién lo creería, si no estuviera por testigo la antigüedad?–
a dejar su dureza comenzaron, y su rigor
a mullir, y con el tiempo, mullidas, a tomar forma.
Luego, cuando crecieron y una naturaleza más tierna
les alcanzó, como sí semejante, del mismo modo manifiesta parecer no puede
405. la forma de un humano, sino, como de mármol comenzada,
no terminada lo bastante, a las rudas estatuas muy semejante era.
La parte aun así de ellas que húmeda de algún jugo
y terrosa era, vuelta fue en uso de cuerpo.
Lo que sólido es y doblarse no puede, se muta en huesos,
410. la que ahora poco vena fue, bajo el mismo nombre quedó;
y en breve espacio, por el numen de los altísimos, las rocas
enviadas por las manos del hombre la faz tomaron de hombres,
y del femenino lanzamiento restituida fue la mujer.
De ahí que un género duro somos y avezado en sufrimientos
415. y pruebas damos del origen de que hemos nacido.
A los demás seres la tierra con diversas formas
por sí misma los parió después de que el viejo humor por el fuego
se caldeó del sol, y el cieno y los húmedos charcos
se entumecieron por su hervor, y las fecundas simientes de las cosas,
420. por el vivaz suelo nutridas, como de una madre en la matriz
crecieron y faz alguna cobraron con el pasar del tiempo.
Así, cuando abandonó mojados los campos el séptuple fluir
del Nilo, y a su antiguo seno hizo volver sus corrientes,
y merced a la etérea estrella, reciente, ardió hasta secarse el limo,
425. muchos seres sus cultivadores al volver los terrones
encuentran y entre ellos a algunos apenas comenzados, en el propio
espacio de su nacimiento, algunos inacabados y truncos
los ven de sus proporciones, y en el mismo cuerpo a menudo
una parte vive, es la parte otra ruda tierra.
430. Porque es que cuando una templanza han tomado el humor y el calor,
conciben, y de ellos dos se originan todas las cosas
y, aunque sea el fuego para el agua pugnaz, el vapor húmedo todas
las cosas crea, y la discorde concordia para las crías apta es.
Así pues, cuando del diluvio reciente la tierra enlodada
435. con los soles etéreos se encandeció y con su alto hervor,
dio a luz innumerables especies y en parte sus figuras
les devolvió antiguas, en parte nuevos prodigios creó.

La sierpe Pitón
Ella ciertamente no lo querría, pero a ti también, máximo Pitón,
entonces te engendró, y de los pueblos nuevos, desconocida sierpe,
440. el terror eras: tan grande espacio de un monte ocupabas.
A él el dios señor del arco, y que nunca tales armas
antes sino en los gamos y corzas fugaces había usado,
hundido por mil disparos, exhausta casi su aljaba,
lo perdió, derramándose por sus heridas negras su veneno.
445. Y para que de esa obra la fama no pudiera destruir la antigüedad,
instituyó, sagrados, de reiterado certamen, unos juegos,
Pitios con el nombre de la domada serpiente llamados.
Ése de los jóvenes quien con su mano, sus pies o a rueda
venciera, de fronda de encina cobraba un galardón.
450. Todavía laurel no había y, hermosas con su largo pelo,
sus sienes ceñía de cualquier árbol Febo.

Apolo y Dafne
El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no
el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido.
El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio,
455. le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio,
y: “¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?”,
había dicho; “ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros,
que darlas certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo,
que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía,
460. hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón.
Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate
con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras.”
El hijo a él de Venus: “Atraviese el tuyo todo, Febo,
a ti mi arco”, dice, “y en cuanto los seres ceden
465. todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra.”
Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas,
diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó,
y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos
de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor.
470. El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda.
El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo.
Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél
hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.
En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante,
475. de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas
fieras gozando, y émula de la innupta Febe.
Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.
Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,
sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra
480. y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura.
A menudo su padre le dijo: “Un yerno, hija, me debes.”
A menudo su padre le dijo: “Me debes, niña, unos nietos.”
Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales,
su bello rostro teñía de un verecundo rubor
485. y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos:
“Concédeme, genitor queridísimo” le dijo, “de una perpetua
virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana.”
Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas
que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna.
490. Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne,
y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan;
y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,
como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante
o demasiado les acercó o ya a la luz abandonó,
495. así el dios en llamas se vuelve, así en su pecho todo
él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor.
Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos
y “¿Qué si se los arreglara?”, dice. Ve de fuego rielantes,
a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no
500. es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos
y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros:
lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura
ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se detiene:
“¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo;
505. ¡ninfa, espera! Así la cordera del lobo, así la cierva del león,
así del águila con ala temblorosa huyen las palomas,
de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte.
Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas
tus piernas señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor.
510. Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego
corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo.
A quién complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte,
no yo soy un pastor, no aquí ganados y rebaños,
hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes
515. de quién huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra,
y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven;
Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido,
y es se manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios.
Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta
520. más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hizo.
Hallazgo la medicina mío es, y auxiliador por el orbe
se me llama, y el poder de las hierbas sometido está a nos:
ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable,
y no sirven a su dueño las artes que sirven a todos.”
525. Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia
huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás,
entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,
y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,
y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos,
530. y acrecióse su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más
perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba
el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas.
Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo,
ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación:
535. el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla
espera, y con su extendido morro roza sus plantas;
la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios
mordiscos se arranca y la boca que le toca atrás deja:
así el dios y la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor.
540. Aun así el que persigue, por las alas ayudado del amor,
más veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva
acecha, y sobre su pelo, esparcido por su cuello, alienta.
Sus fuerzas ya consumidas palideció ella y, vencida
por la fatiga de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:
545. “Préstame, padre”, dice, “ayuda; si las corrientes numen tenéis,
por la que demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura.”
Apenas la plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo,
se ciñe de una tenue corteza su blando tórax,
550. en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen,
el pie, hace poco tan veloz, con morosas raíces se prende,
su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella.
A ésta también Febo la ama, y puesta en su madero su diestra
siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su pecho,
555. y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros,
besos da al leño; rehúye, aun así, sus besos el leño.
Al cual el dios: “Mas puesto que esposa mía no puedes ser,
el árbol serás, ciertamente”, dijo, “mío. Siempre te tendrán
a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas.
560. Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz
el triunfo cante, y divisen los Capitolios las largas pompas.
En las jambas augustas tú misma, fidelísisma guardiana,
ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás,
y como mi cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos,
565. tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los honores.”
Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea
asiente y, como una cabeza, pareció agitar su copa.

Júpiter e Ío (I)
Hay un bosque en la Hemonia al que por todos lados cierra, acantilada,
una espesura: le llaman Tempe. Por ellos el Peneo, desde el profundo
570. Pindo derramándose, merced a sus espumosas ondas, rueda,
y en su caer pesado nubes que agitan tenues
humos congrega, y sobre sus supremas espesuras con su aspersión
llueve, y con su sonar más que a la vecindad fatiga.
Ésta la casa, ésta la sede, éstos son los penetrales del gran
575. caudal; en ellos aposentado, en su caverna hecha de escollos,
a sus ondas leyes daba, y a las ninfas que honran sus ondas.
Se reúnen allá las paisanas corrientes primero,
ignorando si deben felicitar o consolar al padre:
rico en álamos el Esperquío y el irrequieto Enipeo
580. y el Apídano viejo y el lene Anfriso y el Eante,
y pronto los caudales otros que, por donde los llevara su ímpetu a ellos,
hacia el mar abajan, cansadas de su errar, sus ondas.
El Ínaco solo falta y, en su profunda caverna recóndito,
con sus llantos aumenta sus aguas y a su hija, tristísimo, a Ío,
585. plañe como perdida; no sabe si de vida goza
o si está entre los manes, pero a la que no encuentra en ningún sitio
estar cree en ningún sitio y en su ánimo lo peor teme.
La había visto, de la paterna corriente regresando, Júpiter
a ella y: “Oh virgen de Júpiter digna y que feliz con tu
590. lecho ignoro a quién has de hacer, busca”, le había dicho, “las sombras
de esos altos bosques”, y de los bosques le había mostrado las sombras,
“mientras hace calor y en medio el sol está, altísimo, de su orbe,
que si sola temes en las guaridas entrar de las fieras,
segura con la protección de un dios, de los bosques el secreto alcanzarás,
595. y no de la plebe un dios, sino el que los celestes cetros
en mi magna mano sostengo, pero el que los errantes rayos lanzo:
no me huye”, pues huía. Ya los pastos de Lerna,
y, sembrados de árboles, de Lirceo había dejado atrás los campos,
cuando el dios, produciendo una calina, las anchas tierras
600. ocultó, y detuvo su fuga, y le arrebató su pudor.
Entre tanto Juno abajo miró en medio de los campos
y de que la faz de la noche hubieran causado unas nieblas voladoras
en el esplendor del día admirada, no que de una corriente ellas
fueran, ni sintió que de la humedecida tierra fueran despedidas,
605. y su esposo dónde esté busca en derredor, como la que
ya conociera, sorprendido tantas veces, los hurtos de su marido.
Al cual, después de que en el cielo no halló: “O yo me engaño
o se me ofende”, dice, y deslizándose del éter supremo
se posó en las tierras y a las nieblas retirarse ordenó.
610. De su esposa la llegada había presentido, y en una lustrosa
novilla la apariencia de la Ináquida había mutado él
–de res también hermosa es–: la belleza la Saturnia de la vaca
aunque contrariada aprueba, y de quién, y de dónde, o de qué manada
era, de la verdad como desconocedora, no deja de preguntar.
615. Júpiter de la tierra engendrada la miente, para que su autor
deje de averiguar: la pide a ella la Saturnia de regalo.
¿Qué iba a hacer? Cruel cosa adjudicarle sus amores,
no dárselos sospechoso es: el pudor es quien persuade de aquello,
de esto disuade el amor. Vencido el pudor habría sido por el amor,
620. pero si el leve regalo, a su compañera de linaje y de lecho,
de una vaca le negara, pudiera no una vaca parecer.
Su rival ya regalada no en seguida se despojó la divina
de todo miedo, y temió de Júpiter, y estuvo ansiosa de su hurto
hasta que al Arestórida para ser custodiada la entregó, a Argos.

Argos
625. De cien luces ceñida su cabeza Argos tenía,
de donde por sus turnos tomaban, de dos en dos, descanso,
los demás vigilaban y en posta se mantenían.
Como quiera que se apostara miraba hacia Ío:
ante sus ojos a Ío, aun vuelto de espaldas, tenía.
630. A la luz la deja pacer; cuando el sol bajo la tierra alta está,
la encierra, y circunda de cadenas, indigno, su cuello.
De frondas de árbol y de amarga hierba se apacienta,
y, en vez de en un lecho, en una tierra que no siempre grama tiene
se recuesta la infeliz y limosas corrientes bebe.
635. Ella, incluso, suplicante a Argos cuando sus brazos quisiera
tender, no tuvo qué brazos tendiera a Argos,
e intentando quejarse, mugidos salían de su boca,
y se llenó de temor de esos sonidos y de su propia voz aterróse.
Llegó también a las riberas donde jugar a menudo solía,
640. del Ínaco a las riberas, y cuando contempló en su onda
sus nuevos cuernos, se llenó de temor y de sí misma enloquecida huyó.
Las náyades ignoran, ignora también Ínaco mismo
quién es; mas ella a su padre sigue y sigue a sus hermanas
y se deja tocar y a sus admiraciones se ofrece.
645. Por él arrancadas el más anciano le había acercado, Ínaco, hierbas:
ella sus manos lame y da besos de su padre a las palmas
y no retiene las lágrimas y, si sólo las palabras le obedecieran,
le rogara auxilio y el nombre suyo y sus casos le dijera.
Su letra, en vez de palabras, que su pie en el polvo trazó,
650. de indicio amargo de su cuerpo mutado actuó.
“Triste de mí”, exclama el padre Ínaco, y en los cuernos
de la que gemía, y colgándose en la cerviz de la nívea novilla:
“Triste de mí”, reitera; “¿Tú eres, buscada por todas
las tierras, mi hija? Tú no encontrada que hallada
655. un luto eras más leve. Callas y mutuas a las nuestras
palabras no respondes, sólo suspiros sacas de tu alto
pecho y, lo que solo puedes, a mis palabras remuges.
Mas a ti yo, sin saber, tálamos y teas te preparaba
y esperanza tuve de un yerno la primera, la segunda de nietos.
660. De la grey ahora tú un marido, y de la grey hijo has de tener.
Y concluir no puedo yo con mi muerte tan grandes dolores,
sino que mal me hace ser dios, y cerrada la puerta de la muerte
nuestros lutos extiende a una eterna edad.”
Mientras de tal se afligía, lo aparta el constelado Argos
665. y, arrancada a su padre, a lejanos pastos a su hija
arrastra; él mismo, lejos, de un monte la sublime cima
ocupa, desde donde sentado otea hacia todas partes.
Tampoco de los altísimos el regidor los males tan grandes de la Forónide
más tiempo soportar puede y a su hijo llama, al que la lúcida Pléyade
670. de su vientre había parido, y que a la muerte dé, le impera, a Argos.
Pequeña la demora es la de las alas para sus pies, y la vara somnífera
para su potente mano tomar, y el cobertor para sus cabellos.
Ello cuando dispuso, de Júpiter el nacido desde el paterno recinto
salta a las tierras. Allí, tanto su cobertor se quitó
675. como depuso sus alas, de modo que sólo la vara retuvo:
con ella lleva, como un pastor, por desviados campos unas cabritas
que mientras venía había reunido, y con unas ensambladas avenas canta.
Por esa voz nueva, y cautivado el guardián de Juno por su arte:
“Mas tú, quien quiera que eres, podrías conmigo sentarte en esta roca”,
680. Argos dice, “pues tampoco para el rebaño más fecunda en ningún
lugar hierba hay, y apta ves para los pastores esta sombra.”
Se sienta el Atlantíada, y al que se marchaba, de muchas cosas hablando
detuvo con su discurso, al día, y cantando con sus unidas
cañas vencer sus vigilantes luces intenta.
685. Él, aun así, pugna por vencer sobre los blandos sueños
y aunque el sopor en parte de sus ojos se ha alojado,
en parte, aun así, vigila; pregunta también, pues descubierta
la flauta hacía poco había sido, en razón de qué fue descubierta.

Pan y Siringe
Entonces el dios: “De la Arcadia en los helados montes”, dice,
690. “entre las hamadríadas muy célebre, las Nonacrinas,
náyade una hubo; las ninfas Siringe la llamaban.
No una vez, no ya a los sátiros había burlado ella, que la seguían,
sino a cuantos dioses la sombreada espesura y el feraz
campo hospeda; a la Ortigia en sus aficiones y con su propia virginidad
695. honraba, a la diosa; según el rito también ceñida de Diana,
engañaría y podría creérsela la Latonia, si no
de cuerno el arco de ésta, si no fuera áureo el de aquélla;
así también engañaba. Volviendo ella del collado Liceo,
Pan la ve, y de pino agudo ceñido en su cabeza
700. tales palabras refiere....” Restaba sus palabras referir,
y que despreciadas sus súplicas había huido por lo intransitable la ninfa,
hasta que del arenoso Ladón al plácido caudal
llegó: que aquí ella, su carrera al impedirle sus ondas,
que la mutaran a sus líquidas hermanas les había rogado,
705. y que Pan, cuando presa de él ya a Siringa creía,
en vez del cuerpo de la ninfa, cálamos sostenía lacustres,
y, mientras allí suspira, que movidos dentro de la caña los vientos
efectuaron un sonido tenue y semejante al de quien se lamenta;
que por esa nueva arte y de su voz por la dulzura el dios cautivado:
710. “Este coloquio a mí contigo”, había dicho, “me quedará”,
y que así, los desparejos cálamos con la trabazón de la cera
entre sí unidos, el nombre retuvieron de la muchacha.

Júpiter e Ío (II)
Tales cosas cuando iba a decir ve el Cilenio que todos
los ojos se habían postrado, y cubiertas sus luces por el sueño.
715 Apaga al instante su voz y afirma su sopor,
sus lánguidas luces acariciando con la ungüentada vara.
Y, sin demora, con su falcada espada mientras cabeceaba le hiere
por donde al cuello es confín la cabeza, y de su roca, cruento,
abajo lo lanza, y mancha con su sangre la acantilada peña.
720. Argos, yaces, y la que para tantas luces luz tenías
extinguido se ha, y cien ojos una noche ocupa sola.
Los recoge, y del ave suya la Saturnia en sus plumas
los coloca, y de gemas consteladas su cola llena.
En seguida se inflamó y los tiempos de su ira no difirió
725. y, horrenda, ante los ojos y el ánimo de su rival argólica
le echó a la Erinis, y aguijadas en su pecho ciegas
escondió, y prófuga por todo el orbe la aterró.
Último restabas, Nilo, a su inmensa labor;
a él, en cuanto lo alcanzó y, puestas en el margen de su ribera
730. sus rodillas, se postró, y alzada ella de levantar el cuello,
elevando a las estrellas los semblantes que sólo pudo,
con su gemido, y lágrimas, y luctuoso mugido
con Júpiter pareció quejarse, y el final rogar de sus males.
De su esposa él estrechando el cuello con sus brazos,
730. que concluya sus castigos de una vez le ruega y: “Para el futuro
deja tus miedos”, dice; “nunca para ti causa de dolor
ella será”, y a las estigias lagunas ordena que esto oigan.
Cuando aplacado la diosa se hubo, sus rasgos cobra ella anteriores
y se hace lo que antes fue: huyen del cuerpo las cerdas,
740. los cuernos decrecen, se hace de su luz más estrecho el orbe,
se contrae su comisura, vuelven sus hombros y manos,
y su pezuña, disipada, se subsume en cinco uñas:
de la res nada queda a su figura, salvo el blancor en ella,
y al servicio de sus dos pies la ninfa limitándose
745. se yergue, y teme hablar, no a la manera de la novilla
muja, y tímidamente las palabras interrumpidas reintenta.
Ahora como diosa la honra, celebradísima, la multitud vestida de lino.
Ahora que Épafo generado fue de la simiente del gran Júpiter por fin
se cree, y por las ciudades, juntos a los de su madre,
750. templos posee.

Faetón (I)
Tuvo éste en ánimos un igual, y en años,
del Sol engendrado, Faetón; al cual, un día, que grandes cosas decía
y que ante él no cedía, de que fuera Febo su padre soberbio,
no lo soportó el Ináquida y “A tu madre”, dice, “todo como demente
crees y estás henchido de la imagen de un genitor falso.”
755. Enrojeció Faetón y su ira por el pudor reprimió,
y llevó a su madre Clímene los insultos de Épafo,
y “Para que más te duelas, mi genetriz”, dice, “yo, ese libre,
ese fiero me callé. Me avergüenza que estos oprobios a nos
sí decirse han podido, y no se han podido desmentir.
760. Mas tú, si es que he sido de celeste estirpe creado,
dame una señal de tan gran linaje y reclámame al cielo.”
Dijo y enredó sus brazos en el materno cuello,
y por la suya y la cabeza de Mérope y las teas de sus hermanas,
que le trasmitiera a él, le rogó, signos de su verdadero padre.
765. Ambiguo si Clímene por las súplicas de Faetón o por la ira
movida más del crimen dicho contra ella, ambos brazos al cielo
extendió y mirando hacia las luces del Sol:
“Por el resplandor este”, dice, “de sus rayos coruscos insigne,
hijo, a ti te juro, que nos oye y que nos ve,
770. que de éste tú, al que tú miras, de éste tú, que templa el orbe,
del Sol, has sido engendrado. Si mentiras digo, niéguese él a ser visto
de mí y sea para los ojos nuestros la luz esta la postrera.
Y no larga labor es para ti conocer los patrios penates.
De donde él se levanta la casa es confín a la tierra nuestra:
775. si es que te lleva tu ánimo, camina y averígualo de él mismo.”
Brinca al instante, contento después de tales
palabras de la madre suya, Faetón, y concibe éter en su mente,
y por los etíopes suyos y, puestos bajo los fuegos estelares,
por los indos atraviesa, y de su padre acude diligente a los ortos.

 

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