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G A Y O  J U L I O  C É S A R

LA GUERRA DE LAS GALIAS - LIBRO VI

Segunda expedicion a Germania

Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV - Libro V - Libro VI - Libro VII - Libro VIII

Este libro contiene (anotaciones) que pueden ser consultadas aquí

Anotaciones Realizadas por Napoleón al Libro VI


I. Recelándose César por varios indicios de mayor revolución en la Galia, trata de reclutar nuevas tropas por medio de sus legados Marco Silano, Cayo Antistio Regino y Tito Sertio; pide asimismo al procónsul Cneo Pompeyo, pues que por negocios de la república se hallaba mandando cerca de Roma, ordenase a los soldados que en la Galia Cicalpina había alistado siendo cónsul, acudiesen a sus banderas y viniesen a juntarse con él; juzgando importar mucho, aun para en adelante, que la Galia entendiese ser tanto el poder de Italia, que si alguna pérdida padecía en la guerra, no sólo era capaz de resarcirla presto, sino también de sobreponerse a ella. En efecto, satisfaciendo Pompeyo a la petición de César como celoso del bien público y buen amigo, llenando su comisión prontamente los legados, completas tres legiones y conducidas antes de acabarse el invierno, doblado el número de las cohortes que perecieron con Titurio, hizo ver no menos por la presteza que por los refuerzos hasta dónde llegaban los fondos de la disciplina y potencia del Pueblo Romano.

II. Muerto Induciomaro, como se ha dicho, los trevirenses dan el mando a sus parientes. Éstos no pierden ocasión de solicitar a los germanos y ofrecer dineros.108 No pudiendo persuadir a los vecinos, van tierra adentro; ganados algunos, hacen que los pueblos presten juramento, y para seguridad de la paga les dan fiadores, haciendo liga con Ambiórige. Sabido esto, César, viendo por todas partes aparatos de guerra; a los nervios, aduáticos y menapios juntamente con todos los germanos de esta parte del Rin, armados; no venir los de Sens al emplazamiento, sino coligarse con los chartreses y rayanos, y a los germanos instigados con repetidos mensajes de los trevirenses, determinó salir cuanto antes a campaña. En consecuencia, sin esperar al fin del invierno, al frente de cuatro legiones las más inmediatas, entra por tierras de los nervios, y antes que pudiesen o apercibirse o escapar, habiendo tomado gran cantidad de ganados y personas, y repartido entre los soldados, gastados sus campos, los obligó a entregarse y darle rehenes. Concluido con brevedad este negocio, remitió las legiones a sus cuarteles de invierno.

III. En la primavera llamando a Cortes de la Galia, según lo tenía pensado, y asistiendo todos menos los de Sens, de Chartres y Tréveris, persuadido de que tal proceder era lo mismo que rebelarse y declarar la guerra, para mostrar que todo lo posponía a esto, trasladó las Cortes a París. Su distrito confinaba con el de Sens, y en tiempos pasados estaban unidos los dos, pero se creía que no había tenido parte en esta conjuración. Intimidada la traslación desde el solio, en el mismo día se puso en camino para Sens acompañado de las legiones, y a grandes jornadas llegó allá.

IV. Luego que Acón, autor de la conjura, supo su venida, manda que todos se recojan a las fortalezas. Mientras se disponen, antes de poderlo ejecutar, viene la noticia de la llegada de los romanos; con que por fuerza mudan de parecer, envían diputados a excusarse con César, y ponen por mediadores a los eduos, sus antiguos protectores. César, a petición de dios, les perdona de buena gana, y admite sus disculpas, atento que se debía emplear el verano en la guerra inminente y no en pleitos. Multándolos en cien rehenes, se los entrega a los eduos en custodia. También los de Chartres envían allá embajadores y rehenes valiéndose de la intercesión de los remenses sus patronos, y reciben la misma respuesta de César, que cierra las Cortes, mandando a las ciudades contribuir con gente de a caballo.

V. Sosegada esta parte de la Galia, todas sus miras v atenciones se dirigen a la expedición contra los trevirenses y Ambiórige. Da orden a Cavarino (109) que le siga con la brigada de Sens para evitar las pendencias que podrían originarse o del enojo de éste, o del odio que se había acarreado de sus ciudadanos. Arreglado esto, teniendo por cierto que Ambiórige no se arriesgaría a una batalla, andaba indagando cuáles eran sus ideas. Los menapios, vecinos a los eburones, cercados de lagunas y bosques eran los únicos que nunca trataron de paz con César. No ignoraba tener con ellos Ambiórige derecho de hospedaje, y haber también contraído amistad con los germanos por medio le los trevirenses. Parecióle por tanto privarle ante todas cosas de estos recursos, no fuese que o desesperado se guareciese entre los menapios, o se viese obligado a unirse con los germanos de la otra parte del Rin. Con este fin remite a Labieno los bagajes de todo el ejército con la escolta de dos legiones, y él con cinco a la ligera marcha contra los menapios. Éstos, sin hacer gente alguna, fiados en la fortaleza del sitio, se refugian entre los sotos y lagos con todos sus haberes.

VI. César, repartiendo sus tropas con el legado Cayo Fabio y el cuestor Marco Craso, formados de pronto unos pontones, acomete por tres partes, quema caserías y aldeas, y coge gran porción de ganado y gente. Con cuya pérdida forzados los menapios, le despachan embajadores pidiendo paz. Él, recibidos rehenes en prendas, protesta que los tratará como a enemigos si dan acogida en su país a la persona de Ambiórige, o a sus legados. Ajustadas estas cosas, deja en los menapios a Comió el de Artois con su caballería para tenerlos a raya, y él toma el camino de Tréveris.

VII. En esto los trevirenses, con un grueso ejército de infantes y caballos se disponían a atacar por sorpresa a Labieno, que con una legión sola invernaba en su comarca. Y ya estaban a dos jornadas no más de él, cuando tienen noticia de las dos legiones enviadas por César. Con eso, acampándose a quince millas de distancia, determinan aguardar los socorros de Germania. Labieno, calado el intento de los enemigos, esperando que el arrojo de ellos le presentaría ocasión de pelear con ventaja, dejadas cinco cohortes en guardia de los bagajes, él con veinticinco y buen golpe de caballería marcha contra el enemigo, y a una milla de distancia fortifica su campo. Mediaba entre Labieno y el enemigo un río (110) de difícil paso y de riberas escarpadas. Ni él pensaba en atravesarlo, ni creía tampoco que los enemigos lo pasasen. Creciendo en éstos cada día la esperanza de pronto socorro, dice Labieno en público, «que supuesto corren voces de que los germanos están cerca, no quiere aventurar su persona ni el ejército, y que al amanecer del día siguiente alzará el campo». Al punto dan parte de esto al enemigo; que como había tantos galos en la caballería, algunos, llevados del afecto nacional, favorecían su partido. Labieno, por la noche, llamando a los tribunos y centuriones principales, les descubre lo que pensaba hacer, y a fin de confirmar a los enemigos en la sospecha de su miedo, manda mover las tropas con mayor estruendo y batahola de lo que ordinariamente se usa entre los romanos. Así hace que la marcha tenga apariencias de huida. También de esto avisan sus espías a los enemigos antes del alba, estando como estaban cercanos a nuestras tiendas.

VIII. No bien nuestra retaguardia había desfilado de las trincheras, cuando los galos unos a otros se convidan a no soltar la presa de las manos: ser por demás, estando intimidados los romanos, esperar el socorro de los germanos, y contra su decoro, no atreverse con tanta gente a batir un puñado de hombres, y esos fugitivos y embarazados. En resolución, atraviesan el río, y traban batalla en lugar harto incómodo. Labieno, que lo había adivinado, llevando adelante su estratagema, caminaba lentamente hasta tenerlos a todos de esta parte del río. Entonces, enviando algún trecho adelante los bagajes, y colocándolos en un ribazo: «He aquí, dice, oh soldados, la ocasión que tanto habéis deseado: tenéis al enemigo empeñado en paraje donde no puede revolverse; mostrad ahora bajo mis órdenes el esfuerzo de que habéis dado ya tantas pruebas a nuestro jefe; haced cuenta que se halla él aquí presente y os está mirando. » Dicho esto, manda volver las armas contra el enemigo, y destacando algunos caballos para resguardo del bagaje, con los demás cubre los flancos. Los nuestros súbitamente, alzando un grande alarido, disparan sus dardos contra los enemigos; los cuales, cuando impensadamente vieron venir contra sí a banderas desplegadas a los que suponían fugitivos, ni aun sufrir pudieron su carga, y vueltas al primer choque las espaldas, huyeron a los bosques cercanos; mas alcanzándolos Labieno con su caballería, mató a muchos, prendió a varios, y en pocos días recobró todo el país. Porque los germanos que venían de socorro, sabida la desgracia, se volvieron a sus casas, yendo tras ellos los parientes de Induciomaro, que como autores de la rebelión abandonaron su patria, y cuyo señorío y gobierno recayó en Cingetórige (111) que, según va declarado, siempre se mantuvo leal a los romanos.

IX. César, llegado a Tréveris después de la expedición de los menapios, determinó pasar el Rin, por dos razones: la primera, porque los germanos habían enviado socorros a los trevirenses; la segunda, porque Ambiórige no hallase acogida en sus tierras. Con esta resolución da orden de lanzar un puente poco más arriba del sitio por donde la otra vez transportó el ejército. Instruidos ya de la traza y modo los soldados, a pocos días, por su gran esmero dieron concluida la obra. César, puesta buena guarnición en el puente por la banda de Tréveris para precaver toda sorpresa, pasa las demás tropas y caballería. Los ubios, (112) que antes le habían dado rehenes y la obediencia, por sincerarse le despachan embajadores protestando no haber concurrido al socorro de los trevirenses, ni violado la fe; por tanto, le suplican rendidamente no los maltrate, ni los envuelva en el odio común de los germanos, castigando a los inocentes por los culpados; que si quiere más rehenes, están prontos a darlos. Averiguado el hecho, se certifica que los suevos fueron los que prestaron los socorros; con que recibe a los ubios en su gracia, y se informa de los caminos por donde se podía entrar en la Suevia.

X. En esto, a pocos días le avisan los ubios cómo los suevos iban juntando todas sus tropas en un lugar, obligando a las naciones sujetas a que acudiesen con sus gentes de a pie y de a caballo. Conforme a estas noticias, hace provisión de granos, y asienta sus reales en sitio ventajoso. Manda a los ubios a recoger los ganados y todas sus haciendas de los campos a poblado, esperando que los suevos, como gente ruda y sin disciplina, forzados a la penuria de alimentos, se resolverían a pelear, aun siendo desigual el partido. Encarga que por medio de frecuentes espías averigüen cuanto pasa en los suevos. Hacen dios lo mandado, y después de algunos días, vienen con la noticia de que los suevos, desde que supieron de cierto la venida de los romanos, con todas sus tropas y las auxiliares se habían retirado tierra adentro a lo último de sus confines. Allí se tiende una selva interminable llamada Bacene, que puesta por naturaleza como por barrera entre los suevos y queruscos, los defiende recíprocamente para que no se hagan mal ni daño los unos a los otros. A la entrada de esta selva tenían determinado los suevos aguardar a los romanos.

XI. Mas ya que la ocasión se ha ofrecido, no será fuera de propósito describir las costumbres de la Galia y la Germania, y la diferencia que hay entre ambas naciones. En la Galia no sólo los Estados, partidos y distritos están divididos en bandos, sino también cada familia. De estos bandos son cabezas los que a juicio de los otros se reputan por hombres de mayor autoridad, a cuyo arbitrio y prudencia se confía la decisión de todos los negocios y deliberaciones. Esto lo establecieron a mi ver los antiguos con el fin de que ningún plebeyo faltase apoyo contra los poderosos, pues quien es cabeza de partido no permite que sus parciales sean oprimidos o calumniados; si así no lo hace, pierde todo el crédito entre los suyos. Esta misma práctica se observaba en el gobierno de toda la Galia, cuyas provincias están todas divididas en dos facciones.

XII. Cuando César vino a la Galia, de la una eran jefes los eduos, y los secuanos de la otra. Éstos, reconociéndose inferiores porque de tiempo antiguo los eduos los sobrepujaban en autoridad y en número de vasallos, se coligaron con los germanos y Ariovisto, empeñándolos en su partido a costa de grandes dádivas y promesas. Con eso, ganadas varias victorias, y degollada toda la nobleza de los eduos, vinieron a tal pujanza, que les quitaron gran parte de los vasallos y los obligaron a dar en prendas los hijos de los principales, y a jurar solemnemente que nunca emprenderían cosa en perjuicio de los secuanos; y a la sazón poseían una porción del territorio confinante que ocuparon por fuerza con el principado de toda la Galia.
Ésta fue la causa que obligó a Diviciaco a ir a Roma a pedir auxilio al Senado, si bien no le obtuvo. Trocáronse con la venida de César las suertes, restituyéronse a los eduos sus rehenes, recobrados los antiguos vasallos, y adquiridos otros nuevos por el favor de César, pues veían que los que se aliaban con ellos mejoraban de condición y de gobierno, distinguidos y privilegiados en todo los eduos, perdieron los secuanos el principado. En su lugar sucedieron los remenses, que, como privaban igualmente con César, lo que por enemistades envejecidas no podían avenirse con los eduos, se hicieron del bando de los remenses, los cuales procuraban protegerlos con todo empeño. Así sostenían la nueva dignidad a que de repente habían subido. La cosa, por fin, estaba en términos que los eduos gozaban sin disputa el primer lugar, el segundo los remenses.

XIII. En toda la Galia dos son los estados de personas de que se hace cuenta y estimación; puesto que los plebeyos son mirados como esclavos, que por sí nada emprenden, ni son jamás admitidos a consejo. Los más, en viéndose adeudados, o apremiados del peso de los tributos o de la tiranía de los poderosos, se dedican al servicio de los nobles, que con ellos ejercitan los mismos derechos que los señores con sus esclavos. De los dos estados uno es el de los druidas, el otro el de los caballeros. Aquéllos atienden al cultivo divino, ofrecen los sacrificios públicos y privados, interpretan los misterios de la religión. A su escuela concurre gran número de jóvenes a instruirse, siendo grande el respeto que les tienen. Ellos son los que sentencian casi todos los pleitos del común y de los particulares; si algún delito se comete, si sucede alguna muerte, si hay discusión sobre herencia, o sobre linderos, ellos son los que deciden; ellos determinan los premios y los castigos, y cualquiera persona, ora sea privada, ora sea pública, que no se rinde a su sentencia, es excomulgada, que para ellos es la pena más grave. Los tales excomulgados se miran como impíos y facinerosos; todos se esquivan de ellos rehuyendo su encuentro y conversación, por no contaminarse; no se les hace justicia por más que la pidan, ni se les fía cargo alguno honroso. A todos los druidas preside uno con autoridad suprema. Muerto éste, le sucede quien a los demás se aventaja en prendas. En caso de haber muchos iguales, se hace la elección por votos de los druidas, y aun tal vez de mano armada se disputan la primacía. En cierta estación del año, se congregan en el país de Chartres, tenido por centro de toda la Galia, en un lugar sagrado. (113) Aquí concurren todos los que tienen pleitos, y están a sus juicios y decisiones. Créese que la tal ciencia fue inventada en Bretaña y trasladada de allí a la Galia, Aun hoy día los que quieren saberla a fondo van allá por lo común a estudiaría.

XIV. Los druidas no suelen ir a la guerra, ni pagan tributos como los demás; están exentos de la milicia y de todas las cargas concejiles. Con el atractivo de tantos privilegios son muchos los que se dedican a esta profesión; unos por inclinación propia, otros por destino de sus padres y parientes. Dícese que allí aprenden gran número de versos, y pasan a menudo veinte años en este aprendizaje. No tienen por lícito escribir lo que aprenden, no obstante que casi en todo lo demás de negocios públicos y particulares se sirven de ceracteres griegos. Por dos causas, según yo pienso, han establecido esta ley: porque ni quieren divulgar su doctrina, ni tampoco que los estudiantes, fiados en los escritos, descuiden en el ejercicio de la memoria, lo que suele acontecer a muchos, que teniendo a mano los libros, aflojan en el ejercicio de aprender y retener las cosas en la memoria. Esméranse sobre todo en persuadir la inmortalidad de las almas y su trasmigración de unos cuerpos en otros, cuya creencia juzgan ser grandísimo incentivo para el valor, poniendo aparte el temor de la muerte. Otras muchas cosas disputan y enseñan a la juventud acerca de los astros y su movimiento, de la grandeza del mundo y de la tierra, de la naturaleza de las cosas, del poder y soberanía de los dioses inmortales.

XV. El segundo estado es de los caballeros. Todos éstos salen a campaña siempre que lo pide el caso u ocurre alguna guerra (y antes de la venida de César ocurría casi todos los años, ya fuese ofensiva, ya defensiva); y cuanto uno es más noble y rico, tanto mayor acompañamiento lleva de dependientes y criados, lo cual tiene por único distintivo de su grandeza y poder.

XVI. Toda la nación de los galos es supersticiosa en extremo; y por esta causa los que padecen enfermedades graves, y se hallan en 108 Los trevirenses a las comunan hombres, o hacen voto de sacrificarlos, para cuyos sacrificios se valen del ministerio de los druidas, persuadidos de que no se puede aplacar la ira de los dioses inmortales en orden a la conservación de la vida de un hombre si no se hace ofrenda de la vida de otro; y por pública ley tienen ordenados sacrificios de esta misma especie. Otros forman de mimbres entretejidos ídolos colosales, cuyos huecos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los mimbres, rodeados ellos de las llamas rinden el alma. En su estimación los sacrificios de ladrones, salteadores y otros delincuentes son los más gratos a los dioses, si bien a falta de ésos no reparan en sacrificar los inocentes.

XVII. Su principal devoción es
al dios Mercurio, de quien tienen muchísimos simulacros. Celébranle por inventor de todas las artes; por guía de los caminos y viajes, y atribúyenle grandísima virtud para las ganancias del dinero y para el comercio. Después de éste son sus dioses Apolo, Marte, Júpiter y Minerva, de los cuales sienten lo mismo que las demás naciones: que Apolo cura las enfermedades, que Minerva es maestra de las manufacturas y artefactos, que Júpiter gobierna el cielo y Marte preside la guerra. A éste, cuando entran en batalla, suelen ofrecer en voto los despojos del enemigo. Los animales que sobran del pillaje son sacrificados; lo demás de la presa amontonan en un lugar. Y en muchas ciudades se ven rimeros de estas ofrendas en lugares sagrados. Rara vez se halla quien se atreva, despreciando la religión, a encubrir algo de lo que cogió, o a hurtar lo depositado, que semejante delito se castiga con pena de muerte atrocísima.

XVIII. Blasonan los galos de te ner todos por padre a Plutón, y ésta dicen ser la tradición de los druidas. Por cuya causa hacen el cómputo de los tiempos no por días, sino por noches, y así en sus cumpleaños, en los principios de meses y años, siempre la noche precede al día. En los demás estilos se diferencian particularmente de otros hombres en que no permiten a sus hijos el que se les presenten públicamente hasta haber llegado a la edad competente para la milicia, y es desdoro de un padre tener a su lado en público a su hijo todavía niño.

XIX. Los maridos, al dote recibido de su mujer, añaden otro tanto caudal de la hacienda propia, precedida tasación. Todo este caudal se administra por junto, y se depositan los frutos; el que alcanza en días al otro queda en posesión de todo el capital con los bienes gananciales del tiempo del matrimonio. Los maridos son dueños absolutos de la vida y muerte de sus mujeres, igualmente que de los hijos; y en muriendo algún padre de familia del estado noble, se juntan los parientes, y sobre su muerte, caso que haya motivo de sospecha, ponen a la mujer a cuestión de tormento como si fuese esclava. Si resulta culpada, le quitan la vida con fuego y tormentos crudelísimos. Los entierros de los galos son a su modo magníficos y suntuosos, quemando con ellos todas las cosas que a su parecer amaban más en vida, inclusos los animales, y no ha mucho tiempo que solían, acabadas las exequias de los difuntos, echar con ellos en la misma hoguera sus siervos y criados más queridos.

XX. Las repúblicas más acreditadas por su buen gobierno tienen por ley inviolable que, cuando alguno entendiere de los comarcanos algún rumor o voz pública tocante al Estado, la declare al magistrado sin comunicarla con nadie, porque la experiencia enseña que muchas veces las personas inconsideradas y sencillas se asustan con falsos rumores, dan en desafueros, y toman resolución en asuntos de la mayor importancia. Los magistrados callan lo que les parece, y lo que juzgan conveniente propónenlo al pueblo. Del gobierno no se puede hablar sino en consistorio.

XXI. Las costumbres de los germanos son muy diferentes. Pues ni tienen druidas que hagan oficio de sacerdotes, ni se curan de sacrificios. Sus dioses son solos aquellos -que ven con los ojos y cuya beneficencia experimentan sensiblemente, como el sol, el fuego y la luna; de los demás ni aun noticia tienen. Toda la vida gastan en caza y en ejercicios de la milicia. Desde niños se acostumbran al trabajo y al sufrimiento. Los que por más tiempo permanecen castos se llevan la palma entre los suyos. Creen que así se medra en estatura, fuerzas y bríos. El conocer mujer antes de los veinte años es para ellos de grandísima infamia, y es cosa que no se puede ocultar, porque se bañan sin distinción de sexo en los ríos y se visten de pellicos y zamarras, dejando desnuda gran parte del cuerpo.

XXII. No se dedican a la agricultura, y la mayor parte de su vianda se reduce a leche, queso y carne. Ninguno tiene posesión ni heredad fija; sino que los alcaldes y regidores cada año señalan a cada familia y parentela que hacen un cuerpo tantas yugadas en tal término, según les parece, y el año siguiente los obligan a mudarse a otro sitio. Para esto alegan muchas razones: no sea que encariñados al territorio, dejen la milicia por la labranza; que traten de ampliar sus linderos, y los más poderosos echen a los más débiles de su pertenencia; que fabriquen casas demasiado cómodas para repararse contra los fríos y calores; que se introduzca el apego al dinero, semillero de rencillas y discordias; en fin, para que la gente menuda esté contenta con su suerte, viéndose igualada en bienes con la más granada.

XXIII. Los pueblos ponen su gloria en estar rodeados de páramos vastísimos, asolados todos los contornos. Juzgan ser gran prueba de valor que los confinantes exterminados les cedan el campo y que ninguno de fuera ose hacer asiento cerca de ellos. Demás que con eso se dan por más seguros, quitando el miedo de toda sorpresa. Cuando una nación sale a la guerra, ya sea defensiva, ya ofensiva, nombran jefe de ella con jurisdicción de horca y cuchillo. (114) En tiempo de paz no hay magistrado sobre toda la nación; sólo en cada provincia y partido los más sobresalientes administran a los suyos justicia y deciden los pleitos. Los robos hechos en territorio ajeno no se tienen por reprensibles, antes los cohonestan con decir que sirven para ejercicio de la juventud y destierro del ocio. Si es que alguno de los principales se ofrece en el concejo a ser capitán, convidando a los que quieran seguirle, se alzan en pie los que aprueban la empresa y la persona, y prometen acompañarle. El pueblo los vitorea, y los que no están 3 lo prometido, son mirados como desertores y traidores, quedando para siempre desacreditados. Nunca tienen por lícito el violar a los forasteros: los que van a sus tierras por cualquier motivo, gozan de salvoconducto y son respetados de todos, y no hay para ellos puerta cerrada ni mesa que no sea franca.

XXIV. En lo antiguo los galos eran más valientes que los germanos; y les movían guerras, y por la multiplicación de la gente y estrechez del país enviaban colonias al otro lado del Rin. Así fue que los volcas tectosages (115) se apoderaron de los campos más fértiles de Germania en los contornos de la selva Hercinia (116) (de que veo haber tenido noticia Eratóstenes y algunos griegos que la llaman Orcinia) y fundaron allí pueblos, y hasta el día de hoy habitan en ellos con gran fama de justicia y gloria militar, hechos ya al rigor y pobreza de los germanos, y a sus alimentos y traje. A los galos la cercanía del mar y el comercio ultramarino surte de muchas cosas de conveniencia y regalo; con que acostumbrados insensiblemente a experimentar la superioridad de los contrarios, y a ser vencidos en muchas batallas, al presente ni aun ellos mismos se comparan en valor con los germanos.

XXV. La selva Hercinia, de que arriba se hizo mención, tiene de ancho nueve largas jornadas; sin que se pueda explicar de otra suerte, pues no tienen medidas itinerarias. Comienza en los confines de los helvecios, nemetes y rauracos; y por las orillas del Danubio va en derechura hasta las fronteras de los dacos y anartes. (117) Desde allí tuerce a mano izquierda por regiones apartadas del río, y por ser tan extendida, entra en los términos de muchas naciones. No hay hombre de la Germania conocida que asegure haber llegado al principio de esta selva aun después de haber andado sesenta días de camino, o que tenga noticia de dónde nace. Sábese que cría varias razas de fieras nunca vistas en otras partes. Las más extrañas y notables son las que siguen.

XXVI. En primer lugar, cierto buey parecido al ciervo, (118) de cuya frente entre las dos orejas sale un cuerno más elevado y más derecho que los conocidos. En su punta se esparcen muchos ramos muy anchos a manera de palmas. La hembra tiene el mismo tamaño, figura y cornamenta del macho.

XXVII. Otras fieras hay que se llaman alces, semejantes en la figura y variedad de la piel a los corzos. Verdad es que son algo mayores y carecen de cuerno, y por tener las piernas sin junturas y artejos, ni se tienen para dormir, ni pueden levantarse o valerse, si por algún azar caen en tierra. Los árboles les sirven de albergue, arrímanse a ellos, y así reclinadas un tanto, descansan. Observando los cazadores por las huellas cuál suele ser la guarida, socavan en aquel paraje el tronco, o asierran los árboles con tal arte que a la vista parezcan enteros. Cuando vienen a reclinarse en su apoyo acostumbrado, con el propio peso derriban los árboles endebles, y caen juntamente con ellos.

XXVIII. La tercera raza es de los que llaman uros, los cuales vienen a ser algo menores que los elefantes; la catadura, el color, la figura de toros, siendo grande su bravura y ligereza. Sea hombre o bestia, en avistando el bulto, se tiran a él. Mátanlos cogiéndolos en hoyos con trampas. Con tal afán se curten los jóvenes, siendo este género de caza su principal ejercicio; los que hubiesen muerto más de éstos, presentando por prueba los cuernos al público, reciben grandes aplausos. Pero no es posible domesticarlos ni amansarlos, aunque los cacen de chiquitos. La grandeza, figura y encaje de sus cuernos se diferencia mucho de los de nuestros bueyes. Recogidos con diligencia, los guarnecen de plata, y les sirven de copas en los más espléndidos banquetes.

XXIX. Después que supo César por relación de los exploradores ubios cómo los suevos se habían retirado a los bosques, temiendo la falta de trigo, porque los germanos, como apuntamos arriba, no cuidan de labrar los campos, resolvió no pasar adelante. Sin embargo, para contener a los bárbaros con el miedo de su vuelta, y embarazar el tránsito de sus tropas auxiliares, pasado el ejército, derribó doscientos pies de la punta del puente que terminaba en tierra de los ubios, y en la otra levantó una torre de cuatro altos, y puso en ella para guarnición y defensa del puente doce cohortes, quedando bien pertrechado este puesto, y por su gobernador el joven Cayo Volcacio Tulo. Él, cuando ya los panes iban madurando, de partida para la guerra de Ambiórige, envía delante a Lucio Minucio Basilo con toda la caballería por la selva Ardena, la mayor de la Galia, que de las orillas del Rin y fronteras de los trevirenses corre por más de quinientas millas, alargándose hasta los nervios; y por ver si con la celeridad de la marcha y coyuntura del tiempo podía lograr algún buen lance le previene no permita hacer lumbres en el campo a fin de que no se aparezca de lejos señal de su venida, y añade que presto le seguirá.

XXX. Ejecutada por Basilo la orden, y hecho en diligencia y contra toda expectación el viaje, sorprende a muchos en medio de sus labores, y por las señas que le dieron éstos va volando al paraje donde decían estar Ambiórige con unos cuantos caballos. En todo vale mucho la fortuna, y más en la guerra. Pues como fue gran ventura de Basilo cogerle descuidado y desprevenido, y ser visto de aquellos hombres antes que supiesen nada de su venida, así fue no menor la de Ambiórige en poder escapar, después de ser despojado de todo el tren de carrozas y caballos que tenía consigo. Su dicha estuvo en que sus compañeros y sirvientes detuvieron un rato el ímpetu de nuestra caballería dentro del recinto de su palacio, el cual estaba cercado de un soto, como suelen estarlo las casas de los galos, que para defenderse de los calores del estío buscan la frescura de florestas y ríos. Con esto, mientras peleaban los demás, uno de sus criados le trajo un caballo, y él huyendo se perdió de vista en el bosque. Así la fortuna mostró su mucho poder en meterle y sacarle del peligro.

XXXI. Dúdase si Ambiórige dejó de juntar sus tropas de propósito, por haber creído que no serían necesarias, o si por falta de tiempo y nuestra repentina llegada no pudo hacerlo, persuadido de que venía detrás el resto del ejército. Lo cierto es que despachó luego secretamente correos por todo el país, avisando que se salvasen como pudiesen. Con eso unos se refugiaron en la selva Ardena, otros entre las lagunas inmediatas, los vecinos al Océano en los islotes que suelen formar los esteros. Muchos, abandonada su patria, se pusieron con todas sus cosas en manos de las gentes más extrañas. Cativulco, (119) rey de la mitad del país de los eburones, cómplice de Ambiórige, agobiado de la vejez, no pudiendo aguantar las fatigas de la guerra ni de la fuga, abominando de Ambiórige, autor de la conjura, se atosigó con zumo de tejo, de que hay grande abundancia en la Galia y en la Germania.

XXXII. Los senos y condrusos, (120) descendientes de los germanos, situados entre los eburones y trevirenses, enviaron legados a César, suplicándole «que no los contase entre los enemigos, ni creyese ser igualmente reos todos los germanos, habitantes de esta parte del Rin; que ni se habían mezclado en esta guerra, ni favorecido el partido de Ambiórige». César, averiguada la verdad examinando a los prisioneros, les ordenó que si se acogiesen a ellos algunos eburones fugitivos se los entregasen. Con esta condición les dio palabra de no molestarlos. Luego, distribuyendo el ejército en tres trozos, hizo conducir los equipajes de todas las legiones a un castillo que tiene por nombre Atuatica, situado casi en medio de los eburones, donde Titurio y Arunculeyo estuvieron de invernada. Prefirió César este sitio, así por las demás conveniencias, como por estar aún en pie las fortificaciones del año antecedente, con que ahorraba el trabajo a los soldados. Para escolta del bagaje dejó la legión decimocuarta, una de las tres alistadas últimamente y traídas de Italia, y por comandante a Quinto Tulio Cicerón con doscientos caballos a sus órdenes.

XXXIII. En la repartición del ejército da orden a Tito Labieno de marchar con tres legiones hacia las costas del Océano confinantes con los menapios. Envía con otras tantas a Cayo Trebonio a talar la región adyacente de los aduáticos; (121) él, con las tres restantes, determina ir en busca de Ambiórige, que, según le decían, se había retirado hacia el Sambre (122) con algunos caballos, donde se junta este río con el Mosa al remate de la selva Ardena. Al partir promete volver dentro de siete días, en que se cumplía el plazo de la paga del trigo que sabía deberse a la legión que quedaba en el presidio. Encarga a Labieno y Trebonio que, si buenamente pueden, vuelvan para el mismo día con ánimo de comenzar otra vez con nuevos bríos la guerra, conferenciando entre sí primero, y averiguando las intenciones del enemigo.

XXXIV. Éste, como arriba declaramos, ni andaba unido en tropas, ni estaba fortificado en plaza ni lugar de defensa, sino que por todas partes tenía derramadas las gentes. Cada cual se guarecía donde hallaba esperanza de asilo a la vida, o en la hondonada de un valle, o en la espesura de un monte, o entre lagunas impracticables. Estos parajes eran conocidos sólo de los naturales, y era menester gran cautela, no para resguardar el grueso del ejército (que ningún peligro podía temerse de hombres despavoridos y dispersos), sino por respeto a la seguridad de cada soldado, de que pendía en parte la conservación de todo el ejército; siendo así que por la codicia del pillaje muchos se alejaban demasiado, y la variedad de los senderos desconocidos les impedía el marchar juntos. Si quería de una vez extirpar esta canalla de hombres forajidos, era preciso destacar varias partidas de tropa desmembrando el ejército; si mantener las cohortes formadas según la disciplina militar de los romanos, la situación misma sería la mejor defensa para los bárbaros, no faltándoles osadía para armar emboscadas y cargar a los nuestros en viéndolos separados. Como quiera, en tales apuros se tomaban todas las providencias posibles, mirando siempre más a precaver el daño propio que a insistir mucho en el ajeno, aunque todos ardían en deseos de venganza. César despacha correos a las ciudades comarcanas convidándolas con el cebo del botín al saqueo de los eburones, queriendo más exponer la vida de los galos en aquellos jarales que la de sus soldados, y tirando también a que ojeándolos el gran gentío, no quedase rastro ni memoria de tal casta en pena de su alevosía. Mucha fue la gente que luego acudió de todas partes a este ojeo.

XXXV. Tal era el estado de las cosas en los eburones en vísperas del día séptimo, plazo de la vuelta prometida de César a la legión que guardaba el bagaje. En esta ocasión se pudo echar de ver cuánta fuerza tiene la fortuna en los varios accidentes de la guerra. Deshechos y atemorizados los enemigos, no quedaba ni una partida que ocasionase el más leve recelo. Vuela entre tanto la fama del saqueo de los eburones a los germanos del otro lado del Rin, y como todos, eran convidados a la presa. Los sicambros vecinos al Rin, que recogieron, según queda dicho, a los tencteros y usipetes fugitivos, juntan dos mil caballos, y pasando el río en barcas y balsas treinta millas más abajo del sitio donde estaba el puente cortado y la guarnición puesta por César, entran por las fronteras de los eburones: cogen a muchos que huían descarriados, y juntamente grandes hatos de ganados de que ellos son muy codiciosos. Cebados en la presa, prosiguen adelante, sin detenerse por lagunas ni por selvas, como gente criada en guerras y latrocinios. Preguntan a los cautivos dónde para César. Respondiéndoles que fue muy lejos, y con él todo su ejército, uno de los cautivos: « ¿Para qué os cansáis, dice, en correr tras esta ruin y mezquina ganancia, pudiendo haceros riquísimos a poca costa? En tres horas podéis estar en Atuática, donde han almacenado los romanos todas sus riquezas. La guarnición es tan corta, que ni aun a cubrir el muro alcanza; ni hay uno que ose salir del cercado. » Los germanos que esto supieron, ponen a recaudo la presa hecha, y vanse derechos al castillo, llevando a su consejero por guía.

XXXVI. Cicerón, todos los días precedentes, según las órdenes de César, había contenido con el mayor cuidado a los soldados dentro de los reales, sin permitir que saliese de la fortaleza ni siquiera un furriel, pero el día séptimo, desconfiando que César cumpliese su palabra, por haber oído que se había alejado mucho y no tener la menor noticia de su vuelta, picado al mismo tiempo de los dichos de algunos que su tesón calificaban con el nombre de asedio, pues no les era lícito dar fuera un paso, sin recelo de desgracia alguna, como que en espacio sólo de tres millas estaban acuarteladas nueve legiones con un grueso cuerpo de caballería, disipados y casi reducidos a nada los enemigos, destaca cinco cohortes a forrajear en las mieses vecinas, entre las cuales y los cuarteles sólo mediaba un collado. Muchos soldados de otras legiones habían quedado enfermos en los reales. De éstos al pie de trescientos ya convalecidos son también enviados con su bandera; tras ellos va, obteniendo el permiso, una gran cáfila de vivanderos que se hallaban en el campo con su gran recua de acémilas.

XXXVII. A tal tiempo y coyuntura sobrevienen los germanos a caballo, y a carrera abierta formados como venían forcejean a romper por la puerta de socorro en los reales, sin que por la interposición de las selvas fuesen vistos de nadie hasta que ya estaban encima; tanto, que los mercaderes, que tenían sus tiendas junto al campo, no tuvieron lugar de meterse dentro. Sorprendidos los nuestros con la novedad, se asustan, y a duras penas los centinelas sufren la primera carga. Los enemigos se abalanzan a todas partes por si pueden hallar entrada por alguna. Los nuestros, con harto trabajo, defienden las puertas, que las esquinas bien guarnecidas estacan por situación y por arte. Corren azorados, preguntándose unos a otros la causa de aquel tumulto; ni aciertan a donde acudir con las banderas, ni a qué parte agregarse. Quién dice que los reales han sido tomados; quién asevera que degollado el ejército con el general, los bárbaros vencedores se han echado sobre ellos; los más se imaginan nuevos malos agüeros, representándoseles vivamente la tragedia de Cota y Titurio (123) que allí mismo perecieron. Atónitos todos del espanto, los bárbaros se confirman en la opinión de que no hay dentro guarnición de provecho, como había dicho el cautivo, y pugnan por abrir brecha exhortándose unos a otros a no soltar de las manos dicha tan grande.

XXXVIII. Había quedado enfermo en los reales Publio Sestio Báculo, ayudante mayor de César, de quien hemos hecho mención en las batallas anteriores, y hacía ya cinco días que estaba sin comer. Éste, desesperanzado de su vida y de la de todos, sale desarmado del pabellón; viendo a los enemigos encima y a los suyos en el último apuro, arrebata las armas al primero que encuentra, y plántase en la puerta; síguenle los centuriones del batallón que hacía la guardia, y juntos sostienen por un rato la pelea. Desfallece Sestio traspasado de graves heridas, y desmayado, aunque con gran pena, y en brazos le retiran vivo del combate. A favor de este intermedio los demás cobran aliento de modo que ya se atreven a dejarse ver en las barreras y aparentar defensa.

XXXIX. En esto, nuestros soldados, a la vuelta del forrajeo, oyen la gritería; adelántanse los caballos; reconocen lo grande del peligro, pero sobrecogidos del terror, no hay para ellos lugar seguro. Como todavía eran bisoños y sin experiencia en el arte militar, vuelven los ojos al tribuno y capitanes para ver qué les ordenan. Ninguno hay tan bravo que no esté sobresaltado con la novedad del caso.
Los bárbaros, descubriendo a lo lejos estandartes, desisten el ataque, creyendo a primera vista de retorno las legiones, que por informe de los cautivos suponían muy distantes, Mas después, visto el corto número, arremeten por todas partes.

XL. Los vivanderos suben corriendo a un altillo vecino. Echados luego allí, se dejan caer entre las banderas y pelotones de los soldados, que ya intimidados, con eso se asustan más. Unos son de parecer que, pues tan cerca se hallan de los reales, cercados en forma triangular se arrojen de golpe; que si algunos cayeren, siquiera los demás podrán salvarse. Otros, que no se mueven de la colina, resueltos a correr todos una misma suerte. No aprobaban este partido aquellos soldados viejos que fueron también con su bandera en compañía de los otros, como se ha dicho, y así, animándose recíprocamente, capitaneados por Cayo Trebonio, su comandante, penetran por medio de los enemigos, y todos sin faltar uno, entran en los reales. Los vivanderos y jinetes, corriendo tras ellos por el camino abierto, amparados del valor de los soldados, se salvan igualmente. Al contrario los que se quedaron en el cerro, como bisoños, ni perseveraron en el propósito de hacerse fuertes en aquel lugar ventajoso, ni supieron imitar el vigor y actividad que vieron haber sido tan saludable a los otros, sino que intentando acogerse a los reales, se metieron en un barranco. Algunos centuriones que del grado inferior de otras legiones por sus méritos habían sido promovidos al superior de ésta, por no mancillar el honor antes ganado en la milicia, murieron peleando valerosamente. Por el denuedo de éstos arredrados los enemigos, una parte de los soldados contra toda esperanza llegó sin lesión a los reales; la otra, rodeada de los bárbaros, pereció.

XLI. Los germanos, perdida la esperanza de apoderarse de los reales, viendo que los nuestros pusieron pie dentro de las trincheras, se retiraron tras el Rin con la presa guardada en el bosque. Pero el terror de los nuestros, aun después de la retirada de los enemigos, duró tanto, que llegando aquella noche Cayo Voluseno con la caballería enviado a darles noticia de la venida próxima de César con el ejército entero, nadie lo creía. Tan atolondrados estaban del miedo, que sin escuchar razones, se cerraban en decir que, destrozada toda la infantería, la caballería sola había podido salvarse, pues nunca los germanos hubieran intentado el asalto estando el ejército en pie. La presencia sola de César pudo, en fin, serenarlos.

XLII. Vuelto éste, haciéndose cargo de los incidentes de la guerra, una cosa reprendió no más: que se hubiesen destacado las cohortes que debían estar en guardia en el campo; que por ningún caso convino aventurarse. Por lo demás hizo esta reflexión: que si la fortuna tuvo mucha parte en el inopinado ataque de los enemigos, mucho más propicia se mostró en que hubiesen rechazado a los bárbaros, estando ya casi dentro del campo. Sobre todo, era de admirar que los germanos, salidos de sus tierras con el fin de saquear las de Ambiórige, dando casualmente en los reales de los romanos, le viniesen a hacer el mayor beneficio que pudiera desear. XLIII. Marchando César a molestar de nuevo a los enemigos, despachó por todas partes gran número de tropas recogidas de las ciudades comarcanas. Quemaban cuantos cortijos y caserías encontraban, entrando a saco todos los lugares. Las mieses no sólo fueron destruidas de tanta muchedumbre de hombres y bestias, sino también por causa de la estación y de las lluvias que echaron a perder lo que pudo quedar; de suerte que aun lo que por entonces se guareciesen, retrocediendo el ejército, se vieran necesitados a perecer de pura miseria. Y como tanta gente de a caballo dividida en piquetes discurría por todas partes, tal vez llegó la cosa a términos que los prisioneros afirmaban no sólo haber visto cómo iba huyendo Ambiórige, sino estarle todavía viendo; con que la esperanza de alcanzarle, a costa de infinito trabajo, muchos que pensaban ganarse con eso suma estimación de César, hacían más que hombres por salir de su intento. Y siempre a punto de prenderle, por un si es no es erraban el golpe más venturoso, escapándoseles de entre las manos en los escondrijos, matorrales y sotos, favorecido de la oscuridad de la noche, huyendo a diversas regiones y parajes sin más guardia que las de cuatro caballos, a quien únicamente osaba fiar su vida. XLIV. Asoladas en la dicha forma las campiñas, César recoge su ejército menoscabado de dos cohortes a la ciudad de Reims, donde llamando a Cortes de la Galia, deliberó tratar en ellas la causa de la conjuración de los senones y chartreses; y pronunciada sentencia de muerte contra el príncipe Acón, (124) que había sido su cabeza, la ejecutó según costumbre de los romanos. Algunos por temor a la justicia se ausentaron; y habiéndolos desnaturalizado, (125) alojó dos legiones para aquel invierno en tierra de Tréveris, dos en Langres, las otras seis en Sens, y dejándolas todas provistas de bastimentos, partió para Italia a tener las acostumbradas juntas.

Notas

109 Véase Libro V, c. 56.

110 Ya se ha dicho que era el Mosa.

111 Véase Libro V, c. 3. 56.

112 Territorio de Colonia.

113 César: in loco consecralo. Si, como parece verosímil, se lee luco, entenderemos bosque, conforme a lo que escribe Lucano del paraje donde se juntaban los druidas. batallas y peligros, o sacrificios.

114 Tradúcese así por variar de locución, y porque parece que esta frase española se acerca mucho a significar el poder o jurisdicción que los romanos llamaban vitae ac necis potestas.

115 Créese que salieron de las tierras de Narbona y de Tolosa. Otra colonia enviaron al Asia Menor, y la provincia que poblaron se llamó por ellos Gallatia o Gallogroecia. Los volcas arecómicos eran distintos de éstos de la merindad de Nemauso, hoy Nimes.

116 La Selva Negra.

117 Dacia y Transilvania.

118 Se refiere al reno.

119 Véase Libro V, c. 24.

120 Los de Condroz y el ducado de Limburgo.

121 Los da Namur.

122 Así ha de ser, atento que hoy el Escalda, como se lee vulgarmente Scaldim, no desagua en el Mosa, y

acaso tampoco antiguamente.

123 Véase libro V, c. 37.

124 Véase c. 4.

125 César: quum aqua et igni interdixisset. Quiere decir que los extrañó o expatrió.

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO VI

El segundo paso del Rin efectuado por César no obtuvo mejor resultado que el primero; no dejó ningún rastro en Alemania. No se atrevió ni siquiera a establecer una plaza fuerte en forma de cabeza de puente. Todo lo que refiere del país, las ideas obscuras que tiene de él, nos descubren a qué grado de barbarie estaba todavía reducida entonces esa parte del mundo, hoy tan civilizada. Asimismo de Inglaterra no posee César sino nociones muy vagas. Cap. XLIV.

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