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G A Y O  J U L I O  C É S A R

LA GUERRA DE LAS GALIAS - LIBRO V

Segunda expedición a Britania. Guerra contra Ambiorix

Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV - Libro V - Libro VI - Libro VII - Libro VIII

Este libro contiene (anotaciones) que pueden ser consultadas aquí

Anotaciones Realizadas por Napoleón al Libro V


I. En el consulado de Lucio Domicio y Apio Claudio, César, al partirse de los cuarteles de invierno para Italia,85 como solía todos los años, da orden a los legados comandantes de las legiones de construir cuantas naves pudiesen, y de reparar las viejas, dándoles las medidas y forma de su construcción. Para cargarlas prontamente y tirarlas en seco hácelas algo más bajas de las que solemos usar en el Mediterráneo, tanto más que tenía observado que por las continuas mudanzas de la marea no se hinchan allí tanto las olas, y asimismo un poco más anchas que las otras para el transporte de los fardos y tantas bestias. Quiere que las hagan todas muy veleras, a que contribuye mucho el ser chatas, mandando traer el aparejo86 de España. Él en persona, terminadas las Cortes de la Galia Citerior, parte para d Ilírico, por entender que los pirustas87 con sus correrías infestaban las fronteras de aquella provincia. Llegado allá, manda que las ciudades acudan con las milicias a cierto lugar que les señaló. Con esta noticia los pirustas envíanle embajadores que le informen cómo nada de esto se había ejecutado de público acuerdo, y que estaban prontos a darle satisfacción entera de los excesos cometidos. Admitida su disculpa, ordénales dar rellenes, señalándoles plazo para la entrega; donde no, protesta que les hará la guerra a fuego y sangre. Presentados los rehenes en el término asignado, elige jueces árbitros que tasen los daños y prescriban la multa.

II, Hecho esto, y concluidas las juntas, vuelve a la Galia Citerior y de allí al ejército. Cuando llegó a él, recorriendo todos los cuarteles, halló ya fabricados por la singular aplicación de la tropa, sin embargo de la universal falta de medios, cerca de seiscientos bajeles en la forma dicha, y veintiocho galeras -que dentro de pocos días se podrían botar al agua. Dadas las gracias a los soldados y a los sobrestantes, manifiesta su voluntad, y mándales juntarlas todas en el puerto Icio, de donde se navega con la mayor comodidad a Bretaña por un estrecho de treinta millas poco más o menos. Destina a este fin un número competente de soldados, marchando él con cuatro legiones a la ligera y ochocientos caballos contra los trevirenses, que ni venían a Cortes, ni obedecían a los mandados, y aun se decía que andaban solicitando a los germanos transrenanos.

III. La república de Tréveris es sin comparación la más poderosa de toda la Galia en caballería; tiene numerosa infantería, y es bañada del Rin, como arriba declaramos. En ella se disputaban la primacía Induciomaro y Cingetórige; de los cuales el segundo, al punto que supo la venida de César y de las legiones, fue a presentársele, asegurando que así él como los suyos guardarían lealtad y no se apartarían de la amistad del Pueblo Romano, y le dio cuenta de lo que pasaba en Tréveris. Mas Induciomaro empezó a reclutar gente de a pie y de a caballo y a disponerse para la guerra, después de haber puesto en cobro a los que por su edad no eran para ella, en la selva Ardena, que desde el Rin con grandes bosques atraviesa por el territorio trevirense hasta terminar en el de Reims. Con todo eso, después que algunos de los más principales ciudadanos, no menos movidos de la familiaridad con Cingetórige que intimidados con la entrada de nuestro ejército, fueron a César y empezaron a tratar de sus intereses particulares, ya que no podían mirar por los de la república, Induciomaro, temiendo quedarse solo, despacha embajadores a César representando «no haber querido separarse de los suyos por ir a visitarle, con la mira puesta de mantener mejor al pueblo en su deber, y que no se desmandase por falta de consejo en ausencia de toda la nobleza; que en efecto el pueblo estaba a su disposición, y él mismo en persona, si César se lo permitía, iría luego a ponerse en sus manos con todas sus cosas y las del Estado».

IV. César, si bien penetraba el motivo de este lenguaje y de la mudanza de su primer propósito, a pesar de todo, por no gastar en Tréveris el verano, hechos ya todos los preparativos para la expedición de Bretaña, le mandó presentarse con doscientos rehenes. Entregados juntamente con un hijo suyo y todos sus parientes que los pidió César expresamente, consoló a Induciomaro exhortándole a perseverar en la fe prometida; mas no por eso dejó de convocar a los señores trevirenses, y de recomendar a que sobre ser debido esto a su mérito, importaba mucho que tuviese la principal autoridad entre los suyos quien tan fina voluntad le había mostrado. Llevólo muy a mal Induciomaro, con que su crédito se disminuía entre los suyos, y el que antes ya nos aborrecía, con este sentimiento quedó mucho más enconado.

V. Dispuestas así las cosas, en fin llegó César con las legiones al puerto Icio. Aquí supo que cuarenta naves fabricadas en los meldas88 no pudieron por el viento contrario seguir su viaje, sino que volvieron de arribada al puerto mismo de donde salieron; las demás halló listas para navegar y bien surtidas de todo. Juntóse también aquí la caballería de toda la Galia, compuesta de cuatro mil hombres y la gente más granada de todas las ciudades, de que César tenía deliberado dejar en la Galia muy pocos, de fidelidad probada, y llevarse consigo a los demás como en prendas recelándose en su ausencia de algún levantamiento en la Galia.

VI. Hallábase con ellos el eduo Dumnórige, de quien ya hemos hablado, al cual principalmente resolvió llevar consigo, porque sabía ser amigo de novedades y de mandar, de mucho espíritu y autoridad entre los galos. A más que él se dejó decir una vez en junta general de los eduos, «que César le brindaba con el reino», dicho de que se ofendieron gravemente los eduos, dado que no se atrevían a proponer a César por medio de una embajada sus representaciones y súplicas en contrario, lo que César vino a saber por alguno de sus huéspedes. Él al principio pretendió, a fuerza de instancias y ruegos, que lo dejasen en la Galia, alegando unas veces que temía al mar, otras que se lo disuadían ciertos malos agüeros. Visto que absolutamente se le negaba la licencia, y que por ninguna vía podía recabarla, empezó a ganar a los nobles, a hablarles a solas y a exhortarles a no embarcarse; poniéndolos en el recelo de que no en balde se pretendía despojar a la Galia de toda la nobleza; ser bien manifiesto el intento de César de conducirlos a Bretaña para degollarlos, no atreviéndose a ejecutarlo a los ojos de la Galia. Tras esto empeñaba su palabra, y pedía juramento a los demás, de que practicarían de común acuerdo cuanto juzgasen conveniente al bien de la patria.

VII. Eran muchos los que daban parte de estos tratos a César, quien por la gran estimación que hacía de la nación Edua procuraba reprimir y enfrenar a Dumnórige por todos los medios posibles; mas viéndole tan empeñado en sus desvaríos, ya era forzoso precaver que ni a él ni a la República pudiese acarrear daño. Por eso, cerca de veinticinco días que se detuvo en el puerto, por impedirle la salida el cierzo, viento que suele aquí reinar gran parte del año, hacía por tener a raya a Dumnórige sin descuidarse de velar sobre todas sus tramas. Al fin, soplando viento favorable, manda embarcar toda la infantería y caballería. Cuando más ocupados andaban todos en esto, Dumnórige, sin saber nada César, con la brigada de los eduos empezó a desfilar hacia su tierra. Avisado César, suspende el embarco, y posponiendo todo lo demás, destaca un buen trozo de caballería en su alcance con orden de arrestarle, y en caso de resistencia y porfía, que le maten, juzgando que no haría en su ausencia cosa a derechas quien, teniéndole presente, despreciaba su mandamiento. Con efecto, reconvenido, comenzó a resistir y defenderse a mano armada, y a implorar el favor de los suyos, repitiendo a voces «que él era libre y ciudadano de república independiente», a pesar de lo cual, es cercado según la orden, y muerto. Mas los eduos de su séquito todos se volvieron a César. VIII. Hecho esto, dejando a Labieno en el Continente con tres legiones y dos mil caballos encargado de la defensa de los puertos, del cuidado de las provisiones, y de observar los movimientos de la Galia, gobernándose conforme al tiempo y las circunstancias, él con cinco legiones y otros dos mil caballos, al poner del sol se hizo a la vela. Navegó a favor de un ábrego fresco, pero a eso de medianoche, calmado el viento, perdió el rumbo, y llevado de las corrientes un gran trecho, advirtió a la mañana siguiente que había dejado la Bretaña a la izquierda. Entonces virando de bordo, a merced del reflujo, y la fuerza de remos procuró ganar la playa que observó el verano antecedente ser la más cómoda para el desembarco. Fue mucho de alabar en este lance el esfuerzo de los soldados, que con tocarles navíos de trasporte y pesados, no cansándose de remar, corrieron parejas con las veleras. Arribó toda la armada a la isla casi al hilo del mediodía sin que se dejara ver enemigo alguno por la costa; y es que, según supo después César de los prisioneros, habiendo concurrido a ella gran número de tropas, espantadas de tanta muchedumbre de naves (que con las del año antecedente, y otras de particulares fletadas para su propia conveniencia, aparecieron de un golpe más de ochocientas velas), se habían retirado y metídose tierra adentro.

IX. Desembarcado el ejército, y cogido puesto acomodado para los reales; informado César de los prisioneros dónde estaban apostadas las tropas enemigas, dejó diez cohortes con trescientos caballos en la ribera para resguardo de las naves, de que, por estar ancladas en playa tan apacible y despejada, temía menos riesgo, y después de medianoche partió contra el enemigo y nombró comandante del presidio naval a Quinto Atrio. Habiendo caminado de noche obra de doce millas, alcanzó a descubrir los enemigos, los cuales, avanzando con su caballería y carros armados hasta la ría, tentaron de lo alto estorbar nuestra marcha y trabar batalla. Rechazados por la caballería, se guarecieron en los bosques dentro de cierto paraje bien pertrechado por la naturaleza y arte, prevenido de antemano, a lo que parecía, con ocasión de sus guerras domésticas; pues tenían tomadas todas las avenidas con árboles cortados, puestos unos sobre otros. Ellos desde adentro esparcidos a trechos impedían a los nuestros la entrada en las bardas. Pero los soldados de la legión séptima, empavesados y levantando terraplén contra el seto, le montaron sin recibir más daño que algunas heridas. Verdad es que César no permitió seguir el alcance, así por no tener conocido el terreno, como por ser ya tarde y querer que le quedase tiempo para fortificar su campo.

X. Al otro día de mañana envió sin equipaje alguno89 tres partidas de infantes y caballos en seguimiento de los fugitivos. A pocos pasos, estando todavía los últimos a la vista, vinieron a César mensajeros a caballo con la noticia de que la noche precedente, con una tempestad deshecha que se levantó de repente, casi todas las naves habían sido maltratadas y arrojadas sobre la costa; que ni áncoras ni amarras las contenían, ni marineros ni pilotos podían resistir a la furia del huracán; que por consiguiente del golpeo de unas naves con otras había resultado notable daño.

XI. Con esta novedad, César manda volver atrás las legiones y la caballería; él da también la vuelta a las naves, y ve por sus ojos casi lo mismo que acababa de saber de palabra y por escrito: que desgraciadas cuarenta, las demás admitían sí composición, pero a gran costa. Por lo cual saca de las legiones algunos carpinteros, y manda llamar a otros de tierra firme. Escribe a Labieno que con ayuda de sus legiones apreste cuantas más naves pueda. Él, por su parte, sin embargo de la mucha dificultad y trabajos, determinó para mayor seguridad sacar todas las embarcaciones a tierra, y meterlas con las tiendas dentro de unas mismas trincheras. En estas maniobras empleó casi diez días, no cesando los soldados en el trabajo ni aun por la noche. Sacados a tierra los buques, y fortificados muy bien los reales, deja el arsenal guarnecido de las mismas tropas que antes, y marcha otra vez al lugar de donde vino. Al tiempo de su llegada era ya mayor el número de tropas enemigas que se habían juntado allí de todas partes. Diose de común consentimiento el mando absoluto y cuidado de esta guerra a Casivelauno, cuyos Estados separa de los pueblos marítimos el río Támesis a distancia de unas ochenta millas del mar. De tiempo atrás andaba éste en continuas guerras con esos pueblos; mas aterrados los britanos con nuestro arribo, le nombraron desde luego por su general y caudillo.

XII. La parte interior de Bretaña es habitada de los naturales, originarios de la misma isla, según cuenta la fama; las costas, de los belgas, que acá pasaron con ocasión de hacer presas y hostilidades; los cuales todos conservan los nombres de las ciudades de su origen, de donde trasmigraron, y fijando su asiento a fuerza de armas, empezaron a cultivar los campos como propios. Es infinito el gentío, muchísimas las caserías, y muy parecidas a las de la Galia; hay grandes rebaños de ganado. Usan por moneda cobre o anillos de hierro de cierto peso. En medio de la isla se hallan minas de estaño, y en las marinas, de hierro, aunque poco. El cobre le traen de fuera. Hay todo género de madera como en la Galia, menos de haya y pinabete. No tienen por lícito el comer liebre, ni gallina, ni ganso, puesto que los crían para su diversión y recreo. El clima es más templado que el de la Galia, no siendo los fríos tan intensos. XIII. La isla es de figura triangular. Un costado cae enfrente de la Galia; de este costado el ángulo que forma el promontorio Canelo, adonde ordinariamente vienen a surgir las naves de la Galia, está mirando al Oriente; el otro inferior a Mediodía. Este primer costado tiene casi quinientas millas; el segundo mira a España y al Poniente. Hacia la misma parte yace la Hibernia,90 que, según se cree, es la mitad menos que Bretaña, en igual distancia de ella que la Galia. En medio de este estrecho está una isla llamada Man. Dícese también que más allá se encuentran varias isletas; de las cuales algunos han escrito que hacia el solsticio del invierno por treinta días continuos es siempre de noche. Yo, por más preguntas que hice, no pude averiguar nada de eso, sino que por las experiencias de los relojes de agua observaba ser aquí más cortas91 las noches que en el Continente. Tiene de largo este lado, en opinión de los isleños, setecientas millas. El tercero está contrapuesto al Norte sin ninguna tierra enfrente, si bien la punta de él mira especialmente a la Germania. Su longitud es reputada de ochocientas millas, con que toda la isla viene a tener el ámbito de dos mil.

XIV. Entre todos, los más tratables son los habitantes de Kent, cuyo territorio está todo en la costa del mar, y se diferencian poco en las costumbres de los galos. Los que viven tierra adentro por lo común no hacen sementeras, sino que se mantienen de leche y carne, y se visten de pieles. Pero generalmente todos los britanos se pintan de color verdinegro con el zumo de gualda,92 y por eso parecen más fieros en las batallas; dejan crecer el cabello, pelado todo el cuerpo, menos la cabeza y el bigote. Diez y doce hombres tienen de común las mujeres, en especial hermanos con hermanos y padres con hijos. Los que nacen de ellas son reputados hijos de los que primero esposaron las doncellas.

XV. Los caballos enemigos y los carreros trabaron en el camino un recio choque con nuestra caballería, bien que ésta en todo llevó la ventaja, forzándolos a retirarse a los bosques y cerros. Mas como los nuestros, matando a muchos, fuesen tras ellos con demasiado ardimiento, perdieron algunos. Los enemigos, de allá un rato, cuando los nuestros estaban descuidados y ocupados en fortificar su campo, salieron al improviso del bosque, y arremetiendo a los que hacían guardia delante de los reales pelearon bravamente. Envió entonces César las dos primeras cohortes de dos legiones en su ayuda y haciendo éstas alto muy cerca una de otra, asustados los nuestros con tan extraño género de combate, rompieron ellos por medio de todos con extremada osadía y se retiraron sin recibir daño. Perdió la vida en esta jornada el tribuno Quinto Laberio Duro. En fin, con el refuerzo de otras cohortes fueron rechazados.

XVI. Por toda esta refriega, como que sucedió delante de los reales y a la vista de todos, se echó de ver que los nuestros, no pudiendo ir tras ellos cuando cejaban por la pesadez de las armas, ni atreviéndose a desamparar sus banderas, eran poco expeditos en el combate con estas gentes; que la caballería tampoco podía obrar sin gran riesgo, por cuanto ellos muchas veces retrocedían de propósito, y habiendo apartado a los nuestros algún trecho de las legiones, saltaban a tierra de sus carros y peleaban a pie con armas desiguales. Así que, o cediesen o avanzasen los nuestros, con esta forma de pelear daban en igual, antes en el mismo peligro. Fuera de que ellos nunca combatían unidos, sino separados y a grandes trechos, teniendo cuerpos de reserva apostados; con que unos a otros se daban la mano, y los de fuerzas enteras entraban de refresco a reemplazar los cansados.

XVII. Al día siguiente se apostaron los enemigos lejos de los reales en los cerros, y comenzaron a presentarse no tantos, y a escaramuzar con la caballería más flojamente que el día antes. Pero al mediodía, habiendo César destacado tres legiones y toda la caballería con el legado Cayo Trebonio al forraje, de repente se dejaron caer por todas partes sobre los que andaban muy desviados de las banderas y legiones. Los nuestros, dándoles una fuerte carga, los rebatieron, y no cesaron de perseguirlos hasta tanto que la caballería, fiada en el apoyo de las legiones que venían detrás, los puso en precipitada fuga; y haciendo en ellos gran riza, no les dio lugar a rehacerse, ni detenerse, o saltar de los carricoches. Después de esta fuga, las tropas auxiliares, que concurrieron de todas partes, desaparecieron al punto. Nunca más de allí adelante pelearon los enemigos de poder a poder con nosotros.

XVIII. César, calados sus intentos, fuese con el ejército al reino de Casivelauno en las riberas del Támesis, río que por un solo paraje se puede vadear, y aun eso trabajosamente. Llegado a él, vio en la orilla opuesta formadas muchas tropas de los enemigos, y las márgenes guarnecidas con estacas puntiagudas, y otras semejantes clavadas en el hondo del río debajo del agua. Enterado César de esto por los prisioneros y desertores, echando adelante la caballería, mandó que las legiones le siguiesen inmediatamente. Tanta prisa se dieron los soldados, y fue tal su coraje, si bien sola la cabeza llevaban fuera del agua, que no pudiendo los enemigos sufrir el ímpetu de las legiones y caballos, despejaron la ribera, poniendo pies en polvorosa.

XIX. Casivelauno, como ya insinuamos, perdida toda esperanza de contrarrestar, y despedida la mayor parte de sus tropas, quedándose con cuatro mil combatientes de los carros, iba observando nuestras marchas, tal vez se apartaba un poco del camino, y se ocultaba en barrancos y breñas. En sabiendo el camino que habíamos de llevar, hacía recoger hombres y ganados de los campos a las selvas, y cuando nuestra caballería se tendía por las campiñas a correrlas y talarlas, por todas las vías y sendas conocidas disparaba de los bosques los carros armados, y la ponía en gran conflicto, estorbando con esto que anduviese tan suelta. No había más arbitrios para evitar tales peligros sino que César no la permitiese alejarse de las legiones, y que las talas y quemas en daño del enemigo sólo se alargasen cuanto pudiera llevar el trabajo y la marcha de los soldados legionarios.

XX. A esta sazón, los trinobantes,93 nación la más poderosa de aquellos países (de donde el joven Mandubracio, abrazando el partido de César, vino a juntarse con él en la Galia, y cuyo padre Imanuencio, siendo rey de ella, murió a manos de Casivelauno, y él mismo huyó por no caer en ellas), despachan embajadores a César, prometiendo entregársele y prestar obediencia, y le suplican que ampare a Mandubracio contra la tiranía de Casivelauno, se lo envíe, y restablezca en el reino. César les manda dar cuarenta rehenes y trigo para el ejército, y les restituye a Mandubracio. Ellos obedecieron al instante aprontando los rehenes pedidos y el trigo.

XXI. Protegidos los trinobantes y libres de toda vejación de los soldados, los cenimaños, segonciacos, ancalites, bibrocos y casos, por medio de sus diputados, se rindieron a César. Infórmanle estos que no lejos de allí estaba la corte de Casivelauno, cercada de bosques y lagunas, donde se había encerrado buen número de hombres y ganados. Dan los britanos nombre de ciudad a cualquier selva enmarañada, guarnecida de valla y foso, donde se suelen acoger para librarse de las irrupciones de los enemigos. César va derecho allá con las legiones; encuentra el lugar harto bien pertrechado por naturaleza y arte; con todo, se empeña en asaltarlo por dos partes. Los enemigos, después de una corta detención, al cabo, no pudiendo resistir el ímpetu de los nuestros, echaron a huir por otro lado de la ciudad. Hallóse dentro crecido número de ganados, y en la fuga quedaron muchos prisioneros y muertos.

XXII. Mientras iban así las cosas en esa parte de la isla, despacha Casivelauno mensajeros a la provincia de Kent, situada, como se ha dicho, sobre la costa del mar, cuyas merindades gobernaban cuatro94 régulos. Gingetórige, Carnilio, Taximagulo y Segonacte, y les manda que con todas sus fuerzas juntas ataquen los atrincheramientos navales. Venidos que fueron a los reales, los nuestros en una salida que hicieron matando a muchos de ellos, y prendiendo, entre otros, al noble caudillo Lugotórige, se restituyeron a las trincheras sin pérdida alguna. Casivelauno, desalentado con la nueva de esta batalla, por tantos daños recibidos, por la desolación de su reino, y mayormente por la rebelión de sus vasallos, valiéndose de la mediación de Comió Atrebatense, envía sus embajadores a César sobre la entrega. César, que estaba resuelto a invernar en el continente por temor de los motines repentinos de la Galia, quedándole ya poco tiempo del estío, y viendo que sin sentir podía pasársele aún éste, le manda dar rehenes, y señala el tributo que anualmente debía la Bretaña pechar al Pueblo Romano. Ordena expresamente y manda a Casivelauno que no moleste más a Mandubracio ni a los trinobantes.

XXIII. Recibidos los rehenes, vuelve a la armada, y halla en buen estado las naves. Botadas éstas al agua, por ser grande el número de los prisioneros, y haberse perdido algunas embarcaciones en la borrasca, determinó transportar el ejército en dos convoyes. El caso fue, que de tantos bajeles y en tantas navegaciones, ninguno de los que llevaban soldados faltó ni en este año ni en el antecedente, pero de los que volvían en lastre del Continente hecho el primer desembarco, y de los sesenta que Labieno había mandado construir, aportaron muy pocos; los demás casi todos volvieron de arribada. Habiendo César esperado en vano algún tiempo, temiendo que la estación no le imposibilitase la navegación por la proximidad del equinoccio, hubo de estrechar los soldados según los buques, y en la mayor bonanza zarpando ya bien entrada la noche, al amanecer tomó tierra sin desgracia en toda la escuadra.

XXIV. Sacadas a tierra las naves, y tenida una junta con los galos en Samarobriva,95 por haber sido este año corta la cosecha de granos en la Galia por falta de aguas, le fue forzoso dar otra disposición que los años precedentes a los invernaderos del ejército, distribuyendo las legiones en diversos cantones. Una en los morinos, al mando de Cayo Fabio; la segunda en los nervios, al de Quinto Cicerón; la tercera en los eduos, al de Lucio Roscio; ordenando que la cuarta con Tito Labieno invernase en los remenses en la frontera de Tréveris; tres alojó en los belgas, a cargo del cuestor Marco Craso, y de los delegados Lucio Munacio Planeo y Cayo Trebonio. Una nuevamente alistada en Italia y cinco cohortes envió a los eburones, que por la mayor parte habitan entre el Mosa y el Rin, sujetos al señorío de Ambiórige y Cativulco; dióles por comandantes a los legados Quinto Titurio Sabino y Lucio Arunculeyo Cota. Repartidas en esta forma las legiones, juzgó que podrían proveerse más fácilmente en la carestía. Dispuso, sin embargo, que los cuarteles de todas estas legiones (salvo la que condujo Lucio Roscio al país96 más quieto y pacífico) estuviesen comprendidas en término de cien millas. Él resolvió detenerse en la Galia hasta tener alojadas las legiones, y certeza de que los cuarteles quedaban fortificados.

XXV. Florecía, entre los chartreses Tasgecio, persona muy principal, cuyos antepasados habían sido reyes de su nación. César le había restituido su Estado en atención al valor y lealtad singularmente oficiosa de que se había servido en todas las guerras. Este año, que ya era el tercero de su reinado, sus enemigos le mataron públicamente, siendo asimismo cómplices muchos de los naturales. Dan parte a César de este atentado. Receloso él de que por ser tantos los culpados, no se rebelase a influjo de ellos el pueblo, manda a Lucio Planeo marchar prontamente con una legión de los belgas a los carnutes, tomar allí cuarteles de invierno, y remitirle presos a los que hallase reos de la muerte de Tasgecio. En este entretanto, todos los legados y el cuestor, encargados del gobierno de las legiones, le avisaron cómo ya estaban acuartelados y bien atrincherados.

XXVI. A los quince días de alojados allí dieron principio a un repentino alboroto y alzamiento Ambiórige y Cativulco, que con haber salido a recibir a Sabino y a Cota a las fronteras de su reino, y acarreado trigo a los cuarteles, instigados por los mensajeros del trevirense Induciomaro, pusieron en armas a los suyos, y sorprendiendo de rebato a los leñadores, vinieron con gran tropel a forzar las trincheras. Como los nuestros, cogiendo al punto las armas, montando la línea y destacada por una banda la caballería española, llevasen con ella la ventaja en el choque, los enemigos, malogrando el lance, desistieron del asalto. A luego dieron voces, como acostumbran, que saliesen algunos de los nuestros a conferencia, que sobre intereses comunes querían poner ciertas condiciones, con que esperaban se podrían terminar las diferencias.

XXVII. Va a tratar con ellos Cayo Arpiño, caballero romano confidente de Quinto Titurio, con cierto español, Quinto Junio, que ya otras veces por parte de César había ido a verse con Ambiórige, el cual les habló de esta manera: «Que se confesaba obligadísimo a los beneficios recibidos de César, cuales eran haberle libertado del tributo que pagaba a los aduáticos sus confinantes; haberle restituido su hijo y un sobrino, que siendo enviados entre los rehenes a los aduáticos, los tuvieron en esclavitud y en cadenas; que en la tentativa de asalto no había procedido a arbitrio ni voluntad propia, sino compelido de la nación; ser su señorío de tal calidad, que no era menor la potestad del pueblo sobre él que la suya sobre el pueble, y que el motivo que tuvo éste para el rompimiento fue sólo el no poder resistir a la conspiración repentina de la Galia, cosa bien fácil de probar en vista de su poco poder; pues no es él tan necio que presuma poder con sus fuerzas contrastar las del Pueblo Romano. La verdad es ser este el común acuerdo de la Galia, y el día de hoy el aplazado para el asalto general de todos los cuarteles de César, para que ninguna legión pueda dar la mano a la otra. Como galos no pudieron fácilmente negarse a los galos, mayormente pareciendo ser su fin el recobrar la libertad común; mas ya que tenía cumplido con ellos por razón de deudo, debía atender ahora a la ley del agradecimiento. Así que, por respeto a los beneficios de César y al hospedaje de Titurio, le amonestaba y suplicaba mirase por su vida y la de sus soldados; que ya un gran cuerpo de germanos venía a servir a sueldo y había pasado el Rin; que llegaría dentro de dos días; viesen ellos si sería mejor, antes que lo entendiesen los comarcanos, sacar de sus cuarteles los soldados y trasladarlos a los de Cicerón o de Labieno, puesto que el uno distaba menos de cincuenta millas y el otro poco más. Lo que les prometía y aseguraba con juramento era darles paso franco por sus Estados; que con eso procuraba al mismo tiempo el bien del pueblo aliviándolo del alojamiento y el servicio de César en recompensar de sus mercedes». Dicho esto, se despide Ambiórige.

XXVIII. Arpiño y Junio cuentan a los legados lo que acababan de oír. Ellos, asustados con la impensada nueva, aunque venía de boca del enemigo, no por eso creían deberla despreciar. Lo que más fuerza le hacía era no parecerles creíble que los eburones, gente de ningún nombre y tan para poco, se atreviesen de suyo a mover guerra contra el Pueblo Romano. Y así ponen la cosa en consejo, donde hubo grandes debates. Lucio Arunculeyo, con varios de los tribunos y capitanes principales, era de parecer «que no se debía atropellar ni salir de los reales sin orden de César; proponían que dentro de las trincheras se podían defender contra cualesquiera tropas, aun de germanos, por numerosas que fuesen; ser de esto buena prueba el hecho de haber resistido con tanto esfuerzo el primer ímpetu del enemigo, rebatiéndole con gran daño: que pan no les faltaba. Entre tanto vendrían socorros de los cuarteles vecinos y de César, que en conclusión, ¿puede haber temeridad ni desdoro mayor que tomar consejo del enemigo en punto de tanta monta?»

XXIX. Contra esto gritaba Titurio: «Que tarde caerían en la cuenta, cuando creciese más el número de los enemigos con la unión de los germanos, o sucediese algún desastre en los cuarteles vecinos; que el negocio pedía pronta resolución, y creía él que César se hubiese ido a Italia; si no, ¿cómo era posible que los chartreses conspirasen en matar a Tasgecio, ni los eburones en asaltar con tanto descaro nuestros reales?, que no atendía él al dicho del enemigo, sino a la realidad del hecho: el Rin inmediato; irritados los germanos por la muerte de Ariovisto y nuestras pasadas victorias; la Galia enconada por verse después de tantos malos tratamientos sujeta al Pueblo Romano, obscurecida su antigua gloria en las armas. Por último, ¿quién podrá persuadirse que Ambiórige se hubiese arriesgado a tomar este consejo sin tener seguridad de la cosa? En todo caso ser seguro su dictamen: si no hay algún contraste, se juntarán a su salvo con la legión inmediata; si la Galia toda se coligare con Germania, el único remedio es no perder momento. El parecer contrario de Cota y sus parciales ¿qué resultas tendrá? Cuando de presente no haya peligro, al menos en un largo asedio el hambre será inevitable».

XXX. En estas reyertas, oponiéndose vivamente Cota y los primeros oficiales: «Norabuena, dijo Sabino, salid con la vuestra, ya que así lo queréis», y en voz más alta, de modo que pudiesen oírle muchos de los soldados, añadió: «Sí, que no soy yo entre vosotros el que más teme la muerte. Los presentes verán lo que han de hacer, si acaeciere algún revés, tú sólo les serás responsable; y si los dejas, pasado mañana se verán juntos con los demás en los cuarteles vecinos para ser compañeros de su suerte, y no morir a hierro y hambre abandonados y apartados de los suyos».

XXXI. Levántanse con esto de la junta, y los principales se ponen de por medio y suplican a entrambos no lo echen todo a perder con su discordia y empeño; cualquier partido que tomen, o de irse o de quedarse, saldrá bien, si todos van a una; al contrario, si están discordes, se dan por perdidos. Durando la disputa hasta medianoche, al cabo, rendido Cota, cede. Prevalece la opinión de Sabino. Publícase marcha para el alba. El resto de la noche pasan en vela, registrando cada uno su mochila, para ver qué podría llevar consigo, qué no de los utensilios de los cuarteles. No parece sino que se discurren todos los medios de hacer peligrosa la detención, y aun más la marcha con la fatiga y el desvelo de los soldados. Venida la mañana, comienzan su viaje en la persuasión de que no un enemigo, sino el mayor amigo suyo, Ambiórige, les había dado este consejo, extendidos en filas muy largas y con mucho equipaje.

XXXII. Los enemigos, que por la bulla e inquietud de la noche barruntaron su partida, armadas dos emboscadas en sitio ventajoso y encubierto entre selvas, a distancia de dos millas estaban acechando el paso de los romanos; y cuando vieron la mayor parte internada en lo quebrado de aquel hondo valle, al improviso se, dejaron ver por el frente y espaldas picando la retaguardia, estorbando a la vanguardia la subida, y forzando a los nuestros a pelear en el peor paraje.

XXXIII. Aquí vieras a Titurio, que nunca tal pensara, asustarse, correr acá y allá, desordenadas las filas; pero todo como un hombre azorado que no sabe la tierra que pisa; que así suele acontecer a los que no se aconsejan hasta que se hallan metidos en el lance. Por el contrario Cota, que todo lo tenía previsto y por eso se había opuesto a la salida, nada omitía de lo conducente al bien común; ya llamando por su nombre a los soldados, ya esforzándolos, ya peleando, hacía a un tiempo el oficio de capitán y soldado. Mas visto que, por ser las filas muy largas, con dificultad podían acudir a todas partes y dar las órdenes convenientes, publicaron una general para que, soltando las mochillas, se formasen en rueda, resolución que, si bien no es de tachar en semejante aprieto, tuvo muy mal efecto; pues cuanto desalentó la esperanza de los nuestros, tanto mayor denuedo infundió a los enemigos, por parecerles que no se hacía esto sin extremos de temor y en caso desesperado. Además que los soldados de tropel, como era regular, desamparaban sus banderas, y cada cual iba corriendo a su lío a sacar y recoger las alhajas y preseas más estimadas, y no se oían sino alaridos y lamentos.

XXXIV. Mejor lo hicieron los bárbaros; porque sus capitanes intimaron a todo el ejército que ninguno abandonase su puesto; que contasen por suyo todo el despojo de los romanos, pero entendiesen que el único medio de conseguirlo era la victoria. Eran los nuestros por el número y fortaleza capaces de contrarrestar al enemigo, y dado caso que ni el caudillo ni la fortuna los ayudaba, todavía en su propio valor libraban la esperanza de la vida; y siempre que alguna cohorte daba un avance, de aquella banda caía por tierra gran número de enemigos. Advirtiéndolo Ambiórige, da orden que disparen de lejos, y que nunca se arrimen mucho, y dondequiera que los romanos arremetan, retrocedan ellos; que atento el ligero peso de sus armas y su continuo ejercicio no podían recibir daño, pero en viéndolos que se retiran a su formación, den tras ellos.

XXXV. Ejecutada puntualísimamente esta orden, cuando una manga destacada del cerco acometía, los contrarios echaban para atrás velocísimamente. Con eso era preciso que aquella parte quedase indefensa, y por un portillo abierto expuesta a los tiros. Después al querer volver a su puesto, eran cogidos en medio así de los que se retiraban, como de los que estaban apostados a la espera; y cuando quisiesen mantenerse a pie firme, ni podían mostrar su valor, ni estando tan apiñados hurtar el cuerpo a los flechazos de tanta gente. Con todo eso, a pesar de tantos contrastes y de la mucha sangre derramada, se tenían fuertes, y pasada gran parte del día, peleando sin cesar del amanecer hasta las ocho,97 no cometían la menor vileza. En esto, con un venablo atravesaron de parte a parte ambos muslos de Tito Balvencio, varón esforzado y de gran cuenta, que desde el año antecedente mandaba la primera centuria. Quinto Lucanio, centurión del mismo grado, combatiendo valerosamente, por ir a socorrer a su hijo rodeado de los enemigos, cae muerto. El comandante Lucio Cota, mientras va corriendo las líneas y exhortando a los soldados, recibe en la cara una pedrada de honda.

XXXVI. Aterrado con estas desgracias Quinto Titurio, como divisase a lo lejos a Ambiórige que andaba animando a los suyos, envíale su intérprete Neo Pompeyo a suplicarle les perdone las vidas. Él respondió a la súplica: «que si quería conferenciar consigo, bien podía, cuanto a la vida de los soldados, esperaba que se podría recabar de su gente; tocante al mismo Titurio, empeñaba su palabra que no se le haría daño ninguno». Titurio lo comunica con Cota herido, diciendo: «que si tiene por bien salir del combate y abocarse con Ambiórige, hay esperanza de poder salvar sus vidas y las de los soldados». Cota dice, que de ningún modo irá al enemigo mientras le vea con las armas en la mano, y ciérrase en ello.

XXXVII. Sabino, vuelto a los tribunos circunstantes y a los primeros centuriones, manda que le sigan, y llegando cerca de Ambiórige, intimándole rendir las armas, obedece, ordenando a los suyos que hagan lo mismo. Durante la conferencia, mientras se trata de las condiciones, y Ambiórige alarga de propósito la plática, cércanle poco a poco, y le matan. Entonces fue la grande algazara y el gritar descompasado a su usanza, apellidando victoria, echarse sobre los nuestros, y desordenarlos. Allí Lucio Cota pierde combatiendo la vida, con la mayor parte de los soldados; los demás se refugian a los reales de donde salieron, entre éstos Lucio Petrosidio, alférez mayor, que, siendo acosado de un gran tropel de enemigos, tiró dentro del vallado la insignia del águila, defendiendo a viva fuerza la entrada, hasta que cayó muerto. Los otros a duras penas sostuvieron el asalto hasta la noche, durante la cual todos, desesperados, se dieron a sí mismos la muerte. Los pocos que de la batalla se escaparon, metidos entre los bosques, por caminos extraviados, llegan a los cuarteles de Tito Labieno y le cuentan la tragedia.

XXXVIII. Engreído Ambiórige con esta victoria, marcha sin dilación con su caballería a los aduáticos, confinantes con su reino, sin parar día y noche, y manda que le siga la infantería. Incitados los aduáticos con la relación del hecho, al día siguiente pasa a los nervios, y los exhorta a que no pierdan la ocasión de asegurar para siempre su libertad y vengarse de los romanos por los ultrajes recibidos. Póneles delante la muerte de dos legados y la matanza de gran parte del ejército; ser muy fácil hacer lo mismo de la legión acuartelada con Cicerón, acogiéndola de sorpresa; él se ofrece por compañero de la empresa. No le fue muy dificultoso persuadir a los nervios. Así que, despachando al punto correos a los centrones, grudios, levacos, pleumosios y gordunos,98 que son todos dependientes suyos, hacen las mayores levas que pueden, y de improviso vuelan a los cuarteles de Cicerón, que aun no tenía noticia de la desgracia de Titurio, con que no pudo precaver el que algunos soldados, esparcidos por las selvas en busca de leña y fajina, no fuesen sorprendidos con la repentina llegada de los caballos. Rodeados ésos, una gran turba de eburones, aduáticos y nervios con todos sus aliados y dependientes empieza a batir la legión. Los nuestros a toda prisa toman las armas y montan las trincheras. Costó mucho sostenerse aquel día, porque los enemigos ponían toda su esperanza en la brevedad, confiando que, ganada esta victoria, para siempre quedarían vencedores.

XL. Cicerón al instante despacha cartas a César, ofreciendo grandes premios a los portadores, que son luego presos por estar tomadas todas las sendas. Por la noche, del maderaje acarreado para barrearse, levantan ciento y veinte torres con presteza increíble, y acaban de fortificar los reales. Los enemigos al otro día los asaltan con mayor golpe de gente y llenan el foso. Los nuestros resisten como el día precedente; y así prosiguen en los consecutivos, no cesando de trabajar noches enteras, hasta los enfermos y heridos. De noche se apresta todo lo necesario para la defensa del otro día. Se hace prevención de cantidad de varales tostados a raigón y de garrochones, fórmanse tablados en las torres, almenas y parapetos de zarzos entretejidos. El mismo Cicerón, siendo de complexión delicadísima, no reposaba un punto ni aun de noche; tanto que fue necesario que los soldados, con instancias y clamores, le obligasen a mirar por sí.

XLI. Entonces los jefes y personas de autoridad entre los nervios, que tenían alguna cabida y razón de amistad con Cicerón, dicen que quieren abocarse con él. Habida licencia, repiten la arenga de Ambiórige a Titurio: «estar armada toda la Galia: los germanos de esta parte del Rin: los cuarteles de César y de los otros, sitiados. Añaden lo de la muerte de Sabino. Ponente delante a Ambiórige,99 para que no dude de la verdad. Dicen ser gran desatino esperar socorro alguno de aquellos que no pueden valerse a sí mismos. Protestan, no obstante, que por el amor que tienen a Cicerón y al Pueblo Romano sólo se oponen a que invernen dentro de su país, y que no quisieran se avezasen a eso; que por ellos bien pueden salir libres de los cuarteles, y marchar seguros a cualquiera otra parte». La única respuesta de Cicerón a todo esto fue: «no ser costumbre del Pueblo Romano recibir condiciones del enemigo armado. Si dejan las armas podrán servirse de su mediación y enviar embajadores a César, que, según es de benigno, espera lograrán lo que pidieren».

XLII. Los nervios, viendo frustradas sus ideas, cercan los reales con un bastión de once pies y su foso de quince. Habían aprendido esto de los nuestros con el trato de los años antecedentes, y no dejaban de tener soldados prisioneros que los instruyesen. Mas como carecían de las herramientas necesarias, les era forzoso cortar los céspedes con la espada, sacar la tierra con las manos y acarrearla en las haldas. De lo cual se puede colegir el gran gentío de los sitiadores, pues en menos de tres horas concluyeron una fortificación de diez millas de circuito; y los días siguientes, mediante la dirección de los mismos prisioneros, fueron levantando torres de altura igual a nuestras barreras, y fabricando guadañas y galápagos.

XLIII. Al día séptimo del cerco, soplando un viento recio, empezaron a tirar con hondas bodoques100 caldeados y dardos encendidos a las barracas, que al uso de la Galia eran pajizas. Prendió al momento en ellas el fuego, que con la violencia del viento se extendió por todos los reales. Los enemigos cargando con grande algaraza, como seguros ya de la victoria, van arrimando las torres y galápagos, y empiezan a escalar el vallado. Mas fue tanto el valor de los soldados, tal su intrepidez, que sintiéndose chamuscar por todos lados y oprimir de una horrible lluvia de saetas, viendo arder todos sus ajuares y alhajas, lejos de abandonar nadie su puesto, ni aun casi quien atrás mirase, antes por lo mismo peleaban todos con mayor brío y coraje. Penosísimo sin duda fue este día para los nuestros; bien que se consiguió hacer grande estrago en los enemigos, por estar apiñados al pie del vallado mismo, ni dar los últimos, lugar de retirarse a los primeros. Cediendo un tanto las llamas, como los enemigos arrimasen por cierta parte una torre hasta pegarla con las trincheras, los oficiales de la tercera cohorte hicieron lugar retirándose atrás, con todos los suyos, y con ademanes y voces empezaron a provocarlos a entrar, «si eran hombres»; pero nadie osó aventurarse. Entonces los romanos, arrojando piedras, los derrocaron y les quemaron la torre.

XLIV. Había en esta legión dos centuriones muy valerosos, Tito Pulfion y Lucio Vareno, a punto de ser promovidos al primer grado. Andaban éstos en continuas competencias sobre quién debía ser preferido, y cada año, con la mayor emulación, se disputaban la precedencia. Pulfion, uno de los dos, en el mayor ardor del combate al borde de las trincheras: « ¿En qué piensas, dice, oh Vareno?, ¿o a cuándo aguardas a mostrar tu valentía? Este día decidirá nuestras competencias. » En diciendo esto, salta las barreras y embiste al enemigo por la parte más fuerte. No se queda atrás Vareno, sino que temiendo la censura de todos, síguele a corta distancia. Dispara Pulfion contra los enemigos su lanza, y pasa de parte a parte a uno que se adelantó de los enemigos; el cual herido y muerto, es amparado con los escudos de los suyos, y todos revuelven contra Pulfion cerrándole el paso. Atraviésanle la rodela, y queda clavado el estoque en el tahalí. Esta desgracia le paró de suerte la vaina que, por mucho que forcejaba, no podía sacar la espada, y en esta maniobra le cercan los enemigos. Acude a su defensa el competidor Vareno, y socórrele en el peligro, punto vuelve contra este otro el escuadrón sus tiros, dando a Pulfion por muerto de la estocada. Aquí Vareno, espada en mano, arrójase a ellos, bátese cuerpo a cuerpo, y matando a uno, hace retroceder a los demás. Yendo tras ellos con demasiado coraje, resbala cuesta abajo, y da consigo en tierra. Pulfion que lo vio rodeado de enemigos, corre a librarle, y al fin ambos, sanos y salvos, después de haber muerto a muchos, se restituyen a los reales cubiertos de gloría. Así la fortuna en la emulación y en la contienda guío a entrambos, defendiendo el un émulo la vida del otro, sin que pudiera decirse cuál de los dos mereciese en el valor la primacía.

XLV. Cuanto más se agravaba cada día la fiereza del asedio, principalmente por ser muy pocos los defensores, estando gran parte de los soldados postrados de las heridas, tanto más se repetían correos a César, de los cuales algunos eran cogidos y muertos a fuerza de tormentos a vista de los nuestros. Había en nuestro cuartel un hidalgo llamado Verticón, que había desertado al primer encuentro, y dado a Cicerón pruebas de su lealtad. Este tal persuade a un su esclavo, prometiéndole la libertad y grandes galardones, que lleve una carta a César. Él la acomoda en su lanza, y como galo, atravesando por entre los galos sin la menor sospecha, la pone al fin en manos de César, por donde vino a saber el peligro de Cicerón y de su legión.

XLVI. Recibida esta carta a las once del día, despacha luego aviso al cuestor Marco Craso que tenía sus cuarteles en los belovacos, a distancia de veinticinco millas, mandándole que se ponga en camino a medianoche con su legión y venga a toda prisa. Pártese Craso al aviso. Envía otro al legado Cayo Fabio, que conduzca la suya a la frontera de Artois, por donde pensaba él hacer su marcha. Escribe a Labieno, que, si puede buenamente, se acerque con su legión a los nervios. No le pareció aguardar lo restante del ejército, por hallarse más distante. Saca de los cuarteles inmediatos hasta cuatrocientos caballos.

XLVII. A las tres de la mañana supo de los batidores la venida de Craso. Este día caminó veinte millas. Da el gobierno de Samarobriva con una legión a Craso, porque allí quedaba todo el bagaje, los rehenes, las escrituras públicas, y todo el trigo acopiado para el invierno. Fabio, conforme a la orden recibida, sin detenerse mucho, sale al encuentro en el camino. Labieno, entendida la muerte de Sabino y el destrozo de sus cohortes, viéndose rodeado de todas las tropas trevirenses, temeroso de que, si salía como huyendo de los cuarteles, no podía sostener la carga del enemigo, especialmente sabiendo que se mostraba orgulloso con la recién ganada victoria, responde a César, representando el gran riesgo que correrá la legión si se movía. Escríbele por menor lo acaecido en los eburones, y añade que a tres millas de su cuartel estaban acampados los trevirenses con toda la infantería y caballería.

XLVIII. César, pareciéndole bien esta resolución, dado que de tres legiones con que contaba se veía reducido a dos, sin embargo, en la presteza ponía todo el buen éxito. Entra, pues, a marchas forzadas por tierras de los nervios. Aquí le informan los prisioneros del estado de Cicerón y del aprieto en que se halla. Sin perder tiempo, con grandes promesas persuade a uno de la caballería galicana que lleve a Cicerón una carta. Iba ésta escrita en griego, con el fin de que, si la interceptaban los enemigos, no pudiesen entender nuestros designios; previénele, que si no puede dársela en su mano, la tire dentro del campo atada con la coleta de un dardo. El contenido era: «que presto le vería con sus legiones», animándole a perseverar en su primera constancia. El galo, temiendo ser descubierto, tira el dardo según la instrucción. Éste, por desgracia, quedó clavado en un cubo, sin advertirlo los nuestros por dos días. Al tercero reparó en él un soldado, que lo alcanzó, y trajo a Cicerón, quien después de leída, la publicó a todos, llenándolos de grandísimo consuelo. En eso se divisaban ya las humaredas a lo lejos, con que se aseguraron totalmente de la cercanía de las legiones.

XLIX. Los galos, sabida esta novedad por sus espías, levantan el cerco, y con todas sus tropas, que se componían de sesenta mil hombres, van sobre César. Cicerón, valiéndose de esta coyuntura, pide a Verticón, aquel galo arriba dicho, para remitir con él otra carta a César, encargándole haga el viaje con toda cautela y diligencia; decía en la carta, cómo los enemigos, alzando el sitio, habían revuelto contra él todas las tropas. Recibida esta carta cerca de la medianoche, la participa César a los suyos y los esfuerza para la pelea. Al día siguiente muy temprano mueve su campo, y a cuatro días de marcha descubre la gente del enemigo que asomaba por detrás de un valle y de un arroyo. Era cosa muy arriesgada combatir con tantos en paraje menos ventajoso; no obstante, certificado ya de que Cicerón estaba libre del asedio, y por tanto no era menester apresurarse, hizo alto, atrincherándose lo mejor que pudo, según la calidad del terreno; y aunque su ejército ocupaban bien poco, que apenas era de siete mil hombres, y ésos sin ningún equipaje, todavía lo reduce a menor espacio, estrechando Lodo lo posible las calles de entre las tiendas101 con la mira de hacerse más y más despreciable al enemigo. Entre tanto despacha por todas partes batidores a descubrir el sendero más seguro por donde pasar aquel valle.

L. Este día, sin hacer más que tal cual ligera escaramuza de los caballos junto al arroyo, unos y otros se estuvieron quedos en sus puestos: los galos, porque aguardaban mayores refuerzos, que aun no se habían juntado; César, por si pudiese con muestras de temor atraer al enemigo a esta banda del valle, y darle la batalla sin mudar de terreno delante de las trincheras, donde no, sendereada la ruta, pasar el valle y el arroyo con menos riesgo. La mañana siguiente, la caballería enemiga se acerca a los reales, y trábase con la nuestra. César de intento la manda cejar y retirarse adentro, y manda juntamente alzar más la estacada, tapiar las puertas, y ejecutar todo esto con grandísimo atropellamiento y apariencias de miedo.

LI. Cebados con eso los enemigos, pasan su ejército, y se apuestan en mal sitio; y viendo a los nuestros retirarse aun de las mismas barreras, dan un avance, y arrojando de todas partes dardos dentro de las trincheras, a voz de pregonero publican por todos los cantones: «que cualquiera sea galo, sea romano, tiene libertad antes de la hora tercia102 para pasarse a su campo; después de este plazo no habrá más recurso». Y llegó a tanto su menosprecio que, creyendo no poder forzar las puertas, tapiadas sólo en la apariencia con una somera capa de adobes, empezaron unos a querer aportillar el cercado con las manos, otros a llenar los fosos. Entonces César, abiertas todas las puertas, hace una salida y soltando a la caballería, al punto pone en fuga a los enemigos, de suerte que ni uno solo hizo la menor resistencia, con que mató a muchos de ellos y desarmó a todos.

LII. No se atrevió a seguir el alcance por los bosques y pantanos intermedios, viendo que el sitio quedaba señalado103 con no pequeña pérdida del enemigo. En fin, sin daño alguno de sus tropas, el mismo día se juntó con Cicerón. Ve con asombro los torreones, galápagos y fortificaciones de los enemigos. Y hecha la revista de la legión, halla que ni de diez uno estaba sin herida, de lo cual infiere en qué conflicto se vieron y con qué valor se portaron. A Cicerón y a sus soldados hace los merecidos elogios; saluda por su nombre uno a uno a los centuriones y tribunos, de cuyo singular valor estaba bien informado por Cicerón. Cerciórase por los prisioneros de la desgracia de Sabino y Cota. El día inmediato, en presencia del ejército, la cuenta por extenso, consolando y animando a los soldados con decirles: que deben sufrir con paciencia este descalabro únicamente ocasionado por culpa y temeridad del comandante, ya que quedaba vengado por beneficio de los dioses inmortales y su propio valor, aguándoseles tan presto a los enemigos el gozo, como quedaba remediado para ellos el motivo de sentimiento.

LIII. La fama en tanto de la victoria de César vuela con increíble velocidad por los remenses a Labieno; pues distando cincuenta millas de los cuarteles de Cicerón, donde César entró después de las nueve del día, se oyó antes de medianoche a la puerta de los reales el alborozo de los remenses, que aclamaban la victoria con parabienes a Labieno. Divulgada esta noticia entre los trevirenses, Induciomaro, que había resuelto asaltar el día siguiente los reales de Labieno, huye aquella noche con todas sus tropas a Tréveris. César hace que Fabio con la legión vuelva a sus cuarteles de invierno; él con tres de ellas determina invernar en las inmediaciones de Samarobriva en tres distintos alojamientos; y a causa de tantas sublevaciones de la Galia, mantenerse al frente del ejército todo aquel invierno, porque con la nueva del desastre de Sabino, casi todos los pueblos de la Galia trataban de guerra despachando mensajes y embajadas por todas partes, con el fin de averiguar cómo pensaban los otros, y por dónde se daría principio al rompimiento. Tenían sus juntas a deshoras de noche y en parajes ocultos, y no hubo día en todo aquel invierno que no fuese de algún cuidado para César, recibiendo continuos avisos de los proyectos y alborotos de los galos. Uno de ellos le comunicó el legado Lucio Roscio, a quien había dado el mando de la legión decimotercia; y fue que los pueblos llamados armóricos104 habían levantado un grueso ejército con el fin de atacarle, y ya no distaba de sus cuarteles sino solas ocho millas, pero sabida la noticia de la victoria de César, se retiraron tan apresuradamente que más parecía fuga que retirada.

LIV. Sin embargo, César, llamando ante sí los principales de cada nación, metiendo a unos miedo con darles a entender que sabía todas sus tramas, y amonestando a otros, tuvo a raya gran parte de la Galia. Todavía los de Sens, república de las primeras entre los galos en poder y autoridad, intentaron unidos matar a Cavarino, que César les había dado por rey, cuyo hermano Moritasgo lo era cuando César vino a la Galia, como lo habían sido antes sus abuelos. Como él lo barruntase y escapase, lo fueron persiguiendo hasta echarle de su casa y reino, y enviando embajada a César a fin de disculparse, mandando éste comparecer ante sí el Senado, no le obedecieron. Tanta impresión hizo en estos bárbaros el ejemplo de los autores de la rebelión, y trocó tanto sus voluntades, que fuera de los eduos y remenses, a quienes César trató siempre con distinción, a aquéllos por su antigua y constante fidelidad al Pueblo Romano, a éstos por sus buenos oficios en la guerra presente, casi no quedó ciudad de quien podernos fiar. Lo que bien mirado quizá no debe causar maravilla, así por otros varios motivos, como principalmente porque una nación tenida por superior a todas en la gloria militar, a más de haberla perdido, sentía en el alma verse súbdita de los romanos.

LV. Lo cierto es que Induciomaro y los trevirenses emplearon todo el invierno en despachar embajadas a la otra parte del Rin, ganar los pueblos y prometer dineros, asegurándoles ser poquísimos los nuestros, destrozada ya la mayor parte del ejército. Mas no por eso pudieron persuadir a ninguno a pasar el Rin, respondiendo todos, que habiéndoles ya salido mal dos veces, en la guerra de Ariovisto y en la trasmigración de los feneceros, no querían aventurarse la tercera. Sin embargo de estas repulsas, Induciomaro empezó a juntar gente de los suyos y de los confinantes, aparejar caballos y enganchar con grandes promesas a los bandidos y proscritos de la Galia; y con estas artes se había granjeado tanto crédito en la nación, que le venían embajadas de todas partes a nombre de comunidades y particulares solicitando su gracia y amistad.

LVI. Cuando él se vio buscado, y que por una parte los de Sens y de Chartres andaban despechados por el remordimiento de su atentado; que por otra los nervios y aduáticos se armaban contra los romanos, y que no le faltaría tampoco cohortes de voluntarios, si una vez salía a campaña, convoca una junta general de gente armada. Tal es la usanza de los galos en orden a emprender la guerra: obligan por ley a todos los mozos a que se presenten armados, y al que llega el último, a la vista de todo el concurso, descuartízanlo. En esta junta Induciomaro hace declarar enemigo de la patria y confiscar los bienes a Cingetórige su yerno, cabeza del bando contrario, el cual, como se ha dicho, siempre se mantuvo fiel a César. Concluido este auto, publica en la junta cómo venía llamado de los de Sens y Chartres, y de otras varias ciudades de la Galia; que pensaba dirigir allá su marcha por el territorio remense talando sus campos, y antes de esto forzar las trincheras de Labieno, para lo cual da sus órdenes.

LVII. A Labieno, estando como estaba en puesto muy bien fortificado por naturaleza y arte, ninguna pena le daba el peligro de su persona y de la legión; andaba sí cuidadoso de no perder ocasión de algún buen lance. En consecuencia, informado por Cingetórige y sus allegados del discurso de Induciomaro en el congreso, envía mensajeros a los pueblos comarcanos pidiendo soldados de a caballo, y que vengan sin falta para tal día. Entre tanto Induciomaro casi diariamente andaba girando alrededor de los reales con toda su caballería, ya para observar el sitio, ya para trabar conversación, o poner espanto. Los soldados, al pasar, todos de ordinario tiraban sus dardos dentro del cercado. Labieno tenía a los suyos encerrados en las trincheras, y procuraba por todos los medios aumentar en el enemigo el concepto de su miedo.

LVIII. Mientras de día en día prosigue con mayor avilantez Induciomaro insultando al campo, una noche Labieno, introducido todo el cuerpo de caballería congregado de la comarca, dispuso con tanta cautela las guardias para tener quietos dentro a los suyos, que por ninguna vía pudo traslucirse ni llegar a los trevirenses la noticia de este refuerzo. Induciomaro en tanto viene a los reales como solía todos los días, y gasta en eso gran parte del día. La caballería hizo su descarga de flechas, y con grandes baldones desafían a nuestro campo. Callando los nuestros a todo, ellos, cuando les pareció, al caer del día se van desparramados y sin orden. Entonces Labieno suelta toda la caballería por dos puertas, mandando expresamente que, al ver asustados y puestos en huida los enemigos, lo que sucedería infaliblemente como sucedió, todos asestasen a solo Induciomaro, sin herir a nadie hasta ver a éste muerto; que no quería que deteniéndose con otros, él aprovechándose de la ocasión, escapase. Promete grandes premios al que le mate, y destaca parte de la legión para sostener a la caballería. La fortuna favorece la traza de Labieno; pues yendo todos tras de solo Induciomaro, preso al vadear un río,105 es muerto, y su cabeza traída en triunfo a los reales. La caballería de vuelta persigue y mata a cuantos puede. Con esta noticia todas las tropas armadas de eburones y nervios se disipan; y después de este suceso, logró César tener más sosegada la Galia.

Notas

85 Es decir, en la Galia Citerior o Cisalpina.

86 Principalmente quiere significar el esparto (de que abunda) para sogas, gomenas y maromas. Del esparto de España hablan Estrabón, Justino, Plinio y los PP. Mohedanos por extenso.

87 Trataríase, al parecer, de los que habitaban la Albania actual.

88 Algunos leen in Belgis; teniendo por absurdo que fuesen fabricadas en Meaux, que no es puerto de mar. Pero ¿qué Inconveniente hay en que dos pueblos diversos tuviesen antiguamente el mismo nombre, pues tantas veces lo vemos en estos COMENTARIOS? Los meldas de que habla César no serán los de Meaux, sino antes otros marítimos.

89 Quiere decir que los envió armados a la ligera, sin otro tren que las armas.

90 Irlanda.

91 Era, ya se ve, tiempo de verano; lo contrario sucede en invierno, de que sólo se infiere que Inglaterra es más septentrional que Francia.

92 César: vitro se inficiunt. Otros leen (y tal vez con más razón) glasto, porque dos cosas parecen ciertas: primera, que el glasto es planta, y así no hay que llamarlo vitriolo, o caparrosa como el traductor italiano; segunda, que esta palabra entra en la confección del vidrio, y por eso leen muchos vitro; y de aquí nacería la equivocación de otros escribiendo nitro, y traduciéndolo vitriolo. El glasto es nombre británico, y significa lo mismo que vitro en latín, y uno y otro se toma por hierba vidriera. En lo que, a mi parecer, no puede haber engaño es en llamarla flor de pastel, como lo hace Laguna sobre Dioscórides, citando esta lugar de César.

93 Los de los condados de Esex y Midlesex.

94 Serían feudatarios de Casivelauno, si ya no estaban obligados a obedecerle durante la guerra, por haberle nombrado el cuerpo de la nación por su generalísimo.

95 Amiéns.

96 Por tales tenía entonces el de los eduos, como tan amigos y favorecidos del pueblo romano.

97 Ad horam octavam: que, según la cuenta Indicada de los romanos, corresponde a las dos de la tarde nuestras.

98 Los de Courtray, Brujas, Lovaina, Tournai y Gand.

99 Poco antes amigo de César y obligado con tantos beneficios; ahora enemigo declarado y cabeza de los rebeldes.

100 Pelotas caldeadas, o especie de balas rojas.

101 Las de los reales romanos eran ordinariamente de cincuenta, y aun de cien pasos en ancho, con que se podían estrechar mucho en las ocurrencias.

102 Según nuestra cuenta, o las nueve de la mañana.

103 Los comentadores y traductores de César no están acordes en la leyenda e inteligencia de este pasaje. A mí me ha parecido seguir como corriente y bien escrito el texto de la edición Elzeviriana; y creo que el pensamiento de César queda bien explicado en castellano traduciendo como se ha traducido.

104 Esto es, marítimos, porque en su lengua céltica Ar mor dicen que significa lo mismo que ad more.

105 Es el Mosa, que separa los trevirenses de los remenses, donde invernaba Labieno.

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO V

1. La segunda expedición de César a Inglaterra no tuvo mejor fin que la primera, ya que no dejó en ella ninguna guarnición ni establecimiento, y los romanos quedaron entonces tan poco dueños del país como antes. Cap. XXIII.

2. La destrucción de las legiones de Sabino es el primer revés de consideración que sufrió César en la Galia. Capítulo XXXVII.

3. Cicerón defendió durante más de un mes con 5.000 hombres, contra un ejército diez veces más fuerte, un campo atrincherado ocupado por él desde hacia quince días. ¿Sería posible conseguir en nuestros días un resultado semejante? Los brazos de nuestros soldados carecen de la fuerza y robustez de los de los antiguos romanos; nuestros útiles para el trabajo son los mismos, pero nosotros tenemos un agente más: la pólvora. Podemos, pues, levantar murallas, abrir fosos, cortar árboles, construir torres en tan breve tiempo y tan bien como ellos, pero las armas ofensivas de hoy poseen un poder muy diferente de las de los antiguos, como diferentes son sus efectos. Los romanos deben la persistencia de sus triunfos a un método que no abandonaron jamás y que consiste en acampar invariablemente por las noches en un campamento fortificado, en no dar nunca una batalla sin tener a sus espaldas un campo atrincherado que les sirviese de refugio y donde encerrar sus víveres, sus bagajes y sus heridos. La naturaleza de las armas en esos tiempos era tal, que en tales campamentos se sentían no sólo al abrigo de los ataques de un ejército igual, sino incluso superior; eran dueños de combatir o de esperar una ocasión favorable. Mario es atacado por una nube de cinabrios y teutones; se encierra en campamento y permanece en él hasta el día en que la ocasión se le presenta favorable; cuando sale de allí lo hace ya precedido por la victoria. César llega a las cercanías del campamento de Cicerón; los galos abandonan a éste y marchan al encuentro del primero; su número es cuatro veces superior. César toma en pocas horas posición; atrinchera su campamento y soporta pacientemente los insultos y las provocaciones de un enemigo a quien no quiere aún atacar; pero la espléndida ocasión no tarda en presentarse; sale entonces por todas las puertas; los galos son vencidos.

¿Por qué, pues, una regla tan sabia, tan fecunda en grandes resultados, ha sido abandonada por los generales modernos? Porque las armas ofensivas han cambiado de naturaleza. Las armas de mano eran las armas principales de los antiguos; con su corta espada el legionario conquistó el mundo; con la pica macedonia Alejandro conquistó el Asia. El arma principal de los ejércitos modernos es la de fuego, el fusil, esta arma superior a cuanto los hombres han inventado jamás; ninguna arma defensiva puede contrarrestar su efecto. Los escudos, las cotas de malla, las corazas, reconocidos como impotentes, han sido abandonados. Con ese terrible artefacto un soldado puede en un cuarto de hora herir o dar muerte a sesenta hombres. No le faltan nunca balas, pues pesan sólo seis gros; el proyectil tiene quinientas toesas de alcance; es peligroso a ciento veinte, y causa la muerte a noventa.

El hecho de que el arma principal de los antiguos fuese la espada o la pica determinó que su formación habitual se estableciese en profundidad. La legión y la falange, en cualquier situación en que se viesen atacadas, ya fuera de frente, ya por cualquiera de ambos flancos, hacían frente a todos lados sin desventaja alguna y podían acampar en superficies reducidas, que podían fortificar más fácil y rápidamente y guardar con menor destacamento. Un ejército consular reforzado con tropas ligeras y auxiliares, compuesto de 24.000 hombres de infantería y 1.800 caballos, cerca de 30.000 en total, acampaba en un cuadro de 1.344 de circuito, o sea 21 hombres por toesa; cada hombre llevaba tres estacas, lo que hacia 63 estacas por toesa corriente. La superficie del campo era de 11.000 toesas cuadradas; tres toesas y media por hombre contando sólo dos terceras partes de los hombres, ya que en el trabajo esto daba catorce trabajadores por toesa corriente; trabajando cada uno treinta minutos a lo sumo, fortificaban su campamento y lo ponían al abrigo de cualquier ataque.

Del hecho de que el arma principal de los modernos sea el arma de fuego, proviene que el orden habitual de sus tropas ha debido establecerse en líneas alargadas, el único que les permite poner en juego todas sus armas de fuego. Alcanzando éstas a distancias considerables, los modernos obtienen su ventaja principal de la posición que ocupan. Si dominan, si tienen a su alcance, si rebasan al ejército enemigo, tanto más efecto se alcanza con ellas. Un ejército moderno ha de evitar, por consiguiente, ser desbordado, rodeado, sitiado; debe ocupar una posición que tenga un frente tan extendido como su misma línea de batalla, pues si ocupara una superficie cuadrada y un frente insuficiente para su despliegue, se verla sitiado por un ejército de igual fuerza y expuesto por todas partes a los disparos de las armas de fuego que convergerían sobre él y alcanzarían todos los puntos de la posición, sin que él pudiese contestar a un fuego tan peligroso sino con una reducida parte del suyo. En esta posición se vería atacada con ventaja a pesar de sus atrincheramientos; no sólo por un ejército igual, sino incluso por uno inferior. El campamento moderno no puede ser defendido sino por el propio ejército, y en ausencia de él, no podría ser mantenido con un simple destacamento.

Ni el ejército de Milciades en Maratón, ni el de Alejandro en Arbelas, ni el de César en Farsalia, podrían sostenerse contra un ejército moderno, de fuerza igual; dispuesto éste en orden de batalla extendido, desbordaría las dos alas del ejército griego, o romano; sus fusileros le atacarían a la vez de frente y por ambos flancos; pues los armados a la ligera, viendo la insuficiencia de sus flechas y de sus hondas, se darían a la fuga para refugiarse detrás de los más sólidamente armados. Éstos, entonces, con la pica o la espada, avanzarían a paso de carga, para luchar cuerpo a cuerpo con los fusileros; pero llegados a ciento veinte toesas, serían atacados por tres lados por un fuego de línea que sembraría el desorden y debilitaría de tal modo a estos bravos e intrépidos legionarios, que no podrían sostener la carga de algunos batallones en columna cerrada, los cuales se lanzarían entonces contra ellos con la bayoneta calada. Si en el campo de batalla se encontrase por ventura un bosque, una montaña, ¿cómo la legión o la falange podrían resistir a esa nube de fusileros instalados en ellos? En los llanos mismos existen aldeas, caseríos, granjas, cementerios, muros, fosos, setos, y si no los hay no se necesitaría gran esfuerzo para levantar obstáculos y detener a la legión o a la falange con un fuego mortífero que no tardará en destruirla. No se ha hecho mención de las sesenta u ochenta bocas de fuego que componen la artillería de un ejército moderno y que enfilando a las legiones o falanges de la derecha a la izquierda del frente a la retaguardia, vomitarían la muerte a quinientas toesas de distancia. Los soldados, de Alejandro, de César, los héroes de la libertad de Atenas y de Roma, huirían en desorden, abandonando el campo de batalla a esos semidioses armados con el rayo de Júpiter. Si los romanos fueron casi constantemente batidos por los partos, débese a que los partos estaban provistos de una arma arrojadiza, superior a la de las tropas ligeras del ejército romano, de la que los escudos de las legiones no podían defender. Los legionarios armados de sus cortas espadas sucumbían bajo una lluvia de flechas, a la cual nada podían oponer, pues todas sus armas consistían en lanzas (o pilum). Por esto, tras estas funestas experiencias romanas, dieron cinco dardos (o hastes) de tres pies de longitud a cada legionario, que los colocaba en la concavidad de su escudo.

Un ejército consular encerrado en su atrincheramiento, atacado por un ejército moderno, de fuerza igual, sería echado de él sin asalto y sin llegar al arma blanca; no haría falta cegar sus fosos ni escalar sus muros: rodeada por todos lados por los asaltantes, envuelta, enfilada por los fuegos, la posición sería el centro de todos los golpes, de todas las balas de fusil y de cañón. El incendio, la destrucción y la muerte abrirían las puertas y harían que se hundieran los atrincheramientos. Un ejército moderno, situado en un campo atrincherado romano, podría en un principio poner en juego toda su artillería; pero aun contando con artillería igual a la del asaltante, sería batida y reducida muy pronto al silencio; sólo una parte de la infantería podría servirse de sus fusiles; pero dispararía en una línea menos extendida y que estaría lejos de producir un efecto equivalente al daño que recibiría. El fuego del centro a la circunferencia es ineficaz; el de la circunferencia al centro es irresistible.

Un ejército moderno de fuerza igual a un ejército consular estaría compuesto de 28 batallones de 840 hombres, que sumarían 22.840 hombres de infantería; 42 escuadrones de caballería con 5.040 hombres; 90 piezas de artillería servidas por 2.500 hombres. El orden de batalla moderno, siendo más extenso, exige mayores fuerzas de caballería para apoyar las alas y explorar el frente. Este ejército en batalla, ordenado en tres líneas, la primera de las cuales sería igual a las otras dos juntas, ocuparía un frente de 1.500 toesas por 500 toesas de profundidad; el campo tendría un circuito de 4.500 toesas, es decir, el triple del ejército consular; no tendría más que siete hombres por toesa de recinto; pero tendría veinticuatro toesas cuadradas por hombre. Para defenderlo se necesitaría el concurso de todo el ejército. Una extensión tan considerable difícilmente se conseguiría sin que estuviera dominada a alcance de cañón por alguna altura y la reunión de la mayor parte de la artillería del ejército sitiador sobre ese punto de ataque destruiría sin tardar las obras de defensa que formasen el campamento. Todas estas consideraciones han decidido a los generales modernos a renunciar al sistema de campos atrincherados, para suplirlos por el de posiciones naturales bien escogidas.

Un campamento romano estaba instalado independientemente del lugar, pues todos eran buenos para ejércitos cuya fuerza se apoyaba exclusivamente en el arma blanca; no hacia falta ni golpe de vista ni genio militar para acampar bien; al paso que la elección de las posiciones, la manera de ocuparlas y de disponer en ellas las diferentes armas, aprovechando las circunstancias del terreno, es un arte que no pueden descuidar los capitanes modernos. La táctica de los ejércitos modernos está fundada en dos principios: 1. °, que deben ocupar un frente que les permita poner en acción con ventaja todas las armas de fuego; 2. °, que deben preferir, ante todo, la ventaja de ocupar posiciones que dominen, desborden o enfilen las líneas enemigas, a la ventaja de verse defendidos por un foso, un parapeto, a todo otro sistema de fortificación de campaña.

La naturaleza de las armas determina la composición de los ejércitos, las plazas de campaña, las marchas, las posiciones, el campamento, el orden de batalla, el trazado y forma de las plazas fortificadas, lo cual determina una oposición constante entre el sistema de guerra de los antiguos y el de los modernos. Los ejércitos antiguos exigirían la ordenación en profundidad; los modernos la ordenación en extensión; aquéllos, plazas fuertes elevadas defendidas por torres y altas murallas; éstos, plazas bajas, cubiertos por glacis de tierras, que ocultan las obras de defensa; los primeros, campamentos cerrados, donde los hombres, los animales y el bagaje estaban reunidos como en vecindad; los otros, posiciones extendidas. Si se le dice hoy a un general: Tendréis, como Cicerón, a vuestras órdenes, 5.000 hombres, 16 piezas de artillería, 5.000 útiles de trabajo, 5.000 sacos terreros; estaréis cerca de un bosque, en un terreno sin accidentes; dentro de quince días os veréis atacado por un ejército de 60.000 hombres, con 120 piezas de artillería; no recibiréis ayuda sino ochenta o noventa y seis horas después de haber sido atacado, ¿cuáles son las obras, los trazados, los perfiles que el arte le prescribe? ¿Posee el arte del ingeniero secretos que pueden dar la solución a este problema? Cap. XLVIII.

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