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G A Y O  J U L I O  C É S A R

LA GUERRA DE LAS GALIAS - LIBRO II

Sumisión de Armórica

Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV - Libro V - Libro VI - Libro VII - Libro VIII

Este libro contiene (anotaciones) que pueden ser consultadas aquí

Anotaciones Realizadas por Napoleón al Libro II

 

I. Teniendo César aquel invierno sus cuarteles en la Galia Cisalpina, como arriba declaramos, veníanle repetidas noticias, y también Labieno le aseguraba por cartas, que todos los belgas (36) (los cuales, según dijimos, forman la tercera parte de la Galia) se conjuraban contra el Pueblo Romano, dándose mutuos rehenes; que las causas de la conjura eran éstas: primera, el temor de que nuestro ejército, una vez sosegadas las otras provincias, se revolviese contra ellos; segunda, la instigación de varios nacionales; unos, que si bien estaban disgustados con tan larga detención de los germanos en la Galia, tampoco llevaban a bien que los romanos se acostumbrasen a invernar y vivir en ella tan de asiento; otros, que por su natural volubilidad y ligereza ansiaban por nuevo gobierno; como también algunos que (siendo común en la Galia el apoderarse del mando los que por más poderosos y ricos pueden levantar tropas a su sueldo) sujetos a nuestro imperio, no podían tan fácilmente lograrlo.

II. César, en fuerza de estas noticias y cartas, alistó dos nuevas legiones en la Galia Cisalpina, y a la entrada del verano envió por conductor de ellas a lo interior de la Galia al legado Quinto Pedio. Él, luego que comenzó a crecer la hierba, vino al ejército; da comisión a los senones y demás galos confinantes con los belgas que averigüen sus movimientos y le informen de todo. Avisaron todos unánimemente que se hacían levas, y que las tropas se iban juntando en un lugar determinado. Con eso no tuvo ya razón de dudar, sino que se resolvió a marchar contra ellos de allí a doce días. Hechas, pues, las provisiones, toma el camino, y en cosa de quince días se pone en la raya de los belgas.

III. Como llegase de improviso, y más presto de lo que nadie creyera, los remenses, que por la parte de los belgas son más cercanos a la Galia, le enviaron una diputación con Iccio y Antebrogio, primeros personajes de su República, protestándole que se ponían con cuanto tenían en manos del Pueblo Romano; que no habían tenido parte ni dado la más leve ocasión al alzamiento de los otros belgas, antes estaban prontos a darle rehenes, obedecerle, franquearle las ciudades, y suministrarle víveres y cuanto se le ofreciese; que los demás belgas todos estaban en armas, y los germanos del Rin para acá conjurados con ellos; que su despecho era tan universal y tan ciego, que no les ha sido posible apartar de esta liga ni aun a los suesones (37), hermanos suyos y de la misma sangre, con quienes gozan de igual fuero, se gobiernan por las mismas leyes y componen una república.

IV. Preguntándoles cuáles y cuan populosas y de qué fuerzas eran las repúblicas alzadas, sacaba en limpio que la mayor parte de los belgas descendían de los germanos; y de tiempos atrás, pasado el Rin, se habían avecindado allí por la fertilidad del terreno, echando a sus antiguos moradores los galos; que solos ellos en tiempos de nuestros padres impidieron la entrada en sus tierras a los teutones y cimbros, que venían de saquear toda la Galia; que orgullosos con la memoria de estas hazañas, se tenían por superiores a todos en el arte militar. En orden a su número, añadían los remenses que lo sabían a punto fijo; porque con ocasión de la vecindad y parentesco tenían muy bien averiguado cuánta gente de guerra ofrecía cada pueblo en la junta general de los belgas. Los beoveses como que exceden a todos en valor, autoridad y número, pueden poner en pie cien mil combatientes. De éstos han prometido dar sesenta mil de tropa escogida, y pretenden el supremo mando de esta guerra. Los suesones, sus vecinos, poseen campiñas muy dilatadas y fértiles, cuyo rey fue aun en nuestros días Diviciaco, el más poderoso de toda la Galia; que no sólo reinó en mucha parte de estas regiones, sino también de la Bretaña; el rey de ahora era Galba, a quien por su justicia y prudencia todos convenían en nombrarle por generalísimo de las armas. Tienen los suesones doce ciudades, y ofrecen cincuenta mil combatientes; otros tantos los nervios, que son reputados por los más bravos (38), y caen muy lejos; quince mil dan los artesios; los amienses diez mil; veinticinco mil los morinos; los menapios nueve mil; los caletes diez mil; velocases y vermandeses otros tantos; los aduáticos veintinueve mil; los condrusos, eburones, ceresos, pemanos (39), conocidos por el nombre común de germanos, a su parecer, hasta cuarenta mil.

V. César, esforzando a los remenses, y agradeciéndoles sus buenos oficios con palabras muy corteses, mandó venir a su presencia todo el Senado y traer a los hijos de los grandes por rehenes. Todo lo ejecutaron puntualmente al plazo señalado. Él, con gran eficacia exhortando a Diviciaco el eduo, le persuade lo mucho que importa al bien común de la república el dividir las fuerzas del enemigo, para no tener que lidiar a un tiempo con tantos; lo cual se lograría si los eduos rompiesen por tierras de los beoveses y empezasen a talar sus campos. Dado este consejo, le despidió. Ya que tuvo certeza por sus espías y por los remenses, cómo unidos los belgas venían todos contra él, y que estaban cerca, se anticipó con su ejército a pasar el río Aisne, donde remata el territorio remense, y allí fijó sus reales, cuyo costado de una banda quedaba defendido con esta postura por las márgenes del río, las espaldas a cubierto del enemigo, y seguro el camino desde Reims y las otras ciudades para el transporte de bastimentos. Guarnece el puente que tenía el río, deja en la ribera opuesta con seis cohortes al legado Quinto Titurio Sabino y manda fortificar los reales con un parapeto de doce pies de alto y un foso de dieciocho.

VI. Estaba ocho millas distante de aquí una plaza de los remenses llamada Bibracte (Bievre), que los belgas se pusieron a batirla sobre la marcha con gran furia. No costo poco defenderla aquel día. Los belgas en batir las murallas usan el misino arte que los galos; cercanías por todas partes de gente, y empiezan a tirar piedras hasta tanto que ya no queda defensor en almena. Entonces, haciendo empavesada (40) vanse arrimando a las puertas y abren la brecha; lo que a la sazón era bien fácil, por ser tantos los que arrojaban piedras y dardos, que no dejaban parar a hombre sobre el muro. Como la noche los forzase a desistir del asalto, el gobernador de la plaza Iccio Remense, igualmente noble que bienquisto entre los suyos, uno de los que vinieron con la diputación de paz a César, le da aviso por sus mensajeros, «que si no envía socorro, ya no puede él aguantar más».

VII. César, luego a la medianoche, destaca en ayuda de los sitiados una partida de flecheros númidas y cretenses y de honderos baleares a la dirección de los mismos mensajeros de Iccio. Con su llegada, cuanto mayor ánimo cobraron los remenses con la esperanza cierta de la defensa, tanto menos quedó a los enemigos de conquistar aquella plaza. Así que, alzado el sitio a poco tiempo, asolando los campos y pegando fuego a todas cuantas aldeas y caseríos encontraban por las inmediaciones del camino, marcharon con todo su ejército en busca del de César, y se acamparon a dos millas escasas de él. La extensión de su campo, por lo que indicaban el humo y los fuegos, ocupaba más de ocho millas.

VIII. César, al principio, a vista de un ejército tan numeroso y del gran concepto (41) que se hacía de su valor, determinóse a no dar batalla. Sin embargo, con escaramuzas cotidianas de la caballería procuraba sondear hasta dónde llegaba el esfuerzo del enemigo, como también el coraje de los nuestros. Ya que se aseguró de que los nuestros no eran inferiores, teniendo delante de los reales espacio competente y acomodado para ordenar los escuadrones; porque aquel collado de su alojamiento, no muy elevado sobre la llanura, tenía la delantera tan ancha cuando bastaba para la formación del ejército en batalla, por las dos laderas la bajada pendiente, y por la frente altura tan poca, que insensiblemente iba declinando hasta confundirse con el llano, cerró los dos lados de la colina con fosos tirados de través cada uno de cuatrocientos pasos de longitud, y guarneciendo sus remates con fortines, plantó baterías en ellos a fin de que al tiempo del combate no pudiesen los enemigos (siendo tan superiores en número) acometer por los costados y coger en medio a los nuestros. Hecho esto, y dejadas en los reales las dos legiones recién alistadas, para poder emplearlas en caso de necesidad, puso las otras seis delante de ellos en orden de batalla. El enemigo asimismo había sacado sus tropas y las tenía alineadas.

IX. Esperaban los enemigos a que la pasasen los nuestros; los nuestros estaban a la mira para echarse sobre los enemigos atollados, si fuesen ellos los primeros a pasarla. En tanto los caballos andaban escaramuzando entre los dos ejércitos. Mas como ninguno de los dos diese muestras de querer pasar el primero. César, contento con la ventaja de la caballería en el choque, tocó la retirada. Los enemigos al punto marcharon de allí al río Aisne, que, según se ha dicho, corría detrás de nuestros cuarteles: donde descubierto el vado, intentaron pasar parte de sus tropas con la mira de desalojar, si pudiesen, al legado Quinto Titurio de la fortificación que mandaba y romper el puente, o cuando no, talar los campos remenses, que tanto nos servían en esta guerra proveyéndonos de bastimentos.

X. César, avisado de esto por Titurio, pasa el puente con toda la caballería y la tropa ligera de los númidas con los honderos y flecheros, y va contra ellos. Obráronse allí prodigios de valor. Los nuestros, acometiendo a los enemigos metidos en el río, mataron a muchos, y a fuerza de dardos rechazaron a los demás que, con grandísimo arrojo, pretendían abrirse paso por encima de los cadáveres. Los primeros que vadearon el río, rodeados de la caballería perecieron. Viendo los enemigos fallidas sus esperanzas de la conquista de la plaza y del tránsito del río, como también que los nuestros no querían pelear en sitio menos ventajoso, y ellos comenzaban a sentir escasez de alimentos, juntados a consejo, concluyeron ser lo mejor retirarse cada cual a su casa, con el pacto de acudir de todas partes a fin de hacer la guerra con más comodidad dentro de su comarca que fuera, y sostenerla con sus propias abundantes cosechas. Moviólos a esta resolución, entre otras razones, la de haber sabido que Diviciaco y los eduos se iban acercando a las fronteras de los beoveses, los cuales por ningún caso podían sufrir más largas sin socorrer a los suyos.

XI. Con esta determinación, arrancando hacia medianoche con gran ruido y alboroto, sin orden ni concierto, apresurándose cada cual a coger la delantera por llegar antes a casa, su marcha tuvo visos de huida. César, avisado al instante del hecho por sus escuchas, temiendo alguna celada, por no haber todavía penetrado el motivo de su partida, se mantuvo quieto con todo su ejército dentro de los reales. Al amanecer, asegurado de la verdad por los batidores, envía delante toda la caballería a cargo de los legados Quinto Pedio y Lucio Arunculeyo Cota con orden de picar la retaguardia enemiga. Al legado Tito Labieno mandó seguirlos con tres legiones. Habiendo éstos alcanzado a los postreros y perseguídolos por muchas millas, hicieron en los fugitivos gran matanza. Los de la retaguardia, viéndose ejecutados, hicieron frente, resistiendo animosamente a las embestidas de los nuestros; en tanto los de la vanguardia, que se consideraban lejos del peligro, sin haber quien los forzase, ni caudillo que los mantuviese, al oír aquella gritería, desordenadas las filas, buscaron su seguridad en la fuga. Con eso, sin el menor riesgo prosiguieron los nuestros matando gente todo lo restante del día; y sólo al poner del sol desistieron del alcance, retirándose a los reales según la orden que tenían.

XII. César, al otro día, sin dar a los enemigos tiempo de recobrarse del pavor y de la fuga, dirigió su marcha contra los suesones, fronterizos de los remenses, y después de un largo viaje se puso sobre la ciudad de Novo (42). Tentado de camino asaltarla, pues le decían que se hallaba sin guarnición, por tener un foso muy ancho, y muy altos los muros, no pudo tomarla, con ser pocos los que la defendían. Fortificados los reales, trató de armar las galerías (43) y apercibir las piezas de batir las murallas. En esto todas las tropas de suesones que venían huyendo se recogieron la noche inmediata a la plaza. Mas asestadas sin dilación las galerías, formando el terraplén, (44) y levantadas las bastidas (45); espantados los galos de la grandeza de aquellas máquinas, nunca vistas ni oídas, y de la presteza de los romanos en armarlas, envían diputados a César sobre la entrega, y a petición de los remenses alcanzan el perdón.

XIII. Recibidos en prendas los más granados del pueblo con dos hijos del mismo rey Galba, y entregadas todas las armas, César admitió por vasallos a los suesones, y marchó contra los beoveses; los cuales, habiéndose refugiado con todas sus cosas en la fortaleza de Bratuspancio, (46) y estando César distante de allí poco menos de cinco millas, todos los ancianos saliendo de la ciudad con ademanes y voces, le hacían señas de que venían a rendírsele a discreción, ni querían más guerra con los romanos; asimismo, luego que se acercó al lugar y empezó a sentar el campo, los niños y las mujeres desde las almenas, tendidas las manos a su modo, pedían la paz a los romanos.

XIV. Diviciaco (el cual después de la retirada de los belgas, y despedidas sus tropas, había vuelto a incorporarse con las de César) aboga por ellos diciendo: «que siempre los beoveses habían sido amigos fieles de los eduos; que sus jefes, con esparcir que los eduos esclavizados por César padecían toda suerte de maltratamientos y oprobios, los indujeron a separarse de ellos y declarar la guerra al Pueblo Romano. Los autores de esta trama, reconociendo el grave perjuicio acarreado a la república, se habían guarecido en Bretaña. Por tanto, le suplican los beoveses, y juntamente con ellos y por ellos los eduos, que los trate con su acostumbrada clemencia y benignidad. Que haciéndolo así aumentaría el crédito de los eduos para con todos los belgas, con cuyos socorros y bienes solían mantener las guerras ocurrentes».

XV. César, por honrar a Diviciaco y favorecer a los eduos, dio palabra de aceptar su homenaje y de conservarlos en su gracia; mas porque era un estado pujante, sobresaliendo entre los belgas en autoridad y número de habitantes, pidió seiscientos rehenes. Entregados éstos juntamente con todas sus armas, encaminóse a los amienses, que luego se le rindieron con todas sus cosas. Con éstos confinan los nervios, de cuyos genios y costumbres César, tomando lengua, vino a entender: «que a ningún mercader daban (47) entrada; ni permitían introducir vinos, ni cosas semejantes que sirven para el regalo; persuadidos de que con tales géneros se afeminan los ánimos y pierden su vigor; siendo ellos naturalmente bravos y forzudos; que daban en rostro y afrentaban a los demás belgas porque a gran mengua de la valentía heredada con la sangre, se habían sujetado al Pueblo Romano; que ellos por su parte protestaban de no proponer ni admitir condiciones de paz».

XVI. Llevaba tres días de jornada César por las tierras de éstos, cuando le dijeron los prisioneros que a diez millas de sus tiendas corría el río Sambre, en cuya parte opuesta estaban acampados los nervios, aguardando allí su venida unidos con los arrebates y vermandeses, (48) sus vecinos, a los cuales habían inducido a seguir la misma fortuna en la guerra; que esperaban también tropas de los aduáticos (49) que venían marchando; que a sus mujeres y demás personas inhábiles por la edad para el ejercicio de las armas tenían recogidas en un paraje inpenetrable al ejército por las lagunas.

XVII. César, con estas noticias, envió delante algunos batidores y centuriones a procurar puesto acomodado para el alojamiento. Mas como viniesen en su compañía varios de los belgas conquistados y otros galos, algunos de ellos (según que después se averiguó por los prisioneros), observado el orden de la marcha de nuestro ejército en aquellos días, se fueron de noche a los nervios y les avisaron de la gran porción de bagaje que mediaba entre legión y legión; con que al llegar la primera al campo, quedando muy atrás las demás, era muy fácil sorprenderla embarazada con la carga; (50) derrotada ésta, y perdido el bagaje, a buen seguro que las siguientes no se atreviesen a contrarrestar. Era bien recibido el consejo; por cuanto los nervios, que ni antes usaron jamás (ni ahora tampoco usan pelear a caballo, sino que todas sus fuerzas consisten en la infantería) para estorbar más fácilmente la caballería de sus fronterizos en las ocasiones que hacía correrías, desmochando y doblando los arbolillos tiernos, entretejiendo en sus ramas zargas y espinos a lo ancho, habían formado un seto, que les servía de muro tal y tan cerrado, que impedía no como quiera la entrada, mas también la vista. Con este arte, teniendo atajado el paso a nuestro ejército, juzgaron los nervios que no era de despreciar el aviso.

XVIII. La situación del lugar elegido por los nuestros para fijar los reales era en un collado que tenía uniforme la bajada desde la cumbre hasta el río Sambre, arriba mencionado. De su opuesta ribera se alzaba otro collado de igual elevación enfrente del primero, despejado a la falda como doscientos pasos, y en la cima tan cerrado, que apenas podía penetrar dentro la vista. Detrás de esta breña estaban emboscados los enemigos. En el raso a la orilla del río, que tenía como tres pies de hondo, se divisaba tal cual piquete de caballería.

XIX. César, echando adelante la suya, seguíala con el grueso del ejército. Pero el orden de su marcha era bien diferente del que pintaron los belgas a los nervios; pues César, por la cercanía del enemigo, llevaba consigo, como solía, seis legiones sin más tren que las armas; después iban los equipajes de todo el ejército, escoltados de las dos legiones recién alistadas, que cerraban la marcha. Nuestros caballos, pasando el río con la gente de honda y arco, trabaron combate con los caballos enemigos. Mientras éstos, ya se retiraban al bosque entre los suyos, ya salían de él a embestir con los nuestros, sin que los nuestros osasen ir tras ellos en sus retiradas más allá del campo abierto; las seis legiones, que habían llegado las primeras, delineado el campo, empezaron a fortificarlo. Luego que los enemigos cubiertos en las selvas avistaron los primeros bagajes de nuestro ejército, según lo concertado entre sí, estando de antemano bien prevenidos y formados allí mismo en orden de batalla, de repente se dispararon con todas sus tropas y se dejaron caer sobre nuestros caballos. Batidos y deshechos éstos sin resistencia, con velocidad increíble vinieron corriendo hasta el río, de modo que casi a un mismo tiempo se les veía en el bosque, en el río y en combate con los nuestros. Los del collado opuesto, con igual ligereza, corrieron a asaltar nuestras trincheras y a los que trabajaban en ellas.

XX. César tenía que hacerlo todo a un tiempo: enarbolar el estandarte, (51) que es la llamada a tomar las armas; hacer señal con la bocina; retirar los soldados de sus trabajos; llamar a los que se habían alejado en busca de fagina; escuadronar el ejército; dar la contraseña; (52) arengar a los soldados. Mas no permitía la estrechez del tiempo, ni la sucesión continua de negocios, ni la avenida de los enemigos dar expediente a todas estas cosas. En medio de tantas dificultades dos circunstancias militaban a su favor: una era la inteligencia y práctica de los soldados, que como ejercitados en las anteriores batallas, podían por sí mismos dirigir cualquier acción con tanta pericia como sus decuriones; la otra haber intimado César la orden que ninguno de los legados se apartase de su legión durante la faena del atrincheramiento. Así que, vista la prisa y cercanía del enemigo, sin aguardar las órdenes de César, ejecutaban lo que parecía del caso.

XXI. César, dadas las providencias necesarias, corriendo a exhortar a los soldados adonde le guió la suerte, encontróse con la legión décima. No dijo más a los soldados sino que se acordasen de su antiguo valor, y sin asustarse resistiesen animosamente al ímpetu de los enemigos. Y como éstos ya estaban a tiro de dardo, hizo señal de acometer. Partiendo de allí a otra banda con el mismo fin de alentarlos, los halló peleando. El tiempo fue tan corto, los enemigos tan determinados al salto, que no dieron lugar a los nuestros para ponerse las cimeras, ni aun siquiera para ajustar las viseras de los yelmos y quitar las fundas a los escudos. Donde cada cual acertó a encontrarse al partir mano del trabajo, allí se paró, agregándose a las primeras banderas que se le pusieron delante, para no gastar tiempo de pelear en buscar a los suyos.

XXII. Ordenado el ejército según lo permitían la situación del lugar, la cuesta de la colina y la urgencia del tiempo más que conforme al arte y disciplina militar; combatiendo separadas las legiones, cuál en una parte y cuál en otra, impedida la vista por la espesura de los bardales interpuestos, de que hicimos antes mención, no era factible que un hombre sólo pudiese socorrer a todos a un tiempo, ni dar las providencias necesarias, ni mandarlo todo. Por lo cual, en concurrencia de cosas tan adversas, eran varios a proporción los sucesos de la fortuna.

XXIII. Los soldados de la nona y la décima legiones, escuadronados en el ala izquierda del ejército, disparando sus dardos a los artesios, que tenían enfrente, presto los precipitaron el collado abajo hasta el río, ya sin aliento del mucho correr y el cansancio, y malparados de las heridas; y tentando pasarle, persiguiéndolos espada en mano, degollaron gran parte de ellos cuando no podían valerse. Los nuestros no dudaron atravesar el río, y como los enemigos, viéndolos empeñados en un paraje peligroso, intentasen hacerles frente, renovada la refriega los obligaron a huir de nuevo. Por otra banda las legiones octava y undécima, después de desalojar de la loma a los vermandeses sus contrarios, proseguían batiéndolos en las márgenes mismas del río. Pero quedando sin defensa los reales por el frente y costado izquierdo, estando apostada en el derecho la legión duodécima y a corta distancia de ésta la séptima, todos los nervios, acaudillados de su general Buduognato, cerrados en un escuadrón muy apiñado, acometieron aquel puesto, tirando unos por el flanco descubierto a coger en medio las legiones, y otros a subir la cima de los reales.

XXIV. A este tiempo nuestros caballos, con los soldados ligeros que, como ya referí, iban en su compañía, cuando fueron derrotados al primer ataque de los enemigos, viniendo a guarecerse dentro de las trincheras, tropezaban con los enemigos y echaban a huir por otro lado. Pues los gastadores que a la puerta (53) trasera desde la cumbre del collado vieron a los nuestros pasar el río en forma de vencedores, saliendo al pillaje, como mirasen atrás y viesen a los enemigos en medio de nuestro campo, precipitadamente huían a todo huir. En aquel punto y tiempo comenzaban a sentirse las voces y alaridos de los que conducían el bagaje; con que corrían despavoridos unos acá, otros acullá sin orden ni concierto. Entonces los caballos trevirenses, muy alabados de valientes entre los galos, enviados de socorro a César por su república, sobrecogidos de tantos malos sucesos, viendo nuestros reales cubiertos de enemigos, las legiones estrechadas y poco menos que cogidas; gastadores, caballos, honderos númidas dispersos, descarriados, huyendo por donde podían, dándonos ya por perdidos, se volvieron a su patria con la noticia de que los romanos quedaban rotos y vencidos, sus reales y bagajes en poder de los enemigos.

XXV. César, después de haber animado a la legión décima, viniendo al costado derecho, como vio el aprieto de los suyos, apiñadas las banderas, los soldados de la duodécima legión tan pegados que no podían manejar las armas, muertos todos los centuriones y el alférez de la cuarta cohorte, perdido el estandarte; los de las otras legiones o muertos o heridos, y el principal de ellos Publio Sextio Báculo, hombre valerosísimo, traspasado de muchas y graves heridas sin poderse tener en pie; que los demás caían en desaliento, y aun algunos, desamparados de los que les hacían espaldas, abandonaban su puesto hurtando el cuerpo a los golpes; que los enemigos subiendo la cuesta, ni por el frente daban treguas, ni los dejaban respirar por los costados, reducidos al extremo sin esperanza de ser ayudados; arrebatando el escudo a un soldado de las últimas filas (que César se vino sin él por la prisa) se puso al frente; y nombrando a los centuriones por su nombre, exhortando a los demás, mandó avanzar y ensanchar las filas para que pudieran servirse mejor de las espadas. Con su presencia recobrando los soldados nueva esperanza y nuevos bríos, deseoso cada cual de hacer los últimos esfuerzos a vista del general en medio de su mayor peligro, cejó algún tanto el ímpetu de los enemigos.

XXVI. Advirtiendo César que la legión séptima, allí cerca, se hallaba también en grande aprieto, insinuó a los tribunos que fuesen poco a poco reuniendo las legiones, y todas a una cerrasen a banderas desplegadas con el enemigo. Con esta evolución, sosteniéndose recíprocamente sin temor ya de ser cogidos por la espalda, comenzaron a resistir con más brío y a pelear con más coraje. En esto las dos legiones que venían escoltando los bagajes de retaguardia, con la noticia de la batalla apretando el paso, se dejaban ya ver de los enemigos sobre la cima del collado. Y Tito Labieno, que se había apoderado de sus reales, observando desde un alto el estado de las cosas en los nuestros, destacó la décima legión a socorrernos. Los soldados, infiriendo de la fuga de los caballos y gastadores la triste situación y riesgo grande que corrían las trincheras, las legiones y el general, no perdieron punto de tiempo.

XXVII. Con su llegada se trocaron tanto las suertes, que los nuestros, aun los más postrados de las heridas, apoyados sobre los escudos renovaron el combate; hasta los mismos furrieles, viendo consternados a los enemigos, con estar desarmados, se atrevían con los armados. Pues los caballeros, a trueque de borrar con proezas de valor la infamia de la huida, combatían en todas partes, por aventajarse a los soldados legionarios. Los enemigos, reducidos al último extremo, se portaron con tal valentía, que al caer de los primeros, luego ocupaban su puesto los inmediatos, peleando por sobre los cuerpos de aquellos que yacían derribados y amontonados, y parapetándose en los cuales nos disparaban los demás sus dardos, recogían los que les tirábamos y volvíanlos a arrojar contra nosotros; así que no es maravilla que hombres tan intrépidos osasen a esguazar un río tan ancho, trepar por ribazos tan ásperos y apostarse en lugar tan escarpado; y es que todas estas cosas, bien que de suyo muy difíciles, se les facilitaba su bravura.

XXVIII. Acabada la batalla, y con ella casi toda la raza y nombre de los nervios, los viejos que, según dijimos, estaban con los niños y las mujeres recogidos entre pantanos y lagunas, sabedores de la desgracia, considerando que para los vencedores todo es llano y para los vencidos nada seguro, enviaron, de común consentimiento de todos los que se salvaron, embajadores a César, entregándose a discreción; y encareciendo el infortunio de su república, afirmaron que de seiscientos senadores les quedaban solos tres, y de sesenta mil combatientes apenas (54) llegaban a quinientos. A los cuales César, haciendo alarde de su clemencia para con los miserables y rendidos, conservó con el mayor empeño, dejándolos en la libre posesión de sus tierras y ciudades; y mandó a los rayanos que nadie osase hacerles daño.

XXIX. Los aduáticos, de quien se habló ya, viniendo con todas sus fuerzas en socorro de los nervios, oído el suceso de la batalla, dieron desde el camino la vuelta a su casa; y abandonando las poblaciones, se retiraron con cuanto tenían a una plaza muy fuerte por naturaleza. Estaba ésta rodeada por todas partes de altísimos riscos y despeñaderos, y por una sola tenía la entrada, no muy pendiente, ni más ancha que de doscientos pies, pero guarnecida de dos elevadísimos rebellines, sobre los cuales habían colocado piedras gruesísimas y estacas puntiagudas. Eran los aduáticos descendientes de los cimbros y teutones, que al partirse para nuestra provincia e Italia, descargando a la orilla del Rin los fardos que no podían llevar consigo, dejaron para su custodia y defensa a seis mil de los suyos. Los cuales, muertos aquéllos, molestados por muchos años de los vecinos con guerras ya ofensivas, ya defensivas, hechas al fin las paces de común acuerdo, hicieron aquí su asiento.

XXX. Éstos, pues, al principio de nuestra llegada hacían frecuentes salidas y escaramuzas con los nuestros. Después, habiendo nosotros tirado una valla de doce pies en alto y quince mil en circuito, y bloqueándolos con baluartes de trecho en trecho, se mantenían cercados en la plaza. Mas cuando armadas ya las galerías y formado el terraplén, vieron erigirse una torre a lo lejos, por entonces comenzaron desde los adarves a hacer mofa y fisga de los nuestros, gritando, a qué fin erigían máquina tan grande a tanta distancia, y con qué brazos o fuerzas se prometían, mayormente siendo unos hombrezuelos, arrimar a los muros un torreón de peso tan enorme (y es que los más de los galos, por ser de grande estatura, miran con desprecio la pequeñez de la nuestra).

XXXI. Mas cuando repararon que se movía y acercaba a las murallas, espantados del nuevo y desusado espectáculo, despacharon a César embajadores de paz, que hablaron de esta sustancia: «que no podían menos de creer que los romanos guerreaban asistidos de los dioses, cuando con tanta facilidad podían dar movimiento a máquinas de tanta elevación, y pelear tan de cerca; por tanto, se entregaban con todas las cosas en sus manos. Que si por dicha, usando de su clemencia y mansedumbre, de que ya tenían noticia, quisiese perdonar también a los aduáticos, una sola cosa le pedían y suplicaban, no los despojase de las armas; que casi todos los comarcanos eran sus enemigos y envidiosos de su poder, de quienes mal podían defenderse sin ellas. En tal caso les sería mejor sufrir de los romanos cualquier aventura, que morir atormentados a manos de aquellos a quienes solían dar la ley».

XXXII. A esto respondió César: «que hubiera conservado la ciudad, no porque lo mereciese, sino por ser esa su costumbre, caso de haberse rendido antes de batir la muralla; pero ya no había lugar a la rendición sin la entrega de las armas; haría sí con ellos lo mismo que con los nervios, mandando a los confinantes que se guardasen de hacer ningún agravio a los vasallos del Pueblo Romano». Comunicada esta respuesta a los sitiados, dijeron estar prontos a cumplir lo mandado. Arrojada, pues, gran cantidad de armas desde los muros al foso que ceñía la plaza, de suerte que los montones de ellas casi tocaban con las almenas y la plataforma, con ser que habían escondido y reservado dentro una tercera parte, según se averiguó después, abiertas las puertas, estuvieron en paz aquel día.

XXXIII. Al anochecer César mandó cerrarla, y a los soldados que saliesen fuera de la plaza, porque no se desmandase alguno contra los ciudadanos. Pero éstos de antemano, como se supo después, convenidos entre sí, bajo el supuesto de que los nuestros, hecha ya la entrega, o no harían guardias, o cuando mucho no estarían tan alerta, parte valiéndose de las armas reservadas y encubiertas, parte de rodelas hechas de cortezas de árbol y de mimbre entretejidas, que aforraron de pronto con pieles (no permitiéndole otra cosa la falta de tiempo) sobre la medianoche salieron de tropel al improviso con todas sus tropas derechos adonde parecía más fácil la subida a nuestras trincheras. Dado aviso al instante con fuegos, como César lo tenía prevenido, acudieron allá luego de los baluartes vecinos. Los enemigos combatieron con tal coraje cual se debía esperar de hombres reducidos a la última desesperación, sin embargo, de la desigualdad del sitio contra los que desde la valla y torres disparaban, como quienes tenían librada la esperanza de vivir en su brazo. Muertos hasta cuatro mil, los demás fueron rebatidos a la plaza. Al otro día rompiendo las puertas, sin haber quien resistiese, introducida nuestra tropa, César vendió en almoneda todos los moradores de este pueblo con sus haciendas. El número de personas vendidas, según la lista qué le exhibieron los compradores, fue de cincuenta y tres mil.

XXXIV. Al mismo tiempo Publio Craso, enviado por César con una legión a sujetar a los vénetos, únelos, osismios, curiosolitas, sesuvios, aulercos y reñeses, (55) pueblos marítimos sobre la costa del Océano, le dio aviso cómo todos quedaban sujetos al Pueblo Romano.

XXXV. Concluidas estas empresas y pacificada la Galia toda, fue tan célebre la fama de esta guerra divulgada hasta los bárbaros, que las naciones transrenanas enviaban a porfía embajadores a César prometiéndole la obediencia y rehenes en prendas de su lealtad. El despacho de estos embajadores, por estar de partida para Italia y el Ilírico, difirió por entonces César, remitiéndolos al principio del verano siguiente. Con eso, repartidas las legiones en cuarteles de invierno por las comarcas de Chartres, Anjou y Tours, vecinas a los países que fueron el teatro de la guerra, marchó la vuelta de Italia. Por tan prósperos sucesos, leídas en Roma las cartas de César, se mandaron hacer fiestas solemnes por quince días; (56) demostración hasta entonces nunca hecha con ninguno.

 

Notas

36 La guerra con los belgas comenzó por los años de 697 de Roma, año 56

37 De Soisóns.

38 Plutarco, en su Vida de César, dice de ellos que eran ferocísimos y grandes guerreros.

39 Los aduáticos habitaban Namur; los condrusos, eburones, ceresos y pemanos habitaban Colonia, Lieja, Bovillón y el Luxemburgo, respectivamente.

40 Formando como un techo protector con sus escudos.

41 Los belgas eran reputados por los más valientes entre todos los falos.

42 Trátase, al parecer, de Soisóns.

43 César: vincas agere... coepit. Eran movedizas; por eso dice vincas agere: dentro de ellas metidos los soldados se iban •cercando al muro para batirlo a su salvo.

44 César: aggere iacto. Los materiales del terraplén no sólo eran terrones, sino también piedras, leña y todo género de fagina: dictus agger, quod aggerebant terram, lapides, liona, etc. Sobre él levantaban las torres, que ordinariamente fabricaban de madera.

45 César: turribis constitutis. Así se llama propiamente este género de torres para la expugnación. 46 Beauvais.

47 Aun en aquellos tiempos rudos, y entre naciones tenidas por bárbaras se negaba la entrada a todo lo que podía servir al fausto y estragar las costumbres. Así merecieron los nervios crédito de grandes guerreros; bien como por la misma causa dice César, en el lib. I, que eran los belgas los más valientes de todos los galos.

48 Los de Arras y Veromandois.

49 De Namur.

50 César: sub sarcinis, esto es, con las cargas a cuestas. Los soldados romanos, cuando marchaban con las armas solas, se decían expediti o in expeditionem (pues, según escribe Cicerón, las armas no se tenían entre ellos por carga); cuando iban cargados de las mochillas, utensilios y estacas para el vallado, impediti o sub sarcinis.

51 César: vexillum, quod erat insigne, quum ad arma concurri oporteret. Colocábase sobre la estancia del general y tenía la figura de un sayo de grana.

52 César: signum dandum. Esto se hacía por medio de los soldados destinados para semejante oficio.

53 César: decumana porta. Véase nota al pie número 59.

54 Plutarco, en su Vida de César, atribuye esta costosísima victoria, si bien a la pericia de los soldados, mucho más al extremado valor del mismo César; y su relación es conforme en todo con ésta de los Comentarios.

55 Los de Vannes, Cotentin, S. Pablo de León, Freguier, Brieu, Quimpercorentin, Leez, Maine, Perche Evreux y Rennes.

56 Estas fiestas se hacían por decreto del Senado, abriendo todos los temos de los dioses y cerrando los tribunales y oficinas, para que hombres y mujeres acudiesen libres de otros negocios a los sacrificios en acción de gracias por la victoria conseguida. Plutarco, en la Vida de César, lo pondera más. A Pompeyo, a quien se hicieron más honores que a todos los generales precedentes, se concedieron solamente doce días.

 

NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO II

1. César, en esta campaña, contaba con ocho legiones, y además de las tropas auxiliares agregadas a cada legión, contaba con un gran número de galos a pie y a caballo y de tropas ligeras, de las Islas Baleares, de Creta y de África, que constituían un ejército muy nutrido. Los 300.000 hombres que los belgas le opusieron estaban compuestos por soldados de diversos pueblos, sin disciplina y sin consistencia. Cap. IV.

2. Han supuesto los comentadores que la ciudad de Fismes o de Laon era la que los belgas habían tratado de atacar por sorpresa antes de dirigirse contra el campamento de César; es un error: se trataba de la ciudad de Bievre y el campamento de César estaba aguas abajo de Pont-a-Vaire. Por su derecha se apoyaba en el recodo del Aisne, entre Pontr-a-Vaire y el pueblecito de Chandarde; por su izquierda en el arroyo de la Mielle, y frente a él se extendían las marismas. El campamento de César en Pont-a-Vaire estaba a una distancia de 8.000 toesas de Bievre, a 14.000 de Reims, a 22.000 de Soisóns, a 16.000 de Laon, lo que concuerda con todas las indicaciones del texto de los Comentarios. Los combates junto al Aisne se desarrollaron a principios de julio. Cap. VI.

3. La batalla del Sambre se dio a fin de julio en los alrededores de Maubeuge. Cap. XXVIII.

4. La posición de Calais está de acuerdo con las indicaciones de los Comentarios. César dice que la contravalación que hizo levantar alrededor de la ciudad era de doce pies de altura, con un foso de dieciocho pies de profundidad; debe de tratarse de un error; hay que leer dieciocho pies de anchura pues dieciocho pies de profundidad supondrían una anchura de seis toesas; el foso estaba construido en forma de palomilla, por lo cual la excavación sería de nueve toesas cúbicas. Es probable que este atrincheramiento tuviese un foso de dieciséis pies de anchura por nueve de profundidad, cubicando 486 pies por toesa corriente; con la tierra extraída había levantado un muro y un parapeto cuyo nivel se elevaba a dieciocho pies sobre el fondo del foso. Cap. XXX.

6. No es tarea fácil hacer observaciones de orden estrictamente militar sobre un texto tan conciso y sobre ejércitos de naturaleza tan distinta. ¿Cómo comparar, en efecto, un ejército de línea romano, reclutado y escogido en toda Italia y en las provincias romanas, con ejércitos bárbaros compuestos de reclutamientos en masa, valientes, feroces, pero que poseían escasísimas nociones de la guerra, que ignoraban el arte de tender un puente, de levantar rápidamente un atrincheramiento, de construir una torre, y que se aterraban en cuanto veían acercarse los arietes a sus murallas? Cap. XXXI. 6 No sin razón se ha reprochado a César, a pesar de todo, el que se dejara sorprender en la batalla del Sambre contando con tanta caballería y tropas ligeras. Es verdad que su caballería y sus tropas ligeras habían pasado el Sambre, pero desde el lugar donde encontraba advertía que éstos se habían detenido a 150 toesas de él en el linde del bosque; debía, pues, o tener una parte de sus tropas en alerta, o esperar a que sus exploradores hubiesen atravesado el bosque y explorado el terreno. César se justifica con decir que las orillas del Sambre eran tan escarpadas que parecían ponerle al abrigo de sorpresas en el lugar donde quería acampar. Cap. XXXIII.

 

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