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Gayo Julio Cesar
Comentarios de la Guerra Civil
Libro Segundo

Nota: Ls (notas) se encuentran al final del texto.

 

LIBRO SEGUNDO

I. Mientras esto pasa en España, el legado Cayo Trebonio, encargado del cerco de Marsella, empezó a formar terraplén, galerías y bastidas por dos partes. La una que caía cerca del puerto y del arsenal; la otra hacia el paso por donde los que vienen de la Galia y España entran en aquel brazo de mar que comunica con la ría del Ródano, porque de la ciudad de Marsella como tres partes están bañadas del mar, la cuarta sola está unida con la tierra; y aun de ésta el espacio que ocupa el alcázar, fuerte por su naturaleza y un valle muy hondo, hacen largo y dificultoso el asedio. Para ejecutar estas obras, hizo Cayo Trebonio venir de la Provenza gran número de acémilas y obreros, y traer mimbres y otros materiales. Conducidos éstos, levanta un terraplén de ochenta pies en alto.

II. La ciudad empero de tiempo atrás estaba tan bien surtida de todo género de pertrechos de guerra y de tanta copia de máquinas de batir, que no había reparos de zarzo que pudiesen resistir a su violencia. Entre otros instrumentos, había unas vigas de doce pies y sus puntas de hierro, que arrojadas con grandes ballestas, penetrando por cuatro órdenes de zarzos, venían a hincarse en tierra. Por cuya causa la cubierta de las galerías era de vigas unidas, gruesas de un pie; y así a cubierto y de mano en manó se iba extendiendo el terraplén. Para igualar el terreno marchaba delante un galápago de sesenta pies, construido asimismo de maderos durísimos, y guarnecido de todos preservativos contra los tiros de fuego y las piedras. Mas la grandeza de las obras, la elevación de la muralla y de las torres, y la muchedumbre de sus baterías retardaba la ejecución de todas nuestras operaciones. Demás de esto, los albicos hacían continuas salidas de la plaza, y pegaban fuego al terraplén y a las bastidas, bien que los nuestros eludían fácilmente sus esfuerzos y les nacían retirar con gran pérdida a la plaza.

III. Por este tiempo Lucio Nasidio, enviado por Cneo Pompeyo de socorro a Lucio Domicio y a los masilienses con una escuadra de dieciséis navíos, de los cuales tenían algunos el espolón de bronce, pasado el Faro (27) sin advertirlo Curión, y aportando a Mesina, habiendo huido por el susto las personas principales y los senadores, cógeles del arsenal una nave, y juntándola con las suyas, prosigue su rumbo hacia Marsella; y despachando delante con disimulo un barco, dio aviso a Domicio y a los masilienses de su arribo, exhortándolos con grande eficacia a que, unidas las fuerzas navales con las suyas, se animasen a pelear otra vez con la escuadra de Bruto.

IV. Los masilienses, después del desastre pasado, sacando del arsenal igual número de naves viejas, las habían renovado y armado con suma diligencia. Tenían gran copia de marineros y pilotos, y juntando también barcos de pescadores, para que los remeros estuviesen resguardados de los tiros, los habían cubierto y llenádolos de flecheros y máquinas de batir. Aprestada de esta suerte su armada, esforzados con ruegos y lágrimas de los ancianos, de las madres de familia y de las doncellas a socorrer en tal extremo a la patria, embárcanse con no menos brío y confianza que en la batalla precedente, por ser vicio común de nuestra naturaleza infundirnos más confianza o temor las cosas aun no conocidas ni experimentadas, como sucedió entonces, pues la llegada de Lucio Nasidio llenó al pueblo de esperanza y de valor. En resolución, logrando un viento favorable, salen del puerto y júntanse con Nasidio en Torendas, castillo de los masilienses; aquí ordenan sus naves, resuélvense de nuevo al combate, conciértanse en el plan de operaciones, y se encarga el ala derecha a los masilienses, a Nasidio la izquierda. V. A este mismo sitio dirigió Bruto su proa, aumentando el número de sus naves; porque a las construidas por César en Arles se allegaron las seis apresadas de los masilienses, las cuales había carenado los días antecedentes y equipado de todo lo necesario. Por tanto, exhortando a los suyos a no temer quedar vencidos a los que había sojuzgado en su pujanza, lleno de buenas esperanzas y no menos coraje, endereza contra ellos. Era de ver desde los reales de Trebonio y de todas aquellas alturas cómo dentro de la ciudad todos los mozos que se quedaron en ella, y todos los ancianos con sus hijos y mujeres desde los cuerpos de guardia o del adarve, alzaban las manos al cielo, o iban en procesión a los templos de los dioses inmortales y postrados ante sus imágenes, hacían oración por la victoria. No había entre todos quien no creyese que toda su suerte estaba pendiente del suceso de aquel día; como que la flor de la juventud y los más distinguidos de todas edades, nombrados expresamente y rogados con grandes instancias, se habían embarcado; de modo que si la fortuna fuese adversa, veían que no les quedaba, más socorro ni adonde volver los ojos; mas si venciesen, esperaban conservar la ciudad, ya con sus propias fuerzas, ya con los socorros que les vendrían.

VI, Trabada la batalla, los masilienses dieron todas las pruebas de valor, pues teniendo presentes las amonestaciones que acababan de recibir de los suyos, peleaban con tal denuedo, como si ya no hubiesen de tener otra ocasión de hacer el último esfuerzo; y los que se hallaban durante la refriega en peligro de la vida hacían cuenta que su muerte no hacía más que anticiparse un poco a la de los demás ciudadanos, a quienes tomada la ciudad aguardaba la misma desventura. Descompuesta poco a poco la línea de nuestras naves, lograban los pilotos contrarios el manejar con toda expedición las suyas, y si tal vez los nuestros con los arpones aferraban algún navío, corrían de todos lados a defender del riesgo a los suyos. Tampoco los albicios que venían con ellos se mostraban cobardes para pelear mano a mano, ni cedían mucho a los nuestros en valentía. Asimismo a lo lejos una lluvia de dardos disparados de los navichuelos caía de improviso sobre los nuestros desapercibidos y embarazados, con que recibían muchas heridas; y como dos galeras divisasen la capitana de Decio Bruto, fácil de discernir por el pabellón, por los dos costados se dispararon a boga arrancada contra ella, pero Bruto, previsto el lance, hizo tanto esfuerzo a remo y vela, que en breve pudo adelantárseles. Ellas, precipitadas, dieron tan de recio una contra otra, que ambas quedaron sumamente maltratadas del golpe, y aun una, roto el espolón, totalmente destruida. Lo cual visto, las naves de la escuadra de Bruto, que allí cerca estaban, acométenlas impetuosamente, y en un punto ambas a dos las echan a fondo.

VII Las naves de Nasidio no sirvieron, sin embargo, de nada, saliéndose luego del combate; y es que ni la vista de la patria, ni amonestaciones de parientes las obligaban a poner sus vidas a riesgo. Por tanto, de éstas no faltó ni una; de los masilienses, cinco fueron echadas a pique, cuatro apresadas, una escapó con las de Nasidio, las cuales todas ganaron las costas de la España Citerior. Otra de las restantes, enviada delante con la nueva del triste suceso a Marsella, al acercarse a la ciudad, fue al instante rodeada de todo el pueblo, que de tropel concurrió para informarse; y entendido el caso, prorrumpió en tales llantos, que no parecía sino que la ciudad era en aquel mismo punto entrada de los enemigos. Mas no por eso los masilienses pusieron menos diligencia en aparejar cuanto era menester para defensa de la plaza.

VIII. Los soldados legionarios, que trabajaban al lado derecho, cayeron en cuenta, por las frecuentes salidas de los enemigos, que podía serles de gran defensa el fabricar al pie de la muralla una torre de ladrillo, que les sirviese de baluarte y acogida; habíanla hecho al principio contra los asaltos repentinos baja y pequeña. Aquí se refugiaban; de aquí se defendían en viéndose acometidos con mayor violencia; de aquí salían corriendo a rechazar y perseguir al enemigo. Era su extensión de treinta pies en cuadro, y de cinco el grueso de las paredes. Pero después, la experiencia, que acompañada de la sagacidad de los hombres es maestra de todas las cosas, enseñó que podía ser de gran ventaja si se diese la elevación correspondiente de torre. Lo cual se efectuó en la forma siguiente.

IX. Alzada que fue la torre hasta el primer alto, echaron el tablado, encajándolo en las paredes de suerte que los remates de las vigas quedasen metidos en ellas, para que no sobresaliese cosa en que prendiera el fuego. Después de este tablado continuaron en levantar las paredes de ladrillo en cuanto permitía la elevación de los reparos y parapetos. Encima de este segundo cuerpo de pared pusieron en cruz dos cabrios sin que saliesen las puntas fuera de ella para afianzar sobre ellos la cuartonería del que había de ser techo de la torre, y sobre estos cabrios tendieron unos cuartones asegurados con travesaños. Los cuartones sobresalían con las puntas fuera de la pared, para tener donde pudiesen colgar algunas defensas, con que ponerse a cubierto y rebatir los golpes mientras proseguían en levantar las paredes; el tal alto solaron de ladrillos y argamasa para preservarlo del fuego de los enemigos; tendían encima jergones, porque las armas arrojadizas no rompiesen la tablazón, o los cantos tirados con pedreros no deshiciesen el enladrillado. Formaron también de cables tres esterones de la longitud de las paredes y cuatro pies de anchos, los cuales extendidos por los tres lados que miraban al enemigo, los ataron a las puntas de los cuartones, que sobresalían al derredor de la torre, por haber experimentado en otros sitios que sólo este género de cubiertas no podían penetrar lanza alguna ni otra arma arrojadiza. Cuando ya concluida esta parte de la torre quedó bien cubierta y defendida de todos los tiros del enemigo, fueron arrimando los andamios a las otras obras, y empezaron desde el primer suelo a coger en peso con el torculado (28) el techo exento de la torre y a levantarlo, elevándolo tanto cuanto daba de sí la colgadura de los esterones. Cubiertos y resguardados del techo y esterones, iban fabricando las paredes de ladrillo; después alzando el techo con el auxilio de los torculados, se hacían lugar para continuar la fábrica. Cuando parecía ser tiempo de hacer otro tablado, colocaban las vigas bien así como en el primero metiendo sus remates dentro de las paredes, y desde este piso alzaban el techo y los esterones. En esta forma a cubierto, sin herida ni peligro alguno, fabricaron hasta seis altos, dejando al tiempo de la construcción, donde pareció conveniente, abiertas troneras para disparar las piezas de batir.

X. Ya que se aseguraron de que desde esta torre podían bien defender las obras que se hiciesen a la redonda, trataron de construir un árgano (29) largo de setenta pies con leños gruesos de dos, que desde la torre de ladrillo se prolongase hasta la torre y el muro de los enemigos; su forma era esta: asientan primero en el suelo dos vigas de igual longitud y distantes entre sí cuatro pies, y fijan en ellas dos postes de cinco, trabados con cabrios que formaban el caballete, donde se habían de colocar las vigas para techar el árgano. Ponen sobre él vigas de canto de dos pies, trabándolas con cinchones y clavos. Al rematé de las vertientes del techo fijan listones cuadrados, de cuatro dedos de tabla, para contener los adobes que habían de cubrir el árgano. Rematada así la obra en forma combada, y perfeccionada según la positura de las vigas afianzadas en los cabrios, cúbrenla con adobes y argamasa, para defender el árgano del fuego que arrojasen del muro; sobre los adobes tienden pieles, porque éstos no se deshiciesen con el agua que los enemigos vertiesen por las canales, y porque las pieles no recibiesen daño del fuego y las piedras, las cubren con jergones. Toda esta gran máquina concluyeron al pie de la misma torre bajo de cubierto; y de repente, estando bien descuidados los sitiados, al modo mismo que botan al agua los navíos, metidos debajo unos rodillos, la arrimaban a la muralla y queda pegada con ella.

XI. Espantados de esta novedad los sitiados, mueven con palancas peñascos los más grandes que pueden y échanlos a rodar del muro abajo sobre el árgano. La firmeza del maderamen resiste al golpe, y cuando cae sobre él resbala en su cubierta. Viendo esto mudan de traza; llenan barriles de pez y resina, y poniéndoles fuego, échanlos a rodar del muro al árgano. Resbalan también éstos por el techo abajo, y en cayendo en el suelo, los nuestros los apartan con varales y horquillas porque no prenda fuego la obra. Entre tanto los soldados debajo del árgano van desgajando con palancas las piedras que sostenían la torre de los enemigos. El árgano desde la torre de ladrillo es defendido de los nuestros con dardos y baterías, barriendo a los enemigos del muro y torres, sin dejarles arbitrio para su defensa. Quitadas ya muchas piedras de los cimientos de la torre inmediata, cae de repente a tierra un lienzo de ella, y el otro queda desplomado amenazando ruina. XII. Asustados entonces los enemigos con la ruina repentina de la torre, turbados con tan inopinado fracaso, consternados de considerarse en desgracia de los dioses, atemorizados con el saqueo inminente, todos a una, sin armas, en traje de suplicantes, salen de tropel fuera de la puerta y tienden humildes las manos a los legados y al ejército. A cuyo nuevo espectáculo suspéndese el ataque, y los soldados, dejando los trabajos, acuden llevados de la curiosidad a oír y ver. Llegados que fueron los enemigos a los legados y al ejército, echándose todos a sus pies, suplican se aguarde la venida de César; que ven su ciudad tomada, los trabajos concluidos, la torre arruinada; que por tanto desisten de la defensa; que en llegando César, cuando ellos no cumpliesen la palabra, podría sin detención ni embarazo meter a saco la ciudad. Representan que si la torre acabase de caer, no se podrían contener los soldados sin entrar, por la esperanza del pillaje, a sangre y fuego la ciudad y asolarla. Éstas y otras muchas cosas a este tono ponderan, como hombres avisados, con lágrimas y lloros.

XIII. Enternecidos con ello los legados, retiran de la labor a los soldados y desisten del ataque, contentándose con dejar guardias en los trabajos. Hácese por compasión una especie de tregua hasta la venida de César. Ni ellos ni los nuestros disparan un tiro. Como si la cosa estuviese concluida, todos aflojan en el cuidado y diligencia; y es que César tenía dadas por cartas estrechas órdenes a Trebonio, que no permitiese entrar por fuerza la ciudad, no fuese que los soldados, irritados ya por la rebelión, ya por verse menospreciados, ya también por el largo trabajo, matasen a los mozos, como amenazaban de hacerlo; y no costó poco el reprimirlos que no asaltasen la plaza, y lleváronlo muy a mal, pensando que por Trebonio no se hubiese dado el asalto.

XIV. Pero los enemigos, sin respeto a la fe jurada, andaban buscando tiempo y coyuntura de armar traición; y dejando pasar algunos días, uno en que los nuestros estaban entregados al descanso, súbitamente al tiempo de la siesta, cuando se habían unos retirado, cansados otros con el trabajo de tantos días se habían echado a dormir en medio de las trincheras, arrimadas las armas, salen de rebato por las puertas afuera, y favorecidos de un viento recio, pegan fuego a los trabajos, cuyas llamas de tal manera esparció el viento, que ardieron a un tiempo terraplén, parapetos, galápagos, torre y baterías, y primero se redujo todo a cenizas que se pudiese advertir cómo había sucedido la cosa. Los nuestros, perturbados de la desventura imprevista, echan mano de las primeras armas que encuentran; otros saltan de los reales y arremeten al enemigo, pero el disparo de saetas y tiros desde la muralla cubren la retirada de los enemigos; se meten éstos debajo del muro, y allí a salvamano ponen fuego al árgano y a la torre de ladrillo. Así por la mala fe de los enemigos y violencia del viento feneció en un instante el trabajo de muchos meses. Tentaron los masilienses otro tanto al día siguiente logrando igual viento, y aun con mayor confianza salieron impetuosamente a pelear junto a otra torre y el terraplén arrojando mucho fuego; mas los nuestros, así como antes habían aflojado enteramente de su primer tesón, así ahora, escarmentados con el desastre del día precedente, tenían bien prevenido todo lo necesario para la defensa. Con que matando a muchos, hicieron retirar a los demás a la plaza sin haber logrado el intento.

XV. Trebonio trató de resarcir lo perdido con mucho mayor empeño de los soldados; pues cuando vieron malogradas tantas fatigas suyas y prevenciones, sintiendo en el alma que después de violadas a traición las treguas ¿e hiciese burla de su valor; como no les quedaba paraje de donde sacar fagina, por haber cortado y conducido todo? los árboles del contorno, determinaron hacer un terraplén de nueva invención y nunca oído, formado de dos muros de ladrillo que tuviesen seis pies de grueso y el terrado casi igual al otro de madera. Donde el espació intermedio de los muros, o lo endeble del material parecía requerirlo, entreveran pilares con vigas atravesadas que daban solidez, y todo el tablado se cubre con zarzos y los zarzos con adobes. Los soldados cubiertos del muro por ambos lados, del techo por encima y del parapeto por delante, llevan sin peligro cuanto es menester para la obra. Ponen gran diligencia en la ejecución, y; mediante la industria y esfuerzo de los soldados, se resarce en breve el daño de una labor de muchos días. Déjanse puertas en el muro donde parece a propósito para las salidas.

XVI. Los enemigos cuando vieron tantas cosas (que no creyeran poder restaurarse en largo tiempo) tan bien reparadas con la diligencia y labor de muchos días, que ya no había lugar a traición ni salida, ni les quedaba medio de hacer daño o con armas a los soldados, o con fuego a los trabajos; reconociendo que con la misma traza se podía cercar con muro y torres la ciudad por la parte que comunica con la tierra, de manera que no se les dejase parar en sus adarves, pues parecía el nuevo terraplén un alcázar unido y sobrepuesto a sus mismas murallas, de conde podían tirar dardos con la mano, y que sus baterías, de que se prometían grandes cosas, por causa de la inmediación no valían nada, echando de ver, además, que con partido igual en combatir de muro a muro y de torres a torres, no podían contrarrestar en valor a los nuestros, recurren a las primeras condiciones de la entrega.

XVII. Marco Varrón, al principio de su gobierno en la España Ulterior, sabiendo cómo iban las cosas en Italia, desconfiando del partido de Pompeyo, hablaba de César con grandísima estimación, diciendo: que por haber sido prevenido de Pompeyo con la tenencia, se hallaba empeñado en su servicio, pero no que debía menos a César; que tampoco ignoraba cuál fuese la obligación de un oficial subalterno, cuáles sus fuerzas, cuál la inclinación de toda la provincia hacia César. Ésta era la materia de todas sus conversaciones sin declararse por ninguno de los dos partidos. Empero después que supo cómo César estaba en Marsella; la unión de Petreyo y Afranio, y los muchos auxiliares que se les habían juntado; que toda la Provincia Citerior se había declarado por ellos y que se prometían cosas grandes, noticioso también de la carestía que experimentaban en Lérida, todo lo cual le había escrito Afranio con tanto encarecimiento como presunción, empezó él también a mudarse a la parte que soplaba la fortuna.

XVIII. Hizo Marco Varrón levas por toda la provincia; a dos legiones completas añadió treinta cohortes auxiliares; acopió gran porción de trigo, para remitir parte de él a los masilienses, parte a Petreyo y Afranio; mandó a los gaditanos construir diez galeras; otras muchas hizo fabricar en Sevilla; hizo conducir además todo el dinero y todas las alhajas del templo de Hércules a Cádiz, poniendo allí de guarnición seis cohortes sacadas de la provincia, y puso por gobernador a Cayo Galonio, caballero romano y amigo de Domicio, que le había enviado allá para negociar una herencia; las armas todas de los particulares y del público depositó en casa de Galonio. Él mismo pronunció varias declamaciones insolentes contra César, publicando repetidas veces desde su tribunal que César había quedado vencido; que muchos de sus soldados habían pasado a las banderas de Afranio; que todo esto lo sabía por noticias ciertas y sujetos fidedignos. Amedrentados con eso los ciudadanos romanos de aquellas provincias, oblígales a ofrecer para subsidio de la República un donativo de once millones de sestercios con veinte mil fanegas de trigo. A las ciudades que sospechaba favorecían a César echaba mayores contribuciones, y si algunos en estas ciudades censuraban el gobierno de Roma, les confiscaba los bienes, pasaba allí con la tropa y pronunciaba sentencia contra los particulares, forzando a toda la provincia a prestar juramento de fidelidad a sí y a Pompeyo. Cuando llegó a su noticia lo sucedido últimamente en la España Citerior, dispúsose para la guerra; la cual pensaba hacerla así: irse con dos legiones a Cádiz, y embargar allí las naves y los granos, porque había entendido que toda la provincia estaba por César. Bien provisto de naves y vituallas dentro de la isla, juzgaba no ser difícil prolongar la guerra. César, aunque muchos y bien urgentes negocios le llamaban a Italia, sin embargo, estaba resuelto a no dejar ninguna reliquia de guerra en las Españas, sabiendo muy bien los grandes beneficios que había hecho Pompeyo en la Citerior y los muchos apasionados que allí tenía.

XIX. Por tanto, habiendo enviado a la Ulterior dos legiones con Quinto Casio, tribuno de la plebe, él con seiscientos caballos marcha a grandes jornadas, librando antes una provisión en que mandaba que para tal día compareciesen ante sí los magistrados y regidores de todas las ciudades en Córdoba. Promulgado este edicto por toda la provincia, no hubo ciudad que no enviase algunos de su regimiento a Córdoba, ni ciudadano romano de alguna distinción que no concurriese al día señalado. Entre tanto el gobierno mismo de Córdoba por su autoridad cerró las puertas a Varrón; puso guardias y centinelas en la muralla y en las torres, y dos cohortes, llamadas Colonias (30), que por allí pasaban casualmente, las retuvo para defensa de la plaza. Esos mismos días los de Carmona, ciudad sin comparación la más fuerte de toda la provincia, como Varrón hubiese introducido en el castillo tres cohortes, por sí mismos las echaron fuera y los rastrillos a las puertas.

XX. Varrón, por lo mismo, se daba más prisa para llegar cuanto antes con las legiones a Cádiz, porque no le cortasen el viaje por tierra o por agua. Andaba alguna parte de camino, como era tanta y tan fina la voluntad de la provincia a César, recibe cartas de Cádiz con la noticia de que, luego que se supo el edicto, acordaron los regidores de Cádiz con los oficiales mayores de las cohortes, que allí estaban de guarnición, echar de la ciudad a Galonio, y conservar la isla y plaza en la obediencia de César. Con este acuerdo intimaron a Galonio que de su grado, mientras podía sin riesgo, saliese de la plaza; donde no, tomarían ellos sus medidas; que con esto atemorizado Galonio, se había ido de Cádiz. Con estas nuevas, de las dos legiones, la una, nombrada Vernácula, levantó las banderas de los reales eje Varrón a su presencia y vista, Mirose de Sevilla, y se alojó en la plaza y en los pórticos sin hacer mal a nadie. Este hecho fue tan grato a los ciudadanos romanos de aquel partido, que a porfía los hospedaban con sumo agasajo en sus casas. Intimidado Varrón con tales sucesos, como mudando de ruta hubiese propuesto encaminarse a Itálica, avísanle los suyos que las puertas estaban cerradas. Entonces, finalmente, viéndose atajado por todas partes, envió a decir a César cómo estaba pronto a entregar la legión a quien él mandase. Él envióle a Sesto César con orden que se la entregase, Entregada la legión, vino Varrón a Córdoba para verse con César, y habiendo dado las cuentas de su administración, entrega fielmente todo el dinero que tenía en su poder, y declara cuántas provisiones y naves tiene y dónde.

XXI. César en la junta de Córdoba da generalmente las gracias a todos: a los cordobeses porque procuraron asegurarle la ciudad; a los de Carmona (31) porque habían echado fuera las guarniciones; a los gaditanos por haber desbaratado los proyectos de los contrarios y puesto en cobro su libertad; a los tribunos militares y capitanes venidos a Cádiz de guarnición, porque con su esfuerzo sostuvieron la resolución de los naturales. Remite a los ciudadanos romanos la paga del dinero ofrecido a Varrón para el público; restituye los bienes confiscados a los que habían hablado con demasiada libertad, y hechas varias mercedes en común y en particular a los demás da buenas esperanzas; y habiéndose detenido dos días en Córdoba, sale para Cádiz, donde manda restituir al templo de Hércules los dineros y exvotos que de él se habían trasladado a una casa particular; deja por gobernador de la provincia a Quinto Casio con cuatro legiones a sus órdenes. Él con las naves que Marco Varrón y por su mandado los gaditanos habían construido, en pocos días arribó a Tarragona donde le aguardaban los diputados de casi toda la Provincia Citerior. Decretadas como en Córdoba varias gracias en común y en particular, sale de Tarragona caminando por tierra a Narbona, y de allí a Marsella. Aquí tuvo noticia cómo promulgada la ley de nombrar dictador, él mismo había sido nombrado por el pretor Marco Lepido.

XXII. Los masilienses, fatigados de toda suerte de males, reducidos a una extrema penuria de víveres, vencidos en dos batallas navales, derrotados en las frecuentes salidas, afligidos también de grave pestilencia ocasionada del largo encerramiento y de la mudanza de alimentos (pues se mantenían de panizo añejo y de cebada viciada que para semejantes lances tenían de repuesto en depósito) desahuciados de los socorros de las provincias y ejércitos, que sabían haber caído en manos de César, derribada la torre y desmantelada gran parte de la muralla, determinan rendirse de veras. Pero pocos días antes Lucio Domicio, entendida la determinación de los masilienses, equipadas tres naves, de las cuales destinó dos para sus compañeros, embarcándose él en la tercera, a favor de una espesa niebla se hizo a la vela. Divisáronle las naves que por orden de Bruto diariamente hacían guardia delante del puerto, y lavando áncoras, empezaron a darle caza. De los tres navíos sólo el de Domicio tiró adelante y prosiguió huyendo hasta que a la sombra de la oscuridad se perdió de vista; los otros dos, por temor del alcance de nuestras naves, se refugiaron al puerto. Los masilienses, conforme se les mandó, presentan fuera de la plaza las armas y baterías; sacan las naves del arsenal y del puerto, entregan el tesoro público. César, concluidas estas cosas, concediéndoles la vida por respeto a la fama y antigüedad de su república, y no porque se lo mereciesen ellos, deja en la ciudad dos legiones de guarnición, remite las demás a Italia, y él mismo se parte para Roma.

XXIII. Por este mismo tiempo Cayo Curión, navegando de Sicilia al África, como quien ya de antemano miraba con desprecio las fuerzas de Publio Accio Varo, llevaba consigo dos legiones de cuatro recibidas de César y quinientos caballos más. Gastados dos días con sus noches en la navegación, vino a surgir en cierto lugar llamado Aguilera, distante de Clupea veintidós millas; el cual tiene una bahía no mala para tiempo de verano entre dos altos promontorios. Lucio César el mozo, estando en Clupea a la espera de su arribo con diez galeras (las cuales, apresadas en la guerra de los piratas, Publio Accio había hecho reparar en Útica con motivo de la guerra presente), aterrado con la vista de tanto buque, fuese huyendo de alta mar, y orillando a la costa vecina con su galera cubierta, dejándola en la playa, escapó por tierra a la ciudad de Adrumeto cuya plaza defendía Cayo Considio Longo con una legión. Con la huida de César las demás galeras se retiraron al puerto de Adrumeto. Yendo en su seguimiento el cuestor Marco Rufo con doce navíos que Curión había sacado de Sicilia para escolta de los transportes, vista la galera desamparada en la costa, la trajo a remolque, y volvióse a Curión con la escuadra.

XXIV. Curión envía delante a Marco por mar a Útica, él mismo marcha con el ejército allá, y andadas dos jornadas, llegó al río Bagrada, donde deja con las legiones al legado Cayo Caninio Rebilo, y él se adelanta con la caballería a fin de reconocer los reales cornelianos (32), lugar que se consideraba muy ventajoso para el campamento. Es una cordillera empinada que domina al mar, por las dos bandas fragosa y áspera, si bien por la parte que cae a Útica es la cuesta algún tanto más suave. Dista de Útica por camino derecho poco más de una milla. Pero en este camino hay una fuente que comunica con el mar, formándose un gran lago, que si uno quiere no pasarlo, ha de rodear seis millas para llegar al pueblo.

XXV. Al reconocer este puesto, se pone Curión a contemplar los reales de Varo, pegados al muro y a la plaza por la puerta llamada Bélica, harto bien defendidos por naturaleza; por un lado, de la misma ciudad de Útica; por otro, del teatro edificado enfrente de ella sobre arcos grandísimos de bóveda, con paso difícil y estrecho para los reales. Juntamente observó cómo todos los caminos estaban cubiertos de gente que por temor de alguna repentina guerra acarreaban de las aldeas sus bienes y haciendas a la plaza. Destaca, pues, hacia esta parte la caballería para saquearlas y aprovecharse de los despojos. Al mismo tiempo Varo envía de la ciudad para escoltarlas seiscientos caballos númidas y cuatrocientos infantes, los mismos que pocos días antes el rey Juba había enviado de socorro a Útica. Éste, por derecho de hospedaje heredado de su padre, era tan amigo de Pompeyo como enemigo de Curión (33); porque, siendo tribuno de la plebe, promulgó una ley por la cual le confiscaba del reino. Al primer encuentro de nuestra caballería con los númidas, éstos no pudieron aguantar la carga; sino que, dejando muertos en el campo ciento y veinte de los suyos, los demás se refugiaron a los reales debajo del muro. Entre tanto, al arribo de las galeras, Curión hace intimar a doscientas naves mercantiles surtas en la rada de Útica, «que tratará como enemigos a los que no alcen velas al momento y se dirijan a los reales cornelianos». Hecha la intimación, al mismo punto zarpando todas, pasan de Útica adonde les fue mandado. Con que el ejército se halló abastecido de todo.

XXVI. Después de haber ejecutado esto Curión, da la vuelta a su campo de Bagrada, y es aclamado a una voz por todo el ejército general en jefe. Al día siguiente conduce sus tropas a Útica y se acampa cerca de la plaza. Aún no estaba bien acampado, cuando le avisan las guardias avanzadas de la caballería, que vienen hacia Útica grandes socorros de a caballo, y de a pie remitidos por el rey; al mismo tiempo se veía una gran polvareda, y un instante después se dejó ver ya la vanguardia. Turbado Curión con esta novedad, destaca luego la caballería para que recibiese y sostuviese el primer ímpetu; en tanto él saca de las trincheras y arma las legiones. Acomete la caballería; y primero que las legiones pudiesen desenvolverse y tomar puesto, ya las gentes del rey, turbadas todas, sobrecogidas, sin acción ni orden (porque caminaban sin él por no recelar peligro), estaban en huida, y salvándose la caballería casi toda a fuerza de correr por las riberas a la plaza, quedó degollada mucha parte de la infantería.

XXVII. La noche inmediata dos centuriones marsos con veintidós de sus soldados desertan del campo de Curión al de Accio Varo. Éstos, ya fuera que dijesen lo que verdaderamente sentían, ya por lisonjear a Varo (siendo así que tan fácilmente creemos lo que deseamos, como nos persuadimos a que todos han de sentir lo que nosotros sentimos), lo cierto es que aseguraron que toda la tropa obedecía de mala gana a Curión; que sería muy del caso el dejarse ver y poder hablarse los dos ejércitos. Varo, dándolo por cierto, al día siguiente de madrugada saca de los reales sus legiones; eso mismo hace Curión, y teniendo sólo de por medio un valle no muy grande, ambos forman su gente en batalla.

XXVIII. Estaba en el ejército de Varo Sesto Quintilio Varo, que dijimos arriba haberse hallado en Corfinio. Éste, puesto en libertad por César, había venido al África, y Curión había transportado consigo aquellas mismas legiones que César tiempos antes tomó a su servicio en Corfinio; de modo que sin más mudanza que la de algunos centuriones, los grados y las centurias perseveraban en el mismo pie. Valiéndose Quintilio de esta correlación para el enganche, comenzó a correr ante el ejército de Curión y a conjurar a los soldados, «que no echasen en olvido el primer juramento hecho en manos de Domicio y en las suyas como cuestor; que no empeñasen las armas contra los que habían sido compañeros de la misma fortuna y de los mismos trabajos en el cerco, ni peleasen a favor de aquellos que por afrenta los llamaban desertores». Concluye con darles esperanzas de largas mercedes, las cuales debían esperar de su liberal mano, si siguiesen sus banderas en el ejército de Accio. Acabada la arenga, el ejército de Curión no hizo novedad alguna, y con eso se retiró cada cual con sus tropas.

XXIX. Pero la resulta de esto en el campo de Curión fue el apoderarse de todos un terror pánico, que tomó cuerpo prontamente, como suele, con los discursos de los soldados, poniendo cada uno algo de su casa a lo que oía decir a otros; con que saliendo la voz del primero que fue sólo el autor, y comunicándose a otros, corriendo de boca en boca, ya parecían muchos los autores de ella. Ponderábase que la guerra era civil; tales los soldados, que podían libremente hacer lo que gustasen; las legiones las mismas que poco antes militaban en el campo enemigo; que aun el beneficio de César dejaba de serlo por su costumbre (34) de acoger a cuantos se presentaban de los pueblos del bando contrario, como se vio en los desertores de la noche antes; porque no venían ahora de los marsos y peliños (35). Esto se hablaba en los ranchos, y algunos camaradas entre sí daban peor sentido a las palabras bastante fuertes de los soldados. Los que querían parecer más adelantados, aun fingían algunas cosas.

XXX. En vista de esto, convocando a junta, pone el negocio en consulta. Algunos eran de opinión que se habían de hacer todos los esfuerzos posibles y asaltar los reales de Varo, puesto que no hay cosa tan nociva como el ocio en semejantes inquietudes de los soldados. En suma, más vale, decían, probar la suerte peleando animosamente, que, desamparados y vendidos de los suyos, padecer tormentos atrocísimos. Otros juzgaban que sería mejor retirarse a medianoche a Castro Cornelio, donde habría más tiempo y comodidad para desengañar a los soldados; que cuando turbio corriese, teniendo a mano tantas embarcaciones, era más segura y más fácil la retirada a Sicilia.

XXXI. Curión ninguno de estos consejos aprobaba, diciendo que cuanto el uno mostraba de cobardía, tanto había en el otro de temeridad; que aquéllos proponían por expediente una vergonzosísima fuga; éstos el de una batalla, estando por el enemigo la ventaja del sitio. « ¿Por dónde, dice, presumimos poder forzar unas trincheras tan bien fortificadas por arte como por naturaleza? ¿O qué vamos a ganar con ser rebatidos con gran daño en el asalto? Como si no fuesen las empresas dichosas las que granjean la benevolencia de los soldados a los jefes, igualmente que las desgracias al desafecto. Pues el mudar de campo ¿qué otra cosa es, sino una vil fuga, darse por desesperados y enajenar los ánimos de los soldados? No es bien que los cuerdos sospechen que se fía poco de ellos, ni los mal intencionados entiendan que se les teme, porque así crece la insolencia de los unos y se disminuye la afición de los otros. Mas demos por cierto lo que se dice del enajenamiento del ejército (lo que yo para mí tengo ser, o falso del todo, o mucho menos de lo que se imagina), ¿cuánto mejor es disimularlo y encubrirlo, que no con el hecho confirmarlo? ¿Por ventura no se deben ocultar, como se hace con las llagas del cuerpo, los males del ejército para no acrecentar a los enemigos la osadía? Y aun más pretenden: que salgamos de noche, sí, para que tengan mayor libertad los que intentasen desmandarse, puesto que no hay otro freno en semejantes casos sino el pundonor y el miedo, a que ninguna cosa es más contraria que la noche. Así que ni soy tan resuelto que me determine a dar el salto a las trincheras sin esperanza de forzarlas, ni tan medroso que me cuente ya perdido; antes bien me parece tentar primero todos los medios y espero que presto, vista la realidad, estemos todos de acuerdo por la mayor parte. »

XXXII. Despedido el consejo, convoca los soldados y les recuerda el servicio importante que hicieron a César en Corfinio; cómo su favor y autoridad atrajo a sí gran parte de Italia: «porque a vosotros, dice, y vuestro ejemplo han seguido uno tras otro todos los pueblos. De aquí es que no sin razón sois tan amados de César como aborrecidos de sus adversarios. Pero ¡qué mucho! Pompeyo sin haber perdido batalla alguna, con el anuncio infausto de vuestro hecho salió huyendo de Italia; César os fió en mí la persona que más amaba juntamente con la Sicilia y África, sin las cuales no puede mantener a Roma (36) ni a Italia. Ya sé que os inducen a dejarnos, y ¿qué cosa pueden ellos desear tanto como conseguir a un tiempo el perdernos a nosotros, y a vosotros haceros consentir en una maldad execrable? ¿O qué cosa peor pudiera caer en la imaginación de unos enemigos mortales vuestros que el induciros a una traición contra aquellos que confiesan que os deben toda su dicha, y que os entreguéis en manos de los mismos que os miran como autores de su perdición? ¿Es porque ignoráis las proezas de César en España? Dos ejércitos deshechos (37), vencidos dos generales, dos provincias conquistadas (38), y esto a los cuarenta días de su venida a la vista de los contrarios. Pues ¿cómo vencidos han de resistir los que en su entereza no pudieron? Y vosotros que seguisteis a César estando en balanzas la victoria, ahora que se ha declarado por él la fortuna, ¿querréis seguir al vencido, cuando habíais de gozar el premio de vuestra lealtad? Dicen que vosotros desertasteis y los vendisteis, y os echan en cara el primer juramento. Pero ¿fuisteis vosotros los desertores de Domicio, o fue Domicio el que desertó de vosotros? ¿No fue él quien, estando vosotros dispuestos a sufrir el último trance, os abandonó de todo punto? ¿No se huyó sin daros parte? ¿No es así que, vendidos por él, estáis hoy en vida por beneficio de César? Y ¿cómo pudo dejaros ligados con el juramento un hombre que, abandonadas sus insignias, depuesto del mando, sin carácter y prisionero, vino a ser él mismo dependiente de otro? Sólo falta que os reconvengan con el juramento, queriendo que, sin hacer caso del que al presente os obliga, respetéis el otro que por la deposición del capitán y su prisión quedó anulado. Mas quizá, no teniendo queja de César, la tenéis de mí; que no quiero acordaros los beneficios que os he hecho, siendo como son hasta ahora mucho menores de lo que yo quisiera y esperáis vosotros. Con todo os sé decir que los soldados sólo acostumbran pedir galardones conforme al suceso, y cuál haya de ser éste, vosotros mismos lo estáis viendo. Y bien, mi diligencia, el estado presente del negocio y la fortuna, ¿no merecen siquiera algún recuerdo? ¿Tan mal os parece haber transportado sano y salvo el ejército sin perder una sola nave, haber a mi arribo y al primer encuentro desbaratado la escuadra de los enemigos, vencídolos dos veces en dos días peleando con la caballería, sacándoles de su propia ensenada y puerto doscientos trasportes, y reducidos a tal extremo, que ni por tierra ni por mar pueden ser socorridos con víveres? Y vosotros ahora, renunciando tal fortuna, tales caudillos, ¿qué vais a buscar? ¿La mengua de Corfinio, o la fuga de Pompeyo, o la rendición de las Españas, o los primeros pasos desgraciados de la guerra africana? Yo ciertamente contento estaba con el nombre de soldado de César; vosotros me apellidasteis general; ahí tenéis vuestro título, si os pesa de habérmelo dado; mas restituidme mi nombre, no se diga que el renombre que me disteis fue para mayor afrenta. »

XXXIII. Grande fue la impresión que hizo este razonamiento en los soldados; como que le interrumpían a cada palabra con el vivo dolor que sentían de que se sospechase mal de ellos. Acabado el discurso, todos a una voz le ruegan «que tenga ánimo, ni dude dar la batalla y hacer prueba de su lealtad y valor». Con eso, trocados los corazones y dictámenes de todos, determinó Curión con universal aprobación aventurar la batalla en la primera ocasión que se ofreciese. Al día inmediato, sacando sus tropas, las ordena en el mismo puesto que ocupó los días antecedentes. Tampoco Varo se detiene en sacar las suyas, por no perder la ocasión de solicitar a los saldados, o de combatir en el caso de poderlo hacer en sitio ventajoso.

XXXIV. Había entre los dos ejércitos, como arriba insinuamos, un valle con un recuesto no muy agrio ni pendiente. Cada cual estaba en espera a ver si el otro tentaba el paso, para pelear con más ventaja. En esto por el ala izquierda de Publio Accio toda la caballería y mezclados con ella los soldados ligeros se veían desfilar bajando al valle. Curión destaca luego su caballería y dos cohortes marrucinas, a cuyo primer choque no pudieron resistir los caballos enemigos, sino que a brida suelta se refugiaron a los suyos, con que desamparados los soldados ligeros que avanzaron con ellos, los cogían en medio y destrozaban los nuestros. Vueltos acá los ojos, todo el ejército de Varo estaba mirando la fuga y destrozo de los suyos. Entonces Rebilo, legado de César, a quien Curión había traído consigo de Sicilia por razón de su mucha experiencia en las artes de guerra: «ya ves, Curión, le dice, al enemigo consternado; ¿por qué no te aprovechas de la ocasión?» Él diciendo solamente a sus soldados que se acordasen de las promesas del día precedente, manda que le sigan y va corriendo delante de todos. Era la subida del valle tan embarazosa, que los primeros no podían trepar sino con ayuda de los otros. Pero los soldados de Accio, sobrecogidos del miedo por la fuga y matanza de los suyos, imaginándose que iban a ser acordonados por la caballería. Y así, antes que pudiesen los nuestros acercarse a tiro de saeta, todo el ejército de Varo volvió las espaldas retirándose dentro de las trincheras.

XXXV. Cuando iban huyendo, cierto Fabio Felino, soldado raso del ejército de Curión, alcanzando la vanguardia de los fugitivos, preguntaba en voz alta por Varo, llamándole por su nombre, como que era uno de sus soldados y quería darle algún aviso y hablarle. Oyéndose nombrar tantas veces, se paró a mirarlo. Y preguntando quién era o qué quería, tiróle una estocada al hombro derecho y por poco no le mató, mas él se libró cubriéndose con el escudo. Fabio, cercado por los inmediatos, fue despedazado. Los que venían huyendo cargaron en tanto número y con tal tropelía en las puertas de los reales, que no cabiendo por ellas, fueron más los que perecieron en este aprieto que en la refriega y en la fuga. Ni faltó mucho para echarlos de las trincheras, pues algunos no cesaron de correr hasta meterse dentro de la plaza. Mas la naturaleza del sitio igualmente que la fortificación de los reales impedía el avance, porque los soldados de Curión no tenían los instrumentos necesarios para el ataque, habiendo salido a la batalla y no al asalto. Por tanto Curión retira a su campo el ejército sin perder un hombre fuera de Fabio, quedando de los enemigos al pie de seiscientos muertos y mil heridos. Todos estos después de la retirada de Curión y otros muchos que se fingían heridos, no dándose por seguros en los reales, se pasaron a la fortaleza. Advirtiendo en ello Varo y enterado del terror del ejército, dejando en el campo un clarinero (39) y tal cual tienda de campaña de plataforma, a medianoche, a la callada mete su ejército en la plaza.

XXXVI. El día siguiente Curión trata de sitiarla y tirar la línea de circunvalación. Había en Útica mucha gente que, por la larga paz, no sabía lo que era guerra; los ciudadanos eran apasionadísimos de César por los beneficios de él recibidos, y el ayuntamiento se componía de personas de diferentes clases. El espanto por las refriegas pasadas era muy grande, con que todos hablaban a las claras de la entrega, haciendo instancias a Publio Accio que no quisiese por su obstinación dar al través con todos. En esta sazón vinieron mensajeros del rey de Juba diciendo que ya él estaba en camino con grandes fuerzas, y exhortándolos en tanto a la defensa y guarda de la ciudad, con lo cual se recobraron del miedo.

XXXVII. Estas mismas noticias recibía Curión; mas por algún tiempo no se podía acabar con él que las tuviese por ciertas, tan pagado estaba de sus cosas; y ya por correos y cartas volaba por África la noticia de los prósperos sucesos de César en España. Por todas estas circunstancias engreído, se persuadía a que el rey nada emprendería contra sí. Pero cuando supo de cierto que sus tropas estaban a veinticinco millas y aun menos de Útica, alzado el cerco, se retiró a Castro-Cornelio, adonde comenzó a traer trigo, fortificar el campo, juntar materiales, enviando luego a Sicilia a pedir las dos legiones y el resto de la caballería. El lugar era oportunísimo para ir entreteniendo la guerra, tanto por su situación y fortaleza, como por la cercanía del mar y abundancia de agua y sal, y ésta en gran cantidad de antemano acopiada allí de las salinas inmediatas. Leña no podía faltar por las muchas arboledas; tampoco trigo, de que los campos estaban cubiertos. En razón de esto, Curión se disponía con aprobación de todos los suyos a esperar las demás tropas y tomar despacio la guerra.

XXXVIII. Ordenadas estas cosas y aprobado el proyecto, dícenle ciertos desertores echadizos de la plaza que Juba, detenido por una guerra suscitada en los confines y por ciertas pretensiones de los leptitanos, se había quedado en el reino, enviando con parte de sus fuerzas a Sabura su primer ministro, que ya estaba cerca de Útica. Creyendo sin más examen el dicho de éstos, muda de parecer y determina salir luego a campaña. Para tal resolución tuvo grandes incentivos en el fervor de la mocedad, generosidad de su corazón, felicidad de sus pasadas empresas y confianza del buen suceso de la presente. Con tales impulsos destaca luego a prima noche toda la caballería contra el enemigo, que al mando del sobredicho Sabura había asentado a las orillas del Bragada. Mas el rey venía con el grueso del ejército y estaba acampado a seis millas de Sabura. La caballería, caminando de noche, dio sobre los enemigos, porque los númidas, bien como bárbaros, estaban tendidos a sus anchuras sin orden ni disciplina; con que asaltándolos, dormidos como estaban y dispersos, hacen gran riza en ellos, y muchos asustados echan a huir.

XXXIX. Hecho esto, la caballería vuelve con los prisioneros cogidos a Curión; el cual había salido después de medianoche con toda la infantería, dejando cinco cohortes de guarnición en los reales. A las cinco millas encuentra con la caballería; entérase de lo acaecido; a los prisioneros pregunta quién manda el campo de Bagrada; respóndenle que Sabura, y sin más informarse, por el ansia de acabar la jornada, vuelto a los inmediatos: «¿no veis, les dice, amigos, cómo la relación de los prisioneros concuerda con la de los desertores; que no está el rey aquí; que no envió más que un puñado de gente que no ha podido contrarrestar a unos pocos caballos? Por tanto, corred, volad a la presa, a la gloria; que ya es tiempo que tratemos de daros el premio debido y de galardonar vuestros servicios». Eran grandes realmente las hazañas de la caballería, mayormente si se compara su corto número con tanta chusma de númidas; y ellos mismos las exageraban todavía mucho más, contándolas según que los hombres se complacen en blasonar de sus acciones gloriosas. Tras esto hacían ostentación de los muchos despojos; alarde de los hombres y caballos presos; por manera que cuanto tiempo se detenían, tanto les parecía que se retardaba la victoria. Así el ardor de los soldados avivaba la esperanza de Curión. Manda, pues, a la caballería que le siga, y apresura la marcha con el fin de asaltarlos ahora que andaban en la fuga más aterrados que nunca. Pero la caballería, cansada de andar toda la noche, no podía seguirle, parándose, ya unos, ya otros en el camino. Mas ni esto hacía aflojar a Curión de su esperanza.

XL. juba, luego que supo de Sabura el encuentro nocturno, envíale al pronto dos mil caballos españoles y galos, que solían ser reales guardias, y el trozo que más estimaba de la infantería. Él mismo a paso más lento va detrás con el resto de las tropas y cuarenta elefantes, sospechando que no faltaría Curión en persona, habiendo enviado por delante su caballería. Sabura escuadrona sus gentes de a caballo y de a pie, dándoles orden que, mostrando miedo, vayan retrocediendo poco a poco; que a su tiempo él daría la señal de acometer y ordenaría lo conveniente.

XLI. Curión, mucho más esperanzado con el lance presente, imaginándose que los enemigos huían, baja con sus tropas de las alturas a campo raso, donde andando un gran trecho, rendido ya el ejército por la marcha forzada de dieciséis millas, hace alto. Da la señal a los suyos Sabura, ordena la gente y va corriendo las filas metiéndoles valor; lo que hace es, dejando lejos la infantería, sólo en la apariencia se sirve de ella, y hace avanzar la caballería. Tampoco Curión falta a su deber, exhortando a los suyos a que libren toda la esperanza en su valor. Y cierto que bien lo mostraban en el ardor de pelear no menos los infantes aunque fatigados que los caballos aunque pocos, pues no eran más que doscientos, habiéndose quedado los demás en el camino. Los nuestros, dondequiera que arremetían, hacían retirar a los enemigos, mas no podían correr tras ellos largo trecho, ni ofender con brío a los caballos. Pero la caballería enemiga empieza por los costados a rodear a los nuestros y cargarlos por la espalda. Si nuestras cohortes daban fuera de las filas un avance, los númidas, como estaban en su vigor, huían ligeros el choque, y luego, al retirarse a sus líneas, las cercaban y dejaban cortadas del cuerpo de batalla. Conque ni era seguro el mantener su puesto y guardar las filas, ni el avanzar y tentar la suerte. Las tropas del enemigo iban creciendo con los continuos refuerzos suministrados por el rey. A los nuestros faltaban ya las fuerzas por la fatiga continuada. Demás de eso, los heridos no podían salir de la batalla, ni guarecerse en parte alguna, por estar todo el ejército acordonado de la caballería enemiga. Éstos, desesperados de salvarse, como suelen hacer los hombres en el último trance de la vida, o lamentábanse de su muerte, o recomendaban sus padres a los que reservase (si pudiese reservar a algunos) la fortuna. Todo era terror y todo llanto.

XLII. Viéndolos Curión consternados a todos, que no se atendían sus exhortaciones y ruegos, parecióle no haber más remedio de salvarse que ganar todos los cerros del contorno, y así mandóles correr a ellos a banderas desplegadas. Pero aun éstos se los ocupa primero la caballería destacada por Sabura. Entonces fue cuando acabaron de perder toda esperanza los nuestros; y unos, al querer huir, son degollados por la caballería enemiga, otros quedan tendidos en su puesto. El general de caballería Cneo Domicio, acudiendo a Curión con un piquete, le aconseja que se salve huyendo a los reales, y le promete que no se apartará de su lado. Mas Curión protesta «que no verá jamás la cara de César, perdido el ejército que le hubo confiado». Con tanto acaba la vida peleando. Caballos muy pocos salen con ella de la batalla; pero aquellos que dijimos haberse quedado atrás para refrescar los caballos, viendo a lo lejos la rota del ejército, se retiran sin lesión a los reales. De la infantería ni uno se salvó.

XLIII. El cuestor Marco Rufo, a quien dejó Curión en los reales, sabida la desgracia, exhorta los suyos a no caer de ánimo; ellos piden con grandes instancias los embarcasen para Sicilia. Dales palabra, y ordena a los capitanes de navío que al anochecer tengan listas todas las chalupas. Mas cayó tan grande pavor en todos, que unos decían estar ya Juba encima con sus tropas; otros, Varo con sus legiones, y verse ya la polvareda que levantaban (y nada de esto había en realidad). Aun se figuraban algunos que presto tendrían sobre sí la escuadra de los enemigos, y en esta consternación universal cada uno atendía sólo a su propio remedio. Los de la armada se apresuraban a partir: su prisa estimulaba a los patrones de las naves de carga. Pocas fueron las lanchas que se hallaron al tiempo y lugar señalado. Mas el tropel de gentes era tan grande, que cubriendo las riberas, sobre quién debía embarcarse antes, algunas se hundieron por el gentío y el peso; las demás por temor rehusaban de arrimarse.

XLIV. Solos algunos soldados y padres de familia, recibidos o por amistad, o de lástima, o viniendo a nado a las naves, pudieron arribar libres a Sicilia; los demás, despachando aquella noche por diputados a sus centuriones, se rindieron a Varo. Al día siguiente, mirándolos Juba delante de la plaza, dijo a voces que aquella presa era suya, y a muchos mandó degollar (40); reservó algunos pocos escogidos, para servirse de ellos en su reino, sin que Varo se atreviese a resistir, aunque se quejaba de que violase la fe de su palabra. El rey, entrando en la ciudad montado a caballo con la comitiva de muchos senadores, entre los cuales se contaban Servio Sulpicio y Licinio Damasipo, dio las providencias y órdenes que le parecieron; y dentro de pocos días dio la vuelta con todas las tropas a su reino.

 

27 Se entiende que César habla del Faro de Mesina.

28 No encuentro voz española que a la latina cuadre más que torculado: porque según el uso que en esta fábrica se hacía de las prehensiones o pressiones venían a ser unos maderos abiertos en roscas como los husillos de las prensas. El Diccionario de la lengua castellana dice que sirven los husillos no sólo para apretar alguna cosa, mas también para subir algún gran peso.

29 César: musculum. El francés entiende une galerie: un muscolo. Cobarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana, dice: «Árgano cuasi arcado, por ser máquina de arcos a manera de grúa, de que usaban cuando se sitiaba un lugar murado. » A Covarrubias sigue el Diccionario de la Academia; y el P. Terreros, en la voz Árgana y Árgano, escribe: que «también hubo una máquina d« guerra de este nombre». Yo pienso que así se ha de llamar en castellano la máquina musculus.

30 Porque se componían de los colones avecindados en las colonias romanas; tropa escogida, como si dijésemos, de las milicias provinciales.

31 Así los llama César en contraposición a los cordobeses; porque no gozaban del fuero de ciudadanos romanos.

32 Llamáronse así de Cornelio Escipión, acompañado allí en tiempo de la guerra púnica o cartaginesa; donde, andando el tiempo, se fundó el pueblo que Plinio y Mela, en la descripción del África, llaman Castra Cornelia, Castro-Cornelio

33 Juba, hijo de Hiempsal, rey de Numidia, seguía el partido de Pompeyo; y por eso Curión, en gracia de César, le declaró enemigo del pueblo romano, privándole del derecho al reino que poseía por favor de Pompeyo

34 La demasiada facilidad de César en perdonar a todos, y aun admitirlos a su amistad disminuía en la opinión de los malcontentos la grandeza del beneficio, ya hecho común a todos cuantos lo pretendían.

35 Claro está que cuando se acaba de recibir un beneficio está más fresca la memoria para el agradecimiento. Las legiones de Corfinio se componían por la mayor parte de marsos y peliños, ya olvidados en África del favor recibido en su tierra. Éste es aquel famoso lugar interpolado, que cada uno interpreta a su modo; ni puede ser otra cosa, faltando la luz del texto y la guía del anónimo griego, que no tradujo LOS COMENTARIOS DE LA GUERRA CIVIL. Por eso ha traducido a tiento, y aun el texto se presenta casi a bulto.

36 Eran éstas dos provincias fertilísimas, sin cuyo comercio, especialmente de granos, en aquellas circunstancias no podía subsistir Italia.

37 Petreyo y Afranio.

38 La España Citerior y la Ulterior.

39 O trompeta que hiciese a sus horas la señal de mudar las centinelas, corno si la tropa no hubiese salido de los reales.

40 Según escribe el mismo Apiano, los mandó subir sobre las murallas y que allí muriesen asaeteados.

 

 


Este texto clásico es de libre circulación.

 

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