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Gayo Julio Cesar
Comentarios de la Guerra Civil
Libro Primero

 

I. Después que Fabio entregó a los cónsules la carta de Cayo César, costó mucho recabar de éstos el que se leyese en el Senado, aun mediando para ello las mayores instancias de los tribunos del pueblo, pero nada bastó para reducirlos a que hicieran la propuesta al tenor de su contenido; y así sólo propusieron lo tocante a la República. Lucio Lentulo, uno de los cónsules, promete no desamparar al Senado y a la República, como quieran votar con resolución y entereza; pero si tiran a contemplar a César y congraciarse con él, como lo han hecho hasta ahora, tomará por sí solo su partido, sin atender a la autoridad del Senado, que también él sabrá granjearse la gracia y amistad de César. Escipión se explica en los mismos términos, afirmando que Pompeyo está resuelto a no abandonar la República si encuentra apoyo en el Senado; pero que si éste se muestra irresoluto y blandea, después, aunque quiera, en balde implorará su ayuda.

II. Esta proposición, como se tenía el Senado en Roma, estando Pompeyo a sus puertas, parecía salir de la boca del mismo Pompeyo. Algún otro dio parecer más moderado; tal fue, primero el de Marco Marcelo, que se esforzó en persuadir que no se debía tratar en el Senado lo concerniente a la República antes que se hiciesen levas por toda Italia y estuviesen armados los ejércitos, con cuyo resguardo pudiese el Senado segura y libremente decretar lo que mejor le pareciese; tal el de Marco Calidio, que insistía en que Pompeyo fuese a sus provincias para quitar toda ocasión de rompimiento; que César se recelaba de que Pompeyo en haberle sonsacado las dos legiones no tuvo más mira que servirse de ellas contra su persona, y tener estas fuerzas a su disposición en Roma; tai en fin el de Marco Rufo, que con alguna diferencia de palabras convenía en la sustancia con Calidio. Se opuso violentamente a estos tres Lucio Lentulo, y se cerró en que no había de proponer el voto de Calidio. Así Marcelo, aterrado con los baldones, abandonó su parecer, y así violentados los más por la destemplanza del cónsul, terror del ejército presente, y amenazas de los amigos de Pompeyo, siguen mal de su grado la sentencia de Escipión: «que dentro de cierto término deje César el ejército; donde no, se le declare por enemigo de la República». Opónense Marco Antonio y Quinto Casio, tribunos del pueblo, Pónese al punto en consejo la protesta; díctanse sentencias violentas. Quien acertó a explicarse con más desabrimiento y rigor, ése se lleva mayores aplausos de los enemigos de César.

III. Despedido por la tarde el Senado, llama Pompeyo a todos los senadores. Alaba el ardor de los unos, y los confirma para en adelante; vitupera la tibieza de otros, y los estimula. Muchos soldados veteranos de Pompeyo son convidados de todas partes con premios y ascensos, y muchos son llamados de las dos legiones entregadas por César. Llénase Roma de ellos. Cayo Curión exhorta a los tribunos del pueblo a mantener el derecho de las Cortes. Todos los amigos de los cónsules, los deudos de Pompeyo y de los enemistados con César entran en el Senado. A sus voces y concurso los cobardes se amedrentan, afiánzanse los vacilantes, si bien la mayor parte queda privada de votar libremente. Ofrécese el censor Lucio Pisón con el pretor Lucio Roscio a ir a César e informarle de todo, a cuyo fin piden seis días de término. Hubo dictámenes sobre que se despachasen diputados a César, que le declarasen la voluntad del Senado.

IV. A todos éstos se contradice, oponiendo a su dictamen el voto del cónsul, Escipión y Catón (2). A Catón mueve en todo esto su enemistad antigua con César y el escozor de la repulsa (3); a Lentulo sus muchas deudas y la expectativa de mandar ejércitos y provincias, y los gajes por los títulos de reyes, jactándose entre los suyos que ha de ser otro Sila (4) y ha de mandarlo todo. A Escipión le incita igual esperanza de alguna intendencia de provincia y generalato de los ejércitos, persuadido a que Pompeyo los partiría con él por razón del parentesco (5); no le aguija menos el temor de las pesquisas, la adulación y la vanidad así propia como de los poderosos, que a la sazón eran dueños de la República y de los tribunales. Pompeyo, inducido por los enemigos de César, y por no sufrir otro igual en dignidad, había totalmente renunciado a su amistad y reconciliándose con los enemigos de ambos a dos, siendo así que la mayor parte de éstos se los había conciliado él mismo, allá cuando emparentaron. Sonrojado también de la infamia en quedarse con las dos legiones destinadas al Asia y Siria, por sostener su potencia y predominio, estaba empeñado en decidir el negocio por las armas.

1 Bien ruidosa fue esta guerra entre Pompeyo y César por los años de 703 de Roma. No hay historiador del Imperio Romano que no la refiera por extenso. Tito Livio, Plutarco, Dión, Apiano, Patérculo, Orosio y otros, escribieron largamente de ella. Nuestro Lucano la cantó en verso magnífico. El mismo César nos dejó lo que quisieren algunos críticos. Creen muchos que falta el principio de este primer libro y por eso se ve injerido en algunas ediciones un pequeño suplemento que escribió Dionisio Vosio.

V. Por estas causas todo se trata desatinada y tumultuariamente; ni se da tiempo a los parientes de César para informarle de lo que pasa, ni a los tribunos se les permite mirar por su seguridad, ni siquiera mantener el derecho de protestar (6), último recurso que Lucio Sila les había dejado; sino que al séptimo día se ven obligados a pensar en su seguridad, cuando en tiempos atrás los tribunos más sediciosos no solían temer hasta el mes octavo la residencia. Recúrrese a aquel último decreto del Senado (7), que antes jamás llegó a promulgarse, por atrevidos que fuesen los promulgadores, sino en los mayores desastres de Roma y en casos del todo desesperados, cuyo tenor es: «Velen los cónsules, los pretores, los tribunos del pueblo y los procónsules (8) de la jurisdicción de Roma, porque la República no padezca menoscabo. » Estos edictos se publican a 7 de enero. Por manera, que a los cinco días en que pudo haber Senado, después que Lentulo comenzó su consulado, no contando los dos de audiencia pública, se firman los decretos más violentos y rigurosos contra el imperio de César y contra los tribunos, sujetos de la mayor representación. Éstos huyen al punto de Roma, y se refugian junto a César, el cual estaba entonces en Ravena, esperando respuesta a sus muy equitativas (9) proposiciones, por ver si se daba algún corte razonable con que se pudiesen ajustar en paz las diferencias.

VI. Pocos días después se tiene Senado fuera de Roma. Pompeyo confirma lo mismo que por boca de Escipión había declarado; alaba el valor y la constancia del Senado; hace alarde de sus fuerzas, diciendo que tiene a su mando diez legiones; que por otra parte sabe por cierto que la tropa está disgustada de César, y no es posible reducirla a que se ponga de su parte y le siga. En orden a los otros puntos se propone al Senado que se hagan levas por toda Italia; que Fausto Sila vaya en calidad de pretor a Mauritania; que se dé a Pompeyo dinero del erario. Propónese también acerca del rey Juba que sea reconocido por aliado y amigo; pero Marcelo dice no lo permitirá en las circunstancias. En lo tocante a Fausto, se opone el tribuno Filipo (10). Sobre los demás negocios se forman decretos del Senado. Destíñanse las intendencias de provincia para sujetos sin carácter; dos de ellas consulares, las otras pretorias. A Escipión tocó la Siria; la Galia a Lucio Domicio. Filipo y Marcelo, por manejo de algunos particulares, no son puestos en lista, ni entran en suertes. A las demás provincias envíanse pretores, sin esperar a que, según práctica, se dé parte de su elección al pueblo, y vestidos de ceremonia, ofrecidos sus votos, se pongan en camino. Los cónsules, cosa hasta entonces nunca vista, se salen de Roma; y los particulares van por la ciudad y al capitolio con maceros (11) contra toda costumbre. Por toda Italia se alista gente; se manda contribuir con armas; se saca dinero de las ciudades exentas, y se roba de los templos, atropellando por todos los fueros divinos y humanos.

2 Quiere decir, según yo entiendo, que el parecer del cónsul Escipión y de Catón contrapesaba en la opinión de los partidarios de Pompeyo. al parecer de todos los demás. 3 Que tuvo que sufrir en la pretensión del consulado, de que fue derrocado por la oposición de los amigos de César. Su enemistad con éste y las causas de ella son harto notorias por lo que refiere Salustio en la Guerra de Catilina. 4 Ya se sabe que Lucio Sila, de la familia Cornelia, como Lentulo, tiranizó la República después que se deshizo de Mario. 5 También se sabe que Escipión era suegro de Pompeyo. 6 Por este derecho podían los tribunos de la plebe oponerse a cualquier decreto del Senado en perjuicio suyo o ajeno, impidiendo la ejecución. 7 En qué ocasiones se recurría a él y cuánta era la autoridad que por él daba el Senado a los magistrados, se puede ver en la Querrá de Catilina de Salustio y el libro I de Lucano. Advierto de paso que el incendium del texto está puesto, a mi modo de entender, en sentido metafórico; porque yo no sé que en caso de incendio se hubiese recurrido jamás a aquel decreto, y así traduzco e» los mayores desastres de Roma, sin expresar el de incendio. 8 O que se hallaban cabe Roma. Dos eran en esta ocasión los principales: Marco Tulio Cicerón, que venía de Cilicia y estaba esperando el triunfo, y Cneo Pompeyo, que se detenía de propósito por no ir a su gobierno de las Españas. En tal estado, ni uno ni otro podían entrar en Roma. 9 Apenas hay escritor que no las califique de tales.

VII. Recibidas estas noticias, César, convocando a sus soldados, cuenta los agravios que en todos tiempos le han hecho sus enemigos; de quienes se queja que por envidia y celosos de su gloria (12) hayan apartado de su amistad y maleado a Pompeyo, cuya honra y dignidad había él siempre procurado y promovido. Quéjase del nuevo mal ejemplo introducido en la República, con haber abolido de mano armada el fuero de los tribunos, que los años pasados se había restablecido; que Sila, puesto que los despojó de toda su autoridad, les dejó por lo menos el derecho de protestar libremente; Pompeyo, que parecía haberlo restituido, les ha quitado aun los privilegios que antes gozaban; cuantas veces se ha decretado que «velasen los magistrados sobre que la República no padeciese daño» (voz y decreto con que se alarma el Pueblo Romano) fue por la promulgación de leyes perniciosas, con ocasión de la violencia de los tribunos, de la sublevación del pueblo, apoderado de los templos y collados; escándalos añejos purgados ya con los escarmientos de Saturnino y de los Gracos; ahora nada se ha hecho ni aun pensado de tales cosas; ninguna ley se ha promulgado; no se ha entablado pretensión alguna con el pueblo, ninguna sedición movido. Por tanto, los exhorta a defender el crédito y el honor de su general, bajo cuya conducta por nueve años han felicísimamente servido a la República, ganado muchísimas batallas, pacificado toda la Galia y la Germania. Los soldados de la legión decimotercia, que se hallaban presentes (que a ésta llamó luego al principio de la revuelta, no habiéndose todavía juntado las otras), todos a una voz responden estar prontos a vengar las injurias de su general y de los tribunos del pueblo.

VIII. Asegurado de la voluntad de sus soldados, marcha con ellos a Rimini, y allí se encuentra con los tribunos que se acogían a él; llama las demás legiones de los cuarteles de invierno, y manda que le sigan. Aquí vino Lucio César el mozo, cuyo padre era legado de César. Éste, después de haber referido el asunto de su comisión, declara tener que comunicarle de parte de Pompeyo algunos encargos que le dio privadamente, y eran: «querer Pompeyo justificarse con César, para que no atribuyese a desaire de su persona lo que hacía por amor de la República; que siempre había preferido el bien común a las obligaciones particulares; que César igualmente por su propio honor y respeto a la República debía deponer su empeño y encono, sin ensañarse tanto con sus enemigos; no sea que, pensando hacerles daño, dañe más a la República». A este tono añade algunas cosas, excusando siempre a Pompeyo. Casi lo mismo y sobre las mismas especies le habla el pretor Roscio, como oídas al mismo Pompeyo.

IX. Aunque todo esto al parecer nada servía para sanear las injurias, no obstante, aprovechándose de la ocasión de sujetos abonados para participar por su medio a Pompeyo cuanto quisiese, pide a entrambos que, pues se han encargado de hablarle de parte de Pompeyo, no se nieguen a llevarle su respuesta, a trueque de poder a muy poca costa cortar grandes contiendas y librar de sobresaltos a toda Italia: «que siempre la dignidad de la República tuvo el primer lugar en su estimación, apreciándola más que su vida; lo que había sentido era que sus enemigos, afrentosamente, le despojasen del beneficio del Pueblo Romano, y le hiciesen ir a Roma privado del gobierno de medio año contra su mandamiento que ordenaba se contase con él en su ausencia para el primer nombramiento de cónsules; con todo, por amor de la República había llevado con paciencia esta mengua de su honor; y habiendo escrito al Senado que todos dejasen las armas, ni aun eso se le concedió; por toda Italia se hacen levas; retiénense las dos legiones que le quitaron so color de hacer guerra a los partos; la ciudad está en armas. ¿A qué fin todo este aparato, si no es para su ruina? Como quiera, él se allanará a todo y pasará por todo por el bien de la República. Váyase Pompeyo a sus provincias; despidan los dos sus tropas; dejen todos en Italia las armas; líbrese la ciudad de temores; haya libertad en las Cortes, y tengan el Senado y Pueblo Romano a su mandar la República. Para que todo se cumpla más fácilmente y bajo condiciones seguras, se confirme con juramento: o bien venga Pompeyo más cerca, o déjele ir allá; que abocándose los dos, sin duda se compondrán las disensiones».

10 En efecto, por la oposición de Filipo no fue con esta dignidad allá, sino con la de cuestor, que no era tan grande. 11 Pudiéramos muy bien llamarlos lictores, así como decimos fasces. Se ha traducido, sin embargo, moceros, por la mucha semejanza que hay entre los que ahora se llaman así y los que precedían a los magistrados de Roma. 12 No es sólo César quien alega estas causas. Las mismas han señalado muchos historiadores, y Celso en la Vida de César, número 171 y siguientes, la expresa con elegancia.

X. Aceptada la comisión, Roscio llegó a Capua con Lucio César, donde halló a los cónsules y a Pompeyo. Expone las demandas de César; ellos, consultado el negocio, dan la respuesta por escrito, remitiéndola por los mismos, contenida en estos términos: «Volviese César a la Galia; saliese de Rimini; despidiese las tropas. Si así lo hiciese, iría Pompeyo a España. Entre tanto, hasta recibir seguridad de que César estaría a lo prometido, los cónsules y Pompeyo no habían de interrumpir las levas. »

XI. Era una sinrazón manifiesta pretender que César saliese de Rimini y volviese a su provincia, mientras él mismo retenía las provincias y legiones ajenas; querer que César licenciase sus tropas, y hacer él reclutas; prometer de ir a su gobierno, y no determinar plazo de la ida; de modo que pudiera muy bien Pompeyo mantenerse quieto en Italia, aun pasado el consulado de César, sin faltar a su palabra o sin incurrir la nota de pérfido. Sobre todo el no dar tiempo para las vistas, ni haberlas querido aceptar cerraba la puerta a toda esperanza de paz. Por tanto, destaca desde Rimini a Marco Antonio con cinco cohortes a la ciudad de Arezo; él se queda en Rimini con dos, y allí empezó a hacer levas (13). Guarnece a Pésaro, Fano y Ancona con cada cohorte.

XII. Informado en este intermedio cómo el pretor Termo tenía ocupado con cinco cohortes a Gubio y lo estaba fortificando, y cómo todos los ciudadanos estaban de su parte, despachóles a Curión con tres cohortes que tenía en Pésaro y Rimini. A la nueva de su venida Termo, mal satisfecho de la voluntad de los vecinos, saca de la ciudad las cohortes y retírase. Desampáranle los soldados en el camino y recógense a sus casas. Curión, con suma alegría de todos, es recibido en Gubio. Con estas noticias, César, satisfecho de la buena ley de los pueblos, saca de los presidios las cohortes de la legión decimotercia y pártese a Osimo, lugar fuerte, que defendía Accio con algunas cohortes de guarnición, y enviando senadores por los contornos hacía levas en toda la comarca.

XIII. Sabida la llegada de César, el ayuntamiento de Osimo se presenta en cuerpo a Accio Varo, y le intiman «que ni a ellos toca el decidir, ni los demás ciudadanos pueden sufrir que a César, capitán general por tantas hazañas y benemérito de la República se le cierren las puertas de la ciudad; por tanto, tenga cuenta con su reputación y el peligro que le amenaza». Movido Accio Varo del razonamiento, saca de la plaza la guarnición que había metido, y huye. Alcanzándole algunos soldados de las primeras filas de César, le obligan a detenerse; viniendo a las manos, desamparan a Varo los suyos, algunos de los cuales se retiran a sus casas, mientras los demás van a rendirse a César. Juntamente con éstos fue preso y presentado Lucio Pupio, centurión de la primera fila, en cuyo grado había servido antes en el ejército de Cneo Pompeyo. César, después de haber alabado a los soldados de Accio, da libertad a Pupio, y a los de Osimo las gracias, prometiéndoles tener presentes sus servicios.

13 Paréceme que el texto ipse Arimini cum duabus legionibus subsista está errado: debiendo leerse cum duabus cohortibus, porque César sólo tenía consigo la legión decimotercera. La legión tenía diez cohortes. De éstas César dio cinco a Marco Antonio; tres puso de guarnición en Pésaro, Fano y Ancona; y él se quedó con dos en Rimini: cum, quibus, ut ait Livius (son palabras de nuestro Orosio) orbem terrarum adortus est.

XIV. Publicadas en Roma estas noticias, sobrevino de repente tal terror, que yendo el cónsul Lentulo a sacar dinero del erario, para dárselo de orden del Senado a Pompeyo, a la hora, dejando abiertas las arcas reservadas (14), escapó de la ciudad, porque corría una voz falsa, que César estaba en camino y su caballería a las puertas. Tras del cónsul fueron su compañero Marcelo y los demás magistrados. Cneo Pompeyo, partido de Roma el día antes, iba caminando a las legiones recibidas de César, alojadas de orden suya en cuarteles de invierno por la Pulla. Suspéndense las levas dentro de Roma. En ninguna parte hasta Capua se tienen por seguros. En Capua empiezan a respirar y a volver en sí del susto, y alistar gente de los colonos que por la ley Julia se habían allí establecido. A los gladiadores que César tenía en aquella ciudad adiestrándolos en la esgrima, sacándolos a la plaza, los da Lentulo por libres, y repartiéndoles caballos, mandóles que le siguiesen; bien que después, advertidos de los suyos que aquello parecía muy mal a todos, los distribuyó para guarda de la gente por las familias de la jurisdicción de Campania.

XV. César, pasando de Osimo adelante, corrió toda la Marca de Ancona, siendo recibido con los brazos abiertos por todas las regencias de aquellas partes, y su ejército abastecido de todo lo necesario. Aun de Cingoli, lugar fundado y edificado a expensas de Labieno, le vienen diputados, ofreciéndose a servirle afectuosísimamente en cuanto les mandare. Mándales dar soldados, y se los dan. En esto la legión duodécima se junta con César, y él ya con dos toma el camino de Ascoli, ciudad de la Marca. Defendíala Lentulo Espinter con diez cohortes; mas sabiendo la venida de César, desamparó la plaza, y queriendo llevar consigo por fuerza la guarnición, deserta gran parte de los soldados. Caminando ya con los pocos que habían quedado, encuéntrase con Vibulio Rufo, despachado por Pompeyo a la Marca de Ancona para mantenerla en su partido. Certificado Vibulio por éste del estado de las cosas en la Marca, entrégase de los soldados y le despacha. Forma de paso en la comarca todas las compañías que puede de las levas hechas por Pompeyo, entre las cuales recoge a seis de Ulcile Hirro que venían huyendo de Camerino, donde las tenía de guarnición. Con éstas completa trece, y con todas ellas a grandes jornadas llegó a unirse con Domicio Aenobarbo en Corfinio, dándole noticia de que César estaba cerca con dos legiones. Domicio por su parte había formado veinte cohortes de Alba, de los marsos, peliños, y de los países vecinos.

XVI. César, después de haber tomado Ascoli y echado a Lentulo, manda buscar los soldados desertores de éste y hace levas, y deteniéndose un día para proveerse de víveres, va derecho a Corfinio. A su llegada cinco cohortes, destacadas de la plaza por Domicio, estaban derribando un puente distante de la ciudad cerca de tres millas; donde trabado un choque con los batidores de César, echados prontamente del puente, se retiraron a la plaza. Pasó César las legiones y sentó los reales junto a la muralla.

XVII. Esto que vio Domicio, escribe a Pompeyo a la Pulla con unos prácticos del país a quienes hizo grandes ofertas, pidiéndole socorro con muchas instancias: «que sería fácil el cerrar a César entre los dos ejércitos cogidos los desfiladeros, y cortarle los víveres; que si no le acude, él con más de treinta cohortes y gran número de senadores y caballeros romanos estaría a pique de perderse». Entre tanto, animando a los suyos, arma las baterías en los muros, y a cada uno señala los puestos que han de guardar para la defensa de la plaza; ofrece públicamente a los soldados de sus heredades cuatro yardas de tierra por cabeza, con aumento a proporción de su grado a los centuriones y voluntarios.

14 El tesoro reservado: sanctiore aerarlo. Llamábase así porque no se tocaba sino en el último apuro; como el oro (dice Livio, lib. XXVII) quod in sanctiore aerarlo ad últimos casus servaretur.

XVIII. En esto tiene César aviso que los de Sulmona (ciudad distante de Corfinio siete millas) estaban a su devoción; pero que se oponían Quinto Lucrecio, senador, y Accio Felino, que con siete cohortes de guarnición defendían la plaza. Envía, pues, allá a Marco Antonio con cinco cohortes de la legión séptima. Los sulmonenses que avistaron nuestras banderas, abrieron las puertas, y todos a una, vecinos y soldados salieron con aclamaciones al encuentro de Antonio. Lucrecio y Accio se descolgaron del muro. Éste pidió a Antonio le dejase ir adonde estaba César. Antonio el mismo día de su partida da la vuelta con las cohortes y con Accio. César unió estas cohortes a su ejército, dejando que Accio se fuese libre. Los tres primeros días empleó en atrincherarse muy bien y en acarrear trigo de los lugares vecinos, ínterin llegaba el resto de sus tropas; y en estos mismos tres días se le juntaron la legión octava y veintidós cohortes de las nuevamente alistadas en la Galia, y al pie de trescientos caballos remitidos por el rey Norico; por su llegada forma otro campo a la otra banda de la ciudad al mando de Curión. Los días siguientes emprendió el sitio formal de la plaza cercándola con una contravalación de torreones y cubos. Concluida la mayor parte de la obra, vuelven los enviados de Domicio a Pompeyo.

XIX. Domicio, leída la respuesta, disimulando su contenido en la junta, dice que Pompeyo vendría presto a socorrerles, y los exhorta a no caer de ánimo y a preparar lo necesario para la defensa de la plaza. Descúbrese con algunos confidentes suyos, y resuelve tomar el partido de la fuga. Como el semblante de Domicio no estaba acorde con sus palabras, y mostraba en todo más turbación y desaliento que los días antecedentes, conferenciando mucho en secreto con los suyos a fin de aconsejarse y huyendo de las juntas y concursos de la gente, ya no se pudo encubrir más ni disimular el intento. Fue el caso que Pompeyo había escrito «que él no se había de aventurar a perderlo todo, ni Domicio se había metido en Corfinio por consejo o voluntad suya. Por tanto, si hallase algún arbitrio, viniese a su campo con toda la gente». Lo cual no era factible a causa de la trinchera de César.

XX. Habiéndose divulgado el intento de Domicio, la guarnición se amotina a la hora de la siesta, y por boca de sus tribunos, centuriones y los sujetos de más cuenta de su clase se representaban unos a otros: «que César los tenía bloqueados; que las líneas y fortificaciones estaban para concluirse; que su capitán Domicio, por cuyas esperanzas y seguridades se habían mantenido, abandonándolo todo, trataba de huirse; qué ellos habían de mirar por sí». Los marsos al principio no consienten en esto, antes se apoderan de la parte del castillo que creían más fortificada; y llegó a tanto la disensión, que estaban para venir a las manos y decidir con las armas el negocio. Sin embargo, poco después, por medio de interlocutores enviados de ambas partes, se informan de lo que ignoraban, esto es, los tratos de Domicio sobre la fuga. Con eso unánimes todos, sacando en público a Domicio, le cercan y ponen guardia, y envían aviso a César con algunos de los suyos diciendo, «estar prontos a recibirle y obedecerle y entregar vivo en sus manos a Lucio Domicio».

XXI. En razón de esto, César, aunque juzgaba ser de suma importancia el apoderarse cuanto antes de la plaza y trasladar la guarnición a su campo para que no hubiera alguna novedad en las voluntades o por dádivas, o cobrar ánimo, o por falsos rumores; pues muchas veces en la guerra de un instante a otro intervienen grandes revoluciones, con todo eso, recelando que con la introducción de la tropa y capa de la noche fuese la ciudad saqueada, recibe con agrado a los enviados, y los despacha encargándoles que guarden bien las puertas y los muros. Él, por su parte, distribuyó los soldados en la línea, no a trozos como solía otros días, sino poniendo guardias y centinelas seguidas de suerte que se alcanzasen unas a otras, ocupando toda la línea. A los tribunos y prefectos los mandil patrullar, con orden no sólo de impedir cualquiera salida, pero ni dejar salir furtivamente individuo alguno de la plaza. Y en verdad que ninguno hubo entre tantos tan flojo y perezoso que reposase un punto aquella noche. Tal era la suma expectación de todos, distraídos en varios pensamientos según la variedad de afectos, sobre cuál sería la suerte de los corfinienses, cuál la de Domicio, cuál la de Lentulo, cuál la de los otros; en fin, qué paradero tendría cada uno.

XXII. Cerca del amanecer Lentulo Espinter habla de la muralla a nuestras centinelas y guardia, diciendo, «quería, caso que se le permitiese, irse a verse con César». Habida la licencia, ábrenle las puertas de la ciudad, mas no se apartan de su lado los soldados de Domicio hasta que lo presentan a César. Trata de su indulto con él y le suplica que le perdone, trayéndole a la memoria su amistad antigua y confesando haber recibido de César grandísimos beneficios, como el haber sido por su intercesión admitido en el colegio de los pontífices, el haber ascendido de pretor a gobernador de España, el haberle favorecido en la pretensión del consulado. César ataja su arenga diciendo: «no había salido él de la provincia para hacer mal a nadie, sino para defenderse de los agravios de sus enemigos; para restituir en su dignidad a los tribunos desterrados por su causa, y para ponerse a sí en libertad y al Pueblo Romano oprimido por la facción de unos pocos». Con cuyas palabras alentado Lentulo, le pide licencia para volver a la plaza, pues la merced que acababa de alcanzar de su vida sería motivo de consuelo y esperanza para los demás; que algunos estaban tan poseídos de temor qué pensaban en darse la muerte. Habida licencia, se despide.

XXIII. César, en amaneciendo, manda que se le presenten los senadores con sus hijos, los tribunos militares y caballeros romanos. De la clase de senadores eran Lucio Domicio y Publio Lentulo Espinter, Lucio Vibulio Rufo, Sesto Quintilio Varo cuestor y Lucio Rubio; un hijo de Domicio y otros varios jóvenes, con un gran número de caballeros romanos y de los regidores que de las ciudades municipales había hecho venir Domicio. A todos éstos puestos en su presencia, sin permitir que los soldados los maltratasen ni de obra ni de palabra, brevemente les hace cargo «de que no le hayan correspondido por su parte a sus grandísimos beneficios», y los despide a todos Ubres. Y por no parecer más contenido en perdonar a las personas que al dinero, habiéndole presentado los dos jurados de Corfinio ciento cincuenta mil doblas de oro, que Domicio había traído y depositado en la tesorería, se las restituye al mismo; si bien constaba ser este dinero del público y dado por Pompeyo para las pagas. A los soldados de Domicio manda que le juren fidelidad, y este mismo día, después de siete cabales de su detención en Corfinio, levanta el campo, hace una jornada entera, y por tierras de los marrucinos, frentanos y larinases entra en la Pulla.

XXIV. Pompeyo, enterado de lo acaecido en Corinio, pártese de Lucera a Canosa, y de allí a Brindis. Manda que de todas partes vengan todas las tropas recién alistadas a unirse con la suyas. Arma los esclavos, los pastores, y les da caballos; de éstos compone un escuadrón de trescientos hombres. El pretor Lucio Manlio se retira de Alba huyendo con seis cohortes; de Terracina el pretor Rutilio Lupo con tres; las cuales, alcanzando a ver de lejos la caballería de César mandada por Bivio Curio, abandonado el pretor, vuelven las banderas hacia Curio y se pasan a él. Asimismo en las demás jornadas algunas partidas caen en manos de la infantería de César, otras en manos de la caballería. Encuentran en el camino a Cneo Magio de Cremona, ingeniero de Pompeyo, y se lo traen preso a César, quien le remite a Pompeyo con este mensaje: «Que, pues, hasta ahora no ha sido posible abocarse, y César ha de ir a Brindis donde se halla Pompeyo, el interés de la República y del bien común pedía que los dos hablasen; no siendo posible ajustar las cosas tratadas a distancia y por interpuestas personas como cuando se tratan en una conferencia en que se ventilan todas las condiciones. »

XXV. Habiendo despachado a Magio con esta comisión, llegó a Brindis con seis legiones, cuatro veteranas, las demás formadas de las nuevas reclutas, y completadas sobre la marcha, porque las cohortes de Domicio las remitió de Corfinio a Sicilia. Aquí sabe que los cónsules se habían embarcado para Durazo con gran parte del ejército, quedándose Pompeyo en Brindis con veinte cohortes, sin poder averiguarse de cierto si el quedarse era con el fin de conservar este puerto con que hacerse más fácilmente dueño del mar Adriático que en toda su extensión baña los últimos términos de Italia y regiones de Brescia, y hacer por entrambas partes la guerra, o si estaba detenido por falta de navíos; y así recelándose César de que tomase el partido de abandonar a Italia, trató de impedirle la salida y el uso del puerto de Brindis trazando las obras siguientes: En lo más estrecho de la garganta del puerto, de ambas orillas donde era menos profundo el mar, tiró un muelle y un dique. Prosiguiendo más adelante, donde por la mucha hondura no se podía echar dique, colocaba contra el muelle dos órdenes de barcas chatas de treinta pies en cuadro. Asegurábalas por las cuatro esquinas con otras tantas áncoras, para que no se moviesen con las olas. Concluidas y asentadas las primeras, unía con ellas en la misma forma otras de igual grandeza. Cubríalas con tierra y fagina para entrar y correr sin embarazo a la defensa, y por la frente y por los costados las guarnecía con verjas y parapetos. De cuatro a cuatro barcas erigía una torre de dos altos, para defenderlas más cómodamente del ímpetu de los navíos y de incendios.

XXVI. Contra estas máquinas armó Pompeyo unos grandes navíos de transporte que cogió en el puerto, levantando en ellos torres de tres altos; y llenos de muchas baterías y toda suerte de armas arrojadizas les impelía contra las obras de César, para romper la línea de barcas y desbaratar los diques. Así todos los días había escaramuzas, peleando desde lejos con honda, arco y otras armas arrojadizas. Verdad es que César, en medio de estas operaciones, no sobreseía de las tentativas de un buen ajuste; y aunque extrañaba sobre manera que Magio, enviado con ellas a Pompeyo, no volviese con la respuesta, y tantas tentativas sobre este negocio servían de rémora a sus empresas y designios, todavía juzgaba deber de todos modos persistir en procurarlo. Por lo cual envió al legado Caninio Rebilo, amigo y deudo de Escribonio Libón, para conferenciar con él, encargándole que le exhorte a terciar en la paz, y sobre todo apoyase su pretensión de las vistas con Pompeyo. Muestra tener gran confianza de que, si esto se logra, se desistirá de la guerra por medio de condiciones razonables; que a Libón tocaría gran parte de la gloria y honra, si mediante su empeño y eficacia se dejasen las armas. Libón, después de haber hablado con Caninio, fue a dar parte a Pompeyo. De allí a poco da por respuesta, «que, como estaban ausentes los cónsules, no se podía sin ellos tratar de ajuste». En vista de esto César se resolvió a no dar ya paso más en un negocio tantas veces tentado en balde, y pensar sólo en la guerra. XXVII. Ya César tenía fabricada a los nueve días casi la mitad de su obra, cuando vuelven a Brindis remitidas por los cónsules las naves que transportaron a Durazo el primer trozo del ejército. Pompeyo, ya fuese que le daban cuidado las obras de César, o ya que desde el principio hubiese determinado dejar a Italia, al arribo de las naves empezó a disponer el embarco; y a fin de retardar más fácilmente el asalto de César, no fuese que los soldados al tiempo mismo de su partida entrasen la ciudad por fuerza, tapia las puertas, cierra las bocanadas y plazas, corta las entradas con zanjas, hincando en ellas palos y estacas agudas, allanando el piso con zarzos delgados y tierra. Cierra asimismo dos caminos abiertos, que fuera del muro llevaban al puerto, con vigas muy grandes y puntiagudas. Dadas estas disposiciones, manda embarcar en silencio la tropa, y apuesta de trecho a trecho sobre la muralla y las torres algunos soldados ligeros de los voluntarios, flecheros y honderos, con ánimo de hacerlos retirar a cierta seña, embarcada que fuese toda la tropa, y para eso les deja en paraje seguro

11 embarcaciones ligeras.

XXVIII. Los de Brindis, ofendidos de las extorsiones de la soldadesca de Pompeyo y de los ultrajes de éste, estaban por César; y así como supieron la partida de aquél, mientras andaban ellos arriba y abajo, afanados en aparejar el viaje, no cesaban de hacer señas desde los terrados; por cuyo medio advertido César, manda preparar escalas y armar los soldados, para no perder coyuntura de bien ejecutar el ataque. Pompeyo a boca de noche se hace a la vela. Los que habían quedado de guardia en la muralla son avisados con la seña concertada, y por senderos sabidos van corriendo a embarcarse. Los soldados de César escalan los muros; mas prevenidos por los vecinos que se guardasen de las empalizadas ciegas y zanjas encubiertas, se detuvieron; y guiados por un largo rodeo, llegaron al puerto, donde, metidos en barcas y chalupas, apresaron dos navíos que con tropas estaban encallados en los diques de César.

XXIX. Éste, si bien juzgaba ser o mejor para más pronta conclusión de la empresa, formada una escuadra, pasar la mar en seguimiento de Pompeyo, antes que se reforzase con socorros ultramarinos, temía gastar en esto mucho tiempo, por cuanto Pompeyo, con haberse alzado con todas las naves, le había imposibilitado por ahora los medios para perseguirle. Restaba el partido de aguardar a que viniesen embarcaciones de partes más remotas, como de la Galia, la Marca de Ancona y del Estrecho (15). Mas esto, atenta la estación del año, era largo y dificultoso. Ni quería que mientras tanto se asegurase Pompeyo de las tropas veteranas y de las dos Españas (16), una de las cuales tenía con grandísimos beneficios muy obligada; ni tampoco que se apercibiese de tropas auxiliares ni tampoco de caballería, y en su ausencia inquietarse a la Galia y a Italia.

XXX. Dejado, pues, por el presente el pensamiento de perseguir a Pompeyo, determina ir la vuelta de España. Da orden a los jurados de todas las ciudades, que apresten naves y cuiden de remitírselas a Brindis. Envía con una legión al legado Valerio a Cerdeña; a Crión con tres y con poderes de pretor a Sicilia, ordenándole que sosegada esta provincia, pasase inmediatamente al África. Gobernaba la Cerdeña Marco Cota, Marco Catón la Sicilia; el gobierno de África había tocado en suerte a Tuberón. Los de Caller, al oír la elección de Valerio, luego aun antes de su partida de Italia, se adelantan a echar de la ciudad a Cota. Él, amedrentado, viendo conjurada contra sí toda la provincia, se huyó de Cerdeña al África. Catón andaba en Sicilia muy solícito en reparar (17) las galeras viejas, y en pedir a las ciudades otras nuevas; hacía levas de ciudadanos romanos en la Lucania y el Abruzo por medio de sus tenientes, y exigía de las ciudades cierto número de infantes y caballos. En esto, noticioso de la venida de Curión, quéjase en junta pública «de haber sido abandonado y vendido por Pompeyo, el cual, hallándose desproveído de todo, había emprendido una guerra no necesaria; y eso que reconvenido tanto por él como por los demás en el Senado, aseguró que todo estaba muy a punto». Dada en público esta queja, escápase de la provincia.

XXXI. Quedando vacantes estos gobiernos, llegan con sus ejércitos Valerio a Cerdeña y Curión a Sicilia. Tuberón, a su arribo al África, encuentra con el mando de la provincia de Accio Varo; el cual, según se ha dicho, perdidas cerca de Osimo sus cohortes, inmediatamente pasó al África, y de propia autoridad se apoderó del gobierno vacante. Con levas formó dos legiones, facilitándoselo el conocimiento que tenía de la gente y del país, a causa de haber gobernado pocos años antes aquella provincia, siendo promovido a su gobierno del oficio de pretor. Éste, viniendo Tuberón a Útica con su escuadra, no le permitió entrar en el puerto, ni aun sacar a tierra a su hijo que venía enfermo, antes le obligó a levar el áncora y salirse del puerto.

15 Entiéndase el de Cádiz o Hercúleo, hoy de Gibraltar, que se dice por antonomasia el Estrecho. 16 La Citerior, por otro nombre Tarraconense; y la Ulterior, que comprendía la Bética y Lusitania. La Tarraconense desde la guerra de Sertorio quedó aficionada a Pompeyo, como más abajo se lee en este mismo libro. 17 Atento el genio serio y circunstancias graves de Catón, podríamos acaso decir con más gracia calafatear, en lugar de reparar o carenar.

XXXII. César, después de esto, repartió los soldados por los pueblos vecinos para que descansasen el tiempo que restaba, y él en persona pasa a Roma. Convocado el Senado, cuenta los desafueros de sus enemigos; hace ver cómo no había él pretendido dignidad alguna extraordinaria, sino que esperando el plazo legal para pretender el consulado, se había contentado con lo que a ningún ciudadano se niega; que a pesar de las contradicciones de sus enemigos y de la oposición porfiadísima de Catón (que con sus prolijos razonamientos, como lo tenía de costumbre, tiraba a entretener el asunto), los diez tribunos decretaron se contase con él en su ausencia, siendo cónsul el mismo Pompeyo; el cual, si desaprobaba el decreto, ¿cómo permitió que se publicase? y si lo aprobó, ¿a qué fin impedirle el uso de la gracia del pueblo? Póneles delante su sufrimiento en pedir de grado la dimisión de los ejércitos, lo cual redundaba en menoscabo de su honor. Muéstrales la sinrazón de los contrarios en proponerle condiciones a que ellos mismos no se querían sujetar, queriendo antes trastornarlo todo que dejar el mando. Pondera la injusticia en quitarle las legiones; violento e irregular proceder contra los tribunos; las condiciones propuestas por su parte, y las vistas tan ardientemente deseadas, como negadas pertinazmente. Ruégales tomen a su cargo la República y le ayuden a gobernarla; que si por temor hurtan el cuerpo, él no les será gravoso, y por sí lo hará todo; es preciso también enviar diputados a Pompeyo a tratar de composición. No le daba pena lo que poco antes dijo Pompeyo en el Senado; que aquellos a quien se despachan diputados, por el hecho mismo, se les reconoce superiores, y se manifiesta el miedo de quien los envía; éstas sí que parecen palabras de ánimo flaco y apocado: por lo que a sí toca, como ha procurado aventajarse en hazañas, así quiere señalarse en la justicia y equidad.

XXXIII. El Senado aprueba el que se envíen diputados, mas no se hallaba quién fuese, y el motivo principal de rehusar esta comisión era el miedo; porque Pompeyo, al despedirse de Roma, había dicho en el Senado: «que a lo que se quedasen en Roma los miraría como a los que siguiesen a César». Así se gastan tres días inútilmente. Tras esto sobornan los enemigos de César al tribuno Lucio Mételo para que vaya dilatando la conclusión del negocio y ponga embarazos a todas las demás cosas que había propuesto de hacer. Descubierta por César esta trama, malogrados ya varios días, por no perder más tiempo, sale de Roma sin haber hecho nada de lo que tenía deliberado ejecutar y entra en la Galia Ulterior.

XXXIV. Llegado allá, sabe que Pompeyo había enviado a España a Vibulio Rufo, a quien pocos días antes preso en Corfinio le había dejado libre; que Domicio así bien había partido a tomar posesión de Marsella con siete galeras, que fletadas por particulares en la isla de Giglio y Cala de Cosa, él las había cargado de sus siervos, horros y gente de campo; que Pompeyo había despachado por delante a los diputados de Marsella (18), jóvenes de la primera distinción de aquella ciudad, exhortándolos a su partida de Roma a que no prefiriesen los beneficios recientes de César a los antiguos que de él tenían recibidos. En virtud de estos encargos los masilienses habían cerrado las puertas a César, y llamado en su ayuda a los albicos, gente bárbara, que de tiempos antiguos eran sus aliados y habitaban en las montañas de Marsella; tenían acopiado trigo de la comarca y de todas sus villas; habían puesto en la ciudad talleres de armas, reparado los muros, los navíos y las puertas.

XXXV. César hace llamar a quince de los principales de Marsella, y les aconseja, «que no sean los masilienses los primeros a mover guerra; que debían seguir antes el ejemplo de toda Italia, que rendirse a la voluntad de un hombre solo». Añade otras varias razones que le parecían a propósito para sosegar sus ánimos. Los diputados informan a la República sobre la pretensión y vuelven a César con esta respuesta del Senado: «que bien sabían ellos estar el Pueblo Romano dividido en dos facciones, mas que no era propio de su autoridad ni de sus fuerzas decidir cuál de las dos seguía mejor causa; que los jefes de dichas facciones eran Cneo Pompeyo y Cayo César, protectores de su ciudad, a la cual el primero había dado para el común las tierras de los volcas arecómicos y helvios, adjudicándoles el segundo las Galias conquistadas, y aumentado las rentas del fisco. Por lo cual, siendo iguales los beneficios de ambos, debía ser igual su correspondencia, y a ninguno de los dos ayudar contra el otro, ni darle acogida en la ciudad o en los puertos».

18 Que habían venido a Roma negocios de su república.

XXXVI. Entre estas demandas y respuestas Domicio llegó con los navíos a Marsella, y recibiéndole dentro, le dan el gobierno de la ciudad. Dejan a su arbitrio todo el manejo de la guerra. Por su orden despachan embarcaciones a varias partes, embargan todos los navíos mercantiles que hallan por toda la costa y tráenlos al puerto; aprovéchanse de su clavazón, madera y pertrechos para armar y reforzar los otros. Depositan en público almacén todo el trigo que encuentran, y los demás géneros y provisiones reservan para el tiempo del sitio, caso que sucediese. Irritado César con tales injurias, manda venir tres legiones a Marsella y trata de disponer bastidas y galerías para batir la plaza, y de fabricar doce galeras en Arles; las cuales construidas y armadas a los treinta días que se cortó la madera y conducidas a Marsella, las puso al mando de Decio Bruto, dejando a cargo de Cayo Trebonio el sitio de la plaza.

XXXVII. Mientras andaba disponiendo y ejecutando estas cosas, envió delante de sí a España el legado Cayo Fabio con tres legiones que invernaban en Narbona y sus contornos, dándole orden que sin tardanza fuese a ocupar los puertos de los Pirineos, guardados a la sazón por el legado Lucio Afranio. Manda igualmente que le sigan las legiones que invernaban más lejos. Fabio, prontamente, según se le había encargado, desalojó la guarnición del puerto, y a, grandes jornadas, marchó sobre el ejercito de Afranio.

XXXVIII. Con la venida de Vibulio Rufo (19), enviado, según se ha dicho, a España por Pompeyo, los tres legados de éste, Afranio, Petreyo y Varrón (de los cuales el primero con tres legiones mandaba la España Citerior, el segundo desde la sierra de Cazlona hasta el Guadiana con dos legiones, el tercero con otras dos desde el Guadiana tenía en su jurisdicción el territorio de los vetones y la Lusitania), convinieron entre sí que Petreyo con todas sus tropas viniese de la Lusitania por los vetones a juntarse con Afranio, y Varrón con sus legiones tomase a su cargo la defensa de toda la España Ulterior. Convenidos en esto, Petreyo exige de toda la Lusitania caballos y socorros, como Afranio de los celtíberos y cántabros y de todos los bárbaros que habitan las costas del Océano. Petreyo, luego que los hubo juntado, marchó a toda prisa por los vetones a unirse con Afranio. Unidos, resuelven de común acuerdo abrir la campaña en Lérida por las ventajas del sitio.

XXXIX. Eran tres, como arriba queda declarado, las legiones de Afranio; dos las de Petreyo, sin contar unas ochenta cohortes de soldados españoles: las de la España Citerior con escudos, y los de la Ulterior con adargas, y al pie de cinco mil caballos de una y otra provincia. César había enviado delante de sí sus legiones a España, y de tropas auxiliares seis mil infantes y tres mil caballos, que le habían servido en todas las guerras pasadas, fuera de otros tantos escogidos por su mano en la Galia, llamando de cada ciudad con expresión de nombre los más nobles y valientes de todos. Entre éstos venía la flor de Aquitania y de las montañas confinantes con la Provincia Romana. Como corrió el rumor que Pompeyo pensaba en pasar por la Mauritania con las legiones a España y que muy en breve vendría, tomó dinero prestado de los tribunos y centuriones y distribuyólo a los soldados. Con lo cual logró dos cosas: el empeñar en su partida a los oficiales con el empréstito, y el ganar las voluntades de los soldados con el donativo. 19 Era éste muy querido de Pompeyo, de profesión ingeniero, que iba con sus comisiones a todas partes, según se puede observar en estos Comentarios.

XL. Fabio con cartas y mensajes procuraba sondear los ánimos de los comarcanos. Había hecho dos puentes en el río Segre, el uno cuatro millas distante del otro. Por ellos enviaba en busca de forrajes, porque los que había a la parte acá del río se consumieron los primeros días. Casi otro tanto y por la misma razón practicaban los capitanes del ejército pompeyano, y eran continuas de ambas partes las escaramuzas de la caballería. Como una vez, según la costumbre diaria, saliesen con los forrajeadores para escoltarlos dos legiones de Fabio y hubiesen pasado el río, siguiéndolas el bagaje y toda la caballería, sucedió que por un repentino huracán y grande aguacero se rompió el puente y quedó atajada mucha parte de la caballería. Conociendo esto Petreyo y Afranio por los ripios y zarzos que llevaba el río, pasando Afranio prontamente con cuatro legiones y toda la caballería el puente que tenía junto a la ciudad y a su campo, vino al encuentro de las legiones de Fabio. Avisado de su venida Lucio Planeo que las mandaba, y estrechado por la necesidad, toma un altozano, y las forma dando dos frentes a la batalla, para que la caballería enemiga no pudiese acordonarle. De esta suerte combatiendo con menor número, sostuvo los grandes esfuerzos de las legiones y de la gente de a caballo. Trabado por la caballería el combate, unos y otros avistan a lo lejos los estandartes de dos legiones que Cayo Fabio enviaba por el otro puente al socorro de los nuestros sospechando que los comandantes contrarios se aprovecharían de la ocasión y favor de la fortuna para sorprender a los nuestros, como sucedió. Con el refuerzo de las legiones cesa la pelea, y cada cual se retira con su gente a su respectivo alojamiento.

XLI. De allí a dos días llegó César a los reales con novecientos caballos que para su guardia se había reservado. Luego, por la noche, mandó reedificar el puente desbaratado por la tempestad que aun estaba sin repararse. Él mismo en persona, enterado de la situación de los lugares, deja para defensa del puente y de los reales seis cohortes con todo el bagaje y al día siguiente, ordenado su ejército en tres columnas, toma el camino de Lérida, hace alto a vista del campo de Afranio, y parado allí un rato sobre las armas, presenta la batalla en el llano. Afranio, provocado, saca sus tropas y se apuesta en medio de una colina debajo de las trincheras. César, visto que por Afranio quedaba el no dar la batalla, determinó armar sus tiendas a cuatrocientos pasos de la falda del monte, y para librar a los soldados de sustos y de ser interrumpidos en sus trabajos, no quiso que se hiciese estacada, que necesariamente había de sobresalir y ser vista de lejos, sino que por la frente y parte del campo enemigo se abriese un foso de quince pies. El primero y segundo escuadrones se mantenían sobre las armas, formados como al principio; el tercero, encubierto tras de ellos, iba trabajando. Con eso se acabó la obra primero que Afranio entendiese que se fortificaban los reales.

XLII. Al anochecer César metió las legiones dentro de este foso, y en él pasó la noche sobre las armas. Al otro día mantuvo el ejército dentro del foso, y atento que la fagina se había de ir a buscar muy lejos, dio por entonces semejante traza para la obra, señalando cada lado de los reales a cada legión para que cuidase de atrincherarlo, con orden de tirar fosos de la misma grandeza. Las demás legiones puso en orden de batalla, listas contra el enemigo. Afranio y Petreyo, para meter miedo y estorbar los trabajos, sacan fuera sus tropas al pie del monte y provocan a la pelea. Mas ni por eso interrumpe César la obra, fiado en las tres legiones y en el reparo del foso. Ellos, sin detenerse mucho ni alejarse de la falda del cerro, recogen las tropas a sus estancias. Al tercer día César pertrecha los reales con la estacada y manda transportar de los de Fabio las cohortes y el fardaje que allí había dejado. XLIII. Entre la ciudad de Lérida y el collado inmediato, donde Petreyo y Afranio estaban acantonados, yacía una vega de trescientos pasos, y casi en medio de ésta se hallaba una colina algo levantada; la cual cogida y bien fortificada, esperaba César cortar a los enemigos el paso para la ciudad, para el puente y los bastimentos almacenados en la fortaleza. Con esta esperanza saca del campo tres legiones, y puestas en orden en lugares oportunos, hace que las primeras filas de una legión avancen de corrida a ocupar aquella colina. Observando este movimiento, las cohortes que hacían guardia en el campo de Afranio fueron por atajo destacadas a toda prisa para coger ese mismo puesto. Armase la refriega; mas como los de Afranio habían llegado antes, rechazan a los nuestros y acudiendo más gente, los obligan a huir y retirarse a sus banderas. XLIV. La manera de pelear de los contrarios era ésta: arremetían con gran furia; intrépidos en tomar puesto, no cuidaban mucho de guardar sus filas y combatían desunidos y dispersos; en viéndose apretados, no tenían por mengua el volver pie atrás y dejar el sitio, hechos a este género de combate peleando con los lusitanos y otros bárbaros; como de ordinario acaece que al soldado se le pega mucho de la costumbre de aquellos países donde ha envejecido. El hecho es que con la novedad quedan desconcertados los nuestros, no acostumbrados a semejante modo de pelear y creyendo que iban a ser rodeados por los costados descubiertos al verlos avanzar corriendo cada uno por sí, cuando ellos al contrario estaban persuadidos a que debían guardar las filas y no apartarse de las banderas ni desamparar sin grave causa el puesto una vez ocupado. Así que desordenados los adalides (20), la legión de aquella ala flaqueó y retiróse al collado vecino.

XLV. César, viendo el escuadrón casi todo despavorido (cosa ni entonces pensada ni antes vista), animando a los suyos, envíales de refuerzo la legión nona; la cual reprime al enemigo que furiosamente iba persiguiendo a los nuestros, y aun le obliga a volver las espaldas y retirarse hacia Lérida hasta ampararse debajo del muro. Pero los soldados de la legión nona por el demasiado ardor de vengar el desaire pasado, corriendo incautamente tras los fugitivos, se empeñan en un mal sitio penetrando hasta la falda del monte sobre el cual la ciudad estaba fundada. Al querer de aquí retirarse, los enemigos desde arriba revolvieron la carga contra ellos. Era el lugar escarpado y pendiente de ambas partes, ancho solamente cuanto cabían en él tres cohortes escuadronadas, que ni podían ser socorridas por los lados ni amparadas en el trance por la caballería. Por la parte de la ciudad había un declive menos agrio como de cuatrocientos pasos. Por aquí debía de ser la retirada de los nuestros, ya que su ardor inconsiderado los llevó tan adelante. Peleaban en este sitio igualmente peligroso por su estrechura, como porque, puestos a la misma raíz del monte, no malograban tiro los enemigos; sin embargo, a esfuerzos del valor y sufrimiento aguantaban toda la carga. Ibanse engrosando los enemigos, destacando continuamente de las reales cohortes de refresco que pasaban por la ciudad a relevar a los cansados. Eso mismo tenía que hacer César para retirar a los cansados y reemplazarlos con gente de refresco.

XLVI. Duró este combate cinco horas; mas viéndose los nuestros cada vez más apretados de la muchedumbre, acabados ya todos los dardos, con espada en mano arremeten de golpe cuesta arriba contra las cohortes, y derribados algunos, obligan a los demás a volver las espaldas. Habiendo hecho retirar a las cohortes hasta el pie de la muralla y parte de ellas dentro de la plaza por el temor que les habían infundido, aseguraron los nuestros la retirada; y la caballería, bien que apostada en la caída y pie de la cuesta, con todo trepa con brío hasta la cima, y corriendo por entre los dos escuadrones, hace más expedita y segura la retirada de los nuestros. Así fueron varios los lances de la batalla. En el primer encuentro cayeron de los nuestros al pie de setenta, y entre ellos Quinto Fulginio, comandante (21) de los piqueros de la legión decimocuarta, que de soldado raso había subido a este grado por sus señalados méritos. Los heridos fueron más de seiscientos. De los contrarios quedó muerto Tito Cecilio, centurión de la primera fila, y murieron también cuatro capitanes con doscientos y más soldados.

XLVII. La opinión acerca de esta jornada es que unos y otros creyeron haberla ganado: Los de Afranio, porque siendo reputados a. juicio de todos por inferiores, estuvieron tanto tiempo peleando cuerpo a cuerpo resistiendo al ímpetu de los nuestros y se apoderaron los primeros de la colina que fue ocasión de la refriega y al primer encuentro hicieron volver las espaldas a los nuestros; los nuestros alegaban en contra, que siendo inferiores en el sitio y en el número, por cinco horas sustentaron la acción, treparon por la montaña espada en mano, desalojaron a los contrarios de su puesto ventajoso, forzándolos a huir y meterse en la plaza. En fin, los enemigos fortificaron el teso por el cual se combatió, con grandes pertrechos, y pusieron en él cuerpo de guardia.

20 Esto es, los soldados de las primeras filas. No sé a la verdad que en castellano tengamos voz que propiamente responda a la latina antesignani. 21 Tres órdenes de soldados militaban en las legiones: los piqueros, hastati, que ordinariamente eran mozos: los príncipes, hombres hechos, los triarlos, ya maduros y veteranos.

XLVIII. A los dos días de haber sucedido esto se siguió un contratiempo repentino. Pues sobrevino un temporal tan recio, que nunca se habían visto en aquellos parajes mayores aguaceros; porque deshecha la mucha nieve de las montañas, salió el río de madre, y en un día se llevó los dos puentes fabricados por Cayo Fabio, lo que ocasionó grandes embarazos al ejército de César. Por cuanto estando los reales, como arriba queda dicho, entre los dos ríos Segre y Cinca, intransitables ambos por espacio de treinta millas, por necesidad se veían reducidos a este corto recinto; y ni las ciudades que se habían declarado por César podían suministrar bastimentos, ni volver los que se habían alargado en busca de forraje detenidos por los ríos, ni llegar a los reales los grandes convoyes que venían de Italia y de la Galia. La estación era la más apurada del año, porque los trigos ni bien estaban en berza ni del todo sazonados; además los pueblos se veían exhaustos, porque Afranio antes de la venida de César había conducido a Lérida casi todo el grano, y si algo había quedado, César lo había ya consumido. El ganado que podía suplir la falta en parte, las ciudades rayanas habíanle alejado por miedo de la guerra. Los que se internaban en busca de heno y pan, eran perseguidos de los cazadores lusitanos y de los adargueros de la España Citerior, prácticos en la tierra, a quienes era muy fácil pasar a nado el río por ser costumbre de todos ellos nunca ir sin odres a campaña.

XLIX. Por el contrario, el ejército de Afranio estaba proveído de todo en abundancia: mucho trigo acopiado y traído de tiempo atrás; mucho que se iba trayendo de toda la provincia, y gran copia de forraje a la mano. Todo esto se lo facilitaba sin ningún riesgo el puente de Lérida y los términos todavía intactos de la otra parte del río, cerrados totalmente para César.

L. Las avenidas duraron muchos días. Tentó César restaurar los puentes, pero ni lo hinchado del río se lo permitía, ni se lo dejarían ejecutar las cohortes de los contrarios apostadas sobre la ribera; y érales esto fácil, así por la calidad del mismo río y altura del agua, como porque de todas las márgenes asestaban los tiros contra un solo y estrecho sitio, con que se hacía difícil a César asentar al mismo tiempo la obra en un río rapidísimo y ponerse a cubierto de los tiros.

LI. Tiene Afranio noticia que los grandes convoyes, dirigidos a César, habían hecho alto a la orilla del río. Venían en ellos flecheros de Rodas y caballeros de la Galia con muchos carros y grandes equipajes, como lo tienen de costumbre los galos; demás de éstos, seis mil hombres de todas clases con sus familias, pero sin ningún orden ni subordinación, puesto que cada uno se gobernaba a su arbitrio, y todos caminaban sin recelo, conforme a la libertad de los tiempos pasados y franqueza de los caminos. Venían muchos mancebos nobles, hijos de senadores y caballeros; venían diputados de las ciudades y también legados de César. Todos éstos estaban detenidos por los ríos. Afranio con fin de sorprenderlos marcha de noche con toda la caballería y tres legiones, y da en ellos de improviso con la caballería por delante. No obstante, los jinetes galos se ordenaron bien presto y trabaron la batalla, en que siendo pocos, se sostuvieron contra muchos, mientras fueron las armas iguales; pero luego que vieron avanzar las banderas de las legiones, con pérdida de algunos se retiraron a los montes vecinos. El accidente de este choque dio la vida a los nuestros, porque aprovechándose de él se retiraron a las alturas. Faltaron este día cerca de doscientos flecheros, algunos caballos y no muchos de los gastadores y bagajes.

LII. Con todos estos azares se encarecieron los abastos, como suele suceder no sólo por la carestía presente, sino también por el temor de la venidera. Vendíase ya el celemín de trigo por cincuenta dineros, y los soldados por falta de pan estaban enflaquecidos; iban las incomodidades creciendo por días, y en tan poco tiempo se habían trocado tanto las cosas, y mudádose la fortuna de manera que los nuestros carecían de las cosas más necesarias y ellos abundaban de todo, y así se miraban como superiores. César a las ciudades de su bando, a falta de granos, pedía ganados, y a los pueblos más lejanos enviaba vivanderos, en tanto que por todos los medios posibles procuraba remediar la necesidad presente.

LIII. Afranio, Petreyo y sus amigos escribían a los suyos todas estas cosas a Roma ponderándolas y abultando aún mucho más de lo que eran; muchas noticias falsas se divulgaban, de suerte que la guerra se daba casi por concluida. Publicadas en Roma tales cartas y nuevas, era grande el concurso de gentes a la casa de Afranio, dándose alegres parabienes. Muchos partían de Italia para Pompeyo: unos por ser los primeros a ganar las albricias; otros porque no se dijese haber estado esperando el suceso de la guerra, o haber sido a venir los postreros de todos.

LIV. Estando tan mal parada la cosa, y todos los caminos cogidos por los soldados y caballos de Afranio, no siendo posible reparar los puentes, manda César a los suyos fabricar barcas de la misma hechura que habían visto usar años atrás en Bretaña. Hacíase primero la quilla y la armazón de madera ligera; lo restante del casco tejido de mimbres, cubríase con cueros. Luego que las vio concluidas, hízolas conducir de noche en carros pareados veintidós millas más allá de los reales, y a los soldados pasar en ellas el río; coge al improviso un ribazo contiguo a la ribera y le fortifica primero que lo advirtiesen los enemigos. Transporta después aquí una legión, y comenzando la fábrica del puente por ambas partes, le concluye en dos días. Así abre paso seguro para su campo a los convoyes y & los que se habían alejado en busca de provisiones, y empieza a dar disposiciones sobre vituallas.

LV. El mismo día hizo pasar gran parte de la caballería; la cual asaltando a los forrajeadores que bien descuidados andaban sin recelo desparramados, se apodera de gran número de bestias y hombres; y viniendo al socorro en dos trozos: el uno para guardar la presa, el otro para resistir y rechazar a los que venían; y una partida desmandada de las otras, que se adelantó incautamente, cortándole la retirada, la destrozó enteramente, con que, sin perder un hombre, vuelven por el mismo puente al campo cargados de despojos.

LVI. Mientras esto sucedía en Lérida, los masilienses de acuerdo con Lucio Domicio aprestan diecisiete galeras, once de ellas cubiertas. Acompáñanlas con muchos bajeles menores para espantar con la multitud a nuestra escuadra. Embarcan gran número de flecheros y no menos de los álbicos, de quienes arriba se hizo mención, convidándolos con premios y ofertas. Domicio pide para su propio uso naves, y las llena de gañanes y pastores que había conducido en su compañía. Tripulada así su armada, parten con grande confianza contra nuestras embarcaciones que mandaba Decio Bruto, y estaban en la isla frontera a Marsella.

LVII. Era mucho menor el número de las naves de Bruto, pero llevaban a bordo los hombres más valientes, entresacados de todas las legiones, adalides y centuriones, que se habían ofrecido voluntariamente a esta facción. Éstos se habían prevenido con arpones y garfios, y estaban armados de gran cantidad de dardos, pasadores y demás armas arrojadizas; con eso, luego que avistaron al enemigo, salen del puerto a chocar con los masilienses. Fue porfiado el combate; ni cedían mucho a los nuestros en valentía los albicos, gente feroz, montaraz y bien aguerrida; y como acababan de salir de Marsella, conservaban fresca la memoria de las promesas que les hicieron. Los pastores, también gente indómita, estimulados por la esperanza de la libertad, a los ojos de su señor procuraban dar buena cuenta de sus personas.

LVIII. Los masilienses, por su parte, valiéndose igualmente de la ligereza de sus bajeles que de la pericia de sus pilotos, eludían el golpe de los nuestros cuando eran acometidos; y luego que pudieron alargarse al mar, extendiendo más la línea, ponían todo su conato en rodear a los nuestros, o dar con muchas naves contra una, o barrer los remos atravesando de corrida. Cuando era inevitable arrimarse, substituían a la destreza de los pilotos y a las maniobras la fiereza de los montañeses. Los nuestros, como tenían marineros menos expertos y menos prácticos pilotos, sacados arrebatadamente de los navíos mercantes, que ni siquiera sabían los términos de marinería, añadiéndose a esto la pesadez de sus naves, hallábanse muy embarazados, porque como hechas a toda prisa de madera verde no podían moverse con tanta ligereza. Por tanto, en presentándose la ocasión de pelear mano a mano, hacían sin miedo frente con sola una nave contra dos, aferrándose y atracándose con entrambas de una vez, peleaban por las dos bandas, y aun saltaban dentro de ellas; hasta que con gran matanza de albicos y pastores, echaron parte de los navíos a pique, apresaron algunos con la tripulación, y a los demás obligaron a refugiarse en el puerto. Este día perdieron los masilienses nueve naves, inclusas las apresadas.

LIX. Con la noticia que recibió César en Lérida de este suceso, acabado ya el puente, presto se trocó la fortuna. Los enemigos, intimidados del valor de nuestra caballería, no osaban correr tan libremente la campiña. Unas veces, sin apartarse mucho de los reales por tener pronta la retirada, forrajeaban dentro de corto espacio; otras, tomando un grande rodeo, evitaban el encuentro de los piquetes apostados; tal vez con ocasión de algún daño recibido, o con sólo ver de lejos los caballos, de la mitad del camino, dejando las cargas, echaban a huir, y últimamente hubieron de dejar el forraje varios días, y contra la costumbre de todo el mundo ir de noche a buscarlo.

LX. Entre tanto, los de Huesca y los de Calahorra agregados a su jurisdicción (22) enviaban diputados a César ofreciéndose a su obediencia. Siguiéronse los de Tarragona, Jaca y los ausetanos, y poco después los ilergaones (23) vecinos al Ebro. Pide a todos éstos le acudan con bastimentos; prométenlo, y luego juntando caballerías de todas partes, se los llevan al campo. A vueltas de esto una cohorte de ilergaones, sabida la determinación de su república, alzados los estandartes del puesto que guardaba, se pasó a César. En la hora mudan notablemente el aspecto las cosas. Concluido el puente, cinco ciudades principales declaradas amigas, corrientes las provisiones, desvanecidos los rumores de los socorros de las legiones que decían venir con Pompeyo por Mauritania; muchas comunidades de las más remotas renuncian la amistad de Afranio y siguen el partido de César.

LXI. Con lo cual perturbados los contrarios, César, por no tener siempre que destacar la caballería dando un rodeo por el puente, visto un paraje a propósito, determinó abrir muchas zanjas de treinta pies en hondo para echar por ellas parte del río Segre y con esto hacerle vadeable. Estando a punto de concluirlas, Afranio y Petreyo entran en gran temor de ser totalmente privados de los víveres por la mucha ventaja de la caballería de César; y así resuelven dejar este país, y trasladar la guerra a la Celtiberia. A esta resolución contribuía también el que allí en los dos bandos contrarios, las ciudades que siguieron las partes de Sertorio en la guerra pasada, por haber sido vencidas, respetaban el nombre del imperio del vencedor, bien que ausente. Las que constantemente estuvieron a devoción de Pompeyo, amábanle por los grandes beneficios recibidos; al contrario, el nombre de César era menos conocido entre los bárbaros; de donde se prometían grandes refuerzos de gente de a caballo y de a pie, y hacían cuenta de ir prolongando en sus tierras la guerra hasta el invierno. Tomada esta resolución, mandan coger barcas por todo el Ebro y conducirlas a Octogesa. Estaba esta ciudad a la ribera del Ebro, distante veinte millas de los reales. Aquí disponen formar un puente de barcas, y haciendo pasar dos legiones por el Segre, fortifican su campo con un vallado de doce pies.

22 César: Oséense et Calagurritani, qui erant cum Oseen, sibus contributi. Quiere decir que los de Calahorra (no la Fibularia, ciudad famosa de los Vascones, sino la Nasciea de junto a Huesca, que hoy se llama Loarre) estaban encabezados con los de Huesca, como pertenecientes a su jurisdicción, o de un mismo partido. 23 Vecinos al Ebro, cuya capital era Dertosa, hoy Tortosa.

LXII. Averiguado por los batidores la intención de los enemigos, César, mediante el trabajo de los soldados continuado día y noche en desangrar el río, tenía ya la cosa puesta en término de que la caballería, si bien con alguna dificultad y molestia, pudiese, no obstante, y aun osase vadear el río; puesto que la infantería, con el agua hasta los hombros y cuello, mal podía esguazarlo, así por lo crecido, como por lo arrebatado de la corriente. Con todo eso, casi al tiempo mismo que vino la noticia de que el puente sobre el Ebro estaba para concluirse, se halló vado en el Segre.

LXIII. En vista de esto juzgaron los soldados de Afranio que debían acelerar la marcha. Así que, dejados dos cohortes de los auxiliares para la defensa de Lérida, pasan con todas las tropas el Segre, y vienen a unirse con las dos legiones que habían pasado días antes. A César no quedaba más arbitrio que ir con la caballería incomodando y picando el ejército de los contrarios, ya que la marcha del suyo por el puente no podía ser sin mucho rodeo, y ellos en tanto por camino más breve podían arribar al Ebro. La caballería pasa el río por el vado; y dado que Petreyo y Afranio alzaron el campo a medianoche, se dejó ver de improviso sobre la retaguardia de los enemigos, y tirando a cortarla y coger en medio, empezó a embarazarla y hacerle suspender la marcha.

LXIV. Al rayar del alba, desde las alturas vecinas a nuestros reales se alcanzaba a ver cómo los nuestros ponían en grande aprieto las últimas filas de los contrarios; cómo a veces paraba la retaguardia y quedaba cortada; otras revolvían contra los nuestros, y acometiendo con las cohortes unidas, los rebatían, y luego al dar ellos la vuelta, los nuestros tornaban a perseguirlos. A vista de esto, los soldados por todo el campo juntándose en corrillos, se quejaban de que se dejase escapar al enemigo de entre las manos, con lo cual necesariamente se alargaba la guerra. Corrían a los centuriones y tribunos suplicando hiciesen saber a César, «que no tenía que reparar en su trabajo y peligro; que prontos estaban, y se ofrecían a vadear el río por donde pudo vadearle la caballería». Movido César de las instancias y empeño de los soldados, aunque temía exponer el ejército al riesgo de río tan caudaloso, sin embargo, resolvió tentar el vado y hacer la prueba. Con tanto manda segregar de las compañías los soldados que por falta de ánimo o de fuerzas parecía no podrían servir en la facción; déjalos en el campo con una legión; saca a la ligera las demás, y puesto de la parte de arriba y abajo de la corriente gran número de caballos, hace pasar el ejército por medio. Algunos soldados arrebatados de la violencia del río son detenidos y ayudados por la caballería, sin que ninguno se ahogase. Pasado el ejército sin desgracia, ordenó sus tropas, y empezó a marchar en tres columnas, con tanto denuedo de los soldados, que con haber rodeado seis millas y tardado mucho en vadear el río, antes de las nueve horas del sol pudieron alcanzar a los que habían salido a medianoche.

LXV. Cuando Afranio y Petreyo vistos a lo lejos los hubieron reconocido, espantados de la novedad, toman las alturas y ponen la gente en batalla. César en las llanuras hace reposar la suya por no llevarla fatigada al combate. Mas intentando los enemigos proseguir el viaje, sigue el alcance y les hace suspender la marcha. Ellos por necesidad se acampan antes de lo que tenían determinado, porque seguían unos montes, y a cinco millas iban a dar en senderos escabrosos y estrechos. Dentro de estos montes pensaban refugiarse para librarse de la caballería de César, y cerradas con guardias las gargantas, estorbarnos el paso, y con eso pasar ellos sin riesgo ni temor el Ebro. Esto era lo que habían de haber procurado y ejecutado a toda costa, pero rendidos del combate de todo el día y de la fatiga del camino, lo dilataron al día siguiente. César entre tanto asienta sus reales en un collado cercano.

LXVI. A eso de la medianoche cogió nuestra caballería algunos que se habían alejado del campo en busca de agua; averigua de ellos César que los generales enemigos iban a marchar de callada. Sabido esto, manda dar la señal de marcha y levantar los ranchos. Ellos que oyen la gritería, temiendo verse precisados a pelear de noche y con las cargas a cuestas, o que la caballería de César los detuviese en los desfiladeros, suspenden la marcha y se mantienen dentro de los reales. Al otro día sale Petreyo con algunos caballos a descubrir el terreno. Mácese lo mismo de parte de César, quien destaca a Decidió Saja con un piquete a reconocer el campo. Entrambos vuelven a los suyos con una misma relación: que las cinco primeras millas eran de camino llano; entraban luego las sierras y los montes; que quien cogiese primero estos desfiladeros, sin dificultad cerraría el paso al enemigo.

LXVII. Petreyo y Afranio tuvieron consejo sobre el caso, y se deliberó acerca del tiempo de la partida. Los más eran de parecer que se hiciese de noche; que se podría llegar a las gargantas antes que fuesen sentidos. Otros, de la generala tocada la noche antecedente en el campo de César, inferían ser imposible encubrir su salida; que por la noche recorría la caballería de César el contorno y tenía cogidos todos los puestos y caminos; que las batallas nocturnas se debían evitar, porque cuando la guerra es civil, el soldado, una vez sobrecogido del miedo, suele moverse más por él que no por el juramento que prestó. Al contrario la luz del día causa de suyo mucho rubor a los ojos de todos (24), y no menos la vista de los tribunos y centuriones, lo cual sirve de freno y también de estímulo a los soldados; que por eso, bien mirado todo, era menester romper de día claro, que puesto caso que se recibiese algún daño, se podría a lo menos, salvando el cuerpo del ejército, coger el sitio que pretendían. Este dictamen prevaleció en el consejo, y así se determinó marchar al amanecer del día siguiente.

LXVIII. César, bien informado de las veredas, al despuntar el alba, saca todas las tropas de los reales, y dando un gran rodeo, las va guiando sin seguir senda fija. Porque los caminos que iban al Ebro y a Octogesa estaban cerrados por el campo enemigo. Él tenía que atravesar valles muy hondos y quebrados; en muchos parajes los ciscos escarpados embarazaban la marcha, siendo forzoso pasar de mano en mano las armas, y que los soldados en cuerpo sin ellas, dándose unos a otros las manos, hiciesen gran parte de camino. Mas ninguno rehusaba este trabajo con la esperanza de poner fin a todos, si una vez lograban cerrar el paso del Ebro al enemigo y cortarle los víveres.

LXIX. Al principio los soldados de Afranio salían alegres corriendo de los reales a verlos, y les daban vaya gritando, «que por no tener que comer iban huyendo y se volvían a Lérida». En realidad el camino no llevaba al término propuesto, antes parecía enderezarse a la parte contraria. Con eso sus comandantes no se hartaban de aplaudir su resolución de haberse quedado en los reales; y se confirmaban mucho más en su opinión viéndolos puestos en viaje sin, bestias ni cargas, por donde presumían que no podrían por largo tiempo resistir al hambre. Mas cuando los vieron torcer poco a poco la marcha sobre la derecha, y repararon que ya los primeros se iban sobreponiendo al sitio de los reales, ninguno hubo tan lerdo ni tan enemigo del trabajo que no juzgase ser preciso salir al punto de las trincheras y atajarlos. Tocan alarma, y todas las tropas, menos algunas cohortes que dejaron de guardia, mueven y van en derechura al Ebro. LXX. Todo el empeño era sobrecoger la delantera y ocupar primero las gargantas y montes. A César retardaba lo embarazoso de los caminos; a las tropas de Afranio la caballería de César que les iba a los alcances. Verdad es que los afranianos se hallaban reducidos a tal estado que si arribaban los primeros a los montes, como pretendían, libraban en sí sus personas, mas no podían salvar los bagajes de todo el ejército ni las cohortes dejadas en los reales, a que de ningún modo era posible socorrer, quedando cortadas por el ejército de César. César llegó el primero, y bajando de las sierras a campo raso, ordena en él sus tropas en batalla. Afranio, viendo su retaguardia molestada por la caballería, y delante de sí al enemigo, hallando por fortuna un collado, hizo alto en él. Desde allí destaca cuatro cohortes de adargueros al monte que a vista de todos se descubría el más encumbrado, ordenándoles que a todo correr vayan a ocuparlo, con ánimo de pasar, él allá con todas las tropas, y mudando de ruta, encaminarse por las cordilleras a Octogesa. Al tomar los adargueros la travesía para el monte, la caballería de César que los vio, se disparó contra ellos impetuosamente; a cuya furia no pudieron resistir ni siquiera un momento, sino que cogidos en medio, todos a la vista de ambos ejércitos fueron destrozados.

24 Esto es, pone a todos mucha sangre en el ojo. Son los ojos, según Eurípides, morada propia de la vergüenza.

LXXI. Era ésta buena ocasión de concluir gloriosamente la empresa. Ni César dejaba de conocer que, a vista de la pérdida tan grande que acababa de recibir, atemorizado el ejército contrario, no podría contrastar, y más estando de todas partes cercado por la caballería, siendo el campo de batalla llano y despejado. Pedíanselo eso todos con instancias; legados, centuriones, tribunos corrían juntos a rogarle «no se detuviese en dar la batalla; que todos sus soldados estaban a cual más pronto; que al contrario, los de Afranio en muchas cosas habían dado muestras de su temor: en no haber socorrido a los suyos; en no bajar del collado; en no saberse defender de la caballería; en no guardar las filas, hacinados todos con sus banderas en un lugar. Que si reparaba en la desigualdad del sitio, se ofrecería sin duda ocasión de pelear en alguno proporcionado, pues Afranio seguramente había de mudarse de aquél, donde sin agua mal podía subsistir».

LXXII. César había concebido esperanza de poder acabar con la empresa sin combate y sangre de los suyos, por haber cortado los víveres a los contrarios. « ¿A qué propósito, pues, aun en caso de la victoria, perder alguno de los suyos? ¿A qué fin exponer a las heridas soldados tan leales? Sobre todo, ¿para qué tentar a la fortuna, mayormente siendo no menos propio de un general el vencer con la industria que con la espada?» Causábale también lástima la muerte que preveía de tantos ciudadanos, y quería más lograr su intento sin sacrificar sus vidas. Este consejo de César desaprobaban los más. Y aun los soldados decían sin recato en sus conversaciones, que «ya que se dejaba pasar tan buena ocasión de la victoria, después por más que César lo quisiese, ellos no querrían pelear». Él persevera en su determinación, y se desvía un poco de aquel sitio para ocasionar menos recelo a los contrarios. Petreyo y Afranio, valiéndose de la coyuntura, se recogen a los reales. César, apostadas guardias en las montañas y cerrados todos los pasos para el Ebro, se atrinchera lo más cerca que puede del campo enemigo.

LXXIII. Al otro día los jefes contrarios, muy turbados por haber perdido toda esperanza de las provisiones y del viaje al Ebro, consultaban sobre lo que se debía hacer. Un camino tenían, caso de querer volver a Lérida, otro, si escogían el ir a Tarragona. Estando en estas deliberaciones tienen aviso de que sus aguadores eran molestados de nuestra caballería. Sabido esto, ponen a trechos varios piquetes de a caballo y patrullas de tropas auxiliares, entreverando cohortes de las legiones, y empiezan a tirar una trinchera desde los reales al agua, para poder, cubiertos y sin que fuese menester poner cuerpos de guardia, ir y sacarla. Petreyo y Afranio reparten entre sí el cuidado de la obra, y para su ejecución hubieron de alejarse del campo una buena pieza.

LXXIV. Con su ausencia los soldados, logrando entera libertad de poder hablarse, se acercan sin reparo, y cada cual andaba inquiriendo y preguntando por los conocidos y paisanos que tenía en los reales de César. Primeramente dan todos a todos las gracias, por haberles perdonado el día antes, viéndolos perdidos de miedo, confesando que les debían la vida; tras esto indagan si su general sería de fiar, y si podrían ponerse en sus manos; y se lamentan de no haberlo hecho desde el principio, y de haber tomado las armas contra sus deudos y parientes. Alentados con estas pláticas, piden al general palabra de conservar la vida de Petreyo y Afranio, porque no se creyese que habían maquinado alguna alevosía ni vendido a los «suyos». Con este salvoconducto prometen pasarse luego, y envían los principales centuriones por diputados a César sobre la paz. Entre tanto se convidaban y obsequiaban los amigos y deudos de ambas partes, pasando los unos a los ranchos de los otros; de modo que parecía que de los dos campos se había formado uno solo, y muchos tribunos y centuriones venían a ponerse en manos de César. Lo mismo hicieron varios señores españoles a quien ellos habían llamado y los tenían en el campo como en rehenes. Éstos preguntaban por sus conocidos y huéspedes, para conseguir por su medio ser presentados y recomendados a César. Hasta el joven hijo de Afranio, tomando por medianero al legado Culpicio trataba con César sobre su libertad y la de su padre. Todo eran júbilos y norabuenas: éstos, por verse libres ya de peligros; aquéllos, por haber a su parecer acabado sin sangre tan grandes cosas, con que ahora César a juicio de todos cogía el fruto de su innata mansedumbre, y su consejo era de todos alabado.

LXXV. Advertido Afranio de lo que pasaba, deja la obra comenzada y retírase a los reales, dispuesto según parecía a sufrir con ánimo tranquilo y sereno cualquier acontecimiento. Pero Petreyo no se abandonó tan pronto; arma sus criados (25); con éstos, con las guardias españolas de adargados, y algunos jinetes bárbaros favorecidos suyos que solía tener consigo para su resguardo, vuela de improviso a las trincheras, corta las pláticas de los soldados, echa a los nuestros del campo, y mata a cuantos caen en sus manos. Los demás se unen entre sí, y asustados con aquel impensado peligro, tercian los capotes y desenvainan las espadas; y de esta suerte se defienden contra los soldados de adarga y de a caballo, fiados en la cercanía de los reales, donde se van retirando al amparo de las cohortes que hacían guardia en las puertas.

LXXVI. Hecho esto, Petreyo recorre llorando las tiendas; llama por su nombre a los soldados, y les ruega «que no quieran entregar su persona y la de su general Pompeyo ausente en manos de sus enemigos». Concurren luego al pretorio los soldados. Pide que todos juren no abandonar ni ser traidores al ejército ni a los capitanes, ni tomar por sí consejo aparte sin consentimiento de los otros. Él mismo juró así el primero, y luego Afranio, a quien obligó a hacerlo en igual forma. Síguense los tribunos y centuriones, y tras ellos los soldados presentados por centurias. Echan bando que quienquiera que tuviese oculto algún soldado de César, le descubra. A los entregados degüéllanlos públicamente en el pretorio. Con todo, los más encubren a sus huéspedes, y de noche les dan escape por la trinchera. Así el terror impuesto por los jefes, la crueldad del suplicio y el nuevo empeño del juramento cortó toda esperanza de rendición al presente y trocó los corazones de los soldados, reduciendo las cosas al primer estado de la guerra.

LXXVII. César manda buscar con la mayor diligencia los soldados de los contrarios que con ocasión de hablar con los suyos habían pasado al campo, y remitírselos; bien es verdad que de los tribunos y centuriones algunos de su voluntad se quedaron, a los cuales César hizo después grandes honras. Promovió los centuriones a mayores grados, y a los caballeros romanos los reintegró en la dignidad de tribunos.

LXXVIII. Los afranianos padecían ahora mucha falta de forraje y suma escasez de agua; las legiones tenían alguna porción de trigo, porque tuvieron orden de sacarlo de Lérida para veintidós días; a los adargados y auxiliares les había llegado a faltar del todo, así por la cortedad de medios para proveerse, como porque sus cuerpos no estaban hechos a llevar carga. Por cuyo motivo cada día se pasaban muchos de ellos a César. Tal era el aprieto en que se hallaban; sin embargo, entre los dos partidos propuestos parecía el más acertado volver a Lérida, porque allí habían dejado un poco de trigo, donde también esperaban aconsejarse con el tiempo. Tarragona distaba mucho, y en tan largo viaje, claro estaba que podían acaecer muchos contratiempos. Preferido este consejo, alzan el campo. César, echando delante la caballería para que fuese picando la retaguardia y entretuviese la marcha, los va siguiendo detrás con las legiones. A cada instante los últimos tenían que hacer frente a nuestros caballos.

25 César: armat familiam. La voz familia comprende esclavos, horros o libertos y la gente del campo,

LXXIX. El modo de pelear era éste: un escuadrón volante cerraba la retaguardia, y si el camino era llano, hacían muchas paradas. En teniendo que subir algún monte, la misma dificultad del terreno los libraba de peligro, pues los que iban delante desde arriba cubrían la subida de los otros. En la caída de algún valle o bajada de alguna cuesta, como ni los que se habían adelantado podían ayudar a los que venían detrás, y nuestra caballería disparaba contra ellos de lo alto, entonces eran sus apuros. Así en llegando a semejantes parajes, disponían con gran solicitud que, dada la señal, parasen las legiones y rechazasen vigorosamente a la caballería; que en haciéndola retirar, todos tomando de repente carrera, unos tras otros se dejasen caer en los valles, y marchando en esta forma hasta el monte inmediato, hiciesen alto en él. Pues tan lejos estaban de ser socorridos por su caballería, bien que muy numerosa, que antes, por estar despavorida con los reencuentros pasados, tenían que llevarla en medio y defenderla ellos mismos; ni jinete alguno podía desbandarse sin ser cogido de la caballería de César.

LXXX. Yendo peleando de esta suerte, la marcha era lenta y perezosa, haciendo continuas paradas a trueque de socorrer a los suyos, como entonces aconteció. Porque andadas cuatro millas, y viéndose picar furiosamente por la caballería, hacen alto en un monte elevado, y aquí, sin descargar el bagaje, fortifican su campo por la banda sola que miraba al enemigo. Cuando advirtieron que César había fijado sus reales, armado las tiendas y enviado al forraje la caballería, arrancan súbitamente hacia las seis horas del mismo día, y esperando ganar tiempo durante la ausencia de nuestra caballería, comienzan a marchar. Observado esto, César sacadas las legiones va tras ellos, dejando algunas cohortes para custodia del bagaje. Da contraorden a la caballería y a los forrajeros y manda que a la hora décima sigan a los demás. Prontamente la caballería vuelve del forraje a su ejercicio diario de la marcha. Trábase un recio combate en la retaguardia, tanto que por poco no vuelven las espaldas, y de facto quedan muertos muchos soldados y aun algunos oficiales, íbales a los alcances el ejército de César, y ya todo él estaba encima.

LXXXI. Aquí ya finalmente, no pudiendo hallar sitio acomodado para atrincherarse ni proseguir la marcha, hacen algo por fuerza, y se acampan en un paraje distante del agua, y por la situación peligroso. Mas César por las mismas causas indicadas arriba no los provocó a batalla, y aquel día no permitió armar las tiendas, a fin de que todos estuviesen más expeditos para perseguirles, bien rompiesen de noche o bien de día. Ellos, reconociendo la mala positura de los reales, gastan toda la noche en alargar las fortificaciones, tirando sus líneas enfrente de las de César. En lo mismo se ocupan el día inmediato desde la mañana hasta la noche. Pero al paso que iban adelantando la obra y alargando los reales, se iban alejando más del agua, y procuraban el remedio a los males presentes con otros males. La primera noche nadie sale del campo en busca de agua. Al día siguiente, fuera de la guarnición dejada en los reales, sacan todas las demás tropas al agua, pero ninguna al forraje. César quería más que, humillados con estas calamidades y reducidos al último extremo, se vieran obligados a rendirse, que no derramar sangre peleando. Con todo eso trata de cercarlos con trinchera y foso, a fin de atajarles más fácilmente las salidas repentinas, a que creía habían de recurrir por fuerza. Entonces, parte obligados por la falta de forraje, parte por estar más desembarazados para el viaje, mandan matar todas las bestias de carga.

LXXXII. En estas maniobras y trazas emplearon dos días. Al tercero ya la circunvalación estaba muy adelantada. Ellos por impedirla, dada la señal a eso de las ocho, sacan las legiones, y debajo de las trincheras se forman en batalla. César hace suspender los trabajos, manda juntar toda la caballería y ordena la gente en batalla. Porque dar muestra de rehusar el combate contra el sentir de los soldados y el crédito de todos, parábale gran perjuicio. Eso no obstante, por las razones dichas, que ya son bien notorias, no quería venir a las manos; mayormente considerando que, por la estrechez del terreno, aunque fuesen desbaratados los contrarios, no podía ser la acción decisiva, pues no distaban entre sí los reales sino dos millas. De éstas las dos partes ocupaban las tropas, quedando la tercera sola para el combate. Y cuando se diese la batalla, la vecindad de los reales ofrecía pronto asilo a la fuga de los vencidos. Por eso estaba resuelto a defenderse caso que le atacasen, mas no a ser el primero en acometer.

LXXXIII. El ejército de Afranio estaba dividido en dos cuerpos, uno formado de las legiones quinta y tercera (26); otro de reserva compuesto de tropas auxiliares. El de César en tres trozos; la primera línea de cada trozo se componía de cuatro cohortes de la quinta legión; la segunda de tres cohortes de las tropas auxiliares, y la tercera de tres distintas legiones. La gente de honda y arco ocupaba el centro; la caballería cubría los costados. Dispuestos en esta forma, cada uno creía lograr su intento: César de no pelear sino forzado; el otro de impedir los trabajos de César. Sin embargo, por entonces no pasaron a más empeño sino el de mantenerse ordenados ambos ejércitos hasta la puesta del Sol, y entonces se retira cada cual a su campo. Al otro día se dispone César a concluir las fortificaciones comenzadas; ellos a tentar el vado del río Segre, a ver si podían atravesarlo. César que lo advirtió, hace pasar el río a los germanos armados a la ligera y a un trozo de caballería, y destruye por la margen diferentes guardias.

LXXXIV. Al cabo, viéndose totalmente sitiados, las caballerías ya cuatro días sin pienso, ellos mismos sin agua, sin leña, sin pan, piden entrevista, y que a ser posible no fuese a presencia de los soldados. Negando esto ultimó César, y concediéndoles el hablar, si querían, en público, entregan en prendas a César el hijo de Afranio. Vienen al paraje señalado por César. Estando los dos ejércitos oyendo, dice Afranio: «Que ni él ni su ejército eran reprensibles por haber querido perseverar fieles a su general Cneo Pompeyo; pero ya habían cumplido con su deber, y harto lo habían pagado con haber padecido la falta de todas las cosas, y más ahora que se ven como fieras acorraladas, privados de agua, sin resquicio para la salida, ya ni el cuerpo puede aguantar el dolor, ni el ánimo la ignominia, por tanto se confiesan vencidos; y si es que hay lugar a la misericordia, ruegan y suplican que no los obliguen a padecer la pena del último suplicio». Estas palabras las pronuncia con la mayor sumisión y reverencia posible.

LXXXV. A esto respondió César: «Que en nadie eran más disonantes las cuitas y lástimas, puesto que todos los demás habían cumplido con su obligación: César en no haber querido pelear aun teniendo las ventajas de la tropa, del lugar y del tiempo, a trueque de que todo se allanase para la paz; su ejército, el cual no obstante la injuria recibida y la muerte cruel de los suyos, salvó a los del campo contrario que tenía en sus manos; los soldados en fin del mismo Afranio, que vinieron por sí a tratar de reconciliación, pensando hacer buenos oficios a favor de los suyos; por manera que toda clase de personas había conspirado a la clemencia; ellos solos, siendo las cabezas, habían aborrecido la paz, violado los tratados y las treguas, pasado a cuchillo a unos hombres desarmados y engañados por palabras amistosas. Así ahora experimentaban en sí lo que de ordinario suele acontecer a hombres demasiado tercos y arrogantes; que al cabo se ven reducidos a solicitar con ansia lo que poco antes desecharon. Mas no por eso piensa aprovecharse del abatimiento en que se hallan, o de las circunstancias favorables para aumentar sus fuerzas, sino que quiere se despidan los ejércitos que ya tantos años han mantenido contra su persona. Pues no por otra causa se han enviado a España seis legiones, ni alistado en ella la séptima, ni apercibido tantas y tan poderosas armadas, ni escogido capitanes expertos en la guerra. Nada de esto se ha ordenado a pacificar las Españas, nada para utilidad de una provincia que por la larga paz ningún socorro había menester. Que todos estos preparativos iban dirigidos muy de antemano contra él; contra él se forjaban generalatos de nueva forma, haciendo que uno mismo a las puertas de Roma gobierne la República, y en ausencia retenga tantos años dos provincias belicosísimas; contra él se había barajado el orden de la sucesión en los empleos, enviando al gobierno de las provincias no ya, como siempre, los que acababan de ser pretores y cónsules, sino los que lograban el favor y voto de unos pocos; contra él no valía la excusa de la edad avanzada, destinando a mandar ejércitos o personas que han cumplido los años de servicios en las guerras pasadas; con él solo no se guardaba lo que a todos los generales se había concedido siempre, que acabadas felizmente sus empresas, vuelvan a sus casas y arrimen el bastón con algún empleo honorífico, o por lo menos sin infamia. Que todo esto así corno lo había sufrido hasta aquí con paciencia, también pensaba sufrirlo en adelante; ni ahora era su intención quedarse con el ejército quitándoselo a ellos contra su persona; por tanto saliesen, conforme a lo dicho, de las provincias y licenciasen las tropas. Así él no haría mal a nadie; ser ésta la única y final condición de la paz». Esta última proposición fue por cierto de sumo placer para los soldados, como por sus ademanes se pudo conocer; que cuando por ser vencidos temían algún desastre, conseguían sin pretenderlo el retiro. Con efecto, suscitándose alguna diferencia acerca del lugar y tiempo de la ejecución, todos a una desde las líneas donde estaban asomados, con voces y ademanes pedían los licenciasen luego; que aunque más palabras se diesen, no se podían fiar si se difería para otro tiempo. Después de algunos debates entre ambas partes, finalmente se resolvió que los que tenían domicilio y posesiones en España fuesen a la hora despedidos, los demás en llegando al río Varo. Asentóse que no se les haría daño, y que ninguno por fuerza sería obligado por César a alistarse bajo sus banderas.

26 Éste es uno de los lugares donde se han alterado u obscurecido más las palabras del texto. La legión quinta y tercera no podían formar el uno de los dos trozos o cuerpos: lo primero, perqué la legión tercera estaba con Pompeyo, a quien César se la entregó con la primera, como queda dicho; lo segundo, porque de esta suerte no tendría más que dos legiones romanas en su ejército, constando por otra parte que debía tener cinco, como arriba se lee: erant legiones Affranii tres, Petreii duae. La lección verdadera parece ser ésta: ocies erat Afraniana dúplex legionum quinqué: tercium in subsiis locum alariee cohortes obtinebont; como enmendaba nuestro Pedro Chacón seguido de Vosio y otros. Así el partido era igual, porque César tenía también cinco legiones, y así se ha de leer: primam aciem quaternae cohortes ex quinqué legionibus; según varios manuscritos citados por el mismo Vosio, o sin tanta mudanza con Elebodio. ex quaque Legione, por ex quinta legione.

LXXXVI. César promete proveerles de trigo desde entonces hasta la despedida. Añade también que si alguno hubiese perdido cosa que esté en poder de sus soldados, se restituyese a sus dueños; el valor de estas cosas tasadas por su justo precio se lo pagó en dinero contante a los soldados. En todos los pleitos que hubo después entre los soldados, acudían voluntariamente para la decisión a César. Petreyo y Afranio, como las legiones casi amotinadas clamasen por la paga, cuyo plazo decían ellos no haberse aún cumplido, piden por arbitro a César, y unos y otros quedaron contentos con el corte que éste dio. Despedida en aquellos dos días como la tercera parte del ejército, mandó que dos de sus legiones fuesen delante y las otras detrás, de suerte que las unas se alojasen a corta distancia de las otras. Este negocio encomendó al legado Quinto Fusio Caleño. Conforme a esta orden suya se hizo el viaje desde España hasta la ribera del Varo, donde fue despedido el resto del ejército.

 

 


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